El camionero maduro y aquellas noches de calor
El tercer día empezó con Rubén despertándose antes que yo. Lo sentí moverse en la cama estrecha de la cabina y, cuando abrí los ojos, ya estaba de pie, estirándose con la espalda arqueada. Bajó del camión sin decir nada y yo me quedé mirando el techo, repasando lo que había pasado de madrugada. No sabía qué hacer con él: si reclamarle, si fingir que nada, si callarme para siempre.
La sábana de su lado estaba empapada de sudor. Me levanté, entré al pequeño baño de la estación de servicio y, mientras estaba ahí dentro, escuché que él volvía a subir. Se me cerró el estómago. ¿Qué se suponía que debía decirle?
Salí y me lo encontré de frente.
—Buenos días —dijo, demasiado tranquilo.
—Ah… buenos días —contesté.
—¿Dormiste bien?
—Sí. ¿Y tú?
—Perfecto. Mejor que en el asiento —respondió, y soltó una risa que no supe si era burla.
Me quedé callada. ¿Se está haciendo el tonto o de verdad cree que no me di cuenta? Antes de que pudiera ordenar la cabeza, me preguntó si quería ducharme. Había regaderas en la estación. Le dije que sí, saqué la toalla de mi maleta y fui con él. Pagamos, nos dejaron entrar y, bajo el agua, intenté pensar con claridad. No llegué a ninguna conclusión.
Me sequé, me puse otra vez el short y una playera negra. Cuando volví, Rubén ya se había duchado y había traído algo de comer. Yo comí sentada en la cama; él, en el asiento del piloto.
—Carla, si quieres cuelga la toalla afuera para que se seque —me dijo.
—Gracias —respondí, y salí a tenderla.
Retomamos el viaje. Esa tarde el calor era mucho peor que los días anteriores. El aire acondicionado apenas servía, tenía la frente perlada de sudor y la espalda pegada al asiento. Paramos a comprar agua y nos bebimos varios litros en hora y media. Hacía tanto calor que ni ganas de hablar quedaban.
En algún momento Rubén se quitó la playera sin preguntar nada, como si fuera lo más natural. Verlo así, con el pecho ancho y la piel brillante, me dio una envidia fresca. Lo pensé un rato largo y me decidí.
—¿Sabes? Yo también me voy a quitar la playera. No aguanto.
—¿Ah, sí? Está más pesado que otros días, ¿no?
—Es agotador —dije.
Pasé a la parte de atrás, busqué un sostén que no se viera tan provocador y me lo puse. Volví al asiento del copiloto con algo de vergüenza. Noté de inmediato cómo sus ojos bajaron a mi pecho sin ningún disimulo. Lo raro era que, conforme pasaban los kilómetros, seguía mirándome de reojo una y otra vez. Me incomodaba y, al mismo tiempo, lo sentía casi como un halago.
Al caer la noche me volví a poner la playera de tirantes. Estacionamos junto a los demás camiones y fuimos a cenar a un restaurante pequeño. Mientras yo terminaba mi plato, Rubén salió un momento. Volvió con una bolsa.
—Mira lo que te compré ahí afuera —dijo.
—¿Y eso? —pregunté, dejando el tenedor.
Abrí la bolsa. Era un short muy ligero, pero también muy corto. No era el tipo de prenda que yo usaría, aunque con ese calor venía bien. No quise ser grosera.
—Muchas gracias. No te hubieras molestado.
—Lo vi y pensé que te sentirías cómoda con este calor.
Le faltaba comer, así que le dije que me adelantaba al camión. Subí, me quité el short que traía y me puse el suyo. Era diminuto: me dejaba las piernas enteras al aire y revelaba más de lo debido. Intenté bajarlo, pero entonces se me asomaba la ropa interior por arriba. En eso estaba cuando Rubén subió y, con la cortina abierta, lo primero que vio fui yo.
—Ya llegué. Vaya, te ves fresca. Hasta me dan ganas de ponerme uno yo —bromeó.
—Sí, de verdad es más fresco que el mío —admití.
—A lo mejor duermes mejor con él.
¿Espera que duerma con esto puesto? No quise parecer malagradecida y lo dejé pasar.
Preparé la cama y lo vi sentarse en el asiento del copiloto. Pensé que dormiría ahí, así que ni en broma le pregunté si quería pasar a la cama después de lo de la noche anterior. Cerré la cortina, apagué la luz interior y, por el calor extremo, me quité la playera para dormir solo con el sostén y el short que me había regalado.
Justo cuando creía que todo estaba tranquilo, escuché que entraba a la cabina. Sentí cómo se acomodaba en el hueco vacío de la cama. El pánico volvió: no esperaba que durmiera ahí y, además, llevaba menos ropa que la otra vez. Me hice la dormida. Pasaron unos treinta minutos sin que ocurriera nada y casi me ganaba el sueño.
Entonces sentí las puntas de sus dedos en mi cintura. Di un pequeño brinco que quizá me delató, pero a él no le importó. Siguió recorriéndome despacio, primero la cintura, luego la pierna, ya no con los dedos sino con la mano entera. La movía a su gusto, apretando la carne de mis muslos como si me estuviera midiendo, palpándome como quien elige fruta madura.
¿Me muevo? ¿Hago como que despierto? ¿Lo dejo pasar? Cuanto más pensaba, más avanzaba su mano y más se me aceleraba el pulso.
La caricia en la cintura me provocó una cosquilla por dentro que, contra toda lógica, empezó a aflojarme los nervios en lugar de aumentarlos. Me sentí confundida por eso. Luego apoyó la mano completa, enorme y caliente, abarcándome medio vientre. Se arrimó hacia adelante y noté su pecho desnudo contra mi espalda: él tampoco tenía playera. Cada vez que respiraba, su estómago rozaba mi espalda baja. Y más abajo, contra mis nalgas, sentí un bulto duro empujando a través de la tela fina del short. La verga se le estaba parando y me la clavaba entre las nalgas sin ningún disimulo, moviendo la cadera muy despacio, en círculos apenas perceptibles, como si me estuviera tanteando.
La gota que colmó el vaso fue cuando su mano bajó hasta el borde de mi short y empezó a subir por mi trasero. Lo recorría con el dedo, despacio, una y otra vez. Metió los dedos por debajo de la tela y me palpó una nalga desnuda, sin ropa interior de por medio porque el short era tan ajustado que ni bragas me había puesto. Amasó despacio, separando y juntando, y sentí cómo su verga latía contra mí, cada vez más gruesa. Y la diablilla de mi hombro se acostumbró a aquel manoseo. Ya no me alertaba; me daba curiosidad saber hasta dónde se atrevería.
Bajó los dedos por la raja de mi culo, muy despacio, rozando apenas, hasta detenerse justo donde empezaba mi coño. Ahí me di cuenta de que estaba mojada. Mojadísima. La tela del short se me pegaba a los labios y él lo notó, porque soltó una respiración ronca contra mi nuca. Su dedo trazó un círculo lento sobre esa humedad y yo apreté los dientes para no gemir.
De pronto apretó apenas y retiró la mano para dejarla otra vez en mi cintura. No se movió más. Supuse que se había dormido. Me quedé pensando por qué me había acostumbrado a algo que no había consentido. Por un momento me sentí asqueada, pero el calor que me había dejado por dentro pudo más, y terminé durmiéndome con su mano ahí, con el coño palpitando y las bragas de sábana empapadas del jugo que me había sacado sin ni siquiera penetrarme.
***
Amaneció de nuevo. Al despertar noté enseguida que Rubén no estaba en la cama; su lugar estaba empapado. Al buscar la sábana, pasé la mano por mi cuerpo y sentí que el short se había corrido: la mitad de mi trasero quedaba al descubierto. Me dio una vergüenza tremenda y me lo acomodé rápido. ¿Esto tendrá que ver con él?
No quería levantarme, pero debía. No lo vi por ningún lado, así que fui sola al restaurante de la noche anterior y comí algo. Desde dentro lo vi llegar y subir al camión. Estaba molesta y confundida a la vez. Quizá mi padre tenía razón cuando me dijo que tuviera cuidado con él. Pagué y subí, porque no me quedaba otra.
—¡Ahí estás! ¿Dónde te habías metido? —dijo, preocupado.
—Perdón, fui a comer algo.
—Ah, vale. Me asomé y no estabas. Imagínate el susto.
—Tranquilo, aquí estoy —contesté.
Me dijo que pararíamos en un sitio cercano con duchas. Por fin pude bañarme, incluso con agua fría. Me puse los shorts del día anterior y una blusa de manga corta, la única limpia que me quedaba. Seguimos camino. El silencio era incómodo, para mí y creo que también para él, porque sacó conversación de forma muy forzada.
—¿No tienes calor con esa blusa?
—Sí, pero me tendré que acostumbrar.
—El calor ya no es tan pesado como ayer, ¿cierto?
—Todavía pesa, pero sí, ayer era peor.
Por más amable que se mostrara, yo ya no lo miraba igual. Esa tarde tuve que cambiarme la blusa empapada por la de tirantes, que olía demasiado a sudor, pero no había alternativa. Antes de que cayera la noche, Rubén me avisó:
—Carla, en un rato paramos en una gasolinera a dormir. Solo que yo voy a juntarme con unos amigos a tomar algo, ¿está bien?
Me dieron nervios. Mi padre me había dicho que me cuidara de él cuando bebiera, pero ¿quién era yo para prohibirle nada?
—Vale… está bien. Yo me quedo en el camión.
Llegamos a un lugar lleno de camiones y aparcamos entre varios. Había un grupo de camioneros, unos cinco. Rubén se acercó a ellos y yo me fui a un puesto de comida a cenar. Él empezó a beber temprano; serían las diez. A las once terminé de cenar y me dirigí al camión, pero me gritó:
—¡Carla, ven!
Todos giraron a mirarme y la presión me hizo acercarme. Me ofreció una cerveza.
—¿No quieres una? Anda, te va a caer bien con este calor.
Tenía razón: casi no habíamos bebido agua en todo el día.
—Vale, solo una —cedí.
Me senté en una banca junto a él. Los demás apenas me hablaron, por timidez supongo, y a mí me venía bien. Hablaron durante horas; yo miraba el teléfono o cruzaba alguna tontería con Rubén. Cuando vi la hora eran las dos de la madrugada y llevaba cuatro cervezas. El frío en la garganta era una delicia, pero soy pésima bebedora y los mareos ya eran grandes. Le dije que me iba al camión.
Él estaba peor que yo; conté como once botellas a sus pies. Tenía la borrachera alegre.
—Claro, Carla. Yo también subo en un rato, que ya es tarde.
—Vale, me adelanto.
—¡Ey, ustedes, despídanse de Carla! —les gritó.
—¡Adiós, Carlita! —corearon todos, entonados.
Me hizo gracia y me despedí sonriéndoles. Subí al camión, abrí la cortina y todavía hacía calor dentro. Con la frescura de las cervezas encima, me quité la playera y el sostén, me volví a poner la playera de tirantes sola y me cambié al short que me había regalado. Pequeño, pero fresco. Otra vez sin bragas, porque las que tenía limpias eran las últimas y no quería mancharlas de sudor.
El mareo no cedía, así que me acosté de una vez, mirando hacia los asientos. A los cinco minutos entró Rubén. Se le oía la garganta cada vez que tragaba, de lo mal que estaba. Se sentó en el asiento del copiloto, se tomó la cara con las manos para reaccionar, sacó un short de debajo de la cama y volvió adelante.
Por la cortina entraba algo de luz de afuera. Lo vi quitarse la playera y dejar el pecho enorme al aire, brillante de sudor. Seguí mirando por morbo, lo admito. Entonces se paró entre los dos asientos, se bajó el pantalón y, después, la ropa interior, que cayó al piso. La silueta de lo que llevaba colgando me cortó la respiración. Era una polla enorme, gruesa, larga incluso a media asta, colgándole pesada entre las piernas, con la cabeza gorda asomando por debajo del prepucio. Los cojones se le mecían debajo, hinchados, oscuros. Un escalofrío me recorrió la espalda y, de golpe, se me quitó el mareo. Tragué saliva sin querer y hasta me lamí los labios. ¿Qué estoy pensando? ¿Qué me pasa?
Se puso solo el short y, rápido, me di la vuelta para que no notara que lo había visto. Lo escuché entrar a la cabina y mis nervios se dispararon. Sentí cómo se acostaba y, de la manera más descarada, se arrimó pegando todo el pecho a mi espalda, sus piernas contra las mías y su entrepierna contra mi trasero. Ya la tenía media dura y me la aplastó entre las nalgas, marcándome cada centímetro a través de la tela. Por dentro se me encendió la misma calentura de la noche anterior, y la borrachera me desordenaba los pensamientos. Mi único plan era no moverme.
Esta vez su mano no acariciaba: me apretaba la cintura y me acercaba la cadera a la suya, restregándome la verga contra el culo. Estaba muy nerviosa, pero el deseo iba al mismo nivel que el miedo, así que poco a poco empecé a permitírselo. Bajó a mis muslos, me los estrujó con esa mano grande, y me habló al oído.
—Estás despierta, ¿verdad?
Me congelé. No respondí. Él siguió, pasó a mi trasero de golpe y di un pequeño salto. Me metió la mano por debajo del short, me agarró una nalga entera y apretó fuerte, clavándome los dedos en la carne.
—Por cómo te estoy tocando, ya te habrías despertado —susurró, con la lengua pastosa por el alcohol.
Subió la mano por mi vientre hasta uno de mis pechos. Encogí los hombros sin querer y lo oí soltar una risita, como si se burlara. Mi cabeza iba a mil. Me amasaba la teta, me pellizcaba el pezón que ya lo tenía duro como una piedra, me apretaba el trasero, me recorría las piernas, y yo no podía ni moverme. Me rodó el pezón entre el pulgar y el índice, tirando de él, y un latigazo me bajó hasta el coño. Se me escapó un suspiro que ya no pude disimular.
—Mira… mira lo que tengo aquí —dijo.
Tomó mi mano, la llevó por detrás y la apoyó sobre su bulto. Ahí mi cabeza dejó de pensar. Lo sentí entero contra la palma, grueso, pesado, palpitando bajo la tela. Los nervios empezaron a ceder y noté cómo me humedecía, cómo el jugo se me escurría por los muslos. Movió mi mano sobre él hasta que la solté, avergonzada, pero volvió a colocarla, ahora sin tela de por medio: se había bajado el short lo suficiente para sacarse la polla. Cerré los dedos sin poder abarcarlo del todo. La tenía caliente, dura como un fierro, con la piel tersa y una vena gorda latiendo bajo mi pulgar. Empecé a subir y bajar la mano despacio, sintiendo su piel tensarse con cada movimiento, sintiendo cómo el prepucio le corría hacia atrás y le descubría el capullo grueso y húmedo. Cuando llegué arriba le froté la punta con la palma y noté una gota gruesa que ya se le había escapado, resbaladiza como aceite.
—Así, así… —jadeó al oído—. Puta, qué manita.
Me dio vergüenza de nuevo y aparté la mano. Rubén me tomó de la cadera, se restregó contra mí y entendí que ya no había vuelta atrás. La polla desnuda me quemaba entre las nalgas, se metía en la raja, buscaba el hueco por debajo del short. Me empujó del hombro hasta dejarme boca arriba. Pasó el brazo derecho bajo mi cuello, abrazándome, y con la otra mano se acariciaba a sí mismo, sacudiéndosela lento contra mi cadera. Estaba oscuro, pero sabía que me miraba.
—¿No que dormías? Bien que andabas tocando aquí —dijo.
Volvió a poner mi mano sobre él. Estaba durísimo, más gordo que antes, hinchado. Su torso enorme cubría el mío, que parecía diminuto al lado. Empecé otra vez, lenta y tímida, moviendo la mano de abajo hacia arriba, sintiendo cómo el capullo se le ponía morado bajo mis dedos.
—Mmm, ya veo que sí te gusta —murmuró, tan cerca que me llegaba su aliento a cerveza—. Sigue, ordéñamela bien, así.
Me subió la playera de tirantes de un tirón y me dejó las tetas al aire. Se quedó un segundo mirándolas en la penumbra y bajó la boca. Me chupó un pezón entero, lengüeteándolo, mordisqueándolo, y con la mano libre me amasó la otra teta. Yo seguía haciéndole la paja, cada vez más rápido, con la polla resbalando entre mis dedos por el líquido que le salía sin parar.
Sin aviso, bajó la mano y llevó los dedos entre mis piernas. Salté.
—Eh, tranquila… si está caliente aquí abajo —dijo, moviendo los dedos sobre el short—. Mira cómo tienes el short, todo mojado. Mira cómo estás chorreando, guarra.
Mi cuerpo respondía solo, y no lo podía creer. Me clavó el dedo por encima de la tela, buscando la raja del coño, y me la marcó una y otra vez hasta que un gemido se me escapó de golpe.
No aguantó más. Se incorporó, me quitó el short de un tirón, dejándome desnuda de cintura para abajo, y se sentó en la orilla de la cama para seguir tocándome. Me abrió las piernas empujándome las rodillas hacia los lados y se quedó mirando el coño, iluminado apenas por la luz que se colaba por la cortina.
—Mira cómo estás. Sabía que estabas así de caliente —dijo, pasando el dedo despacio por los labios—. Toda peladita, toda rosadita. Y mira cómo te chorrea el jugo hasta el culo.
Me separó los labios con dos dedos y me sopló encima. Yo me sacudí en la cama. Después bajó la cabeza y me pegó un lengüetazo largo, de abajo hacia arriba, terminando en el clítoris. Le agarré la cabeza sin darme cuenta y solté un gemido que me habrían escuchado los camioneros de afuera si no hubiera sido por el motor de un frigorífico funcionando cerca.
—Shh, calla, guarra —dijo con la boca pegada a mi coño—. Que vas a despertar a media gasolinera.
Volvió a lamerme, esta vez metiendo la punta de la lengua entre los labios, saboreándome de arriba abajo, chupándome el clítoris como si fuera un caramelo. Metió un dedo mientras me lamía y yo arqueé la espalda contra la sábana. Se llevó los dedos a la boca y los chupó.
—Uf… si meto esto aquí, va a entrar solo, ¿no lo sientes? —y me metió la punta de un dedo de a poco, después dos, moviéndolos en círculo, doblándolos hacia arriba, buscándome por dentro.
Me imaginé lo que decía y me encendí más. Los dedos entraban y salían con un ruido húmedo, obsceno, mezclado con mi respiración. Cuando me sacó los dedos, los tenía brillantes de jugo, y me los pasó por los labios de la boca.
—Pruébate, anda. Pruébate lo rica que estás.
Abrí la boca sin pensarlo y le chupé los dedos, sintiendo mi propio sabor salado y espeso en la lengua. Él soltó un gruñido y sin avisar se subió, apoyó las rodillas a mis costados y lo tuve encima. Era enorme. La polla se le balanceaba sobre mi cara, dura, apuntándome, con la cabeza inflada y una gota gorda colgando de la punta. Acercó el capullo a mis labios y me dio unos golpecitos en la barbilla, dejándome un rastro húmedo de baba y presemen.
—Abre la boca, Carla. Ábrela —pidió.
Abrí apenas y él se abrió paso. Me empujó la punta contra la lengua y sentí el sabor salado, la piel caliente, el peso de todo aquello dentro de la boca. Me sujetó la cabeza con las dos manos, marcando el ritmo, follándome la boca despacio al principio y después más hondo. La punta me chocaba contra la garganta y yo tuve que abrir la mandíbula todo lo que pude para que no me raspara los dientes. Se me saltaron las lágrimas y empecé a atragantarme.
—Trágala entera, así… ábrela toda —jadeaba, mirándome desde arriba—. Puta, cómo se te ve la cara con la polla dentro.
Un hilo de saliva me caía por la comisura hasta el cuello. Cuando la sacó, tosí y jadeé, con la boca abierta y llena de babas.
—Escúpela —ordenó.
Obedecí, y él se agarró la verga y se la pasó por mis labios, embadurnándose con mi saliva. Volvió a metérmela, esta vez más al fondo, y yo tomé el control con la mano, empecé a moverme sola, dándole con ganas, chupándole el capullo hasta el fondo mientras con la otra mano le sopesaba los cojones. Lo oía suspirar, gemir bajito, y saber que lo hacía bien me excitaba todavía más. Le lamí toda la vara desde la base hasta la punta, le chupé los huevos uno por uno, sintiendo cómo se le apretaban dentro del saco, y volví a la punta a chuparle el capullo entero.
—Ya no aguanto más —jadeó.
Se bajó de mi cara, me agarró de los tobillos y me abrió las piernas de par en par. Se colocó entre ellas y sentí el capullo apoyarse justo en la entrada del coño, resbalando de arriba a abajo por los labios empapados, embarrándome de sus propios jugos.
—¡Espera! —dije, alarmada—. ¿Hay condón?
—No pasa nada. Quiero sentirte bien.
—No, no… si no hay, entonces…
No alcancé a terminar. Sentí la punta apoyarse con más fuerza y aquel escalofrío me calló. Cerró los ojos. Empujó, despacio, y era tan grueso que sentía cómo me iba abriendo paso, cómo me separaba las paredes centímetro a centímetro. Me metió apenas la cabeza y ya me dolía; la sacó, escupió sobre la polla, la volvió a apoyar y esta vez entró más, hasta la mitad.
—Ay, me duele, espera —pedí.
No se detuvo. Salió un poco y volvió a entrar, esta vez hasta el fondo. Sentí los cojones aterrizándome contra el culo y la respiración se me cortó.
—Uy… qué apretada estás —jadeó—. Puta, cómo me aprieta este coño. Toda entera te la tragaste.
El dolor del principio se mezclaba con la sensación de tenerlo entero dentro, llenando cada rincón, empujando hasta el fondo. Cuando empezó a moverse, apoyó los brazos a los lados de mi cabeza y arrancó con embestidas que hacían sonar la cabina entera. La polla salía casi hasta la punta y volvía a entrar de un golpe, chocándome el fondo con cada estocada. Con cada empujón se me escapaba un gemido que no podía contener. Me agarré de sus brazos, demasiado grandes para mis manos, y terminé colgada de ellos.
—Toma… toma… así te gusta, ¿verdad? —jadeaba contra mi oreja—. Puta, mira cómo te la meto. Mira cómo tragás todo.
Me subió las piernas y me las apoyó sobre los hombros, doblándome en dos. Desde ese ángulo entraba más profundo y cada golpe me sacaba un gemido más agudo. Le veía la cara sudada sobre la mía, los músculos del pecho tensos, y sentía cómo los cojones me daban contra las nalgas cada vez que empujaba hasta el fondo. La cama de la cabina crujía; el camión entero se movía sobre los amortiguadores.
—Ponte a cuatro patas —gruñó, saliendo de golpe.
Me giró él mismo, apenas tuve tiempo de moverme. Me puso de rodillas, con el culo levantado, y me clavó la polla de un solo empujón. Se me escapó un grito y me tapé la boca con la mano. Me agarró las caderas con las dos manos y empezó a follarme más rápido, sin piedad, con la piel golpeando la piel en un chapoteo húmedo por lo mojada que estaba. Me metió el pulgar en la boca y me tiró de la cabeza hacia atrás, arqueándome la espalda.
—Así… así te tenía que coger desde el primer día —jadeaba—. Puta calientapollas, con tu shortcito, meneándome el culo. Toma, toma…
Sus caderas chocaban contra mí una y otra vez, y ese sonido de carne contra carne llenaba la cabina. Juraría que el camión se movía. El calor, el olor a sudor y a cerveza, su respiración contra mi cuello: todo me empujaba hacia un orgasmo que no podía frenar. Me metió una mano por debajo y me buscó el clítoris, lo frotó en círculos mientras seguía embistiéndome desde atrás, y sentí cómo se me venía todo encima. Las piernas me temblaron, se me contrajo el coño alrededor de la polla y me deshice sobre el colchón, gimiendo contra la almohada para ahogar el grito.
—Uy, cómo aprieta esta putita cuando se viene —gruñó él, sin parar—. Otra vez, dame otra, córrete otra vez.
Me giró de nuevo, boca arriba. Me abrió las piernas y volvió a metérmela, esta vez mirándome a los ojos, con los brazos apoyados a los lados de mi cabeza. Yo estaba deshecha, con las tetas rebotando con cada embestida, la boca abierta, sin poder ni gemir bien.
—Me voy a venir, Carla —dijo, acelerando.
Yo también estaba a punto otra vez. Un suspiro se me atoró y no me dio tiempo a pedirle nada. En el último segundo salió de un tirón. Se agarró la polla y se sacudió sobre mí con la mano. Sentí el primer golpe caliente en la barbilla, un chorro grueso que me llegó hasta el labio y me dejó una gota en la lengua; luego otro en el cuello, en la clavícula, después en el pecho, entre las tetas, y el último en el vientre, en un charco tibio que se me fue escurriendo hacia el ombligo. Fueron cinco o seis chorros seguidos, cada uno acompañado de un gruñido ronco de él. Me quedó la corrida por todos lados, espesa, resbalando por la piel, mezclándose con el sudor. Me quedé exhausta, derrotada, las piernas colgando y temblando, con los ojos cerrados y el sabor salado de él todavía en la boca.
Rubén se dejó caer a mi lado y la cama entera se sacudió. Enseguida lo escuché roncar: se había quedado dormido, con la polla todavía a medio bajar apoyada sobre el muslo, brillante de mi jugo y del suyo. Recuperando el aliento, empecé a notar el olor a sudor y a sexo dentro de la cabina. Olía a él, olía a mí, olía a semen. Me pasé la mano por el vientre y sentí la corrida pegajosa entre los dedos. El sueño me venció antes de que pudiera entender en qué momento había dejado que todo aquello pasara.





