La desconocida de la librería que me llevó a su piso
Me llamo Andrés, tengo cuarenta y nueve años y sigo en el mismo piso de Lavapiés que alquilé hace ya demasiado tiempo. Trabajo de administrativo en una gestoría cerca de Atocha: horario de oficina, nómina fija, café aguado de máquina y compañeros que solo hablan de fútbol y de la cuota de la hipoteca. Nada del otro mundo. Pero por las noches escribo. Relatos. Historias que me salen del cuerpo cuando la ciudad por fin se calla. Y corro. Salgo a las seis de la mañana, bajo hasta Madrid Río, subo por la Casa de Campo y vuelvo empapado antes de que amanezca del todo.
Mantengo el cuerpo más o menos en su sitio: hombros anchos de gimnasio casero, barriga plana, la cabeza rapada al cero desde que el pelo decidió abandonarme. No lo cuento por presumir, es solo lo que hay a esta edad si uno se cuida.
Era un jueves de octubre, de esos que en Madrid todavía calientan por la tarde pero refrescan en cuanto cae el sol. Salí de la gestoría a las siete y media, con la mochila al hombro y ganas de caminar un rato antes de encerrarme en casa. Pasé por el mercado de Antón Martín, ya medio bajando las persianas, y entré en una librería de viejo que hay en la calle Argumosa. No buscaba nada concreto. Solo matar el tiempo hojeando libros polvorientos.
Allí estaba ella. Irene. Veintiséis años, aunque de espaldas le habría echado alguno más por cómo se movía: segura, sin prisa, como quien no le debe explicaciones a nadie. Trabajaba en un centro de atención al cliente cerca de Sol, de esos que contestan llamadas toda la jornada y resuelven papeleos ajenos. Clase media de toda la vida: padres en Alcorcón, piso compartido en Vallecas con dos amigas, sueldo justo para el alquiler, gimnasio barato y alguna caña los viernes.
Llevaba unos kilos de más, nada exagerado. Lo suficiente para que las caderas se marcaran redondas bajo los vaqueros, para que el vientre se insinuara suave al sentarse, para que el pecho se moviera con un peso natural bajo la sudadera gris enorme que le tapaba media mano. No era una flaca de revista ni una de esas curvas de filtro de Instagram. Era una chica normal de veintiséis que come pasta los miércoles y no se mata de hambre para entrar en una talla.
Pelo castaño claro, liso, por encima de los hombros, con las puntas un poco abiertas del secador. Cara redonda, mejillas con algo de esa suavidad que aún no se va del todo, ojos verdes que se le achicaban cuando sonreía, unas pecas leves sobre la nariz. Zapatillas blancas gastadas, calcetines de deporte asomando, y una mochila llena de pegatinas de festivales a los que seguramente fue en autobús nocturno.
Me pilló mirándola mientras yo sacaba un Cortázar de la estantería. No se asustó. Me miró de vuelta, sostuvo la mirada tres segundos y sonrió de lado.
—¿Buscas algo en concreto o solo matas el tiempo, como yo? —preguntó con voz suave, un poco ronca de hablar todo el día por teléfono.
—Un poco de las dos cosas —contesté—. ¿Y tú?
—Un libro barato para el metro. Y escaparme un rato del móvil.
Hablamos diez minutos allí mismo, entre estanterías que olían a humedad y papel viejo. De libros, de un Madrid que se está volviendo imposible, de lo difícil que es encontrar piso sin dejarte medio sueldo. Me dijo que se llamaba Irene, que acababa de salir del trabajo y que los jueves solía recorrer librerías antes de coger la línea 1. Le conté mi nombre, mi edad sin disimular el número, que escribía cosas por las noches que casi nunca enseñaba a nadie.
Al final ella compró el Cortázar y yo un viejo tomo de relatos de mar que llevaba años buscando. Salimos juntos. La acompañé hasta la boca del metro de Antón Martín. Bajo la luz naranja de las farolas se la veía más guapa todavía: las mejillas sonrosadas por el fresco, los labios sin pintar, el cuerpo flojo y cómodo después de ocho horas sentada.
Antes de bajar las escaleras se giró.
—¿Te apetece tomar una cerveza un día de estos? Sin compromiso. Solo… charlar.
Le di mi número. Esa misma noche me llegó un mensaje: «Soy Irene, la de los libros. Si no eras un asesino en serie, avisa cuando estés libre :)».
***
Quedamos el martes siguiente en un bar pequeño de La Latina, de esos con mesas altas y cerveza artesana cara. Llegó con vaqueros negros, una camiseta blanca ajustada y una chaqueta vaquera. Se había puesto algo de rímel y brillo en los labios. Se notaba que se había arreglado, pero sin pasarse. Seguía siendo ella: las curvas suaves, los muslos que se rozaban al sentarse en el taburete, el culo redondo que llenaba el asiento entero.
Hablamos dos horas. De todo y de nada. De su trabajo, que la iba apagando llamada a llamada; de mis relatos, que nunca terminaba de publicar; de que a los veintiséis ya se sentía mayor para unas cosas y demasiado cría para otras. Bebimos tres cañas cada uno. Cuando salimos hacía fresco. Caminamos hacia su barrio sin habernos puesto de acuerdo en hacerlo. En una calle estrecha cerca del Retiro me detuve.
—¿Quieres subir a mi piso un rato? —preguntó ella con la voz más baja—. Mis compañeras están fuera hasta mañana.
Subimos. Piso típico de gente joven: sofá de Ikea, plantas medio mustias, mapas de viajes pegados en la pared, olor a café y a ambientador barato. Cerró la puerta y se quedó quieta en el recibidor, como si de pronto le hubiera entrado la duda.
—No soy de hacer esto, ¿eh? —dijo—. De hecho casi nunca. Pero me caes bien. Y… no sé. Tengo ganas de que alguien me mire sin esperar que yo sea perfecta.
Me acerqué despacio y le aparté un mechón de la cara. No tienes ni idea de cómo te estoy mirando.
Se quitó la chaqueta. La camiseta marcaba el pecho pesado, el sujetador negro sencillo por debajo. Bajó los vaqueros sin prisa, peleándose un poco con el tobillo, y se rió de sí misma. Quedó en bragas grises de algodón. Muslos gruesos, suaves, con esos hoyuelos atrás que me gustan más de lo que ella imaginaba. Caderas anchas, alguna estría fina y plateada en los costados que la luz de la lámpara de pie dibujaba apenas.
Se acercó y me besó despacio. Labios blandos, la lengua tímida al principio y luego más decidida, como si fuera recordando cómo se hacía. Le saqué la camiseta por la cabeza. El pecho se le movió al liberarse del sujetador: grande, natural, con el peso cayendo hacia los lados, los pezones endureciéndose al aire frío del salón. Le pasé la mano por el vientre cálido, suave, y la sentí estremecerse.
Bajé sus bragas hasta el suelo y ella las apartó de una patada. La empujé sin brusquedad hasta sentarla en el borde del sofá. Me arrodillé delante. Le separé los muslos con las dos manos, despacio, mirándola a los ojos mientras lo hacía. Estaba ya húmeda, abierta, esperando.
—Joder… —susurró, hundiendo los dedos en mi cabeza rapada—. Despacio… me encanta así.
Empecé con la lengua plana, de abajo hacia arriba, sin prisa ninguna. Después cerré los labios sobre el clítoris y dibujé círculos lentos, escuchando cómo se le entrecortaba la respiración. Metí un dedo, luego dos, y los curvé buscando ese punto que tensa el cuerpo entero. Ella se arqueó, los muslos temblándole a ambos lados de mi cara.
—Ahí… ahí, no pares —dijo entre dientes.
Tardó en llegar, pero cuando llegó fue hondo: la espalda en arco, un gemido ronco que intentó tragarse, la pelvis empujando contra mi boca hasta que se dejó caer sobre el respaldo, jadeando y riéndose a la vez.
—Madre mía —murmuró—. Ahora me toca a mí.
Me bajó el pantalón sin levantarse del todo. Se quedó mirando un segundo, con una mezcla de sorpresa y ganas que me hizo sonreír. Lo cogió con la mano, primero con cuidado, midiendo, y luego se inclinó. No era ninguna experta, pero ponía un empeño que valía por toda la técnica del mundo: la lengua, la mano siguiendo el ritmo, la saliva, los ojos verdes levantándose de vez en cuando para comprobar que me gustaba.
—Para —le dije, apartándole la cara con suavidad—. No quiero terminar así. Quiero estar dentro de ti.
La puse de rodillas sobre el sofá, agarrada al respaldo. Le acaricié la espalda, las caderas anchas, el culo que se abría redondo cuando se apoyaba. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiéndola caliente y apretada cerrarse alrededor. Ella empujó hacia atrás antes de que yo terminara de entrar.
—Más —pidió—. Quiero sentirlo todo.
Empecé lento, dejándola acostumbrarse, y luego fui subiendo el ritmo. El choque seco contra sus nalgas llenaba el salón vacío. Ella gemía sin filtro, con la cara hundida en un cojín, soltando frases a medias que ya no controlaba. La sujeté de las caderas y la guié contra mí, marcando el compás.
Después la giré boca arriba, las piernas abiertas, una rodilla apoyada en mi hombro. Entré de nuevo, más hondo desde ese ángulo, y le busqué el clítoris con el pulgar mientras me movía. La vi venirse por segunda vez: se cerró fuerte a mi alrededor, me clavó las uñas en el antebrazo y ahogó un grito mordiéndose el labio.
No aguanté mucho más. Salí en el último momento y terminé sobre su vientre, con un par de embestidas lentas, mientras ella me sostenía la mirada y me acariciaba el muslo con una mano floja.
Nos quedamos tirados en el sofá, sudados, recuperando el aire. Ella me pasó la mano por la cabeza rapada, despacio, casi con cariño.
—No sé si esto se va a repetir —dijo en voz baja, mirando el techo—. Pero hoy lo necesitaba. Alguien que me mirara tal como soy, con mis kilos de más y mis ganas y todo.
La besé despacio, sin prometer nada que no pudiera cumplir.
—Cuando quieras, Irene. Lavapiés no queda tan lejos.
Se acurrucó contra mi pecho y cerró los ojos. Por la ventana entraba el ruido lejano de la ciudad que nunca termina de callarse del todo. Pensé que esa noche, por una vez, no iba a necesitar escribir nada para sacármela del cuerpo. Ya la tenía aquí, respirando despacio contra mi piel, sin pedirme que fuera otra cosa que lo que era.