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Relatos Ardientes

El fin de semana que vino a entregarse a su amo

La noche antes de viajar, Nadia me escribió temblando. Lo notaba hasta en la pantalla.

—Darío, estoy nerviosa. No sé si subir a ese avión —tecleó.

—Ya lo tengo todo preparado, pequeña. Pero sabes que no haremos nada que tú no quieras hacer. Si al final no coges el vuelo, me lo dices y paso el fin de semana paseando. Sin enfados.

—¿De verdad no te enfadarías?

—De verdad. Te entiendo perfectamente.

Habíamos hablado durante meses. Conocía sus límites, su palabra de seguridad —«membrillo»—, y exactamente qué buscaba al venir a verme. Yo le doblaba la edad y ella tenía veinticuatro años recién cumplidos. Esa distancia era parte de lo que la ponía nerviosa, y parte de lo que la encendía.

Viajé un día antes para dejar la casa lista e ir a recogerla la mañana del sábado. Esa noche dormí inquieto: no contestó mis mensajes, ni siquiera los abrió. Me levanté demasiado temprano, con el café y el cigarro como única calma, sin saber si aparecería.

***

En el aeropuerto esperé en la zona de llegadas con la incertidumbre carcomiéndome. Camiseta básica, vaqueros, alpargatas y mi sombrero de paja para protegerme del sol. Su vuelo aterrizó puntual a las diez y media. La gente salió en oleadas y ella no apareció.

A las once seguía sin rastro. Le escribí de nuevo: vi que leía, que estaba en línea, y nada. Cómo odiaba ese silencio. Resignado, agaché la cabeza y caminé hacia el aparcamiento. Ya fuera, me paré a encender un cigarrillo, pensando que aquello terminaba antes de empezar.

—¡Darío!

Me giré. Ahí estaba, parada, sonriendo con el cuerpo tenso. Me acerqué y ella no se movió.

—Por fin. Pensé por un momento que no vendrías.

—He estado a punto de no hacerlo. Lo siento.

—¿Por qué lo sientes? Nadie te obliga.

La cogí del hombro, firme, y le di dos besos. La diferencia de edad se notaba, y no quise incomodarla con tanta gente alrededor. Traía solo una mochila ligera. Llevaba un vestido suelto de lino blanco; la ropa interior, también clara, se transparentaba apenas a contraluz.

—Estás guapísima.

—¿Tú crees?

—Lo creo.

En el coche, al sentarse, la falda se le subió y dejó ver el muslo, ya bronceado y firme del gimnasio. Apoyé la mano cerca de su rodilla y la miré fijamente.

—¿Vamos?

Asintió. Durante el trayecto me contó sus dudas: nunca había viajado tan lejos para ver a un hombre, y menos con esa distancia de años entre los dos.

***

La casa era pequeña pero estaba en primera línea de mar, con acceso directo a la playa. Nadia recorrió el salón abierto, salió a la terraza con la piscina y subió las escaleras. Arriba, el dormitorio tenía el baño integrado: una ducha abierta frente a un ventanal enorme con vistas al agua.

—Joder, qué pasada.

—¿Te gusta?

—Me encanta.

La dejé deshaciendo la mochila y bajé a prepararle un café. Cuando le acerqué la taza, ella me cogió la mano, tiró de mí y me besó en la boca. Mi mano cayó a su cintura, el beso se hizo profundo y entonces se apartó, recuperando el aliento.

Volví a la piscina y me metí en el agua mientras ella se duchaba. Al rato apareció en la terraza con un bikini amarillo y un pareo, el café en la mano, mirando el horizonte.

—Veo que no quieres salir de aquí —dije.

—Es que me encanta esta casa. Pero si tú quieres…

—No. Estás como en tu casa.

Dejó la taza, se quitó el pareo de espaldas a mí y caminó hasta el bordillo. Se sentó abriendo las piernas, invitándome. Buceé hacia ella, la cogí de los tobillos y emergí entre sus rodillas. Mis manos subieron por sus muslos hasta las caderas y volvieron a bajar.

—Ven —levanté los brazos.

La rodeé por la cintura y la atraje hacia mí. Me envolvió con las piernas y le impedí hacer pie; dentro del agua pesaba menos que una pluma.

—Esto no era lo que habíamos hablado… —le susurré.

Me calló con un beso. La llevé contra la pared de la piscina, sosteniéndola entre el borde y mi cuerpo. Noté cómo se aferraba al sentir mi erección. Aparté la tela del bikini y la penetré despacio, esa incomodidad inicial bajo el agua que enseguida se desvanece. Empezamos a movernos, suaves, sin prisa.

—Sigue —jadeó—. No pares.

Le sujeté la nuca, luego el pelo, tirando hacia atrás para dejar su cuello expuesto, y lo recorrí con la boca. La sentí apretarse alrededor de mí, contraerse. Sabía que podía terminar dentro: se lo había contado hacía tiempo, que estaba operado, que no había riesgo. Me besó con fuerza justo cuando algo cálido se derramó entre los dos, y me dejé ir en su interior con un gruñido.

Nos miramos y nos reímos.

—No era el plan… pero qué bien ha estado.

Salimos del agua. Le di una palmada en la nalga, redonda y perfecta, y ella chilló entre risas. Sabía perfectamente lo que esa palmada anunciaba.

***

Eran las tres y no habíamos comido nada, así que lo arreglamos con unas pizzas a domicilio. Después, cansada por haberse levantado tan temprano, subió a echarse un rato. Yo me quedé en el jardín con otro café, pensando en la suerte que tenía, dándole vueltas a cosas que quizá no debía.

Subí cuarenta minutos más tarde. Dormía plácidamente, boca abajo primero, luego boca arriba, mostrando los pechos pequeños y la peca junto al ombligo. Su silueta bronceada brillaba contra las sábanas. Me arrodillé al pie de la cama, recorriéndola con la vista, y la agarré de los tobillos para tirar de ella, abriéndole las piernas de golpe.

Despertó sobresaltada.

—¿Qué haces?

La cogí del cuello, sin apretar de más, y la besé.

—Tengo que recordarte a qué viniste.

Me miró asustada, pero con los ojos brillantes de excitación. Sabía que con una sola palabra todo se detenía, y no la dijo. Le amasé los pechos con fuerza, le pellizqué un pezón hasta arrancarle un gemido, y la levanté del cuello para ponerla de rodillas en la cama.

—Para, me duele —protestó, y la mirada decía lo contrario.

La arrastré del pelo hasta el suelo. Cogí el cinturón del pantalón, lo enrollé en la mano por la hebilla, y dejé colgar la tira de cuero. Sus ojos saltaron del cinto a mi erección.

—No, no, no… —dijo con una risa nerviosa, esa mezcla de miedo y deseo.

—Te voy a castigar por no dejarte hacer.

La tendí boca abajo sobre mis rodillas. Acaricié su trasero con el cuero frío de la hebilla y, sin avisar, dejé caer el primer cinturonazo. El chasquido sonó seguido de un grito agudo. Otro en la otra nalga, y otro más, hasta que las marcas rojas empezaron a relucir. Permaneció inmóvil sobre mis piernas.

—¿Vas a obedecer?

Me miró de reojo, la cara encendida.

—Sí… amo. Haré lo que me pidas.

***

La empujé al suelo, abrí las piernas y ella se incorporó entre ellas. Cogió mi polla, sorprendida de lo dura que estaba, y empezó a besarme el vientre, las ingles, los testículos, lamiendo y succionando mientras me miraba a los ojos. Luego bajó por el costado, jugó con la lengua y se la metió en la boca, lenta primero, más rápida después, buscando su propio límite cuando mi mano le sujetó la cabeza.

La aparté para que tomara aire. Le sujeté la cara con las dos manos.

—Abre la boca y saca la lengua.

Obedeció. La golpeé suave con la polla, marqué el ritmo contra su garganta, le di un respiro y volví a empezar. Cuando me cansé, le acerqué un botellín de agua. Mientras bebía, vio que rebuscaba en la mochila.

Saqué un plug con cola de zorro y un bote de lubricante. Su cara cambió, entre el pudor y la curiosidad.

—Gatea hacia mí, niña. Y mueve el culo mientras vienes.

Lentamente apoyó las manos en el suelo, levantó el trasero y se acercó contoneándose, sabiendo cuánto me encendía esa postura. Nos arrodillamos frente a frente, nos besamos. Le pasé el plug para que lo humedeciera con la boca.

—Date la vuelta. Apoya los codos en el suelo y abre las piernas.

Obedeció en silencio. Sentí mi aliento sobre su piel todavía caliente del castigo. La besé, la lamí, y empecé a trabajarla con un dedo, despacio, mientras la masturbaba con la otra mano para relajarla. Cuando estuvo lista, vertí el lubricante, lo extendí bien y empecé a introducir el plug poco a poco. Gimió, incómoda al principio, pero me sostuvo la mirada queriendo seguir. Al fin entró del todo. Estaba preciosa con esa cola, más sumisa que nunca.

—Ve a la cama. Quiero ver cómo te mueves.

***

Se dirigió a la cama meneándose, dejándome ver cómo la cola seguía el vaivén de sus caderas. Se puso a cuatro patas. Me deslicé debajo de ella y la obligué a sentarse sobre mi cara, mirando hacia el mar. Recorrí con la lengua del clítoris hacia atrás, lo busqué, lo encontré, lo mordí suave mientras dos dedos entraban en ella, curvándose para rozar la pared que la hacía estremecer.

—Ven —me pidió, dándose la vuelta.

La besé dándole a probar su propio sabor, sin dejar de masturbarla. Cerró los ojos, se dejó llevar, y con un tercer dedo y la lengua presionando el clítoris la llevé al borde. Se corrió en mi boca, apretando los muslos contra mi cara, gimiendo sin gritar, montando los pies en mis hombros.

Volví a colocarle el plug, que el orgasmo había desplazado, y la puse a cuatro patas con un par de almohadas bajo las caderas. Retiré el plug, dejé caer saliva, masajeé con los dedos y, cuando estuvo abierta, apoyé mi sexo en su entrada.

—Relájate —susurré.

—Lo intento…

Entré despacio, primero solo la punta, retrocediendo y avanzando, añadiendo lubricante hasta que se deslizó mejor. Sus gemidos de dolor pasaron a una respiración profunda. Aceleré, frené, volví a empezar con embestidas más hondas. Le tiré del pelo, la azoté para oírla, y cuando ya no pude más salí y me corrí sobre su espalda y sus nalgas enrojecidas. Me desplomé sobre ella, agotado.

—Joder… qué bueno ha estado esto.

***

Después nos duchamos juntos en silencio, dejando que el agua nos enfriara. La enjaboné igual que ella me enjabonaba a mí.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí.

—¿De verdad, Nadia? ¿Estás bien?

—De verdad —se colgó de mi cuello y nos balanceamos lento bajo el agua.

A las ocho nos vestimos para cenar. Se puso unos pantalones cortos y una blusa blanca y ancha; el contraste con su piel morena resaltaba aún más. Le pedí que se quitara el sujetador: a contraluz se intuirían sus pechos, y a ella le gustaba tanto como a mí esa pizca de exhibición. Paseamos por el frente marítimo entre terrazas llenas, y observé en silencio las miradas que provocaba, de hombres y de mujeres por igual.

—Tengo una idea. ¿Y si cogemos algo para llevar y te enseño un sitio que te va a encantar?

—Lo que tú quieras.

***

Condujimos hasta un pinar mediterráneo. Bajamos un sendero escarpado de cinco minutos y, al final, apareció una cala pequeña con barcas de pescadores varadas en la arena gruesa. El sol se fundía justo donde el horizonte tocaba los acantilados.

—Es precioso. Gracias.

—¿Te animas a bañarte sin nada?

—¿Y si viene alguien?

—Poco probable. Venga.

Le quité la blusa mientras hablaba. La brisa le endureció los pezones; acaricié uno con el pulgar. Nos desnudamos y la tomé en brazos hasta el agua templada. Cuando me cubrió la cintura, la giré para que mirara el atardecer, mis manos recorriendo sus costados.

Salimos a la arena y tropecé justo donde rompían las olas. Caímos riendo, ella enfadada porque se le mojó el pelo, y la callé con un beso. Bajó la mano a mi sexo y empezó a masturbarme. Tiré de ella hacia las barcas y, en la penumbra, la puse debajo de mí. Guio mi sexo hacia el suyo, ya húmedo.

—Déjame a mí —dijo, y bajó a despertarme con la boca hasta que volví a estar duro.

Se subió encima y marcó su propio ritmo, piel con piel, rozando el clítoris con la punta antes de volver a meterla. Cuando salió la luna, sin luces artificiales, las estrellas eran nítidas. La cambié de postura, abriendo bien sus piernas para llegar más hondo. Me pidió más rudeza, no más velocidad.

Levanté la vista y vi a una pareja mirándonos a pocos metros. Se lo susurré.

—Calla y sigue —respondió.

La puse a cuatro patas, le levanté la cabeza para que viera que nos observaban, y volvió a tumbarse, atrayéndome con las piernas. Nos corrimos a la vez, mirándonos, su cuerpo envolviendo el mío. Caí rendido encima de ella, las dos respiraciones rompiendo el silencio de la cala.

—¿Siguen ahí? —preguntó.

—Sí.

Nos sentamos a mirarlos y nos reímos al ver que la otra pareja también follaba. Me besó.

—Otra vez, Darío.

—¿En serio? Déjame recuperarme.

No me dejó. Susurrándome cosas al oído logró que volviera a ponerme duro, y allí mismo, sentados con las piernas entrecruzadas, se la metió de nuevo. Llegó a otro orgasmo, esta vez gritando sin importarle que la oyeran, mientras la pareja seguía a lo suyo. Recogimos nuestras cosas y volvimos al coche en silencio.

***

De vuelta nos duchamos otra vez, sacando arena de sitios que ni imaginábamos.

—Te lo dije, la playa es mal sitio —reí.

—Pero ha estado increíble.

—Me has dejado seco. Hacía tiempo que no follaba tantas veces en un día. Me mata tu juventud.

—Aún es temprano para una más, ¿no? —me buscó con la mano.

—Para, de verdad no puedo.

Nos acostamos desnudos, muy juntos, la luz de la luna entrando por el ventanal. Acaricié su cuerpo hasta que su respiración se volvió la de alguien que ya duerme, y caí rendido.

***

Me desperté a las cinco, como siempre. Hice café, fumé en la terraza con el único ruido de las gaviotas y los pesqueros volviendo a puerto. Volví al dormitorio y me senté a observarla: la curva de sus caderas, los pechos pequeños, las manos juntas sobre la cabeza.

Cogí un pañuelo largo de lino que había traído y, con mucho cuidado, le até las muñecas al cabecero de barrotes. Se movió, pero logré sujetarla a tiempo. Cuando despertó del todo y entendió que estaba atada, forcejeó.

—¿Qué haces? Joder, para, aún no me he despertado.

—Quiero follarte otra vez. Mira cómo me tienes.

Me senté sobre su pecho y le rocé la cara con mi sexo. Con la mano libre empecé a acariciarla entre las piernas, todavía dormida, hasta humedecerla. Protestaba, pero no decía la palabra.

—Abre la boca y saca la lengua.

—No, para.

Acerqué mi cara a un centímetro de la suya.

—¿Recuerdas a qué viniste? Dime qué eres.

Con la mandíbula atrapada entre mis dedos, susurró:

—Soy tuya. Vine a por ti.

Sus palabras me supieron a gloria, sin saber si las decía por excitación o por el juego. La trabajé con los dedos mientras le rozaba la lengua, le metía la polla entre los dientes y la mejilla y volvía a sacarla. La excitación la hacía convulsionarse en pequeños jadeos. La castigué un poco más, le amasé los pechos hasta arrancarle protestas, y de pronto sentí el calor envolverme cuando empezó a masturbarla sin piedad.

—Te estás corriendo.

Se corrió con tanta fuerza que mojó la cama, gimiendo sin poder contenerse, y cayó rendida, dejándome con las ganas. Intenté penetrarla de nuevo, pero me rehuyó.

—Déjame, déjame calmarme. No me toques, por favor.

Entendí que ya no jugábamos. Había sido demasiado intenso y estaba exhausta. Me levanté a darme una ducha. Cuando salió, se metió bajo el agua conmigo y me abrazó por el cuello.

—Eres lo peor —dijo, y respiró hondo contra mi pecho.

—¿Estás bien, mi niña?

—No sé qué decirte.

—¿Me he pasado?

—En conjunto no. En un par de momentos, sí.

—Lo siento. ¿Por qué no has dicho la palabra?

—¿Qué palabra?

—«Membrillo», Nadia. ¿No te acuerdas?

—Sinceramente, no.

—¿Puedo hacer algo para que estés mejor?

—No, estoy bien. Solo siento que tú no te hayas corrido.

—No te preocupes. Ya habrá otra ocasión —mentí, sabiendo que no la habría.

***

Recogimos la casa y fuimos al aeropuerto. Esta vez el trayecto se llenó de recuerdos de las horas vividas. Pasamos los controles; quedaban tres cuartos de hora para embarcar. De repente me cogió de la mano.

—Sígueme.

—¿A dónde? Si salimos en media hora.

—Suficiente.

Me arrastró al baño, a un habitáculo amplio. Me bajó el pantalón, se puso de cuclillas y empezó a chupármela.

—Estás loca.

—No pienso dejarte así. Fóllame aquí.

Me sentó en la taza, se subió encima y me cabalgó con una intensidad que me arrancó el aliento.

—Voy a correrme.

—No dentro. No quiero ir chorreando todo el viaje. Ven, córrete en mi boca.

Se arrodilló y terminó con la boca y la mano, tragándolo todo mientras yo ahogaba los gemidos.

—Escupe —le dije.

—¿Qué escupir? Me la tragué enterita —rio.

—Eres lo peor… y por eso me encantas.

Al salir, un par de señoras nos miraron mal y se nos escapó la risa.

—Ha sido fantástico conocerte por fin —le dije—. Sabía que eras morbosa, y te agradezco que te hayas atrevido a venir.

Me sonrió, me besó en la mejilla y se despidió. La vi desaparecer entre la gente. Ya en mi vuelo le escribí: «Avísame cuando llegues bien».

—Siiii —respondió.

Y después se hizo el silencio en la aplicación.

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Comentarios (6)

visitante_nocturno

tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo. gracias por subir esto!

Selene_R

La tension del comienzo es lo que mas me atrapó. Eso de no saber si subir al avion y aun asi aparecer... lo describe de una manera que se siente muy real.

GabrielCba33

Increible!!! Muy bien escrito, se siente autentico. Sigue asi

SofiaDelNorte

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas. No me dejo conforme jajaja

PabloMdQ

Engancha desde el primer parrafo, asi se escribe. Me gustó mucho el ritmo que tiene.

ValeMdq

que bueno este relato, se hizo corto :)

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