Aquel maduro del autobús sabía exactamente qué hacer
Aquel día había trabajado como edecán en un evento corporativo, uno de esos congresos donde una agencia te contrata para recibir invitados, repartir gafetes y sonreír durante horas. Yo llevaba una falda azul marino de vuelo, corta pero elegante, una blusa blanca de tirantes y unas zapatillas que a media tarde ya me estaban castigando los pies. Había estado de pie casi tres horas y lo único que quería era llegar a casa, quitarme los zapatos y dejarme caer en la cama.
Para entonces yo tenía veintisiete años y ya había aprendido un par de cosas sobre mí misma. La principal: que no necesitaba que un hombre fuera guapo para desearlo. Me bastaba con cierta seguridad, cierta manera de mirar, cierto olor. Lo que pasó esa noche tuvo más que ver con eso que con cualquier plan.
Salí del recinto pasadas las ocho y media y caminé hasta la terminal. El último autobús de la ruta hacia el puerto iba repleto. No quedaba un solo asiento libre y, para colmo, tuve que viajar de pie, sujeta al pasamanos del pasillo, con el bolso cruzado y los pies ardiendo. Calculé que serían unos cuarenta minutos hasta mi parada, quizá una hora con el tráfico de la salida de la ciudad.
Ya en la carretera, el conductor apagó las luces interiores y dejó solo las tenues lámparas azuladas del techo. La penumbra cambió el ambiente por completo. La gente bajó la voz, algunos cerraron los ojos, y el motor zumbaba grave bajo el piso. Fue entonces cuando sentí que alguien se acomodaba detrás de mí.
Era un hombre. Por el reojo y por la estatura calculé que rondaba los cincuenta y tantos, más bien bajo, de complexión robusta. No era alto, así que encajaba justo a mi espalda, y con cada bache, con cada curva, el vaivén nos empujaba a uno contra el otro. Al principio pensé que era el azar del viaje, esa intimidad incómoda que se da cuando vas apretado entre desconocidos.
Pero no era azar.
Sentí, contra la parte baja de mi espalda, cómo algo se iba poniendo firme. Él no se apartaba; al contrario, aprovechaba cada movimiento del autobús para apoyarse un poco más. Podría haberme corrido un paso, haberle lanzado una mirada de advertencia, haber dicho cualquier cosa. No lo hice. La carretera estaba oscura, el aire olía a gasoil y a perfume barato, y yo, lo admito, decidí quedarme exactamente donde estaba.
Total, en la próxima parada se baja y nunca más lo veo.
Solo que no se bajó en la próxima parada. Ni en la siguiente.
Un par de asientos más adelante, una pareja joven se besaba sin disimulo, escudados en la oscuridad. Vi cómo el chico deslizaba la mano por debajo de la chaqueta de ella, cómo ella echaba la cabeza hacia atrás. Nadie decía nada. En ese autobús nocturno, cada quien fingía dormir o miraba por la ventana hacia la nada negra de los campos.
El hombre detrás de mí se envalentonó con esa misma impunidad. Con la mano derecha me tomó de la cadera, despacio, como tanteando si yo iba a protestar. No protesté. Resopló sobre mi nuca, un aliento cálido que me erizó toda la piel del cuello y los brazos. Cerré los ojos. Mi respiración ya no era la de alguien cansado que vuelve del trabajo.
—¿Tienes mucho viaje? —murmuró, tan bajo que apenas lo oí por encima del motor.
—Hasta el final —respondí, sin girarme.
—Yo también.
Esa sola palabra, dicha contra mi oreja, me prendió. Su mano bajó de la cadera al muslo y subió por debajo del borde de la falda apenas un par de centímetros, lo justo para hacerme entender lo que quería sin pasarse, sin arriesgarse a un escándalo. Yo separé los pies un poco más, como para mantener el equilibrio en la curva, aunque los dos sabíamos que no era por el equilibrio.
Nunca me importó que fuera un completo desconocido, que olía a colonia de farmacia y que me llevaba treinta años o más. Al contrario. Había algo en su atrevimiento medido, en esa seguridad de hombre que ya no tiene nada que demostrarle a nadie, que me estaba volviendo loca ahí de pie, en medio de la nada, agarrada a un tubo de metal frío.
El autobús empezó a vaciarse cuando entramos en la zona del puerto. Bajaron diez, doce personas en un par de paradas, y de pronto quedamos apenas un puñado de pasajeros repartidos por los asientos. Encontré dos lugares libres juntos y me dejé caer por fin. Él se sentó a mi lado sin pedir permiso, como si lleváramos años haciendo ese trayecto juntos.
De cerca era más agradable de lo que esperaba. Regordete, sí, pero pulcro, con una camisa de buena tela y un reloj discreto. No tenía nada de vulgar. Tenía esa pinta de hombre que vivió, que cometió errores y aprendió de ellos, y que ahora sabía perfectamente lo que le gustaba.
—Antes de la última parada hay un crucero —dijo en voz baja, mirando al frente—. Si te bajas ahí conmigo, te invito una copa. Tú decides.
Lo pensé durante exactamente tres segundos.
—Me bajo.
***
Nos apeamos en una avenida mal iluminada, con el mar adivinándose oscuro a unas cuadras y el aire pesado de humedad. Cruzamos la calle casi sin hablar. Él caminaba medio paso adelante, sin tomarme de la mano, y esa distancia me gustó: no había falsa ternura, no había mentiras, solo dos adultos que sabían a qué iban.
Entró a un motel de paso, de esos con luces de neón medio fundidas y un mostrador detrás de un vidrio. Pidió una habitación y dos copas de brandy. Pagó él. No me preguntó nada, no negociamos nada, simplemente subimos por una escalera estrecha que olía a desinfectante y a noches ajenas.
La habitación era sencilla: una cama grande, un buró, una lámpara de luz tibia que él dejó encendida tras apagar la principal. Hacía bochorno. Por la ventana entraba el rumor lejano de un coche.
—Quítate la ropa —dijo, y se sentó al borde de la cama a mirarme.
No era una orden brusca. Era una invitación con la forma de una orden, y a mí me encendió escucharla. Me deshice de las zapatillas primero, con un suspiro de alivio. Luego la blusa, la falda, todo, hasta quedar frente a él con la luz tibia resbalándome por la piel. Él me observaba sin prisa, con una media sonrisa, recorriéndome despacio con los ojos como si quisiera memorizarme.
Me acerqué y le busqué el cinturón. Le bajé el pantalón y se lo terminó de quitar él mismo, junto con la camisa, hasta quedar desnudo en el borde de la cama. Lo tenía grueso, más grueso que largo, todavía dormido. No me intimidó; me dio curiosidad.
—Ven —dijo, y me tomó del cabello con suavidad pero con firmeza.
Me arrodillé entre sus piernas y se la metí en la boca. Reaccionó casi al instante, endureciéndose mientras él guiaba mi cabeza con la mano, marcándome el ritmo, llevándome hasta donde yo podía y un poco más allá. Lo escuché soltar el aire entre dientes, una y otra vez, y esa reacción tan honesta, tan poco fingida, me mojó entera. No había nada de teatro en él. Cada gemido contenido era de verdad.
—Espera —jadeó al rato, levantándome la cara—. Así no termino.
Se puso un preservativo con la calma de quien lo ha hecho mil veces. Me recostó en la cama y entró en mí despacio, midiéndome, como si quisiera comprobar hasta dónde podía llegar antes de empujar de verdad. Lo grueso de él me llenaba de una forma que me hizo arquear la espalda y aferrarme a las sábanas. Empezó lento, con un balanceo profundo, y fue subiendo el ritmo hasta hacerme perder el hilo de todo lo demás.
Cuando sentí que se estaba acercando demasiado pronto, lo frené con una mano en el pecho y lo empujé de espaldas.
—Ahora yo —le dije, y me senté sobre él.
A partir de ahí mandé yo. Me moví despacio primero, en círculos, sintiéndolo entrar y salir a mi antojo, y después más rápido, más hondo, encontrando justo el ángulo que me hacía ver chispas. Él me miraba desde abajo con la boca entreabierta, las manos clavadas en mis caderas, murmurando cosas sin sentido, llamándome «mi amor» entre jadeos como si de verdad lo fuera.
Lo sentí tensarse entero debajo de mí. Echó la cabeza hacia atrás, puso los ojos en blanco y se sacudió con una serie de gemidos largos, tan intensos que por un instante temí que le diera algo. Yo me dejé ir un par de embestidas después, con un temblor que me recorrió desde el centro hasta las puntas de los dedos, y me derrumbé sobre su pecho agitado.
Nos quedamos así un rato, recuperando el aliento, su corazón golpeándome la mejilla como un tambor. Después él se durmió, sin más, vencido. Yo me levanté con cuidado, me metí a la ducha y dejé que el agua tibia me devolviera al mundo.
***
Cuando salí, me vestí en silencio para no despertarlo. Al recoger el bolso de la silla, miré de reojo hacia la cama y vi que, sobre el buró, había dejado un billete doblado. No me lo había pedido nadie, no habíamos hablado de dinero en ningún momento.
Lo tomé. No porque lo necesitara —no lo necesitaba—, sino porque entendí lo que significaba. Era el gesto de un hombre que sabía perfectamente lo que acababa de vivir, que quizá llevaba mucho tiempo sin una noche así, y que no encontraba otra manera de decir gracias. Lo guardé como quien guarda un recuerdo, no como un pago.
Bajé la escalera estrecha, salí al aire húmedo de la madrugada y caminé hasta encontrar un taxi. Nunca supe su nombre. Nunca volví a verlo, ni a subirme a ese autobús a la misma hora con la secreta esperanza de cruzármelo de nuevo.
Pero a veces, cuando viajo de noche y el motor zumba grave y las luces se apagan, todavía siento un calor subiéndome por la espalda, y recuerdo a aquel maduro que, sin decir apenas una palabra, supo exactamente qué hacer conmigo.