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Relatos Ardientes

El aventón del profesor terminó en el mirador

La fiesta se moría despacio, como se mueren todas las fiestas de maestros: con copas a medio terminar, chistes repetidos y profesores borrachos contándole a quien quisiera oír cómo iban a reformar la educación del país. Yo ya estaba harta de sonreír por compromiso. Tenía casi cuarenta años y la suficiente experiencia para saber cuándo una noche no tenía nada más que ofrecer.

O eso creía.

Octavio me había echado el ojo toda la velada, pero el muy oportunista se metió a «arreglar asuntos» con los directivos en el estudio de la anfitriona. Ahí entendí que mi parte interesante de la noche se había acabado, y empecé a calcular la retirada.

—¿Ya te vas? —me gritó Marisol, tambaleándose con su copa de mezcal.

—Mañana tengo que revisar exámenes —dije, poniendo cara de maestra cansada y virtuosa.

Mentira. Lo único que quería revisar era cómo se marcaban los músculos del profesor de Educación Física bajo la luz de la luna. Llevaba toda la noche observándolo de reojo, con esa camiseta negra pegada al cuerpo y la sonrisa fácil de quien sabe que gusta. Sentía el coño húmedo debajo del vestido desde hacía rato, y ninguna maestra decente admite eso en voz alta.

Justo cuando me preguntaba si me tocaría caminar kilómetros sola por la oscuridad, una sombra con olor a cerveza y a colonia barata se plantó frente a mí.

—Oiga, maestra —dijo Diego, apoyando un brazo en la pared, por encima de mi cabeza—. Se me hace que se quedó sin quien la lleve. ¿Le doy un aventón?

El hombre estaba para mirarlo sin disimulo. Pectorales que prometían, brazos trabajados y esa seguridad insolente que a mi edad ya no me intimidaba: me divertía.

—No quiero molestarte —respondí, bajando la mirada con falsa timidez, pero dejando que el escote hiciera todo el trabajo por mí—. Además, vivo lejos.

—Qué va a ser molestia —se rió, acercándose tanto que sentí el calor de su pierna contra la mía—. A mí me gustan las distancias largas.

Y me guiñó un ojo, el muy descarado.

—Está bien —cedí—. Pero por la carretera bien iluminada, eh.

Subí a su camioneta y dejé que el vestido se me subiera «sin querer» hasta medio muslo. Diego arrancó con una carcajada que le puso brillo en los ojos.

—Maestra, con lo que trae puesto, hasta un ciego se distraería —dijo, mientras su mano caía «por casualidad» sobre mi rodilla—. ¿Y si subimos un momento al mirador? Dicen que la luna se ve increíble desde ahí arriba.

El mezcal me corría por las venas como una brasa lenta. Entre el olor a su piel y aquella mirada, ya me imaginaba lo que vendría.

—Con una condición —dije, acercándome a su oído—. Que no me hables de planificaciones ni de juntas de consejo.

—Por mí, hasta le doy una clase práctica de anatomía —gruñó, pisando el acelerador como si lo persiguiera el diablo.

Y allá fuimos, yo con las ganas ardiéndome bajo el vestido y la esperanza estúpida de que ese viaje no terminara nunca.

***

La camioneta subió por el camino de terracería como si tuviera prisa. Yo miraba de reojo cómo se le tensaba el brazo cada vez que cambiaba de velocidad. El calor que sentía ya no era de la noche.

—¿Siempre manejas así de rápido? —le pregunté, dejando que mi mano se posara con firmeza sobre su muslo, muy cerca del bulto que ya se le marcaba en el pantalón.

—Solo cuando llevo un buen premio en el asiento de al lado —respondió, soltando el volante un instante para recorrerme la rodilla con dedos ásperos y meterlos por debajo del vestido, buscando entre mis muslos—. ¿Le asusta la velocidad, maestra?

—Lo que me asusta es que paremos —confesé, abriendo un poco las piernas para dejarle sitio.

Y a esa edad una ya no se anda con rodeos.

Se estacionó en un mirador desierto, donde solo se oían los grillos y nuestra respiración. Apagó el motor y el silencio se volvió más espeso que cualquier palabra. Allá abajo titilaban las luces del pueblo, diminutas e indiferentes.

—Oiga —murmuró, volviéndose hacia mí, con los ojos brillándole en la penumbra—. ¿De verdad quiere que la lleve a su casa? Porque yo tengo otra idea.

—A ver, cuéntame —respondí, soltándome el cinturón con un clic que sonó como un disparo.

No habló. Se lanzó sobre mí. Su boca encontró la mía con un hambre que me dejó sin aire, sabiendo a mezcal, a calor y a pura necesidad. Hundí las manos en su pelo y se lo jalé mientras sus dedos me bajaban el vestido de los hombros, arrancándome los tirantes hasta liberarme las tetas.

—Mujer —jadeó, descubriéndome los pechos en su prisa y agachándose a chupármelos con la boca abierta—. Traía esto escondido y quería que la dejara directo en su casa.

Me lamió los pezones uno por uno, mordisqueándolos, tirando con los dientes hasta arrancarme un gemido largo. Yo le agarré la cabeza y se la apreté contra el pecho, sintiendo cómo su lengua caliente me endurecía los pezones hasta ponérmelos como piedras.

—Y tú traías esto —le dije, bajándole el cierre del pantalón y metiendo la mano hasta encontrarle la polla, dura, gorda, palpitándome en el puño—. ¿Y querías que creyera que ibas a portarte como un buen samaritano?

Se la empecé a menear despacio, apretándole el glande con el pulgar, sintiendo la humedad tibia que ya le brotaba por la punta. Diego echó la cabeza para atrás y gimió como un animal.

—Chúpamela —me pidió con la voz ronca, guiándome la cabeza hacia su regazo—. Chúpamela, maestra, que llevo toda la noche imaginándomelo.

No me hice de rogar. Me incliné sobre él en el asiento estrecho, le saqué la polla entera del pantalón y me la metí en la boca de golpe. La lengua le recorrió toda la longitud, de la base al glande, saboreándolo. Se la tragué hasta el fondo y él soltó un rugido, agarrándome el pelo con las dos manos.

—Así, mi amor, así —jadeaba, moviendo las caderas—. Qué boca tiene, madre mía, qué boca.

Se la chupé con ganas, con ruido, dejando que se me llenara la boca de saliva y babeándole sobre los huevos. Le pasé la lengua por debajo, se los chupé uno por uno, y volví a subir a devorarle la polla. Él me miraba desde arriba, con la boca abierta y los ojos vidriosos, viéndome perder la compostura de maestra.

—Para, para —me suplicó de pronto, apartándome con suavidad—. Si sigues así me vengo en tu boca, y todavía quiero cogerte.

Me relamí los labios, sonriendo con la barbilla brillante de saliva. Nos quitamos la ropa entre maldiciones y risas ahogadas. Él, con el torso firme y húmedo de sudor, la polla enhiesta apuntando al techo. Yo, con una experiencia que ningún chamaco de veinte tiene: sabía exactamente dónde tocar, cuándo apretar y cuándo hacerlo esperar.

Me metió los dedos entre las piernas antes de nada, dos dedos gruesos que entraron sin dificultad porque yo estaba empapada. Me los curvó dentro y me buscó ese punto que hace ver estrellas. Yo me abrí más, con los muslos temblando.

—Está usted chorreando, maestra —dijo, sacando los dedos brillantes y chupándoselos delante de mí—. Sabe a gloria.

—Cállate y méteme la verga de una vez —le solté, sin paciencia ya para preámbulos.

Me trepó sobre sus piernas, frente a frente, con mis rodillas a los lados de sus caderas en el asiento estrecho.

—Así la quiero ver —gruñó, agarrándome de las caderas con ambas manos—. Quiero que me mire a los ojos.

Y me miró. Lo guié con una mano, apoyé la punta de su polla contra mi coño y bajé despacio, sintiendo cómo se me abría por dentro centímetro a centímetro. Cuando lo tuve entero adentro, solté un gemido largo, apretándolo con los músculos. Marqué yo el ritmo, subiendo y bajando, disfrutando de cómo se le entrecortaba la respiración. La camioneta empezó a mecerse, los vidrios se empañaron con nuestro calor y cada gemido salía más crudo que el anterior.

—Así —le ordené, moviéndome sobre él con una decisión que lo hizo gemir—. Tú quédate quieto y déjame trabajar a mí.

—Es usted un peligro —rugió, clavándome los dedos en la piel del culo, ayudándome a rebotar—. Me va a sacar el alma.

Me cabalgué sobre él con fuerza, sintiendo cómo su polla me llegaba hasta lo más hondo, chocándome contra el cuello del útero con cada bajada. Diego me chupaba las tetas mientras me mecía, me mordía los pezones y me apretaba las nalgas con las dos manos. Yo le clavaba las uñas en los hombros, dejándole marcas.

—Qué apretada está, carajo —jadeaba—. Me está exprimiendo la verga.

—Es que tienes una polla rica, profe —le respondí sin vergüenza, moviéndome cada vez más rápido—. Métemela toda, hasta el fondo.

Los asientos crujían, nuestros cuerpos chocaban con un ruido húmedo y el aire olía a sexo, a mezcal y a la cerveza que alguien había derramado horas antes. Cuando me vine, fue con un grito largo que seguramente se oyó hasta en el pueblo de allá abajo. Me temblaron los muslos, se me contrajo el coño alrededor de su verga en espasmos violentos y él aprovechó para agarrarme por las caderas y embestirme desde abajo con furia hasta que gruñó ronco. Sentí cómo se corría dentro de mí, cómo su polla latía descargando corrida caliente en mi interior, mientras hundía la cara entre mis pechos.

Quedamos jadeantes, pegados el uno al otro, bañados en sudor. Su semen empezó a escurrirme por los muslos.

—Maestra —dijo, recostando la cabeza en el respaldo—. Casi mata al profesor de gimnasia.

—Y eso que fue solo el primer asalto —respondí, despegándome de él con las piernas temblando—. A ver si aguantas el segundo.

Se rió, con esa sonrisa de lobo satisfecho que ya me empezaba a gustar demasiado.

***

El aire de la cabina olía a sexo y a piel caliente. Yo todavía respiraba agitada, con las piernas flojas y el coño palpitándome, pero el fuego que tenía adentro no se apagaba con un solo asalto. A mi edad había aprendido algo: la polla de un hombre joven aguanta más de lo que él mismo cree, basta saber pedírselo.

Diego ya se estaba recuperando. Se pasó una mano por el torso húmedo y me miró con los ojos otra vez encendidos. Bajé la vista a su regazo y le vi la verga volviendo a la vida, brillante todavía de mis jugos y de su corrida.

—¿Ya, maestra? —dijo, mordiéndose el labio mientras su mano volvía a mi muslo—. ¿O es que el mezcal le bajó las pilas?

—A mí no se me baja nada —le solté, agachándome sobre él y agarrándole la polla otra vez. Le pasé la lengua por toda la longitud, limpiándosela, chupándomela sin asco—. Y ahorita te toca demostrar que no solo sirves para perseguir balones.

Se la chupé unos minutos hasta que la tuvo dura como el primer round, mientras él me apretaba una teta con la mano libre. Cuando estuvo lista, se rió bajito y me agarró de la cintura para voltearme, dejándome de espaldas a él, de rodillas sobre el asiento, con el culo alzado y la cara contra el respaldo.

—Así no se me escapa —gruñó en mi oído, mordisqueándome los hombros, recorriéndome la espalda con las manos hasta agarrarme las nalgas y abrírmelas—. A ver qué tan obediente sale hoy esa boquita de maestra.

Sentí su mano abriéndose paso entre mis piernas, jugando con mi coño abierto y todavía chorreante, jugando con el clítoris, provocándome, hasta que volví a estar más que lista. Después me sorprendió: se agachó y me metió la cara entre las nalgas, chupándome el coño desde atrás con la lengua ancha, plana. Me lamió de arriba abajo, se metió la lengua dentro, me la clavó en el clítoris. Yo grité, agarrándome del respaldo, empujándole la cabeza con las caderas.

—Ay carajo, así, no pares —gemí, con la mejilla pegada al cuero del asiento.

Me comió como un hambriento hasta que estuve a punto de venirme otra vez. Entonces se enderezó, se agarró la verga con la mano y me la restregó por entre las nalgas, jugando.

—No me hagas esperar —le advertí, mirándolo por encima del hombro y moviéndole el culo—. Métemela ya.

Entró despacio esta vez, leyendo mi cuerpo, midiendo cada empuje. La sentí abrirse paso, gorda, larga, llenándome entera desde ese ángulo nuevo. Empezó lento y fue subiendo el ritmo hasta que la camioneta volvió a crujir como si fuera a deshacerse. Yo me sostenía del respaldo, con la mejilla apoyada en el asiento de piel, sintiendo cómo cada embestida me recorría entera y me hacía chocar los pechos contra el cuero.

—¿Te gusta así, maestra? —jadeó, sujetándome del pelo con suavidad, sin lastimarme, solo para que arqueara la espalda—. Dímelo. Dímelo cochina.

—Más fuerte —pedí, sin un gramo de vergüenza, empujando el culo hacia atrás para recibirlo—. Cógeme más fuerte, no te detengas. Rómpeme.

Cambió el ángulo, profundizó, y el placer se me enredó en todo el cuerpo. Sus caderas chocaban contra mis nalgas con un sonido seco, húmedo, cada golpe hundiéndomela hasta las tripas. Me hizo arquearme y gemir como hacía años que no me pasaba con nadie. Me metió una mano por debajo y me buscó el clítoris con los dedos, frotándomelo en círculos mientras me embestía.

—Mírate —dijo, buscando mis ojos en el reflejo del retrovisor—. Mírese, maestra: toda despeinada, con la boca abierta, con mis manos marcadas en la piel y mi verga hasta el fondo. Quién la viera en el salón de clases.

Y eso, en lugar de incomodarme, me prendió más. Porque yo era esa señora correcta que firmaba boletas y daba consejos a los padres, y al mismo tiempo era esta, la puta que se dejaba coger a cuatro patas en una camioneta a medianoche.

—Esta noche soy tuya, profe —jadeé, mirándolo fijo en el espejo—. Cógeme como quieras. Solo esta noche.

Eso lo encendió por completo. Me agarró de las caderas con las dos manos y agarró un ritmo rápido, brutal, embistiéndome con toda la polla, sacándomela casi entera y volviéndomela a clavar hasta el fondo. Se oía el chapoteo de mi coño empapado, el golpe de sus muslos contra mis nalgas, mis gemidos ahogados contra el cuero. Cuando me vine, se me nubló todo. Grité tan fuerte que se me quebró la voz, y el orgasmo me sacudió hasta las lágrimas, con espasmos que me apretaron la verga adentro. Él aguantó dos, tres embestidas más y se vació con un gruñido que sonó a victoria, corriéndose dentro de mí por segunda vez, llenándome el coño hasta desbordar.

Quedamos jadeantes, pegados, deshechos en nuestro propio desorden. Cuando salió de mí, sentí cómo escurría un chorro tibio de semen por la cara interior de mis muslos hasta el asiento.

—Mujer —respiró, despegándose de mí—. Usted va a acabar conmigo.

—Sería una verdadera lástima —dije, volteándome para enfrentarlo, todavía con la respiración entrecortada y las piernas embarradas—. Porque esto apenas empieza.

—¿La veo en la próxima junta de consejo? —preguntó, con una media sonrisa.

—Quizá antes —respondí.

El silencio se adueñó de la cabina, roto solo por los grillos. Afuera, la luna seguía su viaje impasible, testigo eterno de lo que ocurre cuando dos personas deciden tirar las máscaras y entregarse a lo que llevan dentro.

***

La camioneta arrancó de vuelta por el camino polvoriento. El silencio entre nosotros ya no era incómodo, sino cargado de un entendimiento nuevo. Diego manejaba con una mano; la otra descansaba sobre mi muslo desnudo, con los dedos rozándome de vez en cuando el coño hinchado y todavía húmedo, como reafirmando lo que acababa de pasar.

—Entonces, maestra —dijo sin apartar la vista del camino—. ¿Esto queda entre nosotros o quiere que le contemos al mundo lo bien que educa?

Sonreí, mirando el paisaje nocturno por la ventana.

—Si se enteran, pierde la gracia, profe. Lo bueno de los secretos es jugar con ventaja.

Me apretó el muslo y subió la mano hasta meter dos dedos otra vez entre mis piernas, sintiéndome empapada de nosotros dos.

—Me gusta cómo piensa. ¿Repetimos, entonces?

Mi cuerpo, todavía sensible y marcado, respondió antes que mi voz apretándole los dedos con el coño.

—Con examen final incluido —susurré—. Y esta vez yo pongo las condiciones. La próxima quiero probar tu polla en otro agujero.

Lo escuché reírse por lo bajo, con la mano apretándome el muslo con fuerza.

Me dejó frente a la casa de Aurelio, donde me quedaba esa noche. Nos despedimos con un beso lento, largo, con lengua, y su mano me apretó una teta por debajo del vestido antes de soltarme. Entré de puntillas, tratando de no despertar a nadie. No quería explicaciones sobre mi pelo alborotado, los muslos pegajosos, ni sobre los demás detalles que delataban exactamente lo que acababa de hacer.

Pero mi cautela no sirvió de nada. En medio de la sala, recortada contra la penumbra, había una silueta esperándome. Y por la manera en que se movió hacia mí, entendí que la noche todavía me tenía guardado bastante más placer del que imaginaba.

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Comentarios(3)

NicoRiver_22

buenisimo, me dejo con ganas de mas!

MirandaOK

Por favor seguila, quede re enganchada con el final.

JorgeCba

Me recordo a una salida parecida que tuve hace años. Muy bien contado, me saque el sombrero.

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