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Relatos Ardientes

Lo que mi vecino maduro despertó una tarde de lluvia

Ilustración del relato erótico: Lo que mi vecino maduro despertó una tarde de lluvia

Nos mudamos a ese barrio buscando lo de siempre: tranquilidad, rutina, una vida ordenada que pudiéramos construir entre los dos. Calles arboladas, perros que ladraban a media tarde, ese olor a césped recién cortado que parecía colgado en el aire incluso entre semana. Era exactamente lo que Tomás y yo necesitábamos después de casarnos. O eso creía.

Yo tenía veintiséis años y apenas unos meses de matrimonio. Todavía sentía que llevaba puesto un traje una talla más grande que la mía, uno al que no terminaba de acostumbrarme.

El vecino de enfrente se llamaba Ricardo. Rondaba los cincuenta y dos, aunque se movía con una soltura que muchos hombres de treinta envidiarían. Tenía esa postura recta de quien pasó años dando órdenes, pero un trato cálido, pausado. Su esposa, Beatriz, era de su misma edad y casi nunca se la veía por la cuadra. Si alguien me hubiera preguntado qué pensaba de él, habría respondido sin dudar: el vecino del frente. Correcto, educado, amigo de saludar a Tomás en la acera. Nada más.

Hasta esa noche.

***

Ricardo organizó una parrillada en su patio, una reunión sencilla con un par de vecinos y algunos conocidos suyos. Tomás aceptó encantado y yo lo acompañé sin darle demasiada importancia.

Me puse un vestido de lino color crema, ajustado en la cintura, con un escote cuadrado y la tela lo bastante ligera para dejar que la brisa jugara conmigo. Me recogí el pelo en un moño suelto y dejé que un par de mechones cayeran por mi cuello. No buscaba impresionar a nadie. Solo quería sentirme cómoda. Aunque, en el fondo, sabía que me veía bien.

La casa de Ricardo se veía distinta esa noche. Las luces colgaban entre los árboles como luciérnagas quietas y la música baja rellenaba los huecos entre las charlas. Lo saludé apenas llegamos, con una sonrisa cordial y nada más. Llevaba una camiseta gris que le marcaba los hombros y unos vaqueros sencillos.

A media reunión, los hombres se enfrascaron en sus temas y yo terminé buscando el baño más por aburrimiento que por necesidad. Al salir, me crucé con él en el pasillo.

—¿Disfrutando la fiesta? —preguntó con esa voz grave, haciéndose a un lado para dejarme pasar. No alcancé a responder.

—Ese vestido debería venir con una advertencia —añadió, casi al aire, sin mirarme de frente. Y siguió su camino, dejando flotando detrás de él un aroma a madera y a algo limpio y masculino.

Me quedé clavada en el sitio. Me giré para buscarlo, pero ya estaba charlando con otro grupo, como si no hubiera dicho nada fuera de lugar.

Qué descaro, pensé. Y sin embargo no logré sentir el rechazo que tocaba sentir.

Empecé a notarlo. La confianza con la que se movía, como si todo a su alrededor le respondiera. Sus brazos firmes cada vez que levantaba algo de la mesa. Su risa más grave de lo que recordaba. En un momento nuestras miradas se cruzaron desde lejos y él me las sostuvo un segundo más de lo necesario. No desvió la vista. No sonrió. Solo me miró, directo, como si supiera algo que yo apenas comenzaba a intuir.

Desde siempre me habían atraído los hombres mayores: esa mezcla de seguridad, de calma, de saber exactamente lo que quieren. Pero esto era absurdo. Un solo comentario y ya me había removido algo por dentro.

Cuando nos despedimos, Ricardo estrechó la mano de Tomás con una palmada fuerte y luego se volvió hacia mí. No hubo roce ni palabras de doble sentido. Solo me sostuvo la mirada mientras decía:

—Gracias por venir, Mariana.

Lo dijo con una voz tan medida, tan honda, que mi propio nombre me sonó distinto, como si nunca lo hubiera escuchado en boca de un hombre.

***

Los días siguientes fueron normales en apariencia. El café de la mañana, la ducha de Tomás, mis turnos de azafata, alguna salida suelta. Nada había cambiado, salvo que ahora, cada vez que pasaba por la sala, mis ojos se desviaban hacia la ventana que daba al frente.

La casa de Ricardo parecía más presente que antes. A veces lo veía salir temprano a trotar con su perro. Otras lo encontraba de pie en el patio, con una taza de café en la mano, mirando hacia la calle. Hacia mi ventana. No siempre podía asegurarlo. A ratos creía que su mirada estaba fija en la mía; a ratos era yo la que se quedaba observando de más, intentando adivinar si había intención o casualidad.

Un mediodía lo encontré frente a su casa, solo, regando el jardín. Yo salía a dejar unas bolsas de reciclaje.

—Mariana.

Solo eso. Mi nombre. Otra vez ese tono.

—Ricardo —respondí, tratando de sonar natural, aunque sentí que se me encendían las mejillas sin razón.

No había nadie más. Ningún auto, ningún vecino. Solo él y yo, separados por la acera y un trozo de césped recién mojado.

—Quedaste muy bien en ese vestido el otro día —dijo, sin bajar la mirada. No sonrió, no fue burlón. Lo dijo como quien constata un hecho.

—Gracias —murmuré. Era lo único que me salía. Su mirada era tan limpia que me desarmaba. No era de los que jugaban con indirectas. Decía lo que veía, y eso me descolocaba más que cualquier piropo torpe.

—Bueno… mejor me voy antes de que me regañen por jardinera ajena —bromeé, intentando romper la tensión.

Ahí sí sonrió, apenas, pero sus ojos siguieron fijos en los míos.

—Tomás no te dejaría ir ni aunque te portaras mal —dijo entonces, y bajó la vista por primera vez para cerrar el grifo.

No supe si lo dijo para mí, para sí mismo, o si simplemente se le escapó. Pero lo escuché tan claro que no pude responder. Me giré despacio y crucé la calle de vuelta, sintiendo su mirada en mi espalda hasta que cerré la puerta.

No pasó nada. Y, sin embargo, algo se había desajustado dentro de mí.

***

A partir de ahí dejé de fingir. Me vestía mejor para ir al almacén. Me retocaba el maquillaje pensando que él podía estar afuera. Abría la cortina de la sala con más frecuencia que nunca. Y cuando me miraba desde el otro lado de la calle, le sostenía la mirada. Ya no fingía sorpresa, ya no bajaba la vista. Empecé a verlo por lo que era: un hombre maduro que me humedecía con solo aparecer en mis fantasías.

Una tarde llegué del trabajo antes que Tomás. La lavadora zumbaba en la cocina, el sol entraba tibio por la ventana. Me agaché a recoger la ropa del cesto cuando escuché un golpe suave en la puerta.

Abrí.

Ricardo. Camiseta negra ajustada, una toalla al cuello, la piel todavía con el brillo del esfuerzo. Parecía recién salido de entrenar. El pecho le subía y bajaba despacio.

—Perdón que moleste —dijo—. ¿Tendrás algo de hielo? Me quedé sin nada y traigo el hombro cargado.

Hablaba tranquilo, pero a mí me faltaba el aire. Por ese cuerpo curtido y tenso plantado en mi puerta. Por el olor limpio de su sudor. Por cómo su voz me golpeaba en el pecho sin avisar.

—Claro, espera un segundo —dije, y me giré para entrar. Sentí sus ojos recorrer mi uniforme arrugado de azafata, del que apenas me había quitado los tacones.

Volví con una bolsa de hielo. Al entregársela, nuestros dedos se rozaron apenas. Un segundo. Una descarga.

—Gracias, vecina —dijo, y se quedó ahí un instante de más. Sus ojos bajaron por mí. No de forma vulgar, sino con atención, como si me viera de verdad por primera vez.

Y por primera vez yo tampoco me cubrí. No me moví. Solo le devolví la mirada.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí. Solo sorprendida.

Sonrió, como si entendiera más de lo que yo decía, y se fue hacia su casa sin apuro. Cerré la puerta con las manos temblando.

***

Días después llegó la lluvia. No era fuerte, pero sí constante, como si el cielo se tomara su tiempo. Acababa de salir de la ducha cuando escuché unos ladridos urgentes. Me envolví en una toalla y corrí a la ventana: mi perro, Coco, se había escapado y ladraba como loco frente al jardín de Ricardo, desafiando a un pastor alemán que lo miraba con desprecio detrás de la reja.

Me puse a las apuradas un pantalón de chándal y una blusa sobre la piel aún húmeda, abrí la puerta para salir corriendo y me estrellé contra una silueta en la entrada. Ricardo, con Coco cargado como a un niño, los dos empapados.

—Se metió hasta mi puerta y no paraba —dijo, sonriendo, la voz apagada por la lluvia—. Pensé que era mejor traerlo antes de que armara una guerra.

Llevaba una camiseta blanca pegada al pecho, transparentada por el agua. Veía las gotas bajarle por las sienes, por el cuello, por los brazos marcados, en una cámara lenta que me secó la boca.

—Perdón —dije, riendo nerviosa—. No sé cómo se soltó.

—Tranquila. No es la primera vez que un perro me mete en líos.

Nos miramos unos segundos. El sonido de la lluvia llenaba los silencios. Estaba a un paso de mí, la respiración más agitada de lo normal, y yo con el pelo mojado y la ropa pegada al cuerpo.

—¿Quieres una toalla? —ofrecí, dándome media vuelta.

—Mejor una, sí. Estoy empapado.

Entró. Cerré la puerta.

Volví del baño con una toalla grande y se la extendí. La tomó sin quitarme los ojos de encima. Sus dedos rozaron los míos y me hicieron inhalar más hondo de lo que quería.

—Gracias —dijo, pero no se secó. Me miró de arriba abajo, sin descaro, con atención. Y yo ya no podía seguir fingiendo que no había notado todo eso antes. Ese cuerpo. Esa manera lenta de hablar. Esa tensión invisible cada vez que estábamos cerca y no pasaba nada.

—¿Quieres secarte en el baño? —pregunté. No reconocí mi voz.

Negó con la cabeza. Dejó la toalla sobre la mesa y dio un paso. Luego otro. Yo no retrocedí.

Cuando estuvo frente a mí, su mano rozó mi mejilla, apenas. No fue brusco. Fue una prueba. Y no me aparté.

—Sabes que no debería estar acá —murmuró, ronco.

—Yo tampoco —susurré.

No hizo falta otro permiso.

***

Me besó con fuerza, como si llevara semanas conteniéndose. Mi espalda chocó contra la pared. Su cuerpo tibio y húmedo se apoyó contra el mío y sentí el bulto duro presionándome. Sus manos me tomaron de la cintura y las caderas. Subió la blusa mojada sin detenerse, hasta sacármela del todo; yo levanté los brazos para ayudarlo. Sus labios bajaron por mi cuello mientras, sin darme cuenta, ya tenía la mano en su nuca apretándolo contra mí.

Su boca pasó de mi cuello a mi clavícula y, cuando guié su cabeza más abajo, entendió el mensaje. Se dedicó a mis pechos con calma, alternando la lengua y la presión de sus grandes manos. Me sentó sobre el borde del lavamanos, con las piernas abrazándolo, y noté su miembro luchando por salir de la ropa. Le solté el pantalón, bajé la cremallera y, de un solo tirón, dejé caer todo al suelo. Lo tomé con la mano y sentí su latido caliente y firme entre mis dedos.

Me bajó de un movimiento y me giró de frente al espejo. Mi pantalón cayó, y con él la ropa interior, mientras desde atrás me sujetaba los pechos. No perdió tiempo en rodeos. Acercó su sexo a mi entrepierna y yo me incliné para facilitarle el camino. Empezó a rozarme despacio, separándome con cada pasada, y un escalofrío me recorrió la columna. Me temblaban las piernas. Y de pronto sentí cómo me abría para dejarlo entrar; el gemido que se me escapó le confirmó todo.

Llenó mi interior de una sola vez. Empezó con embestidas firmes, sin pausa, cada una marcada por el sonido de mi cuerpo chocando contra el suyo. Gemí como hacía mucho no gemía, como hacía mucho no me pasaba con nadie.

—Desde que te vi quise tenerte así —me dijo entre jadeos, aunque apenas le presté atención.

Bajó el ritmo y, sin salir de mí, paseó dos dedos por mi sexo y luego los llevó más atrás. Supe de inmediato lo que tenía en mente. El sexo anal no era nuevo para mí; no era mi favorito, pero esa tarde estaba dispuesta a todo con él. Retiró su miembro, humedeció bien la zona y yo intenté relajarme y ayudarlo.

Apoyó la punta contra mí. Me sujeté del lavamanos, cerré los ojos y respiré hondo. Empezó a empujar, suave pero constante. Un ardor tenue lo acompañaba. Sentí cómo cedía milímetro a milímetro; cada vez que el dolor crecía, él se detenía un par de segundos, y yo se lo agradecía en silencio antes de que volviera a presionar.

—Ya pasó lo peor, Mari —murmuró cuando por fin entró del todo. Se quedó quieto un momento, dejándome adaptar, con la mano apoyada en mi espalda.

Luego empezó a moverse. Salía casi por completo y volvía a entrar con la misma velocidad, robándome un gemido en cada empuje. Cada embestida llegaba con más fuerza que la anterior, y la cadencia me decía que el final de aquel dulce suplicio estaba cerca.

Me hundió los dedos en el pelo, cerró el puño y tiró de mi cabeza. Me lastimaba, pero era un dolor que no me importaba soportar.

—Abre los ojos —ordenó—. Mírate.

La imagen en el espejo empañado fue inolvidable. Mi rostro encendido, el pelo mojado cayéndome por la cara, los ojos a medio cerrar con cada estocada. Y él detrás, el cuerpo tonificado, los brazos sosteniéndome, las venas del cuello marcadas justo en el instante en que un gruñido ronco se le escapó y sentí su calor derramándose dentro de mí. Habría querido guardar esa escena en algo más que en la memoria.

***

A la mañana siguiente el cielo seguía gris. La calle mojada, las hojas del árbol goteando con una calma insoportable. Puse la cafetera como cada día. Serví la taza de Tomás igual que siempre, dos cucharadas de azúcar, sin revolver, tal como le gusta.

—¿Dormiste bien? —preguntó desde la mesa, sin levantar la vista del teléfono.

—Sí —respondí, sin pensarlo. Como si fuera cierto.

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Comentarios (1)

mariela77

que relato!! me tenia atrapada desde el primer parrafo, no pude parar de leer

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