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Relatos Ardientes

El amante joven que llegó tras mi divorcio

A los cuarenta y cuatro años siento que vuelvo a empezar. El divorcio, lejos de hundirme, me devolvió el aliento. Cerré el último trámite con mi abogado y pasé página sin nostalgia, casi con alivio. Mi ex tendrá que pasarme una pensión considerable —su situación se lo permite de sobra— y, además, el piso se queda conmigo. No tenemos hijos. Nada que me ate. Por primera vez en mucho tiempo, me pertenezco por completo.

Nos separamos cuando él conoció a otra mujer, alguien de quien no quiero saber absolutamente nada. Que sea ella la que lo aguante ahora. Yo, mientras tanto, me consuelo a mi manera: navegando por internet a horas en las que la casa entera está en silencio. Descubrí un montón de sitios que despertaron mi curiosidad. Entre otros, uno que vende juguetes. Me encapriché con unas bolas chinas y con un consolador sencillo, de esos que prometen alargar el placer cuando una está sola. La verdad es que desconfío tanto de los hombres que prefiero satisfacerme por mi cuenta. Por ahora, no me quejo.

Una noche, curioseando perfiles masculinos en Deseante, una página de encuentros sin compromiso, me topé con un chico que me gustó muchísimo. Le escribí por el chat y respondió enseguida. Hablamos, hubo conexión, me hizo desearlo con apenas tres frases. Y entonces, de golpe, la pantalla se congeló. Un fallo de conexión. Nada más.

—¡Mierda! —dije en voz alta, sola en el salón.

Tendría que esperar hasta mañana. Esa breve conversación me había dejado encendida, con el bajo vientre exigiendo gratificación inmediata. Fui a la habitación, me desnudé y me contuve para no tocarme. Me preparé algo rápido de cenar. Me obligué a ver la televisión. No funcionó nada: tuve que volver a la cama. Esta vez me acaricié el clítoris despacio, alargándolo, dejando que la mano subiera hasta el ombligo un instante antes de parar, para empezar de nuevo poco después. Seguía con la misma fantasía: que me lo metiera. Me corrí largo y tendido. Por fin me dormí.

Al día siguiente amanecí desnuda sobre las sábanas revueltas, y aproveché para volver a tocarme, esta vez con el consolador. Para esa noche ya lo había decidido: iba a ser una mujer de verdad, una que se muere por que un hombre joven la posea. Quería comportarme sin pudor. Solo llevaba puesto un vestido, el de los botones por delante, sin nada debajo. Si me veía así, esperaba que se me echara encima; y si no, ya sabría yo cómo provocarlo. Mientras tanto, dejé sobre la mesa baja una botella de armañac añejo, otra de whisky y una de licor dulce.

***

Por fin sonó el timbre. Me detuve un segundo frente al espejo del recibidor, comprobé que el escote del vestido caía justo donde quería, y abrí. Me lo habría comido allí mismo, en el umbral. Se llamaba Iván y era todavía más guapo que en las fotos: alto, con esa seguridad torpe de quien aún no sabe del todo lo atractivo que es. En el salón eligió el armañac, igual que yo. Calentamos el alcohol entre las manos, sin prisa, mirándonos por encima de las copas mientras la luz tibia de la lámpara dibujaba sombras en su cara.

—Tienes una casa preciosa —dijo, paseando la mirada por el salón antes de devolverla a mí.

—Siéntate aquí, a mi lado —respondí, dando una palmadita en el sofá.

Me habría gustado que me besara él primero. Sería, en el fondo, la presa dejándose cazar. Le miré los labios con insistencia, sin disimulo. Él entendió enseguida que lo deseaba. Finalmente se inclinó y me besó. Nuestras lenguas armaron un baile lento y excitante. Me aferré a su nuca. Ahora era él quien tomaba la iniciativa: una mano se posó en mi hombro y yo me quedé quieta un momento, dejándome hacer. La otra mano subió hacia mi pecho.

Empezó a apretarme demasiado fuerte.

—Despacio —le pedí—. Así me haces daño.

Si las chicas con las que sale no se lo dicen, claro que no aprende. Corrigió enseguida, y sus caricias se volvieron justo lo que necesitaba. Desabrochó otro botón para dejar mis pechos al descubierto y se inclinó a besar mis pezones, esta vez con la presión exacta. Yo ya estaba mojada. Su mano bajó hasta apoyarse en mi rodilla y se quedó ahí, indeciso. Solo esperaba a que se atreviera a subir hacia mi entrepierna.

Se atrevió. Y entonces fue mi turno de tomar la iniciativa.

Bajo el pantalón se le marcaba un bulto que abarqué con toda la mano. Le solté el botón, le bajé la cremallera y conseguí sacársela. Lo masturbé como sé hacerlo: lento al principio, firme después. Cuando él intentó devolverme el favor y buscar mi clítoris con los dedos, no encontró el punto exacto. Tuve que guiarlo. Me pregunté si de verdad habría estado con tantas chicas como presumía. No era virgen, eso seguro; solo le faltaba oficio. Una vez encaminado, me acarició como es debido. Consiguió hacerme correr, y se quedó tan orgulloso que hasta me preguntó si me había gustado.

—Mucho —le dije, todavía con la respiración entrecortada—. Sigue.

***

Me quitó el vestido del todo, cosa nada difícil con los pocos botones que quedaban. Desnuda frente a él, me dejé mirar sin vergüenza, girando despacio para que viera cada ángulo. Mi cuerpo apenas ha cambiado desde los veinte, y él no tenía ni idea de con qué se había encontrado. Tampoco la tenía de lo que vendría después.

Me arrodillé entre sus piernas y me la metí en la boca. Sabía bien. Primero lamí la punta, despacio, antes de tomarla casi entera. Subí y bajé marcando un ritmo. Iba a hacer que se corriera: a su edad se ponía duro otra vez en cuestión de minutos. Se quedó echado hacia atrás, la espalda contra el respaldo del sofá y los ojos cerrados, entregado por completo. Cuando se corrió ni siquiera me avisó. Por suerte a mí me gusta tragar, y eso hice, aunque no fue mucho: seguro que se había tocado un par de veces antes de venir a verme.

Me senté de nuevo a su lado.

—Ahora tú —murmuré—. Bájate ahí.

Sin decir palabra se deslizó al suelo y se puso de rodillas. Abrí las piernas y le dejé ver todo mi sexo. Le tomé la cabeza y la dirigí hacia donde yo quería. Le pedí que empezara despacio, que jugara con la lengua antes de hundirla, que llegara bien adentro. Y por fin subió al clítoris y se quedó ahí, lamiendo con paciencia. Lo que él no supo nunca es que me corrí tres veces seguidas contra la punta de su lengua. Cuando se incorporó estaba más duro que la primera vez.

—¿Te ha gustado lo que hemos hecho? —le pregunté.

No contestó. Me besó, y en ese beso estaba toda la respuesta.

***

Lo llevé de la mano hasta mi habitación. Tumbados, volvió a besarme por todo el cuerpo. Yo busqué de nuevo su sexo, dispuesta a masturbarlo otra vez, pero él me detuvo la mano. Esta vez supe que por fin iba a follarme. Abrí las piernas, invitándolo a tomarme. Al menos sabía cómo: entró despacio, demasiado despacio para mi gusto, pero lo dejé hacer. Los embates se fueron acelerando a medida que se acercaba a su placer. Yo estaba a punto cuando sentí su semen brotar muy adentro. Llegué apenas un instante tarde.

—Creo que eres la primera mujer a la que le doy un orgasmo de verdad —me confesó, todavía dentro de mí.

Salió de mí con cara de niño satisfecho. No pensaba dejarlo descansar tanto. Le enseñé cómo me tocaba a mí misma, despacio, mirándolo a los ojos mientras lo hacía. Era la primera mujer a la que veía darse placer así, y se le notaba en la respiración. Miré su sexo: duro otra vez. Lo quería en otro sitio.

Me puse a cuatro patas, le cogí la mano y guie sus dedos hacia mi otro hueco.

—Por aquí —le dije—. Pero muy despacio.

—Nunca lo he hecho así —admitió, casi avergonzado.

—Entonces aprende. Despacio, al principio.

Obedeció como un alumno aplicado. Empujó apenas la parte más ancha, su glande, y se detuvo. En ese momento fui yo quien dio un envión hacia atrás y se la metí entera. Lo oí soltar el aire de golpe. Empezó a moverse, primero con cuidado y luego más rápido, y yo me corrí como una loca, sintiéndolo aún más con cada espasmo. Tardó mucho en acabar. Mejor para mí: estaba recuperando todos los días malos de un solo golpe.

Cuando supe que se vendría una última vez, lo quise ver. Esta vez no tuve que enseñarle nada: él ya sabía lo que yo buscaba. Me dio su sexo, lo tomé en la mano, le bajé y subí la piel muy despacio, como había descubierto que le gustaba. Él, a su vez, reclamó acceso a mi clítoris y se lo concedí. Lo sentí tensarse, el glande cada vez más encendido, hasta que se corrió y yo observé con calma, casi con ternura, cómo salía a borbotones.

***

Se acabó, pensé. Y, sin embargo, él hizo ademán de vestirse para irse a casa.

—Quédate —le dije, y no fue solo por miedo a la casa vacía—. Esta noche no quiero dormir sola.

Me miró un segundo, dudando, y luego se quitó la camisa que acababa de ponerse. Volvimos a la cama varias veces más antes de que amaneciera. Ahora sí es serio: tengo un amante mucho más joven que yo. Y no pienso darle tregua cada vez que volvamos a vernos.

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Comentarios(5)

KarinaRosa

Que relato tan hermoso... me llegó al alma. Esas mujeres que se reinventan después de tanto dolor merecen vivir cada momento así de intenso.

DiegoMzX

muy bueno!! espero que haya mas relatos de este tipo. bravo!

Lectora77

Me encanto la forma en que esta escrito, se siente tan real. Una segunda parte por favor???

Pelu_MR

Tremendo. Me recordo a mi tia que se separo hace unos años y parece que rejuvenecio de golpe jaja. La vida da vueltas.

Vero_del_norte

Leí de un tirón y me quede con ganas de mas. Que bien narrado todo, la tensión, el ambiente... excelente!

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