Mi alumno me descubrió un placer que no esperaba
El día que salimos de viaje me puse unos pantalones cortos y una camiseta de lo más corriente. Quería evitar cualquier tentación de provocar a Andrés, mi alumno, que ya era mayor de edad pero seguía teniendo esa mezcla de timidez y curiosidad que tanto me desconcertaba. Pasamos las dos horas largas de carretera charlando, y la verdad es que ese chico era sorprendentemente maduro: daba gusto conversar con él.
Llegamos al hotel a media tarde y nos instalaron en habitaciones separadas. El plan era cenar pronto y hacer un último repaso antes de dormir, porque al día siguiente competía en la fase nacional de la olimpiada de matemáticas. Quedamos en mi habitación, que era más amplia; a los participantes les habían dado los cuartos más baratos del hotel.
Mientras Andrés resolvía los ejercicios que le había preparado, yo busqué en el móvil una habitación para la noche siguiente, porque la mía solo estaba reservada hasta entonces. Todo lo que encontraba libre era carísimo. Frustrada, decidí darme una ducha y ponerme el camisón mientras él terminaba.
Cuando salí del baño, Andrés seguía enfrascado en el último problema, el más rebuscado de todos. Me miró de arriba abajo. El camisón no era nada discreto: fino por el calor, demasiado corto, con un escote holgado que me obligaba a cuidar cada movimiento. Nunca pensé, al hacer la maleta, que él fuera a verme así.
—¿Ya has terminado? —pregunté.
—Casi, pero no estoy seguro de que esté bien. Lo estoy repasando.
—Trae, déjame revisarlo.
Me senté en la cama con los folios y me concentré tanto que perdí la noción de lo que pasaba alrededor. Cuando levanté la vista para señalarle el fallo, descubrí que Andrés tenía los ojos clavados en mi entrepierna: el camisón se me había subido lo suficiente como para regalarle una vista clara de mi ropa interior. En sus pantalones se marcaba un bulto que no admitía dudas. Disimulé como pude.
—Mira, aquí te has equivocado —dije, señalando la hoja.
Se acercó y se quedó de pie a mi lado mientras le explicaba el error. Tenía su entrepierna a la altura de mi cara, y verle palpitar bajo la tela me desconcentraba más que cualquier ecuación. Por la posición en la que estaba, encorvada sobre el folio, supe que él me veía el escote hasta donde no debía. Terminé la explicación a toda prisa, pero no me tapé con la mano para no incomodarle.
—Vuelve a intentarlo —le pedí, devolviéndole los folios.
Mientras él trabajaba, yo no podía dejar de mirarle. Estaba completamente empalmado, y un calor espeso me subía desde el sexo e invadía todo el cuerpo. En cuanto se vaya, voy a tener que ocuparme de esto. Luego imaginé que él haría lo mismo en su cuarto, y la idea me encendió todavía más.
—Andrés, necesito que te concentres en el problema. Tienes que dejar de mirarme, al menos hasta que lo resuelvas.
Agachó la cabeza, rojo hasta las orejas.
—Perdón, no puedo evitarlo. Se me van los ojos solos.
—Entiendo el problema que tienes, pero la prueba de mañana es importante. Haré lo que esté en mi mano para que te concentres.
No pilló la indirecta. Me incliné, le tomé la cara con ambas manos para obligarle a mirarme a los ojos, y aun así, tras un segundo, la vista se le volvió a escapar hacia mi pecho.
—Así no podemos seguir. ¿Qué es lo que tanto te distrae? Está claro que necesitas descargar. Si lo hicieras tú mismo mientras me miras, te dejaría tranquilo.
—No podría —murmuró—. Me moriría de vergüenza.
—No me dejas otra opción, entonces. Ven, siéntate aquí.
Me senté en el borde de la cama y él se colocó a mi lado. Le desabroché el pantalón y liberé su miembro. Sentir su dureza en la mano terminó de nublar el poco juicio que me quedaba, y empecé a acariciarle despacio.
—¿No querías verme? Míralas.
Me bajé un tirante del camisón hasta descubrir un pecho. Andrés levantó la vista y su erección dio un salto entre mis dedos.
—Dime qué te gustaría hacerme.
—Tocarla —dijo con un hilo de voz.
Como no se movía, le tomé la mano y la llevé hasta mi pecho desnudo. La ilusión que le hacía se convirtió en un espasmo. Empezó a estrujarme con suavidad y un escalofrío me recorrió la espalda.
—¿Y qué más?
—Quiero chuparla.
Me bajé el otro tirante y le ofrecí el pecho. Acercó la boca a mi pezón y empezó a mamar, primero tímido, después con un deseo creciente. Su mano libre subió por mi muslo sin detenerse, hasta llegar a mi ropa interior, y empezó a acariciarme por encima de la tela. Abrí las piernas y me dejé hacer.
Acabamos los dos tumbados, masturbándonos mutuamente. Su lengua jugaba con mi pezón mientras sus dedos se abrían paso bajo la tela. Cuando empezó a penetrarme con ellos, supe que no aguantaría mucho. Buscó mi clítoris con el pulgar y lo frotó al mismo ritmo, y me fue imposible resistirlo: un orgasmo enorme me sacudió entera mientras apretaba su cabeza contra mi pecho.
Lo que vino después me costó más. Seguí acariciándole, pero el brazo empezaba a quejarse.
—No se esfuerce tanto, profe, así no voy a llegar.
—¿Lo hago mal?
—Me estira mucho la piel y me duele.
Me había venido demasiado arriba. Comprendí que tenía que cambiar de táctica.
—Dime qué quieres, entonces. Lo que sea, pero tienes que descargar.
—¿Podría… usar su boca?
Miré ese miembro enhiesto y me pareció lo más apetecible del mundo. Aun así, fingí que le hacía un favor. Andrés se arrodilló junto a mi cabeza y yo lo agarré y empecé a mamárselo. Él volvió a buscarme los pechos con una mano y el sexo con la otra. Cada vez que apartaba la tela para mirarme entero, le sentía palpitar dentro de mi boca.
—Profe, yo también quiero —dijo de pronto.
Sin soltarle, me quité la ropa interior. Su miembro empezó a latir con fuerza y, tras mirarme unos segundos, hundió la cabeza entre mis piernas. En cuanto su lengua tocó mi clítoris, nuevos escalofríos me recorrieron. No tardó nada en hacerme ver las estrellas. Ese chico iba a hacer que me corriera por segunda vez sin haber terminado él.
—Profe, me voy a correr —avisó.
Yo estaba fuera de mí. Con una mano empujé su cabeza para que no dejara de comerme y con la otra lo atraje de vuelta a mi boca. A los pocos segundos sentí los primeros chorros contra mi paladar, y me lo tragué todo mientras un nuevo orgasmo se desataba dentro de mí. Él terminó antes que yo, pero siguió dándome placer hasta que mi cuerpo se relajó del todo.
Fue el orgasmo más intenso que había tenido hasta entonces. Pero tenía que recuperar mi papel cuanto antes. Me coloqué el camisón, me limpié los restos con el dorso de la mano y respiré hondo.
—Venga, a ver si ahora atiendes a la explicación.
Andrés, sin decir nada, se guardó el miembro y se sentó en la silla. Le expliqué el ejercicio de nuevo y esta vez lo resolvió a la perfección. Me quedó una mezcla extraña de sensaciones: por un lado el remordimiento, por otro una paz indescriptible. Lo mandé a su cuarto y dormí de un tirón.
***
Me desperté antes de que sonara la alarma, hecha un manojo de nervios, y eso que no era yo quien tenía que examinarse. Me duché, hice la maleta y, todavía sin saber dónde dormiría esa noche, fui a la habitación de Andrés a dejar mis cosas y despertarle.
Me abrió con cara de sueño, en pantalón corto, con una erección matutina imposible de disimular. Pasé, él entró un momento al baño y, cuando salió, me encontró tumbada en su cama. Estaba de medio lado, con las piernas un poco abiertas y un vestido demasiado corto: él tenía una panorámica perfecta de mi ropa interior. Su miembro empezó a dar saltos y a mí me volvieron las imágenes de la noche anterior.
—Vaya forma de despertarse —dije—. ¿No tuviste suficiente anoche? Anda, ven, que tenemos tiempo y eso tiene arreglo.
Se tumbó a mi lado. Empecé a acariciarle por encima del pantalón mientras él me buscaba los pechos y me subía la falda. Liberé su miembro y le masturbé con ganas, esta vez sin pasarme. Cuando iba a moverme para usar la boca, fue él quien se adelantó: se colocó entre mis piernas, me descubrió los pechos y se lanzó a devorarlos. Al inclinarse, su dureza chocó contra mi sexo a través de la tela, y no resistí la tentación de restregarme contra él.
Eso le dio el valor que le faltaba. Apartó la tela sin pedir permiso y deslizó su miembro entre mis labios, ya empapados. Con un movimiento sorprendentemente hábil, dejó la punta apuntando a mi entrada.
—No aguanto más, profe. Necesito hacerlo.
—Ya no soy tu profe —jadeé, moviendo la cadera para recibirle.
Entendió perfectamente que le daba permiso. Fue entrando poco a poco, con un cuidado que no esperaba de él, dejando que me adaptara a su tamaño. Empecé a gemir antes de tenerle entero dentro, y un primer orgasmo me sorprendió casi de inmediato. Él no se detuvo: siguió embistiéndome mientras volvía a buscarme los pechos con la boca.
Me penetraba cada vez con más fuerza, unas veces hundido en mi pecho, otras incorporado para mirar cómo entraba y salía. Yo no podía parar de gemir; sentía que con cada embestida me vaciaba los pulmones. Cuando me colocó las piernas sobre sus hombros, llegó todavía más profundo, y un orgasmo descomunal me dejó sin fuerzas. Andrés salió en el último momento y se derramó sobre mi vientre, y yo me quedé ida, temblando, sin poder creer lo que ese chico acababa de descubrirme.
Bajamos a desayunar justos de tiempo y poco después entró a la prueba. Mientras tanto, retomé la búsqueda de habitación. Entonces caí en algo evidente: el curso ya había terminado para él un par de días antes. Andrés ya no era mi alumno; como mucho, su preparadora. Se me cayeron de golpe todas las dudas morales. No se me ocurría mejor sitio para pasar la noche que su cama, y esta vez no tendría que cortarme: éramos dos adultos libres.
***
Andrés salió de las dos pruebas convencido de haberlas hecho mal. Le costaba más fallarme a mí, después de todo, que no clasificarse. Le repetí que llegar a la fase nacional ya era un logro enorme y que estaba orgullosa de él, con un doble sentido que él no captó. Le dije que no había encontrado habitación y que esa noche dormiría en la suya. Le hizo ilusión, aunque me prometió que me respetaría. Me llevé un pequeño chasco: tenía ganas de muchas cosas, y que me respetara no estaba entre ellas.
Después de cenar le invité a una copa, en parte por lo a gusto que me sentía con él, en parte para que se soltara. El alcohol disolvió la distancia que quedaba entre nosotros. Llegamos a bromear sobre los demás profesores; imitó al de inglés, Marcos, y me reí a carcajadas. Nos tomamos una segunda copa y debimos parecer de lo más raro allí, entre tanto cerebrito, dos personas riéndose como si estuvieran de vacaciones.
Al subir a la habitación me esforcé en provocarle. Me duché, salí con el camisón y me puse a enredar en la maleta, que había dejado en el suelo, agachándome más de lo necesario. Le regalé varias vistas de mi escote y, ya en la cama, dejé que un tirante se deslizara hasta descubrir media areola mientras hablábamos. Por curiosidad, y para calentarle, le pregunté por Carolina, su compañera de clase.
—Oye, lo de llegar siempre empalmado a las clases particulares… era por ella, ¿verdad?
Bajó la mirada, rojo, sin contestar. Su silencio lo decía todo.
—Vamos, que sí. ¿Y qué hacía? ¿Te enseñaba la ropa interior en clase? ¿Te dejaba tocarla?
Mantenía la cabeza gacha, pero no apartaba la vista de mi pezón medio descubierto. Llevé la mano hasta su entrepierna, que ya empezaba a endurecerse, y le acaricié por encima del pantalón.
—¿Te tocaba así? No me digas que hacíais esas cosas en clase, podría haberos pillado cualquiera. A Carolina tenía que gustarle mucho, con lo formal que parecía.
Metí la mano dentro del pantalón y empecé a masturbarle directamente. Estaba duro como una piedra, y recordar a su compañera parecía excitarle aún más.
—Así que por eso venías tan encendido a las clases. Ella te calentaba y luego se te iban los ojos conmigo —dije, sacándole el miembro para hacerlo con calma—. Cuéntame qué te habría gustado hacerme en mi despacho. Si me lo cuentas, te hago un favor.
—Quería verle el pecho —confesó al fin—. Tocárselo, chupárselo. Me moría de ganas.
—Pues ven, zalamero, juega un poco.
Se lanzó a mi pezón desnudo como un resorte. Mientras me devoraba, deslicé el camisón hacia arriba hasta descubrir mi ropa interior.
—Tócame como la tocabas a ella. Enséñame lo que hacíais.
Posó la mano sobre mi sexo y empezó a frotarme sobre la tela, primero suave, después justo donde necesitaba. Abrí las piernas y le animé a continuar.
—No me creo que solo la tocaras así. Enséñame de verdad.
Sus dedos se colaron dentro y empezaron a entrar y salir. Se me escapó un gemido.
—¿Y a mí? ¿No te daban ganas de hacerme esto en nuestras clases?
—Sí, profe —admitió, soltándome el pecho un instante—. Cuando se le subía la falda, quería hacerle de todo. Imaginaba que la doblaba sobre la mesa del despacho y la hacía mía ahí mismo.
Ese chico me estaba llevando al borde sin esfuerzo. No quería que parase por nada del mundo. Cuando notó que estaba a punto, volvió a buscarme los pechos con la boca, y la combinación me hizo estallar. Me aferré a su miembro mientras el orgasmo me recorría entera.
Después se puso a cuatro patas sobre mí, con la cara a un palmo de la mía.
—Sé que dije que la respetaría, pero no aguanto más.
—Ya no soy tu profe, y no quiero que me respetes.
Mis palabras fueron como el disparo de salida. Me quitó la ropa interior, contempló un instante mi sexo y hundió la cabeza en él hasta dejarme otra vez entregada. Cuando por fin guió su miembro hacia mi entrada, yo estaba tan al límite que empecé a correrme en cuanto me forzó las paredes.
No sé cuánto tiempo estuvimos así esa noche, ni cuántos orgasmos tuve. Hubo un momento en que perdí la noción de dónde estaba: me había puesto a cuatro patas y me penetraba desde atrás, apretándome las nalgas con una fuerza que dejaba claro cuánto le gustaba mi trasero. Encadené un clímax tras otro hasta caer rendida boca abajo, y aun así él siguió, metiendo las manos bajo mi cuerpo para acariciarme mientras me embestía. Esa noche hizo conmigo lo que quiso, y yo no estaba para poner límites.
***
A la mañana siguiente desperté con Andrés abrazado a mi espalda, los dos desnudos, su erección encajada entre mis muslos. Sentí también su semen reseco contra mi piel y deduje que había terminado ahí la noche anterior. Moví las caderas y noté cómo se deslizaba; estábamos tan pegados que me pareció lo más natural del mundo agarrarle y guiarle hacia mi interior.
Sentí cierto escozor al recibirle: el sexo salvaje de la noche me estaba pasando factura. Iba a sacármelo, pero ya era tarde. Se despertó, me apretó los pechos y empezó a moverse para enterrarse más profundo. Estiré el brazo hasta la mesilla, alcancé un bote de crema y me unté bien los dedos. Saqué su miembro de mi sexo, lo embadurné todo lo que pude y lo dirigí hacia atrás. Después de cómo se había puesto la noche anterior, estaba segura de que le encantaría.
—Ten cuidado, que la tienes muy grande.
Se sorprendió al entender mis intenciones, pero le hizo ilusión. Mientras yo mantenía la punta en posición, él fue empujando despacio hasta que cedí y le dejé pasar. Fue cuidadoso, sin prisa: con un brazo me sujetaba los pechos y con la otra mano me acariciaba el clítoris, ganando terreno poco a poco. No era mi primera experiencia anal, pero nunca me habían llenado así. El contraste entre la suavidad de sus caricias y la sensación brutal de tenerle dentro me volvía loca.
—Me encanta su trasero, profe.
—Ya me había dado cuenta de cómo lo mirabas —jadeé—. Sabía que te gustaría.
Sus penetraciones se volvieron cada vez más placenteras, y con lo que hacían sus manos no tardé en correrme: un orgasmo sosegado pero hondo. Eché el trasero hacia atrás para recibirle entero y gemí tan alto que él me tapó la boca con la mano. Su respiración agitada junto a mi oído me encendió de nuevo.
—Me voy a correr, profe.
Apartó la mano de mi sexo para agarrarme la cadera y embestir como poseído. Sentir esos últimos centímetros hizo que un nuevo orgasmo estallara dentro de mí. Se hundió hasta el fondo, se quedó quieto un instante y se vació entre temblores mientras yo notaba cómo me llenaba. Cuando acabamos, nos quedamos exhaustos, abrazados.
—Ha sido increíble, profe.
—Ya te dije que dejé de serlo hace días.
—Da igual. Usted siempre será mi profesora favorita.
Saldríamos a una hora decente para el viaje de vuelta, y se me pasó volando: cuando pierde la timidez, Andrés es un charlatán encantador. Llegué a pensar que difícilmente encontraría a un hombre de mi edad tan completo. Nos despedimos en la puerta de su casa, y esa fue la última vez que lo vi. No se clasificó para la fase internacional; cuando se lo comuniqué por teléfono me dio la sensación de que apenas le importó. Seguro que ya había encontrado a alguna chica espabilada que supiera apreciarle.
Mirando atrás, no me arrepiento de nada de lo que hice con Andrés. Si acaso, me arrepiento de lo que no hice, de todas las clases que desaproveché por consideraciones morales estúpidas. A veces imagino que entra en mi despacho y, antes de empezar, me doblo sobre la mesa y le ofrezco lo que entonces no me atreví a darle. Pero ese tren ya pasó y no volverá. Espero que con esto entiendas por qué te mentí y que sepas perdonarme; siempre me ha parecido que sabes escuchar sin juzgar.
Tu amiga, Marina.