Mi mejor amiga me confesó lo que callaba hace años
Eran las nueve de la noche cuando entré al supermercado del pueblo, todavía con el polvo del viaje pegado a las zapatillas. Hacía tres semanas que había vuelto a vivir acá después de casi una década en la capital, y todavía me costaba acostumbrarme al silencio de las calles a esa hora.
Estaba parada frente a la góndola de los champús, calculando si me convenía el bueno o el barato, cuando escuché un grito que me hizo soltar el frasco.
—¡Sofi! ¡Sofía!
Levanté la cabeza y ahí estaba Camila, asomada por encima de las galletitas con la misma sonrisa de los dieciocho años, solo que ahora tenía dos arrugas finas alrededor de los ojos que la hacían todavía más linda. Se acercó casi corriendo, con un canasto a medio llenar, y me abrazó tan fuerte que terminé con la cara contra su cuello.
—No puedo creerlo —dijo, sin soltarme—. No puedo creer que estés acá.
Nos habíamos conocido en una fiesta de fin de cursada, cuando ella era compañera de mi mejor amigo. Después la facultad nos cruzó, nos hicimos íntimas, nos contábamos todo. Cuando me fui a estudiar a la capital algo se enfrió, no por pelea sino porque la vida se ocupa de eso. Ella se casó, tuvo un hijo, yo me la pasé saltando entre amantes de los dos géneros sin demasiado plan. Hacía por lo menos cuatro años que no nos veíamos en persona.
Quedamos en juntarnos esa misma semana. Me contó, entre la góndola de los champús y la caja, que se había separado hacía un año y medio, que el nene ya tenía siete, que vivía sola en una casita a tres cuadras de la plaza. Yo le conté que había vuelto sin un plan claro, que necesitaba aire, que la capital me había chupado todo. Hablamos como si los años no hubieran pasado, parándonos en el medio del pasillo y dejando a la gente esquivarnos con cara de fastidio.
—El viernes —me dijo antes de irse—. Vamos a tomar algo. Vos elegís.
***
El viernes me puse un vestido corto que no usaba desde el verano anterior, botas cortas y la campera de cuero que me había regalado mi madre. Me miré en el espejo y pensé que estaba bien, ni demasiado, ni poco. Estaba nerviosa, igual, y me dio vergüenza estarlo. Era mi amiga, no una cita.
Cuando entró al bar entendí por qué me había puesto el vestido. Camila tenía puesto un jean elastizado que le marcaba las caderas anchas que siempre había tenido, y una remera blanca finita, casi transparente, sin corpiño debajo. El pelo lo llevaba más corto que antes, hasta los hombros. Se quedó parada en la puerta buscándome con la mirada y, cuando me encontró, sonrió de un modo que me hizo cosquillas en el estómago.
—Estás hermosa —le dije apenas se sentó, porque no me lo iba a callar.
—Vos estás peor —contestó—. Y eso que vine con la idea de no sentirme fea al lado tuyo.
Pedimos cervezas artesanales. Ella nunca había probado una y le hice probar dos o tres distintas, riéndonos cada vez que arrugaba la nariz. Me puso al día. El divorcio, las citas posteriores que iban de patéticas a directamente perturbadoras, un tipo que le había mostrado fotos de su ex en la primera cena. Y, casi al pasar, deslizó que hacía unos meses había hecho un trío con una pareja que conoció por una aplicación.
—¿Vos? —pregunté, casi escupiendo la cerveza.
—Yo —dijo, mirándome fijo—. Siempre tuve curiosidad por estar con una mujer. Y bueno, surgió, y dije sí.
—¿Y?
—Y me gustó más de lo que esperaba.
Hubo un silencio raro, de esos que duran un segundo pero pesan tres. Yo bajé la mirada al posavasos y ella le pegó un trago a la cerveza para tapar lo suyo. Cambiamos de tema enseguida, hablamos del nene, del padre, de mi vuelta al pueblo. Pero algo había quedado flotando arriba de la mesa y las dos lo sabíamos.
Tres cervezas después decidimos que era una pena irse a dormir tan temprano. Cruzamos a una disco del centro, una pista chica con luces violetas y música que retumbaba contra las paredes. Apenas entramos, Camila me agarró del brazo y me dijo al oído, con esa sonrisa de complicidad que tenía a los veinte:
—Hagamos como antes. Si alguien pregunta, somos novias.
—Hecho.
Era un truco viejo nuestro para que los pesados no se acercaran. Funcionaba a medias, siempre aparecía algún iluminado proponiendo un sándwich, pero al menos nos divertíamos espantándolos. Esa noche, sin embargo, el juego se sentía distinto. Cuando me pasó el brazo por la cintura para que un tipo entendiera que no había chances, me apretó un segundo de más. Cuando bailamos, sus caderas no se despegaron de las mías. Cuando se inclinaba para gritarme algo al oído, me rozaba el cuello con los labios.
A la una de la mañana, agotadas y un poco mareadas, salimos a esperar el auto bajo el cartel luminoso de la entrada. Estábamos riéndonos de un chiste estúpido cuando ella se puso seria de golpe.
—Sofi.
—¿Qué?
—Me gustás.
Lo dijo así, sin decoración, mirándome con los ojos un poco vidriosos por la cerveza pero perfectamente conscientes.
—Siempre me gustaste —agregó—. Desde el primer año de facultad. Nunca te lo dije porque pensaba que era una pavada mía.
Yo me reí, no porque fuera gracioso sino porque no sabía qué hacer con eso. Le dije que ella también me gustaba, que se lo decía con el cuerpo y con la cabeza, que cómo no me iba a gustar. Lo dije rápido, como si fuera una broma, porque la otra opción era tomarlo en serio y para eso me faltaba aire.
Justo paró el auto. Subimos. Le dije al chofer la dirección de la casa de ella primero, después la mía. Apenas arrancamos, Camila se inclinó hacia mí y me besó en la boca.
No fue un piquito de borracha. Fue un beso lento, con los ojos cerrados, con la mano apoyada en mi nuca. Yo se lo devolví sin pensarlo, porque en los diez segundos que duró entendí que llevaba años queriendo besarla y que no me había dado cuenta nunca.
Cuando llegamos a la altura de su casa, le agarró el brazo al chofer.
—Cambio de planes. Vamos a la otra dirección.
—¿Estás segura? —le pregunté en voz baja.
—Segurísima.
***
Entramos a mi departamento haciendo más ruido del necesario, riéndonos de nada como dos adolescentes. Le ofrecí agua, se rio. Le ofrecí más vino, se rio más. Después se fue al baño a sacarse el maquillaje y yo me quedé en el living buscándole una remera mía que le quedara cómoda, aunque las dos sabíamos que no la iba a necesitar.
Cuando le golpeé la puerta del baño con la toalla en la mano, me abrió desnuda. Estaba inclinada sobre la bañera, regulando la temperatura del agua, con la espalda arqueada y esas caderas que yo había estado mirando toda la noche bajo el jean elastizado.
—¿Te bañás conmigo? —me preguntó por encima del hombro, como si fuera la cosa más natural del mundo.
No contesté. Me saqué el vestido sin desabrocharme las botas, me peleé un segundo con las botas, me reí, terminé desnuda contra el marco de la puerta. Ella vino, me agarró la cara con las dos manos y me besó parada bajo el chorro de la ducha.
—Despacio —me dijo cuando intenté apurarla—. Te quiero entera, no quiero perderme nada.
Me dio vuelta contra los azulejos y me besó la nuca, los hombros, la espalda, mientras me pasaba las manos por las costillas y me agarraba los pechos desde atrás. Yo cerré los ojos y dejé que el agua me cayera en la cara. Cuando bajó una mano por mi vientre y empezó a tocarme entre las piernas, dejé de pensar del todo. Me apoyé contra ella, con la cabeza echada hacia atrás sobre su hombro, y le dejé hacer.
—¿Te gusta? —me preguntó al oído.
—Sí —dije, y la palabra me salió rota.
Me dio vuelta otra vez para besarme la boca y, sin dejar de hacerlo, cortó el agua y nos arrastró fuera. Recorrimos el pasillo dejando un reguero, riéndonos, chocándonos contra las paredes. Llegamos a la cama mojadas y ella me empujó sobre la sábana.
Se me puso encima, me besó el cuello, bajó por el esternón, se entretuvo en cada uno de mis pechos con una calma que me ponía loca. Yo le hundí los dedos en el pelo corto y traté de no acelerarla. Cuando finalmente bajó entre mis piernas y me apoyó la boca ahí, miré para abajo y la vi mirarme. Esa imagen, más que lo que hacía con la lengua, fue lo que me hizo terminar a los pocos minutos, agarrando la sábana con las dos manos.
Ella subió, me besó en la boca, me hizo probarme a mí misma. Me dio un beso largo y se acostó boca arriba al lado mío.
—Te toca —murmuró, sonriendo.
Me senté sobre su muslo y empecé a recorrerla con las manos. Tenía la piel todavía mojada y se le erizaba con el aire frío del ventilador. La besé en los pechos, le mordí suave los pezones, fui bajando despacio porque ella había hecho lo mismo conmigo y se lo merecía. Cuando llegué entre sus piernas y le pasé la lengua por primera vez, gimió de un modo que me hizo dudar de no haber estado perdiéndome esto toda la vida.
—Más fuerte —me pidió a los pocos minutos, jalándome el pelo—. Más, no pares.
Me acordé del arnés que tenía guardado en el cajón de la mesita. Estiré la mano sin soltarla, lo saqué, me lo ajusté en la oscuridad mientras ella se reía bajito esperando. La puse boca abajo, le acomodé las caderas con una almohada y entré despacio. Ella enterró la cara en la almohada y empujó hacia atrás para encontrarme.
—Pegame —me dijo, girando apenas la cabeza—. Una nalgada, no más.
Le di una. Después otra. Después la di vuelta, le puse las piernas sobre mis hombros y la miré a la cara mientras terminaba, con la boca abierta y los ojos cerrados y el pelo desordenado contra la almohada.
Cuando me saqué el arnés y me dejé caer al lado suyo, ella se subió encima sin darme tiempo a respirar.
—Falta una cosa —dijo.
Me abrió las piernas, se acomodó entre ellas de un modo raro, casi a horcajadas pero cruzadas, y empezó a frotar su sexo contra el mío. Despacio primero, casi explorando. Después más rápido, agarrándome de los muslos para tener apoyo. Las dos mojadas, las dos al mismo tiempo, las dos mirándonos a los ojos con una concentración que daba miedo. Terminamos casi juntas, riéndonos al final porque era imposible no reírse.
Nos quedamos abrazadas, transpiradas, sin sábana encima, escuchando el motor de un colectivo lejano. Ella se durmió primero, con la cabeza apoyada en mi clavícula. Yo me quedé mirándola un rato largo, pensando que no era posible que hubiéramos sido amigas durante diez años sin esto.
***
Me despertó un beso en la boca, lento, sin urgencia.
—Hola —dijo.
—Hola.
Estuvimos un rato en silencio, mirando el techo. Después ella se rio sola.
—¿Vos sabés cuántas veces me masturbé pensando en vos? —dijo—. Cada vez que me contabas que habías estado con alguna mina, me iba a mi casa y me hacía cualquier cosa pensando que era yo.
—¿Y por qué nunca dijiste nada?
—Porque vos me veías como amiga. O eso pensaba yo. Y prefería tenerte como amiga a perderte por una pavada mía.
La besé otra vez. Le acaricié el pelo. No tenía ganas de que se fuera, pero tenía que ir a buscar al nene a lo del padre y a las once ya empezaba a apurarse.
En la puerta, mientras se acomodaba la campera, me dio un beso que me dejó las piernas flojas. No de los efusivos, sino uno corto, casi formal, con un peso adentro que no se explicaba con la duración.
—Te escribo —dijo.
—Te espero.
Una hora más tarde me llegó el mensaje.
«Esta semana nos vemos.»
«De mí no te vas a librar tan fácil.»
«Te quiero.»
Le contesté que la esperaba ansiosa y dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa, sonriendo sola en mi cocina, mientras el café se enfriaba y yo entendía, por fin, que había vuelto al pueblo por algo más que por aire.