El tío maduro de mi ex apareció en mi peor momento
Tenía treinta años recién cumplidos y un embarazo de seis meses cuando entendí que la soledad también tiene su propio peso. Trabajaba desde casa, manejaba mis cosas a distancia y casi no salía. Después de lo que había pasado con el padre de mi hija, me costaba confiar incluso en mi propia sombra.
Habíamos vuelto a estar juntos tras dos años separados. Yo le creí, otra vez. Vendí mi departamento para mudarme con él, convencida de que esta vez sería diferente. Cuando le conté que estaba embarazada, me dijo que el bebé no era suyo y que no podía seguir conmigo en ese estado. Junté mis cosas esa misma noche y volví a empezar de cero.
Por eso, cuando recibí el mensaje de Esteban, el tío de mi ex, me quedé mirando la pantalla un buen rato. Siempre nos habíamos llevado bien. Quería verme, invitarme a cenar. Acepté sin pensarlo demasiado. Necesitaba una cara amable.
Nos encontramos un jueves a las siete en un bar con mesas en la vereda. Apenas me vio, se levantó y me abrazó como si llevara meses esperando ese momento. Pedimos algo de comer y la conversación fluyó sola.
—Camila, estás hermosa —me dijo, mirándome con una franqueza que me desarmó—. Siempre lo fuiste, pero embarazada se te ve distinta. Te extrañé estos meses. No saber nada de vos me tenía mal.
—Sos un dulce, Esteban. Gracias por ser así conmigo. Nunca tuviste la culpa de que nos alejáramos.
—Mi sobrino es un idiota. Se lo dije en la cara cuando me enteré de lo que hizo. No entiendo qué tiene en la cabeza.
Bajé la vista hacia mi copa de agua. Hablar de eso todavía me apretaba la garganta.
—Yo lo dejé a él, no al revés —aclaré—. Me dio todas las razones del mundo. Pero igual duele. Vendí mi casa por él, dejé de trabajar como modelo, dejé todo. Y resultó que la única promesa que cumplió fue la de defraudarme.
Se me llenaron los ojos de lágrimas de pura impotencia. Esteban acercó su silla, me pasó un brazo por los hombros y me dejó respirar sin decir nada. Esa contención silenciosa valía más que cualquier palabra.
***
Cenamos tranquilos, compartimos un postre y, cuando vio que se hacía tarde, se ofreció a llevarme a casa en su camioneta. Eran las diez y no tenía ganas de volver sola, así que acepté.
Llegamos al complejo donde vivo. No sé si fue el vino, la noche o simplemente las ganas de no quedarme sola con mis pensamientos, pero lo invité a subir.
—¿Querés pasar un rato? Te preparo un café, o una cerveza, lo que quieras.
—Para vos nunca estoy ocupado —respondió, y algo en su tono me hizo sentir un cosquilleo que tenía olvidado.
Subimos por el ascensor desde la cochera. Le ofrecí algo de tomar y eligió un café. Fui a la cocina a preparar la cafetera, que llevaba semanas sin usar. Él me siguió.
—No hace falta que me ayudes, Esteban. Puedo sola.
—No quiero que te esfuerces por un café para mí.
—No hago nada desde que me embaracé. Un poco de movimiento no me viene mal —dije, riéndome.
—Prefiero que te esfuerces de otra manera. Una que nos guste a los dos.
Me quedé quieta, con las manos sobre el filtro. Ahí está, pensé. Me giré apenas y lo encontré mirándome de una forma que no dejaba lugar a dudas.
—¿Ah, sí? —lo desafié—. No subiste a ayudarme con el café. Te conozco. Me miraste el escote toda la noche, y ahora no me sacás los ojos de encima.
—Sos perfecta, Camila. Tu cabeza, tu forma de hablar, tu cara. Todo.
Quedé con la espalda apoyada contra la mesada. Esteban se acercó hasta dejarme sin espacio, me tomó la mano y deslizó la otra por mi muslo, sin prisa, midiendo cada reacción.
—Tenés el cuerpo más increíble que vi en mi vida. ¿Cómo no te voy a mirar? Dejame compensarte estos meses de abandono. Dejame demostrarte que no todos los hombres somos como mi sobrino.
—¿Estás seguro de esto? Es tu sobrino. Es el padre de mi hija.
—Si me das luz verde, te borro hasta el recuerdo de él.
***
Y le di luz verde. Le tomé la cara entre las manos, sentí esa sonrisa que se me dibuja sola cuando el deseo gana, y lo besé. Despacio al principio, después con una intensidad que nos sorprendió a los dos. Sus manos subieron a mis pechos, bajaron a mi cadera, agarraron mi cintura como si tuviera miedo de que me arrepintiera.
Yo le desabroché la camisa mientras nos besábamos. No era la primera vez que estaba con alguien estando embarazada, pero hacía mucho que no me sentía así de encendida. Él me sacó la remera y el top deportivo que usaba para sostener mis pechos, más llenos que nunca.
Cuando me vio, se quedó en silencio unos segundos largos, casi hipnotizado. Después me acarició con una suavidad que contrastaba con lo áspero de sus manos, manos de hombre que trabaja. Esa textura rasposa contra mi piel me prendía fuego. Cerré los ojos y dejé escapar un suspiro.
Sus pulgares rozaron mis pezones, endurecidos y sensibles. Bajó la cabeza y, cuando su lengua los tocó por primera vez, no pude contener un gemido. Se entregó a ellos con una devoción que me hizo temblar las piernas. Yo le acariciaba el pelo, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
Después me giró con cuidado. Apoyé las palmas sobre el mármol frío y él se pegó a mi espalda. Sus manos amasaban mis pechos mientras su boca recorría mi cuello, mi nuca, el borde de mi hombro. Pequeños besos, mordidas suaves que me erizaban entera.
Fue bajando por mi columna, vértebra por vértebra, hasta llegar a la cintura del pantalón. Lo deslizó por mis piernas sin apuro, junto con todo lo demás, y se arrodilló detrás de mí. Sus manos volvieron a recorrer mis caderas, mis muslos, sin dejar un centímetro sin tocar.
—Ahhh… —se me escapó cuando su boca encontró el lugar más sensible.
Su lengua trazaba círculos lentos, deliberados, que me dejaban sin aire. Yo apretaba el borde de la mesada con las dos manos, las rodillas a punto de ceder. Lo escuchaba disfrutar tanto como yo, y eso me encendía todavía más.
***
Cuando creí que ya no aguantaba más de pie, se levantó. Me hizo girar otra vez, me besó con la boca todavía húmeda y me sostuvo la cara con una ternura que no esperaba.
—Me sorprende que todavía tengas estas energías —le dije, provocándolo.
—Vos no tenés idea de las energías que me das.
Me arrodillé frente a él. Lo tomé con la mano, despacio, y empecé a recorrerlo con la lengua antes de metérmelo en la boca por completo. Lo hice con toda la experiencia que tenía, marcando yo el ritmo, jugando con los tiempos. Él se aferró al borde de la mesada, jadeando, incrédulo.
—Dios, Camila… —murmuró, con los dientes apretados.
Seguí hasta que sentí que estaba al límite, y entonces me detuve. Me puse de pie, lo besé y le hablé al oído con la voz ronca de tanto deseo.
—Te necesito, Esteban. Hace años que no le pido esto a nadie. Siempre fueron ellos los que me rogaban. Pero esta noche te lo pido yo. Llevame a la cama.
Vi cómo se le encendía la mirada. Me levantó en brazos sin esfuerzo, como si mi peso no existiera, y me llevó por el pasillo. Sentir su fuerza me derretía. Un hombre real, con años de experiencia en todo, redescubriendo sus propios límites de la mano de alguien mucho más joven.
***
Me recostó al borde de la cama. Nos besamos sin prisa, manteniendo viva la llama, mientras sus manos viajaban por todo mi cuerpo. Acarició mi cara, mi cuello, mis hombros. Bajó por mi vientre, por mis muslos, hasta llegar a mis pies. Me besó las piernas enteras, desde los tobillos hasta más arriba, con una dedicación que me hacía sentir adorada.
Me separó las piernas, las acomodó cerca de sus hombros y hundió la cara entre mis muslos. Su lengua sabía exactamente dónde y cómo. Yo apretaba las sábanas, ahogaba los gritos mordiéndome el labio, gemía sin reconocer mi propia voz. Nunca fui de disfrutar tanto que me lo hicieran, pero esa noche me costaba creer lo que sentía.
Alternaba la boca con los dedos, leyendo cada reacción de mi cuerpo, llevándome al borde una y otra vez sin dejarme caer del todo.
—Por favor, Esteban —le supliqué, retorciéndome—. Te necesito adentro. No puedo más. Hacelo ya.
Me tenía donde quería: pidiéndoselo yo, deshecha de deseo por un hombre que me llevaba casi veinte años. Sacó los dedos, me besó el vientre, los pechos, y por fin entró en mí. Despacio, sin apuro, abriéndose paso centímetro a centímetro hasta que lo sentí completo.
Empezó con un vaivén lento, medido, que me hacía gemir de placer puro. Era exactamente lo que había deseado toda la noche. Después fue aumentando el ritmo, la fuerza, mientras yo le pedía que no tuviera piedad.
Lo miraba sudar encima de mí, con esa cara de placer absoluto. Sus manos sujetaban mis muslos, mis piernas se enroscaban en su cuerpo siguiendo cada embestida. Cuando empezó a estimularme con el pulgar al mismo tiempo, perdí la noción de todo. Solté un grito largo y agudo, y el orgasmo me sacudió entera, más fuerte que ningún otro en mucho tiempo.
***
—Vení, acostate —le pedí, todavía temblando.
Se tendió en la cama y me trepé encima. Puse una pierna a cada lado, lo guié dentro de mí y empecé a moverme. Subía y bajaba, cambiaba la velocidad, jugaba con la presión. Mis pechos rebotaban contra mi vientre. Él me sostenía las caderas, me acariciaba las muñecas, jadeaba al mismo ritmo que yo.
No me resultaba fácil recuperar la agilidad de antes del embarazo, pero puse todo lo que tenía. Cuando las rodillas empezaron a fallarme, lo hice sentarse al borde de la cama, le di la espalda y me senté sobre él. Empecé a moverme de nuevo, sintiéndolo distinto desde ese ángulo. Esteban me besaba la espalda, me mordía suave los hombros, me abrazaba los pechos con las dos manos.
—Sos increíble —me decía al oído, entrecortado—. No me alcanzan las palabras.
Mi deseo no se apagaba, crecía con cada minuto. Hasta que él me sujetó de la cadera, se incorporó apenas con las piernas todavía abiertas y me embistió con una rudeza nueva. Resoplaba al compás de mis gemidos, hasta que finalmente terminó dentro de mí con un gruñido ronco. Me arrancó otro orgasmo brutal, y solté un grito que seguro se escuchó en el piso de al lado.
***
Después nos quedamos sentados en la cama, besándonos despacio, recuperando el aliento. Yo estaba completamente sudada, sin una gota de fuerza. Miré el reloj de la mesa de luz: eran casi las cuatro de la mañana. Horas enteras de placer, deseado y consumado por los dos.
—Camila —dijo, acariciándome la cara—, pensé que conocía todo lo que la vida tenía para darme. Y resulta que no sabía nada. Gracias por esta noche.
—Esteban… —le respondí, riéndome con cansancio—. Ojalá te hubiera conocido antes que a tu sobrino. No tenés idea de lo que nos perdimos.
Nos quedamos un rato más así, abrazados. Después se vistió, tuvo que pensar qué excusa darle a su esposa, y se fue. Yo me acosté tal como estaba, agotada y oliendo a sexo, y dormí plácidamente hasta el mediodía.
No fue la noche que había imaginado para mi vida. No fue con quien soñé en su momento. Pero fue, sin ninguna duda, una de las mejores noches que tuve jamás. Y por primera vez en mucho tiempo, me dormí sin pensar en él, en mi ex, en nada. Solo en lo bien que se siente, a veces, dejarse cuidar por la persona menos esperada.