Mi primera vez con una mujer fue en aquel hostal de Bilbao
Siempre he preferido viajar en temporada baja. Los precios son más amables y el único inconveniente es que la mitad de los sitios turísticos están cerrados, pero a mí eso nunca me importó demasiado. Tomé sin pensarlo mucho un vuelo barato desde Sevilla hasta Bilbao. Estaba ilusionada porque, aunque no eran mis vacaciones grandes del año, sería mi primera vez pisando suelo vasco.
Viajé sola, en busca de aventura. Tan pronto llegué al hostal más económico que encontré, me cambié de ropa. No quería perder ni un minuto. Quería conocer a alguien que me mostrara la ciudad, y la idea de estar en un lugar donde no me conocía absolutamente nadie me hacía sentir desinhibida, capaz de cualquier cosa.
Después de guardar el equipaje, salí. Llevaba uno de mis abrigos favoritos, de color chocolate, y debajo una falda corta negra y una blusa escotada del mismo color que se ajustaba bien a mi cuerpo. Un panty pequeño y nada de sujetador: quería sentir libres mis pechos. No son muy grandes, pero el roce de los pezones contra la tela me recordaba a cada paso que había salido a divertirme, y que mientras no recibieran la atención que buscaba, la cacería no había terminado. Completé el conjunto con unos botines y un bolso pequeño que combinaba.
Salí a por un café. Eran las tres de la tarde y, tras caminar un rato, no daba con el sitio que tenía en la cabeza. Unos locales estaban llenos de familias, otros de grupos grandes y ruidosos. Yo quería encontrar a alguien interesante y coquetearle sin más, pero quizá no era la hora o no era el barrio. El viento frío se me colaba entre los botones del abrigo. Frustrada, decidí que lo intentaría de noche, en alguno de los clubes, bailando con quien apareciera.
Volví al hostal y pasé por la cafetería. Había varias personas sentadas. El local tenía un par de mesas altas tipo barra, con sitio justo para dos platos pequeños y unas sillas estrechas enfrentadas, y al fondo una salita con dos sofás y una mesa baja en el centro. Un hombre leía concentrado en uno de los sofás y me llamó la atención, pero ni levantó los ojos del libro.
—Ni te desgastes —dijo de pronto una voz de mujer.
La miré sorprendida. No esperaba que nadie hubiera notado mi interés.
—¿Lo conoces? —pregunté.
No me miraba. Estaba comiendo una porción de pizza y chupándose los dedos uno a uno. Cuando terminó con el último, alzó la vista sin ninguna emoción.
—Es gay —soltó.
Me desilusioné con la noticia y me encogí de hombros. Ni siquiera sintiéndome desinhibida había logrado un mísero coqueteo. No soy buena para esto, me dije, y de golpe volvía a verme como aquella adolescente poco agraciada que no despertaba miradas. Estaba cayendo otra vez en inseguridades que creía superadas, cuando ella interrumpió mis pensamientos.
—¿Quieres pizza?
Recordé que no había comido nada desde el desayuno. No tenía hambre, o eso pensaba, pero en cuanto lo preguntó fue como si mi estómago dijera «al fin te acuerdas de mí». Sonreí y, tímida, le agradecí diciendo que no hacía falta. Ella se levantó, se sentó frente a mí y me la puso prácticamente en la cara.
—Tú no has almorzado, te lo noto —dijo, mientras devoraba el trozo que le quedaba.
La acepté y empecé a comerla despacio, intentando no parecer hambrienta. No medí bien y una gota de grasa del queso cayó sobre la solapa de mi abrigo. Ella se acercó rápida y me apartó la mano.
—¡Te estás manchando!
Sus dedos seguían húmedos de haberse lamido y los sentí sobre mi piel. El movimiento fue tan brusco y cercano que por un segundo pensé que iba a besarme. Lejos de darme asco, percibí su perfume ligero y vi de cerca sus pechos grandes inclinándose hacia mí. No podía dejar de mirarlos. Nunca me había sentido atraída por una mujer. No dije nada, mi cabeza era un torbellino. ¿Acaso soy lesbiana? Cuando reaccioné, mis ojos seguían clavados en su escote. Ella se dio cuenta y sonrió.
Entonces noté el roce de su pierna contra la mía. Yo estaba entre el susto de la situación y el placer de descubrir que me estaba gustando. Empecé a detallarla: cara redondita, ojos enormes, boca pequeña de labios bien perfilados. Una mujer de unos treinta y tantos, atractiva, con el pelo ondulado cayéndole con gracia a un lado del rostro. Me llamaba Renata, me dijo. Y yo, sin querer, ya imaginaba cómo sería besar a una chica.
—Quítate el abrigo antes de que se estropee —me ordenó—. Ven, yo te ayudo.
Me lo quitó y se encaminó hacia su habitación. Yo la seguí como una niña detrás de una adulta, sin dejar de estudiarla: cadera estrecha, trasero firme, piernas torneadas de quien se ejercita. Yo siempre fui delgaducha y sentí una punzada de envidia. Tuve unas ganas absurdas de tocarle el culo solo para saber si era natural.
***
Renata entró en su cubículo, abrió su equipaje y sacó un jaboncito que extendió sobre la mancha. Después me llevó al lavabo y yo, otra vez, detrás de ella.
—Esperemos que no se haya estropeado —dijo.
Asentí. Estaba dividida entre las emociones nuevas que me sacudían y el miedo de perder uno de mis abrigos preferidos. Y entonces me abrazó. Fue un abrazo afectuoso, y sentí sus pechos grandes apretándose contra mí. Fue una sensación cálida que me dejó inmóvil, sin saber qué hacer. Sin soltarme, rozó su rostro contra el mío. No me aparté. Empezó a darme besos pequeños en la mejilla y, despacio, bajó hasta mis labios.
Le correspondí. Sus labios eran mucho más suaves que cualquiera que hubiera besado antes. El beso me encendió la entrepierna y noté cómo empezaba a mojarme. Me habló al oído.
—Es tu primera vez, ¿verdad?
—Sí —dije, casi ahogada.
Me llevó de la mano hasta su cama y corrió la cortina del cubículo para darnos algo de intimidad. Yo estaba cachondísima imaginando que cualquiera podría vernos a través de la tela, que cualquiera podría ver mi cuerpo acariciado por otra mujer. Me abrazó con dulzura mientras me besaba y me iba desnudando. Me tenía al borde del colchón y yo solo me aferraba a ella para no quedar expuesta en el filo de la cortina.
Cuando ya solo me quedaba el panty, sus dedos rozaron mi clítoris por encima de la tela. Yo estaba inundando la cama. Quería ver sus pechos, me moría por verlos, pero ella seguía vestida y yo prácticamente desnuda. Esa sensación de estar vulnerable, excitada y al borde de ser descubierta me ponía todavía más caliente. Oía pasos en el pasillo, gente que iba y venía, y me daba vergüenza, pero al mismo tiempo me imaginaba exhibida, follando con una mujer mientras desconocidos pasaban a un metro de mí.
Toqué su escote y amasé uno de sus pechos. Ella sonrió y, con un lengüetazo sobre mis labios, se los sacó por encima de la blusa. Por fin estaban a mi alcance. Hundí la cara entre ellos cuando me empujó la cabeza, y me excité de ser obligada a chuparlos, de respirar el aroma de su piel. Me metió un pezón en la boca, lo sacó, me dio el otro. Yo intentaba no hacer ruido por la gente del pasillo, pero a ella parecía darle igual que nos descubrieran.
Empezó a bajar con la boca por mi abdomen. Al llegar al panty solo lo corrió hacia un lado y metió la lengua dentro de mí, como si me follara con esa lengua diminuta y mojada. Casi grito. Tuve que taparme la boca con la mano mientras ella me embarraba la cara entre mis piernas. Era el mejor sexo oral de mi vida. Me levantó las piernas en el aire y sentí su lengua subir hasta mi culo, una sensación que nadie me había dado en mis veintidós años. Siempre lo había deseado y nunca me atreví a pedirlo. Renata, sin una palabra, me lamió entera.
Dejó de importarme que nos oyeran. Si me echan, nadie me conoce en esta ciudad. No sé cuánto tiempo pasó. Cuando noté que iba a correrme, ella metió los dedos con cuidado en mi vagina y en mi culo, sin dejar de lamer. El orgasmo me partió en dos y creo que fui ruidosa, porque afuera dejaron de conversar. Por un instante sentí vergüenza, pero el momento valía cada segundo. Se incorporó, se relamió los dedos igual que con la pizza y me besó para que probara mi propio sabor.
—Espero que te masturbes pensando en tu primera vez con una mujer —me susurró.
—Por supuesto —respondí. Era para recordarlo el resto de mi vida.
***
Entonces alguien golpeó la pared junto a la cama. Una voz de mujer, alterada, nos pidió que no fuéramos tan escandalosas. Lo que me dejó helada fue ver a Renata abrir la cortina de par en par, dejándome al descubierto. Intenté cubrirme con las piernas mientras la otra mujer me miraba de arriba abajo.
—Es su primera vez —dijo Renata, divertida—. Seguro que quiere repetir.
Me sonrojé. Y entonces, oh sorpresa, esa desconocida me tomó de la mano y me sacó desnuda hasta su propia cama, al otro lado del pasillo. Corrió su cortina y me dejó encerrada con ella. Iba a decir algo, pero me lo cortó con un beso y me metió los dedos sin preámbulos. Era más brusca que Renata, más directa, y aun así me puso caliente de nuevo. Solo escuché a Renata decir, desde lejos, que se iba a duchar, y sentí cómo abandonaba el cuarto sin preguntar por mí.
La nueva mujer, que también rondaba los treinta, usaba mis agujeros con un ritmo frenético mientras me besaba. Me puso a chupársela —era la primera vez que se lo hacía a una mujer— y me llevaba las manos a sus pechos, mucho más grandes que los de Renata. Era más rellena, y descubrí que me excitaba ahogarme entre sus tetas. Lorena, así se presentó entre jadeos, sacó de debajo de la almohada un juguete doble que yo no había visto nunca. Le puso un preservativo y me lo metió. Era grueso y mi cuerpo lo recibió con una punzada de dolor, pero estaba tan excitada que me encantó. Se notaba que sabía lo que hacía.
Se montó sobre mí, rozando sus pechos enormes contra los míos, que a su lado no parecían más que dos limones frente a dos sandías. Nunca me habían atraído los pechos grandes, pero toda aquella situación me tenía fuera de control. El juguete vibraba y no tardé en llegar a otro orgasmo. Ella se corrió justo después y me hizo lamer sus dedos. Cambió a un segundo juguete que vibraba aún más fuerte, me estimulaba el clítoris y la vagina al mismo tiempo, y me empujaba la cabeza contra su sexo para que lo limpiara entero. Yo obedecía, empapada, hasta que tembló de nuevo todo mi cuerpo. Después se puso una bata y me dejó sola en la cama.
Cuando reaccioné, las dos se habían ido y no tenía ni idea de dónde estaba mi ropa. Me asomé a la cama de enfrente: nada. Me asusté. Oí la puerta del cuarto y me escondí; eran personas de las otras camas. Aquellas mujeres me habían usado y me habían dejado desnuda, sin nada. ¿Volverán? Pero seguía tan excitada que cogí uno de los juguetes, me toqué hasta un último orgasmo y me quedé dormida.
***
Más tarde apareció Renata. Me despertó con un lengüetazo en la oreja.
—Amor, eres deliciosa —murmuró.
Le pregunté por mi ropa y ella solo se reía. No sabía si excitarme más o enfadarme, pero ¿cómo enfadarme con quien me había dado la mejor mamada de mi vida? Con cara dulce, mientras me acariciaba el clítoris, me dijo:
—Relájate. Este fin de semana eres nuestra.
Y se marchó otra vez. No salí del cuarto porque oía gente en el pasillo. Me dejó perpleja. Jamás imaginé que un viaje improvisado me llevaría a esto: mi primera experiencia con una mujer convertida en una doble iniciación con dos desconocidas. Aquel fin de semana me alternaron entre una cama y la otra, me follaron con sus juguetes por donde quisieron y no me dejaron ducharme. Querían que oliera a todos los fluidos, los míos y los suyos. Jamás pensé que algo así pudiera excitarme tanto, y me dejé usar entera, fascinada de ser parte de su juego.
El domingo por la noche, después de perder la cuenta de mis orgasmos, desperté de nuevo sola. Parecía que se habían ido del todo. Preocupada por mi ropa, encontré una nota en la cama de enfrente: estaba en el cajón bajo el colchón de la cama siguiente. Tuve que esperar a poder cruzar desnuda el pasillo para abrirlo y vestirme con la ropa oliendo a dos días de sexo. Me dolían los huecos del cuerpo, me habían follado sin descanso, hasta me durmieron con un juguete dentro. Y aun así, mientras recogía mis cosas para volver por fin a mi habitación y darme una ducha, no podía dejar de sonreír. Habían sido, con diferencia, las mejores vacaciones de mi vida.