Desperté abrazando a mi vecina en año nuevo
Tenía cincuenta y cuatro años cuando ocurrió esto, aunque ahora me parezca de otra vida. Los dos años anteriores habían sido los peores que recuerdo: Elena estuvo entrando y saliendo de clínicas durante casi todo ese período hasta que en agosto de ese año dejó de luchar. Llevábamos diecinueve años juntos. Perder a alguien así no se describe; solo se sobrevive.
Después del duelo, mi vida laboral también cambió de golpe. Dejé de trabajar como técnico de mantenimiento en empresas de hostelería y me uní a una empresa de producción de eventos en Valencia. Los meses siguientes los pasé montando escenarios, controlando mesas de sonido en ferias y congresos, desde fiestas de barrio hasta el salón del Hotel Intercontinental. Pero las nóminas empezaron a llegar con retraso, a veces mucho retraso, y el alquiler de mi apartamento en Ruzafa comenzó a pesar demasiado.
Esa nochevieja de 2013 la celebré primero en casa de mi madre. Nada especial; ella lo intentó, pero la ausencia de Elena flotaba sobre toda conversación. Cuando me despedí, en lugar de volver a casa, subí un piso más: al apartamento de Amparo.
Amparo llevaba en aquel edificio desde antes de que yo naciera. La conocía de toda la vida del portal, de esas conversaciones que empiezan siendo cortesía y acaban siendo algo parecido a la amistad. Tenía sesenta y siete años, voz grave, risa rápida, y las manos siempre en movimiento cuando hablaba. Sus hijos —Roberto y Marcos— vivían en otras ciudades y aparecían poco. Llevaba sola más de cinco años, desde que su último compañero murió.
Cuando llamé al timbre, me abrió con una lata de cerveza en la mano y cara de sorpresa genuina.
—¡Pero si eres tú! Pasa, pasa, que ya somos tres aquí dentro.
La tercera era Patricia, una amiga suya de unos treinta y tres años con un bebé de pocos meses en brazos. Pasamos las primeras horas hablando de todo un poco: el año que terminaba, los precios, cómo Valencia se vaciaba en invierno. Yo bebía agua con hielo. Amparo y Patricia seguían con la cerveza, que no paraban de abrir.
En algún momento de la madrugada, Patricia confesó sus apuros.
—Si no fuera por Amparo, el crío y yo estaríamos durmiendo en un cajero.
Amparo soltó una de sus carcajadas roncas, de esas que le venían del pecho, y me miró de reojo con aquella picardía que le salía cuando bebía.
—No digas tonterías. Aquí nos ayudamos —dijo, acercándose la lata a los labios—. Aunque el dinero, hijo... el dinero vuela que da gusto.
—¿Cuánto vuelas tú, Amparo? —le pregunté, intentando seguir la broma, aunque sentía la boca seca.
—¡Lo que haga falta! —reafirmó ella, golpeando la mesa con la palma abierta—. Mira, a mi edad ya no quedan pudores. Por cuatrocientos euros me dejo follar por donde quieran, ¡ahora mismo si es necesario! Boca, coño, culo, lo que sea. A estas alturas ya me da todo igual.
Patricia se rió hasta que el bebé se removió. Yo intenté reírme también, pero algo en mi interior registró aquellas palabras de otra manera. Hacía más de dos años que no tenía contacto físico con nadie. Y la voz de Amparo, grave y despreocupada, sacudió algo que yo creía bien enterrado. Sentí la polla moverse dentro del pantalón, tímida al principio, y tuve que cambiar de postura para que no se me notara.
Cuando Patricia se marchó con el bebé, Amparo y yo nos quedamos solos en el comedor. Ella se sirvió otra cerveza y empezó a hablar de dinero de verdad, sin bromas.
—Entre tres tarjetas, debo doce mil euros —murmuró, dejando la lata sobre la mesa y cubriéndose la cara con las manos—. Cada mes me quitan más de seiscientos en recibos, entre intereses y demoras. Con lo que cobro de pensión, después de pagar el alquiler y ayudar a Patricia, no me llega ni para respirar.
Se le escapó un sollozo que intentó ahogar con un trago largo. Yo sentí una impotencia enorme; mi situación no era mucho mejor, pero verla así, tan vulnerable, era distinto a cualquier cosa que hubiera visto en meses.
—Tienes que hablar con el banco —le dije—. Hay límites legales a lo que te pueden embargar. No tienes propiedades, no pueden quitarte nada más.
—No —respondió con un orgullo antiguo y terco, negando con la cabeza—. Las deudas son las deudas. No quiero que mis hijos hereden mis errores cuando yo no esté.
Lloró entonces con una tristeza callada, de esas penas que solo se sueltan cuando el alcohol y la noche pesan juntos. Yo no supe qué decirle, así que le conté mis propias miserias: las nóminas retrasadas, la incertidumbre del contrato, el alquiler que amenazaba con devorarme. No para consolarme a mí mismo, sino para que no se sintiera sola en su pozo.
Mientras hablábamos, mi mente empezó a navegar por territorios que me avergonzaban. Me acordé de Elena, de aquellas conversaciones nocturnas donde los dos fantaseábamos en voz baja sobre Amparo, sobre lo que le haríamos algún día si se presentara la ocasión: cómo la desnudaríamos entre los dos, cómo le abriríamos las piernas, cómo yo se la metería por delante mientras Elena le chupaba las tetas. Esos recuerdos me hundían de culpa al mismo tiempo que me ponían la polla dura contra la cremallera.
A las seis de la mañana decidimos terminar la velada. Cuando Amparo se levantó, apoyándose en el brazo de la silla, casi no se podía sostener. Su cuerpo oscilaba. Me levanté de un salto a sujetarla por debajo del brazo, y al hacerlo mi mano rozó su pecho a través de la bata. No era grande, pero sí generoso, cálido, vivo. Sentí bajo la palma el pezón, endurecido por el frío o por lo que fuese, marcándose contra la tela.
—Tengo que ir al baño —murmuró.
Casi cargándola, la llevé hasta allí. La senté en el retrete. Me di cuenta entonces de que debajo de la bata no llevaba nada; había pasado toda la noche así, con el coño y las tetas al aire bajo aquel trapo fino. Salí al pasillo, pero antes de llegar al comedor escuché un golpe sordo.
—Amparo... ¿estás bien?
La encontré en el suelo, de rodillas ante el inodoro, intentando levantarse. La puse de rodillas frente a la taza y le sostuve la frente hasta que su cuerpo terminó de vaciarse. Cuando acabó, balbuceó que quería la cama.
La cargué en brazos, sorprendido por su peso. La llevé al dormitorio y la senté al borde de la cama; ella se dejó caer de espaldas. La bata tenía restos del vómito. No podía dejarla así.
Con cuidado, moviéndola despacio, conseguí quitarle la bata. Debajo solo llevaba la parte de arriba de un pijama viejo, que también había recibido lo suyo. Empecé a quitársela también, y fue en ese momento cuando mis ojos se detuvieron donde no debían.
Su pubis, casi blanco ya, era escaso y suave, con unos pelos finos y ralos por los que se adivinaba la raja del coño cerrada como una boca callada. Sus caderas, anchas y cargadas de tiempo. Y sus tetas, al quedar libres, me parecieron inesperadamente hermosas: grandes, caídas hacia los lados, con pezones oscuros, largos, que el aire fresco de la habitación fue endureciendo despacio hasta ponerse duros como piedras. Me quedé mirando aquellos pezones más tiempo del que puedo justificar, sintiendo cómo se me llenaba la polla dentro del pantalón hasta hacerme daño.
Me levanté. La tapé. Me di la vuelta mirando hacia la puerta.
Sal de aquí. Ahora mismo. Sal.
Encontré la pequeña estufa de gas en el pasillo y la traje al dormitorio, encendiéndola sin hacer ruido. La habitación estaba fría; esa fue mi excusa, aunque yo sabía que era mentira.
Cuando me giré, Amparo se había destapado al moverse. Estaba de lado, completamente expuesta, con las nalgas vueltas hacia mí. Blancas. Grandes. Marcadas por una vieja cicatriz de vacuna en el muslo. Reales. La postura, con una pierna ligeramente subida, le abría el culo lo justo para que yo alcanzara a ver, en la penumbra amarilla de la estufa, la sombra oscura del ojete y, más abajo, el bulto rosado del coño con los labios recogidos.
Me acerqué con unas manos que parecían no ser mías.
Las separé despacio. Vi lo que había detrás: rosado, simétrico, íntimo, con una perfección tranquila que me detuvo el aliento. El ojete arrugado, oscuro en el centro, pálido en los bordes, latiendo casi imperceptiblemente con su respiración. Más abajo, los labios de su coño, pequeños, gastados por los años, abandonados en su inconsciencia. La rajita se abría en el centro y dejaba adivinar el rosa más profundo, la carne interior, y el bulto tímido del clítoris asomando entre los pliegues.
Y lloré.
Lloré mientras me inclinaba y lo besaba. Primero el culo, un beso largo, húmedo, con los labios apretados contra aquella carne blanda, arrugada. Después bajé la boca hasta el coño y saqué la lengua. La pasé de abajo arriba, lento, muy lento, saboreando por primera vez en años el sabor salado y ligeramente amargo de un sexo de mujer. Recorrí los labios uno a uno, chupándoselos con cuidado, y luego hundí la lengua entre ellos hasta encontrar el clítoris. Se lo lamí despacio, describiendo círculos, mientras las lágrimas me caían por las mejillas y le mojaban los muslos. Amparo no se movió. Respiraba lenta y pesadamente, muy lejos de allí. En algún momento su coño empezó a soltar una humedad tibia, un jugo espeso que yo lamí con avidez de sediento, sorbiéndoselo directamente de la carne. Le abrí más las nalgas con las manos y hundí la nariz entre los pliegues, aspirando el olor íntimo, mareándome con él. Le pasé la lengua por el ojete también, sin poder evitarlo, un lengüetazo largo desde el coño hasta el culo, y volví a bajar, y volví a subir, poseído por algo que no tenía nombre.
Me recompuse. La tapé de nuevo. Me senté en la silla del rincón, en la oscuridad, y me limpié las lágrimas con el dorso de la mano. Ahí afuera seguían los borrachos del año nuevo, el mundo celebrando. Yo estaba aquí dentro, con la polla dura como una piedra dentro del pantalón, sometiéndome a un tormento que en parte me parecía justo y en parte absurdo e innecesario.
Me fumé tres cigarrillos seguidos, con calma. Al apagar el último, algo se quebró en mí.
Me desvestí con una lentitud que me asustó. Cada prenda, despacio, como si lo hiciera en cámara lenta. Cuando terminé, me acerqué a la cama y la destapé lo justo para ver lo que ya había visto. Amparo estaba ahora boca arriba, las piernas ligeramente separadas, las tetas cayéndole hacia los lados con su respiración lenta, los pezones oscuros apuntando al techo, y entre los muslos aquel pubis blanquecino que todavía brillaba de mi saliva.
Me arrodillé junto a ella. Mi polla, hinchada, roja en la punta, me palpitaba entre las piernas con una fuerza que hacía años no sentía. Se me escapaba un hilo pegajoso de la punta que caía sobre la sábana.
La besé en los pezones, primero uno, luego el otro, sin prisa. Me metí uno entero en la boca y lo chupé despacio, sintiendo cómo se me endurecía todavía más entre la lengua y el paladar. Le mordí suavemente la punta y ella soltó un suspiro dormido, largo, que me heló y me quemó a la vez. Pasé al otro pezón, lo lamí en círculos, le tiré con los labios, se lo dejé brillante de saliva. Sus tetas, blandas pero pesadas, se movían con cada respiración, y yo seguía ahí anclado, incapaz de marcharme, con una mano apretándole la teta que no tenía en la boca y la otra bajando sola hacia mi propia polla.
No me dio tiempo a tocármela. La vista de su cuerpo tendido, el sabor de sus pezones en mi lengua y el olor a coño que aún tenía metido en la nariz rompieron el último dique. Sentí el tirón en los cojones, el pinchazo desde la base de la polla, y me corrí. Eyaculé sin tocarme, a chorros gruesos y calientes, salpicándole el vientre, las tetas, el pubis. Simplemente ocurrió, con una intensidad que hacía años que no conocía, mientras los sollozos sacudían mi propio pecho y mi semen se escurría entre las arrugas de su piel. Fueron cinco, seis chorros largos, uno detrás de otro, y yo me quedé de rodillas allí con la polla goteando, respirando entrecortado, sin saber si aquello había sido un delito o una plegaria.
Lo limpié todo con mis calzoncillos, a ella primero, despacio, con más cuidado del necesario. Le pasé la tela por las tetas, por el vientre, por el pubis, siguiendo cada pliegue, cada arruga. La sentí caliente bajo mis manos, dócil, entregada por el alcohol al desconocido en que yo me había convertido. Luego me tumbé a su lado, desnudo, maldiciéndome en silencio hasta que el sueño me venció.
***
Desperté abrazándola.
Mi brazo derecho estaba debajo de su cabeza. Mi mano izquierda, sobre su pecho, apretándolo suavemente. Mi cuerpo pegado al suyo por detrás, cálido y ajustado como si lleváramos años durmiendo así. La polla, otra vez dura, se me marcaba entre sus nalgas, encajada en la raja del culo como si fuera su sitio de siempre. Por un segundo no supe dónde estaba. Luego lo recordé todo de golpe.
Solté su pecho. Miré el reloj: las doce y cuarenta del mediodía. Tenía que estar en casa de mi padre a las dos.
Mi cuerpo, ajeno a cualquier vergüenza, había reaccionado durante el sueño. Sin pensar, casi de forma automática, volví a poner la mano sobre su pecho. Solo para sentir esa suavidad otra vez. Ese calor robado que me avergonzaba tanto como me necesitaba. Le pellizqué el pezón con dos dedos, muy suave, y noté cómo se endurecía otra vez bajo mis yemas. Le pasé la palma por el vientre, bajando, bajando, hasta que rocé con los dedos aquel pubis ralo. No me atreví a más.
Pasó casi una hora así, yo acariciándola en silencio, prometiéndome que se lo diría cuando despertara. Que no habría manera de no decírselo.
Fue entonces cuando, durante una de mis caricias en su vientre, Amparo habló.
—¿Qué haces? —preguntó, con una voz que no sonaba a reproche sino a curiosidad, casi a ternura.
Me quedé paralizado. Mi mano seguía sobre su pecho, sintiendo el latido de su corazón. El silencio duró segundos que me parecieron horas.
—Perdona, Amparo... yo... —empecé, intentando retirar el brazo, pero ella puso su mano sobre la mía y la presionó suavemente contra su piel.
—Me haces cosquillas —dijo en voz baja—. ¿Tan solo estás, hijo?
Las lágrimas llegaron antes que las palabras. Con la voz rota por la vergüenza, se lo conté todo.
—Anoche estabas muy mal. Te ayudé en el baño, te traje aquí. Y al verte... no pude evitarlo. Me desnudé. Te toqué. Te chupé las tetas. Te comí el coño y el culo mientras dormías. Y me corrí encima de ti, Amparo, joder, me corrí encima como un animal. Lo siento de verdad. Es la soledad, me acuerdo de Elena y me vuelvo loco. Os he fallado a ti, a tu casa y a tu familia.
Ella se giró lentamente hacia mí. Su cara no tenía rastro de ira. Solo una tolerancia infinita, como la de alguien que ya lo ha visto todo en la vida. Sus tetas se movieron con el gesto y quedaron apoyadas contra mi brazo, cálidas, blandas.
—¿Y por eso lloras? —preguntó, acariciándome la mejilla con los dedos—. ¿Crees que me importa que me hayas mirado o besado, o que te hayas corrido encima de esta vieja? Al contrario. Hacía años que nadie me tocaba con ganas, hijo. Años. Ni un dedo, ni una lengua, nada. Me hacía falta sentir que alguien todavía puede desearme, que alguien todavía se puede empalmar mirándome, aunque sea en medio de una borrachera y sin pedírmelo.
—¿No estás enfadada? —pregunté, incrédulo.
—A estas alturas, el enfado es un lujo que no puedo permitirme —respondió con media sonrisa. Su mano bajó por debajo de la sábana y me encontró la polla dura, palpitando. La cerró en torno a ella sin sobresalto, como quien recupera algo perdido, y me la apretó dos veces, tres, con una calma que me quitó el aire—. ¿Y ahora qué vamos a hacer con esto?
Su mirada bajó hacia la sábana, que no lograba ocultar nada. Yo sentí una mezcla de alivio y un nuevo nudo en el pecho, mientras su puño se movía despacio arriba y abajo por mi verga, ordeñándome con esa naturalidad de mujer que ya no tiene nada que demostrar.
—Tengo que ir a casa de mi padre —dije, haciendo un esfuerzo sobrehumano por recuperar la cordura—. He quedado con mis hermanas y ya voy tarde.
—Pues anda —dijo ella, sin reproche, sin soltarme la polla—. Pero antes de irte...
Se agachó bajo la sábana antes de que yo pudiera entender qué hacía. Sentí su aliento primero, y luego sus labios cerrándose sobre mi glande. Me la metió entera en la boca, muy despacio, como si la estuviera reconociendo, y me la chupó con una técnica antigua y paciente, arrastrando los labios por todo el largo, apretándome con la lengua contra el paladar. Yo agarré la sábana con los puños. En menos de un minuto me estaba corriendo otra vez, esta vez dentro de su boca, a chorros gruesos, y ella se tragó cada gota sin apartar la cabeza, chupándome hasta la última gota como si le fuera la vida en ello. Cuando se separó y volvió a subir a la almohada, se pasó la lengua por los labios y me sonrió.
Puse mi boca sobre la suya. No fue un beso de despedida. Fue un beso largo y húmedo, donde nuestras lenguas se encontraron bajo la luz quieta del año nuevo, y yo me saboreé a mí mismo en su boca sin ninguna vergüenza. Cuando me separé, ella tenía los ojos cerrados y una expresión que no supe nombrar del todo.
—Vuelvo —le dije.
—Ya sé que vuelves —respondió.
Y tenía razón. Durante los seis meses siguientes, aquella habitación fue mi refugio y mi confesionario. Lo que pasó cada una de esas veces tiene su propia historia, y os la contaré.