La compañera madura que me retó en el vestuario
Me llamo Rubén y durante varios años trabajé de mantenimiento y jardinero en una residencia para mayores a las afueras de Granada. Allí conocí a un montón de compañeras, porque casi toda la plantilla eran mujeres. Mi trabajo consistía en tener el centro impecable: arreglar lo que se rompía, podar el jardín, cambiar bombillas, y también hacía de chófer cuando había que llevar a los abuelos de excursión o a sus actividades.
Los primeros años estuve soltero, y reconozco que donde hay confianza y horas muertas surge el cariño. Tuve mis líos con más de una compañera, y hasta con alguna de las estudiantes en prácticas que pasaban por el centro cada temporada. Nunca contaba nada, pero las paredes oían y los pasillos hablaban.
Con quien mejor me llevaba era con Lorena, una cuidadora que rondaba los cuarenta y cinco y que tenía un hijo casi de mi edad. Era de esas mujeres a las que no les pesan los años, sino que se los habían ganado: la mirada tranquila, las manos firmes y una risa que sonaba a quien ya no le tiene miedo a nada.
Comíamos juntos casi todos los días en el office. Después bajábamos al patio trasero a fumar un cigarrillo, apoyados en la pared tibia, y ese era nuestro rato. Ella me preguntaba con malicia por una u otra compañera, fingiendo curiosidad de tía, y yo me hacía el tonto.
—No me cuentas nada, pero yo lo sé todo —decía, dándole una calada al cigarrillo y entornando los ojos.
—No hay nada que contar —respondía yo.
—Ya, claro. Y yo nací ayer.
Esa era nuestra dinámica. Ella tanteaba, yo me escabullía, y los dos nos reíamos. Nunca pasó de ahí durante mucho tiempo, aunque algo en el aire entre nosotros llevaba meses cargándose de electricidad sin que ninguno lo dijera en voz alta.
Un día de agosto, con un calor que derretía el asfalto del aparcamiento, yo estaba en el cuarto de mantenimiento ordenando herramientas. Me había quitado la camisa del uniforme porque el ventilador no daba abasto. No la oí entrar.
—Vaya, vaya —dijo Lorena desde la puerta, con los brazos cruzados—. Si llego un minuto antes te pillo en pelotas.
Me giré de golpe. En aquella época entrenaba mucho y estaba fuerte, y la verdad es que no me molestó que me viera así. Lo que me descolocó fue el modo en que me miró: de arriba abajo, sin disimular, con esa sonrisa que no era de broma del todo.
—¿Te ayudo a buscar algo? —le dije, haciéndome el digno mientras alcanzaba la camisa.
—No te tapes por mí, hombre. Que ya soy mayorcita.
Mayorcita. La palabra se me quedó dando vueltas el resto de la tarde.
***
Con ese vacilón aguantamos varias semanas más. Ella soltaba la indirecta, yo la devolvía, y el patio de los cigarrillos se volvió un campo minado de medias frases. Hasta que llegó el día de la piscina.
Una vez al mes llevábamos a un grupo de residentes a una piscina cubierta cercana para que hicieran ejercicios suaves en el agua. Aquel día coincidimos Lorena como cuidadora y yo como chófer, y no solo teníamos que acompañarlos: teníamos que meternos en el agua con ellos y ayudarlos en cada movimiento.
Yo, que de tonto no tengo un pelo, me llevé un bañador bastante más ajustado de la cuenta. Lo hice a propósito, para ver si conseguía que me dijera algo. Y vaya si lo conseguí.
Cuando salí del vestuario y me vio, se le escapó una carcajada nerviosa que no le pegaba nada. Se mordió el labio, apartó la vista y volvió a mirarme dos veces.
—Madre mía, Rubén. ¿Eso es reglamentario? —preguntó, fingiendo que se escandalizaba.
—Es lo que había limpio —mentí, encogiéndome de hombros.
—Ya, seguro.
Pasamos la mañana metidos en el agua templada, sosteniendo a los abuelos por la cintura mientras movían las piernas, contando repeticiones, riéndonos de las ocurrencias de don Emilio, que a sus ochenta y tantos seguía siendo un galán. Pero cada vez que cruzaba la mirada con Lorena, ella ya me estaba mirando. Y apartaba la vista una fracción de segundo tarde.
Cuando terminó la sesión, sacamos a los residentes del agua y empezamos a ayudarlos a vestirse. Ella se encargaba de las señoras y yo de los caballeros. Uno a uno los fuimos sacando del vestuario y sentando en la terraza, al sol, para que se secaran y esperaran al resto.
Hasta que, sin darnos cuenta, quedamos solos ella y yo. No había nadie más, ni en el vestuario ni en toda la piscina. Solo el goteo de las duchas y el eco del agua quieta.
***
Estábamos los dos empapados, con la ropa de calle esperando en los bancos. Yo me sentía valiente por el bañador, por la mañana entera de miradas, por todos esos meses de cigarrillos y medias palabras.
—Oye —le dije, medio en broma—, ¿te vienes a la ducha conmigo o qué?
Lo solté esperando que me contestara con uno de sus zascas habituales. Que me mandara a paseo entre risas y que ahí muriera la cosa. Pero Lorena se quedó callada un segundo, dejó la toalla sobre el banco y caminó hacia mí.
—Venga —dijo, sin más.
Se me cortó la respiración. Nos metimos juntos bajo el chorro tibio, en uno de esos cubículos de azulejo viejo con la cortina medio descolgada. El agua le caía por el pelo recogido, le bajaba por el cuello, por los hombros. Y entonces, sin teatro ni prisa, se quitó el bañador delante de mí.
No me lo esperaba. Pensé que sería otra de sus bromas llevadas al límite, que se reiría y daría media vuelta. Pero no. Se quedó así, frente a mí, mirándome con una seguridad que solo dan los años. Su cuerpo no era el de una cría, y precisamente por eso me gustó tanto: tenía historia, tenía curvas reales, tenía la calma de quien sabe lo que vale.
—¿Y ahora qué? —murmuré, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Por toda respuesta, se agachó y me bajó el bañador de un tirón, hasta los tobillos. Cuando se incorporó, ya había notado lo evidente: estaba duro como una piedra, y no había manera de fingir lo contrario.
—Vaya —dijo en voz baja, con media sonrisa—. Así que era verdad lo del bañador.
Me rozó con la mano, despacio, como quien comprueba algo, y luego me miró a los ojos. Yo le aparté un mechón mojado de la cara y la besé. Llevaba meses imaginando ese beso y resultó mejor que cualquier versión de mi cabeza: lento al principio, después hambriento, con el agua cayéndonos encima y el vapor empañando los azulejos.
Sus manos recorrían mi pecho, mi espalda, mientras la mía bajaba por su vientre. La sentí estremecerse cuando la toqué entre las piernas, y el sonido que se le escapó contra mi boca fue lo más excitante de toda la mañana.
La levanté en brazos, agarrándola por los muslos, pegándola contra la pared fría. Ella me rodeó la cintura con las piernas y se sujetó a mis hombros. Por un instante nos quedamos así, mirándonos, con la decisión flotando entre los dos.
—Espera, espera —dijo de pronto, soltando una risa entrecortada—. Aquí no, loco. Como entre alguien nos echan.
Me dio un beso rápido, se escurrió de mis brazos de un salto y salió de la ducha riéndose como una adolescente, dejándome a mí pegado al azulejo con el corazón a mil. La siguiente vez que la vi ya estaba vestida, peinándose frente al espejo como si nada hubiera pasado, aunque las mejillas la delataban.
—Esto no se lo cuentas a nadie —me advirtió, señalándome con el peine—. Y menos a las niñas de prácticas.
—Mira quién habla de discreción —respondí.
Nos reímos los dos. Pero ya nada era igual.
***
Esa misma tarde, después de devolver a los residentes al centro y fichar la salida, me invitó a su casa «a tomar un vino». Vivía en un piso pequeño y luminoso, con plantas en el balcón y fotos de su hijo por las paredes. Sirvió dos copas, puso música baja y se sentó a mi lado en el sofá como si lleváramos años haciéndolo.
No tardamos en retomar lo que la ducha había dejado a medias. Allí, sin prisas ni miedo a que entrara nadie, fue distinto. Me llevó al dormitorio de la mano, se quitó la ropa con la misma naturalidad de antes y me dejó descubrirla despacio, centímetro a centímetro, sin la urgencia de un cubículo de azulejos.
Lorena sabía exactamente lo que quería y no le daba vergüenza pedirlo. Me guio con las manos, con las palabras, con la respiración. Y cuando por fin nos juntamos del todo, lo hizo mirándome a los ojos, con esa sonrisa suya que llevaba meses volviéndome loco. Les prometo que ha sido una de las mejores noches de mi vida, y no por gimnasia ni por acrobacias, sino por la confianza de hacerlo con alguien que se ríe contigo mientras lo hace.
Nos quedamos hasta tarde, fumando junto a la ventana abierta, igual que en el patio del centro pero sin uniforme y sin secretos.
—¿Sabes lo que más me gustaba de ti? —me dijo, apoyada en mi hombro—. Que nunca contabas nada. Eso me ponía muchísimo.
—Y a ti, sacarme de quicio.
—Eso también —admitió, riéndose.
***
Lorena era divorciada por aquel entonces. Con el tiempo se volvió a casar, rehízo su vida y yo dejé el trabajo en la residencia para mudarme a otra ciudad. Pero durante años seguimos teniendo nuestras pequeñas escapadas: un café que terminaba en su piso, un mensaje a deshora, una tarde robada al calendario.
Nunca le puse nombre a lo que teníamos. No hacía falta. Era una mujer que me enseñó que el deseo de verdad no entiende de edades ni de prisas, y que a veces lo mejor empieza con un cigarrillo compartido y una broma que se te va de las manos.
Cada vez que paso por delante de una piscina cubierta y huelo el cloro, vuelvo a aquel vestuario vacío, al chorro tibio y a esa risa que salió corriendo descalza por los azulejos. Y sonrío, porque sé que ella, en algún sitio, también se acuerda.





