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Relatos Ardientes

El cliente del gimnasio que me llevó a la playa

Ilustración del relato erótico: El cliente del gimnasio que me llevó a la playa

Carla despertó ese viernes con la cabeza pesada y un nudo en el pecho. Era su última semana antes de cerrar definitivamente una etapa, y la melancolía le había pasado factura. Se levantó como pudo, se metió bajo la ducha y dejó correr el agua hasta que salió caliente, dejando que el chorro la fuera despertando despacio.

Tenía la boca seca por los combinados de la noche anterior. Se enjabonó, se aclaró con calma y se secó con esa minuciosidad de quien quiere alargar cada gesto. Se puso una camiseta vieja y unos vaqueros, y salió a recorrer su ciudad muy despacio, intentando retener cada esquina en la memoria.

Esa misma tarde haría las maletas. Un largo viaje la llevaría hasta el otro lado del mar, a Manares, un pueblo del sur de España con playas anchas y luz blanca, donde la esperaba su amiga Susana. El reencuentro en la estación de autobuses fue puro sentimiento: risas, lágrimas y un abrazo que no terminaba.

Se sentaron a tomar algo en un bar cercano. Las dos desbordaban emociones contenidas durante meses.

—Te encontré trabajo —dijo Susana, orgullosa—. Recepcionista en un gimnasio aquí cerca. Estoy segura de que te va a gustar.

—Estás en todo. No sabes cómo te lo agradezco.

***

La vida de Carla se volvió tranquila: trabajo, playa, trabajo y a casa. Le gustaba aprovechar el sol, porque a sus años aún lucía un cuerpo espectacular y ella lo sabía. Morena, no muy alta, con unos pechos firmes y un culo redondo que llamaba la atención sin proponérselo.

Con el calor de prácticamente todo el año, le resultaba fácil prescindir del sujetador. Dejaba que la tela fina marcara cada curva, y el resto lo hacían el viento y las miradas. Se gustaba a sí misma, y esa seguridad pesaba más que cualquier prenda.

El trabajo en recepción era entretenido. Nunca faltaba gente, y entre la clientela había personas amables y conversadoras. Una de ellas era Ramón, un hombre de poco más de cincuenta, algo entrado en carnes pero bien conservado, de los que atraen más por la forma de ser y la seguridad que por el físico. Siempre tenía un saludo y unos minutos para ella, un galán de los de antes.

Desde que había llegado, Carla no buscaba nada serio. Había decidido ser libre, disfrutar de la vida y de su propio cuerpo sin rendir cuentas a nadie.

Ese viernes, raro en él, Ramón salió de los últimos y se acercó al mostrador apoyando los codos en la madera.

—¿Qué hará la mujer más guapa de esta costa una noche de luna llena? —preguntó con una sonrisa.

—Pues espera que algún caballero amable se anime a invitarla a cenar unos pescaditos a la orilla del mar —respondió ella sin levantar la vista del ordenador.

—No lo diga dos veces. Sería el hombre más afortunado del pueblo acompañándola, con la luna de testigo.

—Qué tonto es usted —rió Carla.

—Hablo en serio. Le prometo una noche distinta. Buen vino, buena conversación y, si hay suerte, una sorpresa.

—Entonces le tomo la palabra.

Intercambiaron los teléfonos y quedaron en que él la recogería a las ocho y media.

***

Ramón apareció puntual, con un ramo de flores que la dejó sin palabras. Carla las colocó en un jarrón, se colgó de su brazo y salieron a pasear por las calles cercanas al mar. Se descalzaron al pisar la arena y caminaron hasta uno de los chiringuitos que salpicaban la orilla.

Sentados a la brisa, pidieron pescado y una botella de vino blanco bien frío. La conversación fluyó sola, sin pausas incómodas. Los minutos se hicieron horas sin que ninguno se diera cuenta. Eran dos personas cultas que disfrutaban de hablar.

Carla le contó lo difícil que había sido decidirse a cruzar el océano y dejarlo todo atrás. Ramón le confesó que él también era de tierras lejanas y que había abandonado casi todo en su momento, aunque se mantenía cerca de los suyos.

Después de cenar pidieron una copa. Para ella el día siguiente era fiesta; para él, todos los días lo eran. La charla se volvió más íntima. Ambos eran libres, ambos defendían esa libertad, y se prometieron seguir disfrutándola.

En un momento de la noche, Carla fue al baño. Al limpiarse, una sonrisa traviesa le cruzó la cara. Se quitó la tanga y la guardó en el bolso, pensando que esa noche podía ser especial. Se lavó las manos, se miró al espejo y se reconoció el brillo de los ojos. Ese hombre la estaba poniendo nerviosa, y le gustaba.

Con las copas en la mano, se acercaron a la orilla. El aire fresco le erizó la piel y endureció sus pezones bajo la tela. Ramón no lo pasó por alto.

—¿Me dejas que te abrace y te dé un poco de calor? —ofreció.

—Ya estás tardando. La brisa del mar siempre se me mete dentro.

Ramón la abrazó por detrás, pegando el pecho a su espalda. Sus manos le frotaron los brazos y su boca buscó el cuello que ella le ofrecía. Carla gimió bajito al sentir los labios. Despacio, las manos de él fueron subiendo hacia el contorno de sus pechos.

—Esa parte de ti terminará en mi boca —le susurró al oído.

Ella no dijo nada. Sabía que era probable que así fuera, y la idea la encendía. La mano de Ramón desabrochó los botones del vaquero y se deslizó por debajo de la tela hasta tocar la piel del vientre. La otra seguía ocupada en sus pechos, mientras la boca le recorría el cuello sin prisa.

—Qué traviesa, no llevas nada debajo —rió él al notar la falta de tela—. ¿Qué andabas buscando?

Las prisas se habían esfumado. El tiempo parecía detenido. Ramón no dejaba de acariciarla ni de besarla, y Carla se retorcía contra su cuerpo, buscando más.

—Me estás matando. No pares —jadeó—. Ni se te ocurra.

Él jugó con ella largo rato, alternando la presión sobre sus pechos con caricias lentas y precisas que la fueron llevando al borde. Carla abrió las piernas, apoyada en su pecho, gimiendo ya sin contención al ritmo de luna y mar.

—No pares, que me corro. No pares, no pares.

Buscó la boca de Ramón y se fundió en un beso profundo mientras todo su cuerpo se sacudía. Tardó unos segundos en volver del temblor. La excitaba estar ahí, a la vista de cualquiera que pasara por la orilla; la hacía sentirse única, descarada, viva.

Cuando recuperó el aliento, se giró, le desabrochó el pantalón y, sin soltarle la mirada, lo montó despacio. Lo sintió entrar centímetro a centímetro, abriéndose a su paso.

—Dios, cómo me llenas —murmuró contra su cuello.

Empezó un cabalgar lento, disfrutando de cada movimiento. La playa desierta a su alrededor, el sonido de las olas, la luna llena sobre el agua. Carla no aguantó mucho ese ritmo pausado. Se agarró al cuello de Ramón y se entregó por completo, gritando su placer al viento.

—Más fuerte, más fuerte. Me matas.

Cuando terminó, se quedó abrazada a él, riéndose como una niña, todavía temblando.

—Mira cómo me has dejado. ¿Ahora cómo camino yo?

—Esto era solo el aperitivo —respondió él, besándole la frente—. Quiero disfrutarte entera. Este fin de semana no lo vas a olvidar.

—¿Vives muy lejos?

—A diez minutos.

—Pues vamos. Dejamos las copas en el chiringuito y a tu casa.

***

Llegaron a la casa de Ramón en un paseo corto por la arena. Apenas entraron, Carla subió rauda hasta el dormitorio y esperó. Él la siguió, se acercó y le acarició todo el cuerpo mientras sus bocas se buscaban en un beso largo y húmedo. Le fue quitando la ropa prenda a prenda, hasta dejarla desnuda sobre la cama.

Se arrodilló entre sus piernas. Su lengua le recorrió los muslos antes de buscar el centro de su placer, acariciándolo con la punta. Carla gimió y le llevó las manos a la nuca.

—Sé generoso y no pares. Me encanta así.

Ramón ascendió un momento para atender esos pechos que lo habían tenido obsesionado toda la noche, chupando uno mientras acariciaba el otro. Después volvió a bajar.

—Quiero correrme en tu boca —pidió ella, sin aliento.

Él se entregó a la tarea con paciencia, lamiéndola despacio, muy despacio, leyendo cada estremecimiento de su cuerpo. Carla apretaba la cabeza de Ramón con las manos, arqueándose sobre la cama, hasta que un orgasmo intenso la recorrió de arriba abajo. Se encogió sobre sí misma, respirando entrecortada, deshecha de gusto.

Cuando se recuperó, fue ella la que tomó el mando. Lo recorrió con la boca con una entrega golosa, ganando terreno poco a poco, mientras él le acariciaba el pelo.

—Así, gatita, disfruta —jadeaba Ramón.

Ella aumentó el ritmo, atenta a cada reacción, hasta notar que él estaba al límite. Las manos de Ramón le sujetaron la cabeza, su cuerpo se tensó y se vació con un gemido ronco. Carla, encendida por completo, sintió que ella misma volvía a temblar al mismo tiempo.

Se separó despacio, con una sonrisa pícara en los labios.

—Me he corrido contigo en la boca, cabrón —dijo, divertida—. Te has ganado un premio que no le doy a cualquiera.

Ramón la besó, le acarició el cuerpo entero y se tomó su tiempo para volver a despertar el deseo de los dos. Le mordía el cuello, le pellizcaba suave los pezones, le susurraba al oído lo que pensaba hacerle. Carla descubrió un placer nuevo, ese que mezcla la anticipación con la entrega total, el de saber que después de cada espera llega más placer.

—Tienes que follarme —le exigió ella, con la voz ronca—. Lo necesito ya.

Él la llevó al borde de la cama, le levantó las caderas y entró despacio, ayudado por la humedad. Carla apretó las sábanas entre los puños.

—Sí, así. Fuerte, no pares.

Ramón aceleró sin tregua, embistiendo con todas sus ganas. Ella gritaba, movía la cabeza de un lado a otro, perdida en el placer, hasta que un nuevo orgasmo la dejó caer rendida sobre el colchón, respirando con dificultad y los ojos vidriosos.

—Te lo has ganado —susurró cuando recuperó algo de aire, ofreciéndose por completo.

Él la preparó con paciencia, con cuidado, atento a cada gesto suyo. Lo que empezó con un quejido se transformó pronto en otra cosa. Ramón se movió despacio, dejando que ella marcara el ritmo, hasta que Carla misma le pidió más.

—No pares, así, justo así.

El ritmo fue subiendo. Ramón le sujetó las muñecas, pegó su pecho a la espalda de ella y se entregaron juntos a una última oleada que los dejó sin fuerzas. Cayó sobre el cuerpo de Carla, los dos jadeando, enredados y saciados.

El amanecer los encontró pegados, exhaustos y sonrientes, con la promesa de un fin de semana que ninguno de los dos pensaba olvidar.

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