El vecino casado que subió a probar mi proyector
Mariana tenía veintinueve años, un monoambiente impecable en el octavo piso y un proyector de cine en casa que había usado tres veces en dos años. Lo había comprado en un arranque de entusiasmo, convencida de que iba a transformar sus noches. Terminó mirando series en el teléfono, acostada de costado, con la pantalla blanca colgando de la pared como un reproche.
Así que lo puso en venta. Subió la foto al grupo de vecinos del edificio y al chat de su trabajo, con un texto corto y directo.
«Vendo proyector full HD, casi sin uso, impecable. $150.000 o escucho permutas interesantes. Lo retiran por el edificio. Más fotos por privado.»
Las respuestas llegaron enseguida, y casi todas eran inútiles: emojis, chistes, ofertas ridículas de gente que ni pensaba comprarlo. Estaba por silenciar el grupo cuando le entró un mensaje privado.
Era de Esteban, departamento 8A. El de al lado.
«Buenas, Mariana. Vi el aviso en el grupo. Soy tu vecino de pared, el del 8A. ¿Todavía está disponible? Si te queda cómodo, paso a verlo esta semana. Saludos.»
Ella respondió casi sin pensarlo.
«Sí, sigue disponible. ¿Mañana a la tarde te sirve? Tipo siete.»
«Perfecto. A las siete estoy ahí.»
***
Al día siguiente, a las siete y cinco, sonó el timbre. Mariana se había cambiado dos veces de remera sin admitir del todo por qué.
Esteban entró con una sonrisa tranquila, esa clase de calma que no se aprende a los veinte. Camisa de lino arremangada hasta el codo, perfume discreto, una alianza de oro que reflejaba la luz del pasillo. Tenía cincuenta y dos años, las sienes plateadas y unas manos grandes que se movían sin apuro. Ella registró todo de golpe: la voz grave, la forma en que la miró a los ojos al saludarla, la seguridad de alguien que hace mucho dejó de tener prisa.
—Pasá, lo tengo armado en el living —dijo ella, y le hizo lugar.
El proyector estaba sobre la mesa baja, con el cable enroscado al lado y la pantalla todavía desplegada en la pared. Esteban se inclinó a mirarlo de cerca, pasó un dedo por el lente, revisó los conectores con la atención de quien sabe lo que busca.
—Está como nuevo —comentó—. ¿Por qué lo vendés, si se puede saber?
—No lo uso —admitió Mariana, de brazos cruzados, apoyada en el respaldo del sillón—. Trabajo hasta tarde, y cuando llego a casa prefiero otra cosa. Algo más tranquilo.
Él levantó la vista, con media sonrisa.
—¿Algo más tranquilo? Me dejaste pensando.
Ella se rió, un poco nerviosa.
—Una copa de vino, un libro, dormir temprano. Lo glamoroso de vivir sola.
Esteban se enderezó.
—¿Querés que lo probemos antes de que decidas? Así te asegurás de que anda todo. Traje un pendrive con un par de videos de prueba, si no te molesta.
Mariana dudó un segundo. Después asintió.
—Dale. Conectémoslo.
***
Entre los dos enchufaron el cable y apuntaron el proyector a la pared. Ella bajó las persianas para que la imagen se viera mejor, y el living quedó en penumbra. Se sentaron en el sillón, uno al lado del otro, un poco más cerca de lo que el sillón obligaba. Esteban puso un video de paisajes: olas rompiendo en cámara lenta, montañas, colores saturados que llenaron la pared blanca.
—Mirá esa definición —dijo él, inclinado hacia adelante.
Mariana se inclinó también. Sus hombros se rozaron y ninguno se corrió.
—Está mejor de lo que recordaba —murmuró ella.
Hablaron mientras el video seguía. Del edificio, del ascensor que llevaba un mes en reparación, de lo chismoso que era el grupo de vecinos. En un momento él preguntó, casi sin darle importancia:
—¿Hace cuánto que vivís sola?
—Un par de años. Al principio extrañaba el ruido de otra persona en casa. Ahora me encanta el silencio. Nadie que me diga qué ver ni a qué hora llegar.
Esteban asintió despacio, mirando la pared iluminada.
—Te entiendo más de lo que parece. En casa hay ruido, pero no siempre del bueno. Mi mujer se duerme temprano y yo me quedo despierto. A veces miro algo solo. A veces me quedo mirando el techo, pensando.
—¿Pensando en qué? —preguntó Mariana, girando un poco el cuerpo hacia él.
Él la miró fijo, sin sonreír esta vez.
—En cosas que extraño. En cómo era todo cuando recién empezaba. Esa especie de electricidad que tenías sin buscarla. En coger sin mirar el reloj.
El video seguía corriendo, las olas rompían en silencio contra la pared, pero ninguno de los dos miraba ya la pantalla.
Mariana sintió el pulso en el cuello y también, más abajo, un golpe caliente entre las piernas.
—¿Y nunca intentaste recuperarla? —preguntó en voz baja.
—No —dijo él—. Pero ahora mismo siento que podría. Con vos, ahí sentada, se me está poniendo dura de solo mirarte.
Ella no se apartó. Apenas se humedeció los labios y bajó los ojos un segundo hasta el bulto que empezaba a marcársele en el pantalón.
***
Esteban levantó una mano y le rozó el brazo con el dorso de los dedos. Fue un contacto leve, casi una excusa. Mariana no se movió. Él se acercó un poco más, hasta que sus rodillas se tocaron en la penumbra azulada del proyector.
—¿Te molesta? —preguntó.
—No —susurró ella—. Hacé lo que quieras.
El primer beso llegó lento, apenas labios que se buscaban y se probaban. Mariana respondió inclinándose hacia él y apoyándole una mano en el muslo, subiendo hasta rozarle la verga por encima de la tela. La sintió palpitar bajo los dedos y él soltó un gemido corto contra su boca. El segundo beso ya no fue prudente. Las lenguas se encontraron sin pudor, las respiraciones se mezclaron, y él le sostuvo la nuca con una mano grande mientras la otra le bajaba por la espalda hasta la cintura y de ahí al culo, agarrándoselo entero.
Se separaron un segundo, los dos agitados.
—¿Querés que pare? —preguntó él, con la voz ronca.
—Ni se te ocurra —le contestó Mariana, y se subió a horcajadas sobre sus piernas.
Esteban le tomó las caderas y la guio para que se moviera despacio contra él, restregándole el coño por encima de la ropa contra la dureza que ya se marcaba clarísima bajo el pantalón. Ella sintió la verga apretándose contra su clítoris a través de las dos telas y le empezó a chorrear.
—No hay apuro —murmuró él contra su cuello—. Te quiero despacio. Te quiero abrir bien.
Le sacó la remera con calma, le desprendió el corpiño de un solo movimiento de dedos y se le quedó mirando las tetas un segundo largo antes de agarrárselas con las dos manos.
—Qué lindas tetas tenés, la puta madre —dijo, y se agachó a chuparle un pezón mientras con el otro pulgar le hacía círculos lentos.
Mariana gimió bajito cuando él le mordió, y le desabrochó la camisa recorriéndole el pecho con las uñas, bajando hasta el cinturón. Cada botón era una decisión que ya estaba tomada. Cuando terminó, le abrió el pantalón, metió la mano y le agarró la verga por encima del bóxer. Estaba gruesa y caliente, latiendo contra su palma.
—Mirá lo dura que la tenés —susurró ella—. Y todavía no empezamos.
Se bajó del sillón y se arrodilló entre sus piernas. Le tironeó el pantalón hasta los tobillos, le bajó el bóxer y la verga saltó libre, dura y con la punta ya brillando. Ella la agarró con la mano, la miró un segundo como estudiándola, y se la metió entera en la boca de un movimiento.
—Ah, la concha de tu madre —gruñó Esteban, echando la cabeza hacia atrás.
Mariana empezó a chuparla despacio, cerrando bien los labios, subiendo y bajando con la lengua pegada al glande. Después aceleró. Se la sacaba entera de la boca solo para escupirle encima y volver a tragársela hasta la garganta. Con la mano libre le acariciaba los huevos, apretándoselos suave. Él le agarró el pelo con una mano y empezó a marcarle el ritmo, empujándole la cabeza hacia abajo mientras ella dejaba que se la clavara hasta el fondo.
—Así, mamámela así —jadeó él—. Qué bien la chupás, puta.
La palabra le pegó a Mariana entre las piernas como un latigazo. Sintió que se le mojaba todavía más la bombacha y aceleró, dejándose caer la saliva por el mentón. Cuando notó que él empezaba a temblar, se lo sacó de la boca con un ruido húmedo y le sonrió desde abajo.
—Todavía no. Quiero que me la des toda adentro.
Él la levantó del pelo con delicadeza, la agarró de la cintura y la recostó en el sillón. Le bajó el pantalón y la bombacha de un solo movimiento paciente, besando cada centímetro de piel que iba quedando descubierto: el vientre, los huesos de la cadera, el interior de los muslos. Cuando le abrió las piernas y le vio el coño, se quedó mirándolo un segundo.
—Estás empapada.
—Es tu culpa —susurró ella.
Se arrodilló en el suelo entre sus piernas y le hundió la cara. Empezó lento, con la lengua plana lamiéndole toda la raja de abajo hacia arriba, chupándole los labios, deteniéndose en el clítoris para hacerle círculos precisos. Después metió dos dedos y los curvó buscándole el punto por dentro mientras seguía chupándole el clítoris sin parar. Mariana arqueó la espalda, cerró los muslos sobre la cabeza de él y le hundió los dedos en el pelo, sin contener los gemidos.
—Ay, así, no pares, no pares, no pares…
Él aceleró la lengua y curvó los dedos más fuerte. Ella sintió que se le venía la corrida desde la base de la espalda. Se corrió temblando entera, apretándole los dedos por dentro con espasmos, repitiendo su nombre contra el silencio del departamento.
—Esteban, me corro, me corro, la puta madre…
Él siguió lamiéndola despacio hasta que ella lo empujó suave, demasiado sensible para seguir.
***
Cuando recuperó el aliento, lo atrajo hacia arriba y lo besó sintiéndose entera en su boca. Lo agarró de la verga, todavía dura y con la punta chorreando, y lo acarició mirándolo a los ojos, despacio, hasta que él dejó escapar un gruñido contenido.
—Quiero sentirte adentro —le dijo—. Ya.
Volvió a acomodarse encima de él a horcajadas, le agarró la verga con la mano y se la puso en la entrada del coño. Se restregó la punta contra el clítoris un par de veces, mojándolo bien con su propio flujo, y después bajó de a poco, sintiendo cómo la abría centímetro a centímetro.
—Uh, qué grande la tenés… —jadeó.
—Bajá despacio, tomátela toda —le contestó él, agarrándole las caderas.
Los dos contuvieron el aire en el mismo instante cuando ella terminó de sentársele hasta el fondo. Se quedó quieta un segundo, sintiendo la verga latir dentro suyo, llenándola entera. Después empezó a moverse. Primero con un ritmo lento y profundo; él marcaba el compás con las manos firmes en sus caderas, ella giraba la pelvis buscando el ángulo exacto que le raspaba adentro y la hacía gemir más fuerte.
—Cabalgame así —murmuró Esteban, chupándole las tetas mientras subía y bajaba—. Mirá cómo te la comés.
—Estás rompiéndome toda —jadeó ella, apoyándole las manos en los hombros para agarrar impulso.
Los besos se volvieron urgentes. Mordidas suaves en el cuello, uñas en la espalda, palabras a medias que ninguno terminaba. En un momento él la agarró fuerte, se levantó del sillón con ella todavía clavada encima y la dio vuelta apoyándola boca abajo sobre el respaldo. Le abrió las piernas de una patada y se la volvió a meter de una estocada por atrás.
—Ah, la puta madre, sí —gritó ella contra el sillón.
Esteban empezó a cogerla duro, agarrándola de la cintura con las dos manos, hundiéndosela hasta las bolas cada vez. El ruido de los cuerpos chocando llenaba el living por encima del sonido del proyector. Le dio una nalgada seca en el culo y ella se apretó entera.
—De nuevo —le pidió.
Él le dio otra, más fuerte, y le agarró el pelo enroscándoselo en la mano para levantarle la cabeza. Le habló al oído sin parar de cogerla:
—Así te gusta, ¿no? Que te la clave hasta el fondo. Decime que te gusta.
—Me encanta, no pares, cogeme, cogeme más fuerte…
El ritmo subió sin que lo decidieran. Mariana sintió el segundo orgasmo acercarse como una ola cargada, tensa, más profundo que el primero. Esteban la abrazó desde atrás, le puso una mano en el clítoris y siguió empujando, una y otra vez, cada vez más rápido, hasta que se rompieron casi al mismo tiempo: ella apretándolo con espasmos violentos, gritando contra el sillón, él vaciándose con un gemido largo, corriéndose adentro en chorros calientes que ella sintió pulsar uno tras otro.
Se quedaron ahí, sin separarse, ella todavía inclinada sobre el respaldo, él pegado a su espalda, mientras la verga seguía latiendo adentro suyo y el semen empezaba a chorrearle por la cara interna del muslo. El proyector seguía pintando paisajes olvidados en la pared.
***
Pasaron unos minutos en silencio, recuperando el aire. Se dejaron caer al sillón de costado, abrazados, sudados. Después Esteban le besó la frente.
—Creo que me lo llevo —dijo, con una sonrisa cansada, señalando el proyector con la cabeza—. Pero solo si me dejás volver a probarlo… y a probarte a vos.
Mariana sonrió, todavía pegada a su pecho, sintiendo cómo la corrida de él le seguía escapando entre las piernas.
—Llevátelo —respondió—. Pero traé el pendrive de nuevo. Y la próxima quedate más tiempo. Todavía me faltan un par de posiciones para probar con vos.
Él se rió bajito, le dio un último beso lento, le pasó la mano una vez más entre las piernas como despidiéndose del coño, y empezó a vestirse sin apuro, como hacía todo. Mariana lo miró abrocharse la camisa en la penumbra, con la alianza brillando otra vez en su dedo, y no sintió culpa. Sintió, apenas, que el silencio de su departamento ya no le iba a parecer tan tranquilo.
El proyector cambió de dueño esa noche. Y los dos sabían que no era lo único que acababa de cambiar de pared.





