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Relatos Ardientes

Espié a dos desconocidas en los baños de la facultad

Eran las tres y veinte de la madrugada cuando el dolor en la nuca me obligó a abrir los ojos. Me había quedado dormida en el último cubículo de los baños del segundo piso de la biblioteca, con la espalda contra la pared azulejada y los apuntes desparramados sobre las rodillas. Llevaba dos noches preparando el examen final de bioquímica y mi cuerpo había decidido por mí el momento de rendirse.

Me costó orientarme. El fluorescente seguía encendido, parpadeando con esa cadencia eléctrica que tienen los edificios viejos a esas horas. Bajo la puerta del cubículo, el piso brillaba vacío. Iba a incorporarme cuando escuché el primer sonido.

No era el goteo del lavamanos. Era una respiración entrecortada, contenida, como si alguien estuviera tratando de tragarse algo más grande que el aire.

Me quedé quieta. Apoyé el ojo contra la rendija que separaba la puerta del marco.

Frente al espejo, casi de espaldas a mí, había una chica. De mi edad, quizá un par de años menos. Pelo rojizo recogido en una coleta floja, una camiseta blanca holgada y una falda corta a cuadros que se había trepado hasta la cadera. Tenía la mano metida entre las piernas y se miraba la cara en el espejo mientras se tocaba, con una concentración que me secó la garganta.

No supe qué hacer. Toser, irme, salir. Cualquier movimiento iba a delatarme. Decidí no hacer nada. Decidí mirar.

Ella separó un poco más las piernas y bajó la vista hacia su propio reflejo. Vi cómo se mordía el labio inferior. Vi cómo el ritmo de su muñeca se aceleraba. Cada cierto tiempo escapaba un suspiro mínimo, casi un siseo, que rebotaba contra los azulejos.

Sentí el calor antes de entender qué era. Una presión sorda detrás del esternón. Una pulsación en el bajo vientre. Apreté los muslos uno contra otro sin pensarlo y el roce de la tela me arrancó un temblor.

Buscó algo en el bolsillo lateral de su mochila, apoyada en el lavamanos de al lado. Sacó un marcador grueso, de tinta indeleble, de esos que se usan para rotular cajas. Lo miró un instante, como si lo evaluara, y se lo llevó a la boca. Lo humedeció con la lengua, despacio, sin teatro, con la naturalidad de quien sabe exactamente lo que va a hacer.

Entendí antes de ver.

Apartó la tela de la ropa interior con dos dedos y guió el marcador hacia adentro. Tuvo que empujar un poco al principio. Después su cara cambió, una mueca entre la sorpresa y el placer, y su mano libre se aferró al borde del lavamanos. Empezó a moverlo. Lento al comienzo, encontrando un ritmo propio, y de pronto más rápido.

Me había mordido la palma de la mano para no respirar fuerte. El reflejo del espejo me devolvía todo desde un ángulo distinto: su cara enrojecida, su pecho subiendo y bajando bajo la camiseta blanca, el brillo de la tela donde ya estaba mojada. Cada empuje del marcador la sacudía un poco hacia adelante. Cada vez gemía un poco más alto.

Iba a venirse. Lo supe por la forma en que sus piernas se tensaron y su cabeza cayó hacia atrás, exponiendo la línea de la garganta. Estaba ahí, a un suspiro del final, cuando la puerta del baño se abrió y entró otra mujer.

***

No fue grito. No fue susurro. Fue una sola palabra.

—Otra vez.

La chica del espejo se quedó congelada con la mano todavía entre las piernas. Sus ojos buscaron en el reflejo a la recién llegada y bajaron de inmediato. No por vergüenza. Por costumbre.

La otra tendría unos cuarenta. Pelo castaño recogido en un moño bajo, gafas de marco fino, una blusa abotonada hasta el cuello. La reconocí enseguida: era la encargada del turno noche, la que sellaba los libros cuando uno los devolvía en la mesa de entrada. Nunca le había oído la voz hasta esa noche.

Cerró la puerta del baño detrás de ella con cuidado. Echó el pestillo.

—Te dije la última vez que esto no se hace acá —dijo, caminando despacio—. ¿Cuántas veces hay que repetirlo?

La chica no respondió. La mujer mayor se detuvo a un paso del lavamanos, la observó un instante largo, y con dos dedos extrajo el marcador. Lo tiró al cesto sin mirarlo.

—Date la vuelta.

***

La chica obedeció. Se giró hasta quedar de frente, apoyada de espaldas contra el lavamanos, con la falda todavía arremangada. La mujer mayor le puso una mano detrás del cuello, con esa firmeza de quien ya conoce el cuerpo del otro de memoria, y la besó. No fue un beso de descubrimiento. Fue un beso de continuidad, de algo que llevaba semanas o meses ocurriendo en ese mismo lugar.

En mi cubículo había dejado de respirar. Me daba miedo que escucharan el latido de mi propio cuerpo.

La mujer separó la boca apenas lo necesario para hablar.

—¿Querías terminar? —dijo—. Terminas cuando yo digo que terminas.

La chica asintió con un gesto mínimo.

La mujer mayor se arrodilló frente a ella, sin prisa, con esa elegancia que da la práctica. Le hizo a un lado la ropa interior con el dorso de la mano. La chica se aferró al borde del lavamanos con las dos manos, los nudillos blancos, y dejó caer la cabeza hacia atrás.

Lo que siguió no fue rápido. La mujer mayor parecía estar tomándose su tiempo a propósito. La oí respirar contra la piel de la chica antes de tocarla con la lengua. Vi cómo la chica se estremecía ante el primer contacto, ante ese soplo de aire tibio que precedió al resto.

Cuando finalmente la lamió, fue con una pasada larga, paciente, que arrancó de la chica un gemido distinto a todos los anteriores. Un sonido grave, casi de alivio, como si llevara horas esperando exactamente eso.

La mujer no levantó la cabeza. Se sostuvo ahí, alternando entre la presión de la lengua y pequeñas pausas calculadas que dejaban a la chica suspendida en mitad del aire, pidiéndole sin palabras que no parara. Cuando la chica empezaba a recuperar el control, volvía a empezar.

Me había deslizado dentro de mi cubículo hasta quedar sentada sobre el inodoro tapado, con la falda hecha un nudo en la cintura y dos dedos sobre la tela ya empapada de mi propia ropa interior. Me tocaba al ritmo de los gemidos que escuchaba, intentando que mi mano no hiciera ningún ruido sobre el algodón. Era una imitación torpe, pero estaba a punto de venirme yo también.

La chica se vino antes. Lo escuché en el quiebre de su voz, en el ahogo del último gemido, en la forma en que el aire le salió a tirones del pecho. La mujer mayor no se apartó hasta que el último temblor cesó.

Luego se levantó. Se limpió la boca con el dorso de la muñeca. Y miró a la chica con una autoridad que no admitía discusión.

—Tu turno.

***

La chica bajó al suelo sin que se lo pidieran dos veces. Se arrodilló sobre las baldosas frías con las piernas todavía temblando del orgasmo que acababa de tener.

La mujer mayor se desabrochó la falda con un solo gesto y la dejó caer. Debajo no llevaba nada. Se apoyó contra el otro lavamanos, con las piernas ligeramente separadas, y posó una mano sobre la cabeza de la chica. No la guió enseguida. La sostuvo ahí, mirándola desde arriba, dejando que la chica entendiera por sí sola lo que tenía que hacer.

Cuando la chica adelantó la cabeza y la besó por primera vez, la mujer mayor cerró los ojos y dejó escapar el primer sonido humano de toda la noche. Un suspiro casi quebrado.

Lo que siguió fue distinto. Más lento, más metódico. La chica trabajaba con la atención de quien quiere agradecer algo. La mujer mayor empezó a mover las caderas casi sin darse cuenta, marcando el ritmo, los dedos enredados en el pelo rojizo de la chica.

En algún momento dejó de ser una entrega. La mujer mayor cerró el puño en la coleta de la chica y la usó. Sin violencia visible, pero con una firmeza que no dejaba lugar a duda sobre quién mandaba ahí. La cara de la chica desaparecía contra ella, volvía a aparecer un segundo, volvía a desaparecer. Cada vez que la chica ahogaba un sonido, la mujer mayor sonreía un poco más.

Mi propio cuerpo había alcanzado un punto del que ya no se vuelve. Me mordí el dorso de la mano libre con tanta fuerza que sentí el sabor del óxido. Me corrí en silencio, en oleadas largas que me obligaron a apoyar la frente contra la puerta de madera del cubículo para no caerme.

La mujer mayor se vino casi al mismo tiempo. Lo vi por el espejo, porque incluso desde adentro de mi celda diminuta tenía un ángulo extraño que me dejaba ver parte del lavamanos opuesto. Vi cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo se quedaba rígida un instante, y después cómo se relajaba con un gemido grave que retumbó en los azulejos.

***

Estuvieron en silencio un rato. La chica seguía arrodillada, con la cara empapada, mirando hacia arriba con una expresión que ya no era de placer sino de algo más complicado, una mezcla de agradecimiento y vacío. La mujer mayor le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, casi con ternura, y le dijo algo que no llegué a escuchar.

Después se vistió. Le tendió la mano a la chica para ayudarla a levantarse. Esperó a que se acomodara la falda y la camiseta. Le pasó un papel para que se limpiara la cara. Le abrió el pestillo y le sostuvo la puerta para que saliera primero. Antes de irse ella también, miró durante un instante hacia los cubículos, fila por fila, hasta el último.

Hasta el mío.

Se quedó ahí, mirando, sin decir nada. Cerré los ojos y dejé de respirar. Si me había escuchado en algún momento, si había sabido todo el tiempo que yo estaba ahí, no me lo hizo saber. Apagó la luz, salió y cerró la puerta tras de sí.

Me quedé sentada en la oscuridad mucho rato, esperando a que el corazón me volviera al cuerpo. Cuando finalmente salí, el reloj del pasillo marcaba las cinco menos diez. La biblioteca seguía vacía. La luz del puesto de la encargada estaba prendida pero ella no estaba detrás del mostrador. Sobre la madera, había un libro abierto y una taza de café todavía tibia.

Volví a mi mesa, junté los apuntes, los metí en la mochila y me fui sin pasar por la salida principal.

A la mujer la sigo viendo, una vez por semana, las noches en que tengo que devolver algún libro tarde. Me sella el préstamo, levanta los ojos, me sostiene la mirada un segundo de más, y me dice buenas noches.

Nunca he vuelto a ese baño.

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Comentarios (2)

Rocio_libre

tremendo!! me atrapo desde el primer parrafo, muy bien narrado

NachoDRiver

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de mas!!! Muy buen relato

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