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Relatos Ardientes

El jubilado del caserón me esperaba cada tarde

Empecé a cruzar el jardín de Don Augusto el verano en que me quedé sin trabajo. Su caserón quedaba al final del camino de tierra, rodeado de viñas viejas que él se empeñaba en cuidar solo, a pesar de la edad y del tamaño de aquellas manos que ya no servían para la poda fina. Le ofrecí ayuda casi por aburrimiento. Lo que no le dije, ni a él ni a nadie, fue la verdadera razón por la que volvía cada tarde.

Don Augusto era un jubilado enorme. No gordo de descuido, sino macizo, como esos hombres que llenan una habitación con solo respirar. Tenía el pelo blanco siempre algo alborotado, un bigote poblado que escondía unos labios finos, y unos antebrazos que tensaban las mangas de la rebeca de botones que llevaba incluso con calor. Cada vez que levantaba un cajón de uvas como si no pesara nada, yo sentía algo que tardé semanas en atreverme a nombrar.

—Tú no vienes por las viñas, chaval —me dijo una tarde, sin dejar de mirar la cepa que estaba revisando.

No supe qué contestar. Me quedé con la regadera en la mano, sintiendo cómo me subía el calor a la cara.

—No pasa nada —añadió, y por primera vez giró la cabeza para mirarme de frente—. Hay quien admira a un hombre. Yo era igual a tu edad.

Hay quien admira a un hombre. Esa frase me dio vueltas durante días. La repetía mientras cavaba, mientras cargaba sacos, mientras lo veía secarse el sudor del cuello con un pañuelo enorme. Empecé a llegar más temprano y a marcharme más tarde, inventando tareas que no hacían falta solo para quedarme un rato más cerca de aquel cuerpo descomunal y de aquella tranquilidad que parecía no romperse nunca con nada.

***

La que se atrevió antes que yo fue Marisol. La traje una tarde porque ella también andaba sin rumbo aquel verano, y porque presumía de no asustarse de nada. Se rio cuando le conté cómo era Don Augusto, hasta que lo vio aparecer en el umbral de la cocina, llenando todo el marco de la puerta con aquella barriga dura y desnuda bajo la rebeca abierta.

Se le borró la sonrisa de golpe. Y a las dos horas ya no se reía: temblaba.

Los miré desde la butaca del salón porque él me lo pidió, con un gesto de la barbilla, como quien da un permiso. Marisol estaba sobre él, encima de aquel cuerpo poderoso, sosteniéndose de sus hombros anchos mientras Don Augusto la subía y la bajaba con una sola mano apoyada en su cintura. Ella le besaba el bigote blanco, las mejillas encendidas, la papada, como poseída. Cuando por fin se dejó caer hacia un lado, exhausta, tenía las piernas todavía abiertas y la respiración rota.

—Ha aguantado como una campeona —dijo él, pasándose el dorso de la mano por la frente—. ¿Has visto, chaval? ¿Has visto cómo se trata a alguien que se entrega?

Marisol se acurrucó en el sofá y se quedó dormida casi al instante. Yo seguía clavado en la butaca, incapaz de moverme.

—Ven aquí —dijo Don Augusto, y se dio una palmada en el muslo.

***

Me levanté como si me lo hubiera ordenado un cuerpo más fuerte que el mío. Él se había quedado sentado en el sillón marrón, con los pantalones y la ropa interior caídos hasta los tobillos, sin la menor vergüenza. Su pierna era el triple que la mía, musculada, con los gemelos marcados de toda una vida de campo. La barriga, grande y firme, subía y bajaba con cada respiración honda, y sobre ella descansaban dos pectorales redondos coronados por unos pezones anchos y rosados.

Me senté en su regazo. Mi cuerpo, delgado hasta lo escuálido, parecía aún más pequeño encima del suyo.

—Has sido un buen chico esperando tu turno —murmuró, y me sujetó la cintura con una mano callosa que casi me abarcaba entero.

Su voz era grave, lenta, de las que no necesitan levantarse para que obedezcas. Apoyé una mano en su hombro y con la otra empecé a acariciarlo. Él me dejó hacer, recostado, con los brazos descansando en los reposabrazos del sillón como un rey que recibe lo que le corresponde. Me incliné y besé sus labios finos, los que se escondían bajo el bigote, una vez, dos, tres. No me apartó.

—Así —dijo solamente.

Yo sentía por aquel hombre una admiración que no entendía del todo. No era solo deseo. Era algo parecido a querer ser él: tener su tamaño, su calma, su manera de no pedir nunca permiso para ocupar el mundo. Mi pecho contra el suyo era la diferencia entre una rama y un tronco.

***

Me deslicé hasta el suelo y me arrodillé entre sus piernas. Desde abajo se veía todavía más grande, una montaña tibia que olía a tierra y a tabaco viejo. Empecé despacio, con la boca, mientras mis manos subían y bajaban por sus muslos enormes, palpando aquella fuerza que se dejaba acariciar sin moverse un milímetro.

—Ohh, chaval… qué boca tienes —dijo con los ojos entornados—. Mejor que cualquiera.

No me lo dijo para halagarme. Lo dijo como una constatación, con esa indiferencia suya que me hacía esforzarme el doble. Yo quería merecer aquella frase. Quería que aquel jubilado inmenso supiera que ningún otro lo había servido con tanta devoción.

Lo sentía respirar por encima de mí, hinchando el vientre y el pecho hacia el techo con cada bocanada. Era impresionante verlo moverse, todo aquel volumen subiendo y bajando sin una sola arruga, sin un solo gesto de blandura. Levanté la vista un instante y lo encontré observándome, impertérrito, los brazos quietos, dejándose dar el placer como quien acepta un tributo.

Me aparté apenas para besarle el muslo, el vientre, la cadera, recorriendo con la lengua la piel caliente. Volví. Seguí. Lo noté tensarse despacio, todo el cuerpo apretándose como una cuerda, hasta que de pronto sacudió aquella mole entera y se vació sobre mí con un gruñido hondo que me retumbó en el pecho.

—Buen chico —dijo después, con la voz aún ronca.

Le limpié el vientre sin que me lo pidiera, despacio, agradecido casi. Él me dejó hacer mientras recuperaba el aliento, con esa expresión de calma absoluta que yo envidiaba más que ninguna otra cosa.

***

Pensé que ahí terminaba. Pero Don Augusto no era de los que se contentan con poco. Se incorporó en el sillón, todavía firme, todavía dispuesto, y me miró de arriba abajo como quien evalúa una herramienta.

—Date la vuelta —dijo.

Le di la espalda, decidido a tomar yo la iniciativa, a demostrarle que sabía lo que hacía. Duró un segundo. En cuanto él entendió mi intención, soltó una risa grave y me cogió por debajo de los muslos con las dos manos.

—Quieto. Esto lo llevo yo.

Y me llevó. Me subía y me bajaba con la facilidad con la que antes había levantado los cajones de uva, como si yo no pesara nada, como si mi cuerpo entero fuera apenas un objeto pequeño entre sus manos enormes. No había nada que yo pudiera hacer salvo dejarme, y dejarme fue exactamente lo que más me gustó.

—¿Lo notas, chaval? —me preguntó al oído, con aquel vozarrón—. ¿Notas la diferencia entre hacer y dejar que te hagan?

La notaba. La notaba en cada embestida, en la fuerza tranquila de un hombre que llevaba toda una vida sabiendo lo que quería. Me corrí sin tocarme, solo de sentirlo, solo de mirar de reojo aquellos antebrazos tensos sujetándome en el aire. Y él, lejos de detenerse, siguió, pleno, incansable, durante un rato largo que se me hizo eterno y corto a la vez.

Comprendí entonces lo que había sentido Marisol horas antes. Comprendí por qué temblaba. Volví la cabeza para mirarlo y me quedé prendido de la imagen: aquel jubilado blanco y bigotudo, sereno como un toro en reposo, moviéndome a su antojo sin alterar el gesto.

***

Cuando terminó, me dejó caer con cuidado sobre la alfombra, junto al sofá donde Marisol seguía durmiendo ajena a todo. Don Augusto se subió los pantalones sin prisa, se atusó el bigote y se quedó mirando la ventana, hacia las viñas que el sol de la tarde teñía de cobre.

—Mañana hay que entutorar la fila de abajo —dijo, como si no hubiera pasado nada—. Si te apetece venir.

—Vendré —contesté, todavía en el suelo.

No hizo falta decir más. Los dos sabíamos que yo volvería cada tarde, y que el trabajo de las viñas sería siempre la excusa. Me vestí despacio, con las piernas aún temblorosas, mientras él encendía un cigarro junto a la ventana y el humo subía recto en el aire quieto del salón.

Aquel verano sin rumbo se convirtió en el más nítido de mi vida. No por las uvas, que ese año salieron pequeñas y agrias. Sino porque aprendí, a los pies de aquel hombre inmenso, que admirar a alguien puede ser también una forma de entregarse, y que hay deseos que uno no elige: simplemente cruzan el jardín, llaman a la puerta de un caserón y se sientan a esperar a que un señor mayor diga «ven aquí, chaval».

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Comentarios (1)

Rodolfo_BA

que relatazo, se me hizo cortísimo y eso que lo lei dos veces jaja

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