Mi yerno encendió algo que yo creía apagado
Mientras conducía hacia el aeropuerto a recoger a mi hija, mi mente intentaba resetearse de la luna de miel imaginaria que había vivido con su marido durante esos diez días. Tenía que ser fuerte. No podía permitir que se me notara ninguna grieta, ningún hilo que me uniera emocionalmente a Adrián.
Por suerte apenas tuve que esperar. Lorena salió puntual, con sus dos amigas, todas casi disfrazadas con gafas de sol, camisas anchas de colores y vaqueros, como si fueran del mismo equipo. Nos abrazamos con cariño y, en ese instante, no pensé en nadie más: era mi hija y llevaba diez días deseando verla.
—¿Cómo está Hugo? —preguntó en cuanto sus amigas se despidieron para irse con sus parejas.
La puse al día de las correrías de su hijo durante esos diez días en los que ella, para disfrutar del viaje, me había pedido quedarme en su casa cuidando del niño y, de paso, de su marido. Sin saber que dejaba al lobo cuidando del gallinero. Cargué las anécdotas hacia Hugo, dejándole claro que si no mencionaba a Adrián era porque no había nada que resaltar.
—No sabes cuánto te lo agradezco —dijo—. Yo lo he pasado genial.
—Me alegro. Ahora a dedicarte a tu familia.
—En cuanto acueste a Hugo, le voy a dar a Adrián un revolcón que ni se imagina —confesó con un tono que creyó que me escandalizaría.
—Me parece muy bien. Yo me encerraré en mi cuarto y no oiré nada.
Había llegado la titular del puesto. A mí solo me quedaba el recuerdo de la semana imposible que había vivido con él.
***
Cuando le dije que al día siguiente volvería a mi casa, insistió en que me quedara, al menos hasta que regresara mi marido, que estaba haciendo el Camino.
—¿Qué vas a hacer sola en Valencia? Me apetece pasar unos días contigo, y así dejamos a Adrián concentrarse en su examen.
El ambiente en la casa era desenfadado, con buen humor por parte de todos. Adrián y yo no mostrábamos ninguna señal de intimidad, salvo algún comentario rápido cuando coincidíamos sin Lorena delante.
—No creas que me he olvidado de ti —me susurró una mañana.
—Ya lo sé. Pero ella es tu prioridad —respondí, y me obligué a creerlo.
Salía a caminar con Lorena, íbamos juntas al campamento de Hugo, tomábamos café con las vecinas. Nos llevábamos mejor que nunca, abriéndonos cada vez más después de años de vivir un poco aisladas. Nos poníamos al día de nuestras vidas sin rozar jamás lo que había pasado entre su marido y yo, y que ella nunca llegó a sospechar.
***
Una tarde, tomando el sol en la piscina de su urbanización mientras Hugo jugaba con otros niños y Adrián estudiaba arriba, mi hija necesitó confesarse.
—Mamá, necesito tu consejo —dijo con el rostro serio.
—¿Qué ocurre, cielo? —pregunté, preocupada por el tono.
—Adrián está raro. Será el encierro de estudiar, que lo está descentrando. Está como… salido. No le basta con nada.
Tuve que hacer un esfuerzo para que no se me notara la excitación. Vanidosa, pensé que me echaba de menos a mí.
—¿Y cuál es el problema? —pregunté.
—Que ahora no para de insistir en hacerlo por detrás. Soy liberal, pero esa postura me da miedo. He leído que duele y no me apetece sufrir.
—Al principio quizás, sobre todo si tu pareja es inexperta. Pero el esfínter acaba dilatando y puede ser muy placentero.
—¡Mamá! ¿Y tú cómo sabes eso? ¿Lo has hecho con papá?
—Con tu padre no —reí—. He dicho que no lo hice con él, no que no lo haya hecho nunca.
—¿Cómo? ¿Has tenido un amante? Me dejas de una pieza.
—Mi vida sexual con tu padre es como la tele en blanco y negro. Yo quería verla en color, aunque fuera una vez.
—¡Dios mío! Ni lo imaginaba. Tenemos que salir una noche las dos y contarnos todo.
Me dio un beso y, antes de salir, se volvió desde la puerta.
—¿Crees que debería regalarle el sexo anal? Lo está pasando tan mal con la oposición…
—Eso es muy personal. Para algunos hombres es una fantasía enorme.
***
Subí preocupada por mi hija, forzada a decidir sobre algo que ni le interesaba. El muy cabrón de mi yerno no se conformaba con haber probado mi cuerpo: se había obsesionado. Fui directa a su habitación.
—Lorena te ve salido. ¿Qué te pasa? No puede sospechar nada. Y no la fuerces a nada que no quiera.
Sin esperar mi entrada, se sintió acorralado.
—Echo de menos lo que tuvimos. Con ella no me quedo igual.
—Joder, Adrián, era tan fuerte hacerlo contigo…
No esperaba que se me echara encima.
—Quiero follarte. Lo necesito.
—¡Para! Dijimos que lo dejaríamos al volver Lorena.
—No. Dijimos que lo pensaríamos.
Se asomó a la ventana y comprobó que ella seguía abajo, charlando con una vecina. Después se acercó hasta rozarme. Pasó una mano por mi cintura y me atrajo lentamente. A cada centímetro, mi corazón latía más fuerte y mis piernas dejaban de sostenerme. Cuando me besó, reaccioné por instinto intentando separarlo.
—Estás loco, puede subir —dije con nuestras bocas a un centímetro.
Volvió a besarme y mi cuerpo entró en un proceso de excitación que no controlaba. Le abrí la boca, mordiéndole con el deseo contenido de tantos días. Sus ojos verdes me taladraban, seguros de que cedería. Y no me sentía violentada: era un juego de poder al que no estaba acostumbrada, pero que disfrutaba.
Comprobé yo misma que Lorena seguía abajo. Adrián deslizó la mano bajo el pareo que llevaba sobre el bikini, bajándola hasta mi trasero sin encontrar resistencia. Con cuidado me subió a la mesa de estudio, soltó el pareo, levantó el top y se apoderó de mis pechos. Me tumbé hacia atrás sobre sus apuntes, en señal de rendición, y dejé que me retirara la braguita del bikini hasta sacármela por los pies.
Contempló mi sexo a su disposición. Tiré de su cabeza hacia mí y dejé que su lengua me embriagara hasta hacerme perder la noción del tiempo. Solo rogaba que mi hija no subiera todavía. Quería correrme así, sin pensar.
—No subas aún —murmuré, arqueándome.
Cuando llegué, un escalofrío me recorrió entera. Adrián, con la misma calma con la que se había bebido mi sexo, me dio la vuelta. Adiviné sus intenciones.
—No, Adrián…
—No puedes negarte. Es la única forma de que no presione a tu hija.
Miré por la ventana y vi que Lorena ya no estaba en la piscina.
—No hay tiempo —dije, cogiendo mi ropa y saliendo hacia mi cuarto mientras oía abrirse la puerta de abajo.
***
Aquella noche, cuando Lorena se marchó un rato a casa de la vecina, Adrián comprobó que Hugo dormía y se metió en mi cama acelerado, queriendo penetrarme de inmediato. Casi como una experta, lo frené y lo obligué a calentarme como nunca. Le hice recorrer mis pechos con las manos hasta que ardí, y después le bajé la cabeza para que mi propia lengua hiciera el resto sobre él.
Cogí la vaselina de la mesilla, le embadurné bien y me preparé yo misma con un dedo. Me coloqué de rodillas, apoyando las manos en el cabecero, levantando todo lo que podía mi trasero para sentir cómo apoyaba la punta en el inicio de mi ano. Familiarizada ya con el proceso, succioné el primer tercio, y eso le dio alas para metérmela hasta la mitad de una sola embestida.
Ahí cogió carrera y desencadenó un vaivén que me hizo disfrutar mucho más que la primera vez. Definitivamente, me estaba volviendo una profesional. El único pero era que su erección, tan firme siempre por delante, le duraba mucho menos por detrás. Satisfecho como un niño, me dio un beso y se marchó a su cama a esperar a su mujer.
***
Mi hija no tardó en organizar la salida que me había prometido. Convenció a Adrián de que habíamos quedado unas cuantas madres del campamento, y él, encantado de quedarse con Hugo y sus apuntes, le pareció bien.
Cenamos los cuatro y, al terminar, nos arreglamos como dos jovencitas de marcha. Lorena se alisó la melena castaña, eligió un polo blanco ajustado como un guante y una falda corta que presumía de piernas. Yo me puse una camiseta blanca de marca que se ceñía al pecho y dejaba la espalda al aire, una falda azul marino a media pierna y unos tacones que me elevaban ocho centímetros.
—¡Pero adónde vais! —exclamó Adrián con sincera admiración.
Fuimos a una de las zonas de marcha de Bétera. El ambiente vibraba de gente guapa, risas y copas tintineando. Comprobé, relajada, que había vuelto la química de madre e hija que tuvimos años atrás.
—Bueno, mami, aquí estamos solas. Cuéntame si ha habido ligues este verano.
—No ha habido nadie —mentí—. Te estaba esperando para ligar.
—¿Y el monitor del campamento? Te tiene alunizada.
Me sorprendió que lo mencionara, pero me alegré de que sus sospechas no apuntaran a su marido.
—Es simpático, y Hugo lo adora —dije.
De repente, al alzar la vista, los vi acercarse. Iván y Dani, los dos monitores con los que habíamos coincidido una noche.
—Buenas noches —dijo Iván, sin ocultar que me devoraba con la mirada—. ¿Qué hacen las dos mujeres más interesantes del pueblo?
Lorena sonrió con un brillo travieso. No me cabía duda de que había sido la artífice de aquel encuentro.
—¿Os sentáis? —les invitó.
Las parejas quedaron claras sin discutirlo: Dani no apartaba los ojos de las piernas de mi hija, e Iván deslizaba la mirada por las curvas de mi escote. La conversación empezó con trivialidades y derivó en halagos descarados, lanzados con educación pero sin disimulo. Yo, que apenas me estaba reincorporando al mundo del coqueteo, empecé a sentirme cómoda. La diferencia de edad no nos incomodaba a ninguno.
A las doce, con el ego satisfecho, le hice un gesto a Lorena para marcharnos. Iván, considerándome a mí la difícil de convencer, se dirigió a mí.
—Es pronto. ¿Por qué no vamos a bailar?
—Somos mayores para estar en la calle a estas horas —sonreí.
—No será la primera vez —dijo con aire chulesco.
Aparté a Lorena un momento.
—¿Eres consciente de lo que buscan? —le susurré.
—Yo no tengo problema. Pero tú decides. Son divertidos… y están muy buenos —respondió con picardía.
Reconocí un brillo salvaje en sus ojos, y descubrí el mismo morbo en mí. ¿Qué de malo había en una copa?
—Una copa, y a casa —dije.
—De momento vamos. Luego, ya veremos —me provocó.
***
Llegamos a una discoteca de luces de neón que dibujaban contornos sensuales en los rostros. La música latina dominaba la pista, llena de cuerpos de veinte y treinta años. Y allí estaba yo, con mi hija y dos chicos que podrían ser mis hijos.
Iván me sacó a bailar y me dejé llevar, contagiada por mi hija, que se movía con Dani sin ningún complejo. Cada gesto suyo me envalentonaba. Cuando coincidimos en la barra, Lorena me susurró:
—¿No te imaginabas verte aquí esta noche?
—Para nada. Y reconozco que me da un poco de vértigo.
—Pero también te da alas. ¿No ves cómo te mira Iván?
—¿No temes enamorarte en alguna de tus aventuras?
—Esa es la ventaja de salir con un par de jovencitos —rió—. Ni ellos ni nosotras pensamos en enamorarnos.
Volvimos a la pista. Iván me tomaba de la cintura y yo le dejaba, tensando la cuerda. Sentí algo liberador esa noche, algo que no tenía que ver con él, sino conmigo: con haber sobrevivido a treinta años de amor rutinario y seguir sintiéndome viva, deseable y dueña de mis actos.
A las tres, con todo cerrado y el cuerpo todavía fiestero, fueron a buscar el coche.
—¿Por qué no os venís a tomar algo al campamento? Está vacío hasta la semana que viene —propuso Iván—. Hay piscina y bar.
Lorena cruzó una mirada conmigo, dejándome decidir.
—Qué pena no traer bañador —respondí, y supe que con eso ya había aceptado.
***
Las seguimos en el coche de Lorena, con las ventanillas bajadas y el viento revolviéndome el pelo.
—Esto es libertad pura —dijo ella—. Eres consciente de lo que quieren, ¿verdad?
—Claro que lo sé. Pero Iván podría ser mi hijo.
—Eso quiere decir que estás entrando en el juego. ¡No te cortes!
Tenía razón. Me había gustado besar a Iván y no descartaba repetir.
La finca del campamento, una construcción moderna de grandes cristaleras, tenía una piscina rodeada de hamacas y colchonetas. Todo olía a jazmín, a verano. Mientras Dani le enseñaba el jardín a mi hija entre risas, Iván y yo charlábamos, y la noche iba tamizando su juventud con cierta madurez. Lo veía más varonil, más seguro.
Lorena se acercó y me cogió las manos, con los ojos brillantes.
—No me juzgues, mami, pero estoy decidida. Dani es un caramelo que no pienso dejar escapar.
—Me parece bien. Y no tienes por qué contarle nada a Adrián.
—¿Y tú qué vas a hacer?
—Me gusta estar aquí contigo, me gusta verte tan atrevida, y me gusta Iván.
—Está loquito por ti.
—Entonces voy a dejar que me folle hasta que se harte.
Nos reímos las dos y sellamos un pacto invisible. Sentía vértigo, sí, pero también una decisión que hacía años no sentía.
***
Conectaron música y trajeron copas. Me senté al borde de la piscina con los pies en el agua, y Iván me acercó la suya. Cuando pasó el brazo por mi cuello y, descarado, deslizó la mano sobre mi pecho, le sonreí para dejarle claro que no me molestaba.
—Marta… —susurró mi nombre con una ternura inesperada, colando los dedos bajo la camiseta hasta rozarme la piel desnuda.
Estaba cansada de fingir. Sin dejar de sonreír, me quité la camiseta y me quedé en sujetador.
—Mejor así, ¿no? —dije, sorprendiéndolo con mi atrevimiento.
Veía a Lorena besándose con Dani al otro lado y eso me envalentonó. Solté el sujetador, dejando mis pechos al aire.
—Yo he liberado los míos. ¿Qué guardas tú ahí? —dije, acariciando el bulto que tensaba su pantalón.
Iván tardó nada en quedarse en ropa interior. Le devolví un beso que empezó como un juego y acabó profundo y apasionado, mientras mi mano se deslizaba bajo la tela y liberaba su erección. Aunque mi experiencia era limitada, supe que algo así no era común: sin ser muy largo, su grosor era desproporcionado.
Animado, se quitó la camiseta y dejó a la vista un torso moreno, hombros anchos y brazos capaces de levantarme en peso.
Al otro lado, Dani había recostado a mi hija sobre el sofá del salón acristalado. Las risas entrecortadas y los gemidos que venían de allí se mezclaban con los nuestros. Yo me acomodé de rodillas sobre la hierba y me lancé, recorriendo con la lengua toda su longitud, despacio, hasta abarcarlo en la boca.
—Eres demasiado buena —jadeó él, retirándose con cuidado—. Y quiero aguantar.
Me levantó y me llevó hasta una colchoneta blanca, me abrió las piernas y hundió la boca en mí, trazando un baile con la lengua que me elevó. Después se irguió de rodillas y se acomodó entre mis muslos. Sentí la punta empujando con movimientos cortos, atascándose en mí, hasta que, cansado de rodeos, empujó de golpe. Solté un grito mezcla de dolor y placer; mi cuerpo se abrió, adaptándose a su tamaño.
—Ya está, cariño… —jadeó, hundiéndose cada vez más adentro.
—Dios, qué placer —grité, clavándole los dedos en la piel y atrayéndolo a un ritmo salvaje.
Adrián me había descubierto el sexo por el sexo; Iván me estaba llevando a otra dimensión. Empujaba con fuerza, ayudándolo, gimiendo tras cada embestida sin poder contenerme.
Desde el salón, los gemidos de Lorena subían de tono. Su placer y el mío crecían a la vez, sin envidia, en una extraña sintonía.
—¿Te pone oírlos? —me susurró Iván, embistiéndome sin tregua.
—Céntrate en mí. Voy a correrme —grité.
Mi cuerpo se tensó y un largo gemido anunció el clímax. Empujé aún más fuerte, como queriendo detener el instante, dejando que me llenara por completo. Iván aceleró buscando el suyo, arrancándome un segundo orgasmo antes de derrumbarse, y fue amainando poco a poco hasta calmarse sobre mí.
Casi a la vez, el grito de triunfo de mi hija atravesó las cristaleras. Sonreí. Con Iván recostado a mi lado, acariciándome como si no quisiera terminar, me prometí cuidar a esa versión de mí que por fin se miraba sin juzgarse.
***
El jardín olía a una mezcla embriagadora de verano y piel, y el eco de los jadeos aún flotaba en la noche estrellada. Me levanté a refrescarme un poco. Al volver, encontré a Lorena sentada junto a la barra, magnífica en su desnudez, sirviéndose una copa.
—Vaya nochecita —me guiñó un ojo.
Iván se había recostado en el sofá, y sorprendí a mi hija mirándolo de reojo, sin disimular su curiosidad.
—¿Te ha metido todo eso? —preguntó, alzando una ceja.
—Hasta el final —dije, orgullosa.
Leí su pensamiento. Le sonreí como las cómplices que ya éramos.
—¿Puedo…? —preguntó, levantándose con un paso de pasarela.
Asentí. No sentí celos, solo orgullo por su atrevimiento. Se acercó a Iván ofreciéndole la copa y, al rato, las manos de él subían por sus piernas mientras Dani y yo observábamos sin oponernos, sonrientes, dejando que la noche terminara de borrar las edades, los maridos y los nombres.
***
Cuando por fin amanecía y volvíamos en el coche, en silencio, Lorena me cogió la mano sobre el cambio de marchas.
—Hacía años que no me sentía tan cerca de ti —dijo.
—Yo tampoco. Aunque deberíamos guardar esto como nuestro secreto.
—Como dos amigas —sonrió—. ¿Repetimos algún día?
—Claro que me apetece. Será bonito seguir explorándonos. Buenas noches, cielo.
—Buenas noches, mami.





