Mi vecina me espiaba mientras me ejercitaba desnuda
Hace tiempo que no me animaba a contar una de estas tardes, pero la de aquel jueves de febrero todavía me eriza la piel cada vez que la recuerdo. Así que decidí escribirla tal cual pasó, sin adornarla demasiado, porque la verdad no necesita ayuda.
Vivo sola en un tercer piso, en un edificio viejo de techos altos donde casi todo el mundo trabaja de día. Eso me dejaba la casa entera para mí desde la mañana hasta entrada la noche. Y a mí, desde siempre, me gusta andar con poca ropa puertas adentro. Una camiseta vieja, ropa interior, a veces nada. Hay días en que el cuerpo me pide eso: sentir el aire directo sobre la piel, sin telas, sin costuras, sin nada que me recuerde que debo cubrirme.
Aquel jueves era uno de esos días. El verano se había metido a destiempo y el departamento era un horno. El ventilador apenas movía un aire espeso que olía a asfalto caliente. Tenía ganas de moverme, de estirar el cuerpo, de sudar a propósito y no por culpa del clima. Así que hice lo que hago siempre que estoy sola: me quité la ropa, dejé la pila sobre la silla y me quedé desnuda en medio del cuarto.
Puse música, algo con un ritmo lento y grave que se sentía en el pecho, y extendí una manta vieja sobre el suelo de madera frente al espejo grande de mi habitación. Ese espejo es mi confidente. Me gusta verme mientras me ejercito, no por vanidad, sino porque mirarme me mantiene presente, me hace consciente de cada músculo que trabaja.
Empecé con los estiramientos. Me incliné hacia adelante con las piernas firmes y las palmas buscando el suelo, sintiendo cómo la espalda se abría centímetro a centímetro. En el reflejo, mis pechos colgaban libres y firmes, y la piel me brillaba apenas con la primera capa de sudor. Subí despacio, vértebra por vértebra, y giré el torso a un lado y al otro. El calor lo hacía todo más lento, más denso, más físico.
Fue al separar las piernas para estirar la cadera, con las manos plantadas en el piso y la espalda arqueada, cuando lo noté. La ventana estaba abierta de par en par, las cortinas recogidas para que entrara cualquier brisa que se dignara a aparecer. Enfrente, cruzando el patio interior, estaba la ventana del edificio vecino. Y en el reflejo del espejo, detrás de mí, vi moverse una sombra.
No fue miedo lo que sentí. Fue otra cosa. Un calor distinto al del clima, que me subió desde el vientre hasta la garganta en un segundo. Alguien me estaba mirando. No sabía quién, no me importaba quién. Solo sabía que tenía público, y algo dentro de mí, algo que llevaba demasiado tiempo dormido, se despertó de golpe.
Que mire. Que mire todo lo que quiera.
No me incorporé. No corrí a cerrar las cortinas como habría hecho cualquiera. Al contrario: bajé el ritmo, hice cada movimiento más deliberado, más largo, como si supiera exactamente la coreografía que iba a darle a esa sombra. Pasé a las sentadillas, de cara al espejo pero de espaldas a la ventana, sabiendo perfectamente la postal que estaba ofreciendo.
Bajaba despacio, sintiendo cómo los músculos del trasero se tensaban en cada repetición, cómo los muslos trabajaban, cómo la respiración se me iba volviendo más profunda. En el espejo veía mi cara, los labios entreabiertos, y más allá, borrosa, esa figura inmóvil al otro lado del patio. Quieta. Atenta. Sin perderse un solo detalle.
El ejercicio dejó de ser ejercicio. Cada sentadilla era una invitación, cada inhalación una promesa. Empecé a pasarme las manos por el cuerpo, despacio, como si me estuviera revisando, como si comprobara el trabajo del entrenamiento. Subí las palmas por los muslos, por las caderas, por la cintura húmeda de sudor, hasta los pechos. Me apreté los pezones con el pulgar y el índice y un escalofrío me recorrió entera.
Ya no estaba haciendo nada por disimular. Quien estuviera mirando sabía perfectamente lo que pasaba, y eso era justo lo que lo hacía irresistible. Me arrodillé sobre la manta, frente al espejo, con la ventana a un costado, y apoyé una mano contra el vidrio frío del espejo. La otra empezó a bajar.
Tenía el sexo mojado mucho antes de tocármelo. Cuando por fin lo hice, cuando los dedos encontraron el clítoris hinchado, se me escapó un gemido tan inmediato que me sorprendió a mí misma. Cerré los ojos un instante y dejé que la imaginación hiciera lo suyo. Me imaginé un cuerpo detrás del mío, un peso real, una mano cerrándose alrededor de mi cuello sin apretar del todo, una voz baja ordenándome que no parara.
Y no paré.
Abrí los ojos para verme en el espejo y, de reojo, para asegurarme de que la sombra seguía ahí. Seguía. Inmóvil, recortada contra la luz del cuarto de enfrente. Me ardía pensar que esa persona estaba viendo cada cosa que mis dedos le hacían a mi cuerpo, que quizás su respiración estaba tan agitada como la mía.
Aceleré el movimiento de la mano. Con la otra me apreté un pecho, me tiré del pezón, dejé que la cabeza cayera hacia atrás. Los gemidos ya no eran gemidos, eran sonidos más altos que la música, sonidos que rebotaban en las paredes del cuarto vacío y se escapaban por la ventana abierta hacia quien quisiera escucharlos. No me importaba si los vecinos de abajo me oían. En ese momento yo era pura piel y puro deseo, y el hecho de ser observada lo multiplicaba todo por diez.
Me llevé dos dedos al interior y arqueé la espalda. Las piernas me temblaban. Sentía cómo mis propios fluidos me resbalaban por la cara interna de los muslos, cómo el cuerpo entero se tensaba alrededor de los dedos, cómo cada terminación nerviosa se concentraba en un solo punto a punto de estallar. Me mordí el labio inferior con fuerza y miré la sombra una última vez.
Mírame acabar. Quiero que lo veas.
El orgasmo me golpeó como una ola que rompe de golpe. Grité, sin pudor, con la mano apretada contra el espejo para no perder el equilibrio, mientras el placer me sacudía en oleadas que parecían no terminar nunca. Las piernas me cedieron y terminé apoyada sobre los talones, jadeando, con el corazón galopándome en el pecho y la piel ardiendo.
Me quedé así un rato largo, recuperando el aliento, con los ojos cerrados y una sonrisa estúpida en la cara. Cuando por fin pude sostenerme, me incorporé despacio y me giré por completo hacia la ventana. Quería verle la cara a mi cómplice, ponerle un rostro a la sombra que me había acompañado.
Y entonces la vi.
Era una chica. Vivía en el departamento de enfrente, una de esas vecinas con las que uno se cruza en la entrada y saluda sin saberse el nombre. La había visto un par de veces sacando la basura o esperando el ascensor, siempre apurada, siempre con auriculares. Nunca habíamos cruzado más de dos palabras.
Pero en ese momento no estaba apurada. Estaba de pie junto a su ventana, con una mano metida entre las piernas y los ojos clavados en mí. Se había estado tocando mientras me miraba. Tenía las mejillas encendidas, el pecho subiendo y bajando rápido, y una expresión a medio camino entre la vergüenza de haber sido descubierta y la audacia de no apartar la vista.
Por un segundo ninguna de las dos se movió. El patio entre los dos edificios, esos pocos metros de aire caliente, parecían cargados de electricidad. Yo, completamente desnuda y todavía agitada. Ella, con la respiración entrecortada y la mano donde yo sabía. Dos desconocidas que acababan de compartir algo mucho más íntimo que cualquier conversación.
No sentí ni una pizca de pudor. Al contrario. Le sostuve la mirada, dejé que recorriera mi cuerpo una vez más sin esconder nada, y le sonreí. Una sonrisa lenta, cómplice, de las que lo dicen todo. Ella entreabrió los labios, como si fuera a hablar, pero no salió ningún sonido.
Le guiñé un ojo.
Vi cómo se mordía el labio y bajaba la vista un instante, esa mezcla de timidez y deseo que la hacía todavía más atractiva. Levanté la mano hacia las cortinas y, sin dejar de mirarla, las cerré despacio, tela sobre tela, hasta que su figura desapareció detrás del lino claro.
Me quedé un momento de pie en medio del cuarto, en penumbra, escuchando mi propia respiración volver a la calma. La piel todavía me hormigueaba. No solo por el orgasmo, sino por algo nuevo, algo que recién empezaba: ahora sabía quién me había mirado. Y sabía, por la forma en que ella no había podido apartarse, que aquel jueves no iba a ser la última vez.
***
Esa noche apenas pude dormir. Me la pasé pensando en su cara contra el vidrio, en su mano moviéndose al ritmo de la mía, en cómo dos personas que ni siquiera se conocían habían terminado entregadas al mismo deseo separadas por unos metros de aire. Me preguntaba si ella estaría pensando lo mismo, despierta en su cama del otro lado del patio.
Al día siguiente, cuando bajé a tirar la basura, la encontré en la entrada. Esta vez sin auriculares. Se quedó mirándome, con esa sonrisa nerviosa de quien guarda un secreto, y por primera vez nos saludamos de verdad.
—Hace mucho calor estos días —dijo, y el doble sentido le coloreó las mejillas al instante.
—Demasiado —respondí—. Por eso me gusta tener las cortinas abiertas. Para que entre el aire.
Se rió, bajando la mirada, y yo supe que nos habíamos entendido. Le dije mi número de departamento por si alguna vez necesitaba algo, prestada una taza de azúcar, lo que fuera. Ella asintió mordiéndose el labio, igual que la tarde anterior.
Subí las escaleras con el corazón acelerado y una idea muy clara en la cabeza. Esa tarde, cuando el calor volviera a apretar, las cortinas estarían abiertas otra vez. Y, con un poco de suerte, la próxima vez la distancia entre las dos ventanas dejaría de existir del todo.
Pero esa, queridos, es otra historia. Y todavía no estoy lista para contarla.