Terminé en la cama del padre de mi mejor amiga
Llevaba tres meses sin trabajo y los ahorros se me estaban acabando. A los veintiséis años, estar desempleada se sentía como cargar una piedra en el pecho: te deprimes, dejas de salir y terminas creyendo que el mundo te debe algo que nunca te va a pagar. Por eso, cuando Renata me dijo que su papá necesitaba a alguien de confianza para la caja y el inventario de su negocio, no lo pensé dos veces.
—Mi papá es medio gruñón para el trabajo, pero paga puntual y te conoce desde siempre —me dijo ella mientras tomábamos un café—. Anímate, Carla.
A Marcos lo ubicaba desde la prepa, de las tardes en que iba a estudiar a casa de Renata. Era el típico señor serio que nos saludaba con un «hola, niñas» y se metía a su estudio sin más. Para mí siempre había sido eso: el papá de mi amiga, una figura lejana y respetable. Nada más.
El lunes de la entrevista llegué temprano a la distribuidora de materiales. El olor a sellador y a cemento me pegó en la cara apenas crucé la puerta. Marcos estaba de espaldas, acomodando unas cubetas de impermeabilizante como si fueran latas vacías. Mide cerca de uno ochenta y cinco y tiene una espalda que parece un muro. Cuando se dio la vuelta y me vio, sentí un hueco en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre.
—¿Carla? —preguntó, bajándose los lentes y recorriéndome con la mirada de arriba abajo. Se detuvo un segundo de más en mis caderas—. Cómo has crecido. La última vez eras una flaca.
Me puse roja de inmediato. Él soltó una risa ronca y se limpió las manos en un trapo. La playera le quedaba entallada en los brazos, y un asomo de vello oscuro le salía por el cuello de la tela.
—Pásale a la oficina —me ordenó, señalando el cubículo del fondo—. Te explico cómo se mueve esto antes de que lleguen los cargadores.
Caminé delante de él y sentí su mirada clavada en mi espalda todo el trayecto. Me senté frente a su escritorio; él se quedó de pie, con ese aire de hombre que sabe exactamente qué piezas mover. Es el papá de Renata, contrólate, me repetí. Pero entre más me lo decía, más me fijaba en sus manos grandes, en los nudillos marcados, en cómo la tela se le tensaba en el pecho cada vez que se movía.
—Aquí no se viene a jugar, Carla. Necesito orden —dijo apoyando las manos en el escritorio e inclinándose hacia mí—. Y soy muy exigente con lo que es mío.
Un escalofrío me bajó por toda la espalda y sentí, sin querer, que las bragas se me humedecían al escuchar esa palabra en su boca: mío. En ese momento supe que aceptar ese empleo iba a ser el mayor problema de mi vida.
***
El primer mes fue de puro reconocimiento. Yo andaba con pies de plomo, queriendo ser la empleada perfecta para no dejar mal a Renata. Marcos era pura autoridad: órdenes cortas y encierro en su oficina. Pero a las dos semanas empezó a salir al mostrador con cualquier pretexto, a revisar cosas que ya estaban bien. Lo cachaba mirándome las tetas y las caderas con un descaro que me hacía soltar lo que tuviera en las manos.
Para el segundo mes ya jugábamos. Aprendí que le gustaba que lo retara un poco.
—Si sigues comprando este tono de azul, se nos va a quedar en la bodega —le dije un día, cruzándome de brazos.
Se acercó hasta que su pecho casi rozaba el mío.
—Tú encárgate de venderlo. Con esa sonrisa convences a cualquiera —me soltó, a un palmo de la cara.
Fue la primera vez que no bajé la mirada. Me quedé ahí, sintiéndome diminuta bajo su sombra y, al mismo tiempo, más deseada que nunca.
El tercer mes ya era una tortura diaria. Yo elegía la ropa pensando en él, faldas más cortas, blusas más ajustadas, tangas nuevas por si acaso; él dejó la camisa de botones por el calor y andaba en playeras que dejaban ver los hombros anchos. Cuando los cargadores salían a comer y nos quedábamos solos, el silencio del local pesaba toneladas y yo sentía el coño hinchado sin siquiera haberlo tocado.
Lo peor era Renata. Venía a veces a saludar y yo me sentía la peor persona del mundo, porque mientras ella me hablaba de su novio, yo no podía dejar de imaginar el pecho de su padre y de preguntarme qué tan gruesa tendría la verga bajo el pantalón de mezclilla.
Una tarde fui a la bodega del fondo por un muestrario. El pasillo era estrecho, con estantes metálicos hasta el techo. Estaba empinándome para alcanzar una carpeta cuando sentí que alguien tapaba la luz de la entrada.
—Está hasta arriba. No vas a llegar ni de puntitas —dijo Marcos con esa voz ronca, burlándose de mi estatura.
Se pegó a mi espalda para alcanzar la carpeta. Sentí todo su cuerpo presionándome contra el estante, sus brazos rodeándome la cintura para llegar más alto y, entre las nalgas, el bulto grueso y duro de su verga apretándome a través del pantalón. Me quedé sin aire. Él aprovechó y empujó las caderas un poco más, restregándome esa dureza contra el culo, muy despacio, como quien no quiere la cosa.
—Aquí está —susurró contra mi cuello. Pero no se movió. Sentí que su mano libre bajaba a mi cintura y me apretaba, atrayéndome contra su bulto—. Cuidado con lo que provocas, flaca.
—¡¿Hay alguien?! ¡Papá! ¡Carla! —la voz de Renata cayó como un cubetazo de agua fría.
Me separé de él como si quemara. Marcos, en cambio, ni se inmutó: bajó la carpeta con una calma que me dio envidia y salió de la bodega como si nada, acomodándose el bulto por debajo del pantalón antes de doblar el pasillo. Yo me quedé un segundo tratando de que el corazón no se me saliera por la boca y con las bragas empapadas pegadas al coño.
***
Después de eso, Marcos dejó de andarse con rodeos. Un martes, cerca del cierre, se acercó por detrás mientras yo anotaba pedidos y apoyó las manos en el mostrador, rodeándome sin tocarme del todo.
—Trabajas demasiado, Carla —me susurró casi en el oído. Su barba de dos días me rozó la mejilla—. Deberías relajarte.
Antes de que pudiera contestar, sentí sus labios en mi cuello, un beso lento y firme justo donde empieza el hombro, y después la punta de su lengua trazándome la piel hasta el lóbulo de la oreja. Me mordió despacio y yo apreté las piernas para no gemir. No fue un accidente. Me apretó los hombros con sus manos grandes, deslizó una de ellas por debajo de la blusa hasta rozarme la base de la teta por encima del brasier y se retiró a su oficina con esa calma desesperante, dejándome ahí con los pezones marcados a través de la tela.
Los días siguientes fueron una guerra de nervios, hasta que llegó el viernes. Los cargadores se fueron en cuanto dieron las seis. Marcos bajó la cortina del local y el estruendo del metal sonó como el inicio de algo prohibido.
Se quitó la camisa de encima y se quedó en una camiseta blanca que dejaba ver todo. Se acercó sin prisa, con la seguridad de quien ya sabe que ganó.
—Llevas días evitándome la mirada —me dijo, acorralándome contra el mostrador.
Me puso las manos en la cintura y apretó. Cuando sus labios rozaron los míos, fui yo la que cortó la distancia. El beso fue hambriento, desesperado; sentí su lengua buscar la mía mientras sus manos bajaban hasta mis nalgas y las apretaba tan fuerte que me levantaba de puntitas. Me metió la lengua entera en la boca, chupándome la mía como si quisiera comérmela, y una de sus manos se me coló por debajo de la falda hasta encontrar la tela empapada de la tanga. Pasó dos dedos por encima del coño, sintiendo lo mojada que estaba, y soltó un gruñido en mi boca.
—Estás chorreando, flaca —me murmuró contra los labios—. Si sigues así te la meto aquí mismo, sobre el mostrador.
Y entonces el pánico me ganó. Me solté y salí corriendo del local hasta mi casa, con el corazón golpeándome las costillas y el coño latiéndome entre los muslos.
Pasé el fin de semana esquivando los mensajes de Renata, dándole vueltas a lo que había hecho. Me sentía culpable, pero el cuerpo me hormigueaba cada vez que recordaba la fuerza de sus manos y el bulto duro de su verga contra mi vientre. Me masturbé tres veces esa noche pensando en él, con dos dedos metidos hasta el fondo y la almohada mordida para no gritar.
***
El lunes volví decidida a poner límites. No sirvió de nada. Marcos se volvió experto en acorralarme con suavidad: un beso rápido cuando entraba por un sello, una mano firme en la espalda baja mientras yo atendía a un cliente, un «hueles delicioso, ya no me pelees tanto» susurrado entre los pasillos.
Un mediodía en que los cargadores salieron a entregar un pedido, entré a su oficina con un reporte y él me cerró el paso. Esta vez no hubo advertencia. Me sentó en el borde de su escritorio, entre papeles y facturas, y me abrió las piernas de un tirón. Me subió la falda hasta la cintura, enganchó los dedos en el resorte de la tanga y me la bajó hasta los tobillos.
—Mira nada más lo que tengo aquí —dijo, mirándome el coño rasurado con una sonrisa hambrienta—. Todo el día me lo has estado enseñando debajo de esa faldita, cabrona.
Se arrodilló entre mis piernas, me agarró los muslos con las dos manos y me los abrió hasta el límite. Empezó lento: primero un beso largo justo en el pubis, después la lengua plana subiendo por toda la ranura del coño, chupándome la humedad como si fuera un premio. Cuando llegó al clítoris, lo cerró entre los labios y empezó a chupar, con el mismo ritmo constante con el que hacía todo. Yo me tuve que morder el puño para no gritar. Metió dos dedos gruesos de golpe y los curvó adentro, tocándome un punto que me hizo arquear la espalda contra los catálogos.
—Así, mamacita, córrete en mi boca —me susurró sin dejar de mover la lengua—. Vine todo el día pensando en probarte.
Usaba la lengua con una paciencia de experto que me hacía arquear la espalda y enterrar los dedos en su pelo. Yo estaba a punto de deshacerme, con los muslos temblando alrededor de su cabeza, cuando un golpe seco en la puerta nos congeló.
—¡Don Marcos! ¿Cerramos la cortina o esperamos el flete? —era la voz de Toño, uno de los cargadores.
El pánico me recorrió entera. Marcos, en cambio, respiró hondo, se pasó el dorso de la mano por la barba mojada de mí y contestó con su voz de mando, sin un solo temblor:
—¡Ahorita salgo, Toño! Estoy revisando facturas.
Me subí la ropa con las manos temblando. Él me ayudó con el cierre del pantalón, se metió los dos dedos empapados a la boca y los chupó despacio mirándome a los ojos. Me dio un beso corto, posesivo, y me dejó saborearme en su lengua.
—Así no podemos —me dijo—. El sábado mi hija se va a Puebla con su mamá. Tú y yo nos vemos en un hotel a la salida de la ciudad. Ahí nadie nos conoce.
Me mordí el labio. Sabía que era el cliché más grande del mundo, pero viniendo de él me sonaba a gloria.
—Está bien —contesté—. Pero si alguien nos ve…
—Nadie nos va a ver. Sábado, ocho de la noche. Y ven sin bragas, flaca. No quiero perder tiempo.
***
El sábado llegué hecha un manojo de nervios. Me había puesto un conjunto negro que me hacía sentir poderosa, aunque siguiendo sus órdenes había dejado la tanga en casa, y el perfume que sabía que le gustaba. Cuando abrí la puerta de la habitación, Marcos ya estaba ahí, sentado en la orilla de la cama, en esa camiseta blanca que se le pegaba al cuerpo. En la mesita había una botella de vino y una cubeta con hielo.
—Llegas justo a tiempo —me dijo con media sonrisa—. Cierra la puerta.
El seguro al cerrarse me dio un vuelco. Me sirvió vino, me lo quitó de la mano sin dejarme probarlo y me jaló hacia él. Me deslizó la mano por debajo del vestido y en cuanto comprobó que estaba desnuda debajo, soltó un gruñido de aprobación y me hundió dos dedos en el coño de una sola vez.
—Buena niña —me dijo al oído mientras me bombeaba los dedos con ritmo lento—. Ya estás mojada por mí. Ya no hay cargadores, ni clientes, ni está Renata. Solo tú y yo, y hoy te voy a coger hasta que no puedas caminar.
Me cargó hasta la cama y empezó a desvestirme con una calma que me estaba volviendo loca. Me sacó el vestido por la cabeza, me desabrochó el brasier con una sola mano y se quedó mirándome las tetas como si nunca hubiera visto un par. Se agachó y se me metió un pezón entero en la boca, chupando fuerte, mientras la otra mano me apretaba y me pellizcaba el otro. Sentí los dientes rasparme apenas y arqueé la espalda hacia él.
—Todo esto tan rico escondido bajo la playera del trabajo —murmuró, bajando la boca por mi estómago—. Todo esto es mío, ¿me oyes?
—Sí, tuyo —gemí, agarrándole el pelo.
Se puso entre mis piernas y me devoró igual que en la oficina, pero ahora con todo el tiempo del mundo. Me abrió el coño con los dedos y se puso a chupar el clítoris despacio, alternando lengüetazos largos con succiones firmes. Cuando sentí que iba a explotar, se detuvo, me sopló y volvió a empezar. Me tuvo así minutos enteros, al borde, hasta que le supliqué que me hiciera correrme. Me metió tres dedos y los curvó, chupando duro, y me vine gritándole entre los muslos, temblando de pies a cabeza, empapándole la cara.
—Así me gusta, chorreada —dijo lamiéndose los labios.
Cuando se levantó a quitarse lo último de ropa, me quedé sin habla. Era un hombre de verdad, sólido, con el pecho cubierto de vello oscuro y un cuerpo que no parecía de cincuenta años. Y la verga: gruesa, larga, oscura en la punta, apuntándome como una amenaza. Se la agarró con la mano y se la sacudió despacio, mirándome, sabiendo perfectamente lo que hacía.
—¿Qué pasa? ¿Te asustó el gruñón? —preguntó, dándose cuenta de que no podía dejar de mirarlo.
—Estás increíble, Marcos —alcancé a decir, sentándome en la orilla de la cama.
Me acerqué a él y le agarré la verga con las dos manos. Estaba caliente, dura, con las venas marcadas. Le pasé la lengua por la punta y él soltó un jadeo ronco. Me la metí a la boca despacio, saboreándola, mientras él me agarraba el pelo con una mano y me marcaba el ritmo. Le chupé la verga entera, hasta el fondo, hasta que sentí la punta pegándome en la garganta y las lágrimas se me escaparon. Él gruñía y me susurraba «así, mamamela toda, flaca, muy bien». Le mamé los huevos también, uno por uno, y volví a subir por la vara hasta la punta, chupándole la gota salada que le brotaba.
—Ya, ya, párale que me vengo en tu boca y no quiero —me dijo jalándome el pelo hacia atrás.
Me acostó bocarriba y se acomodó sobre mí, y su presencia me envolvió por completo. Me besó hasta dejarme sin aire mientras sus manos recorrían cada curva. Sacó el condón de la mesita y se lo puso con una destreza que me dejó fría, sin pausas, sin batallar. Cuando por fin se acomodó entre mis piernas, lo hizo despacio, mirándome a los ojos, sin la prisa torpe de los chicos con los que había estado antes. Se agarró la verga y me la pasó por toda la raja del coño, mojándola bien, golpeándome el clítoris con la punta hasta que le rogué.
—Métemela, por favor —gemí—. Por favor, Marcos.
—Dilo bien.
—Fóllame. Métemela toda, por favor.
—Así me gusta.
Empujó con firmeza y sentí cómo me abría por dentro centímetro a centímetro. Era tan gruesa que me tuve que agarrar de las sábanas.
—Ay, Dios… —gemí cuando terminó de entrar, enterrándole las uñas en los hombros—. Me llenas toda.
—Para eso viniste, ¿no? Para que te llenara este coñito hambriento.
Sentirlo llenarme por completo fue una locura. Empezó a moverse con un ritmo profundo y constante, saliendo casi hasta la punta y volviendo a empujar hasta el fondo, chocando las caderas contra las mías con un golpe seco. Cada embestida me hacía subir sobre las almohadas. Me susurraba cosas al oído que me ponían la piel de gallina: «qué apretadita estás, flaca», «así, ábrete para mí», «este coño es mío ahora». Después me agarró las dos piernas por atrás de las rodillas, me las abrió como un libro y me clavó la verga a otro ritmo, más rápido, más fuerte, hasta que el chapoteo húmedo de nuestras carnes se oía por toda la habitación.
Me volteó bocabajo, me alzó el culo con una mano y me metió otra vez la verga de un solo tirón. Con la otra mano me apretaba la nuca contra el colchón mientras me follaba en cuatro. Me daba una nalgada de vez en cuando, no fuerte, solo lo suficiente para que sonara y para que yo empujara el culo hacia atrás pidiendo más. Me metió el pulgar mojado de saliva en el culo y yo me deshice, corriéndome otra vez, apretándole la verga con espasmos.
—Eso es, córrete, córrete rico —gruñó sin dejar de embestirme.
Me volteó de nuevo, me abrió las piernas al máximo y se hundió hasta el fondo, apoyando el peso del cuerpo entero. Lo que jamás voy a olvidar fue su cara en el momento final: apretó la mandíbula, se le marcaron las venas del cuello y, por un segundo, ese hombre que siempre mandaba se rindió por completo. Soltó un gruñido ronco, empujó tres veces más, muy hondo, y se vació temblando adentro del condón. Sentí las palpitaciones de su verga contra mis paredes y se dejó caer sobre mí, respirando fuerte en mi cuello.
Lo que menos esperaba fue lo que pasó después. No se levantó a vestirse. Se acostó a mi lado, me jaló contra su pecho y me rodeó con sus brazos. Me acariciaba el pelo con una suavidad que no le conocía y de vez en cuando me besaba la frente.
—¿Estás bien, flaca? —me preguntó bajito.
—Muy bien —contesté, acomodándome en él, todavía con el coño palpitando.
Era un hotel de paso, yo era la mejor amiga de su hija y él era mi jefe, pero en ese momento, abrazados bajo las sábanas, nada de eso importaba. Media hora después, cuando pensé que dormía, sentí su mano bajarme otra vez entre las piernas y su verga volver a endurecerse contra mi cadera. Me montó desde atrás, entrándome despacio, con una sola pierna mía levantada, y me folló muy lento hasta que los dos nos volvimos a correr, esta vez él por dentro, sin condón, cuando ya no aguantamos más.
***
A partir de esa noche, el local se convirtió en nuestro territorio privado. Aprendimos a vivir una doble vida con una facilidad que me asustaba: frente a los cargadores y a Renata éramos el jefe serio y la empleada eficiente; en cuanto la cortina metálica caía, todo cambiaba.
Entraba a su oficina «a que me firmara facturas» y terminaba de rodillas frente a él, con la verga hasta el fondo de la garganta y sus manos jalándome el pelo. Aprendí a mamársela como a él le gustaba: despacio al principio, saboreándole los huevos, y después a tragármela entera hasta que le corrían los espasmos por los muslos. Un par de veces se corrió en mi boca y me obligó a enseñárselo antes de tragármelo.
Otras veces eran encuentros rápidos contra los estantes de la bodega, con sus manos perdiéndose debajo de mi falda, la tanga corrida a un lado y su verga entrando de un solo empujón mientras me tapaba la boca con la mano libre para que los cargadores no oyeran los gemidos. Me follaba parada, con una pierna trepada sobre una cubeta de pintura, chocándome el culo contra los estantes hasta que se corría rapidísimo y salíamos como si nada.
Pero los cierres del local eran lo más intenso: me sentaba en su escritorio de madera, entre catálogos de colores, y se tomaba su tiempo. Me abría de piernas encima de las facturas, me chupaba el coño hasta que le mojaba los papeles y después me la metía despacio, aguantando, mirándome a los ojos. Una noche me acostó bocarriba sobre el escritorio, me levantó las dos piernas sobre sus hombros y me clavó la verga a un ritmo brutal, sin cuidado, hasta que me corrí gritando su nombre y él se vino sobre mis tetas, marcándome de semen del cuello al ombligo.
Una vez inventó un viaje «a ver a un proveedor» a las afueras de la ciudad. Marcos metió la camioneta en el primer motel que encontramos y esa tarde no hubo nada de la ternura del hotel: fue puro deseo acumulado. Me metió al cuarto empujándome de las nalgas, me arrancó las bragas literalmente y me dobló sobre la cama sin darme tiempo ni de quitarme el vestido. Me la metió por atrás con una embestida seca y me folló brutal, agarrándome del pelo, del cuello, de las caderas, embistiéndome hasta que las patas de la cama chirriaban. Me hizo correrme dos veces antes de venirse él, y después me acostó bocarriba, me abrió las piernas, se paró junto al colchón y me acabó con la boca hasta que un tercer orgasmo me dejó las piernas temblando. Después tuve que sentarme una hora frente al verdadero proveedor, don Ernesto, fingiendo que revisaba catálogos de lacas mientras el semen de Marcos me chorreaba entre los muslos y él me rozaba la rodilla por debajo del escritorio.
—¿Te sientes bien, muchacha? Te ves un poco colorada —me preguntó don Ernesto.
—Es el sol de la carretera —mentí, mientras Marcos contenía la risa a mi lado.
***
La bomba empezó a sonar un jueves. Marcos había salido a supervisar una obra y Renata llegó con dos refrescos, se sentó junto a mí en el mostrador y suspiró tan fuerte que me hizo saltar el corazón.
—Carla, necesito contarte algo porque me estoy volviendo loca —me dijo, con esos ojos de confianza que me hacían sentir miserable—. Es mi papá. Anda rarísimo. Mi mamá dice que ya ni le pone atención, que se la pasa con el celular sonriendo solo. ¿Tú no habrás visto si tiene una amante?
Sentí que la sangre se me iba a los pies.
—¿Una amante? No creo, Renata. Tu papá se la pasa aquí metido todo el día —dije, con un sudor frío bajándome por la espalda, recordando que un par de horas antes ese mismo «papá» me tenía contra la pared de la bodega con la verga hasta el fondo del coño.
—Es que hasta huele diferente. El otro día traía un perfume de mujer que no es el de mi mamá —me agarró del brazo—. Si ves algo raro, alguna clienta muy seguida, avísame, ¿sí? Antes de que destruya a mi familia.
Yo sentía que el letrero de «la otra» me brillaba en la frente. Verla así de angustiada, pidiéndome ayuda para descubrir a la mujer que se estaba acostando con su padre en esa misma oficina, me dio un golpe de realidad durísimo.
—Claro… si veo algo, te aviso —alcancé a decir.
***
En lugar de frenar, Marcos se volvió un cínico de manual. Delante de su hija le marcaba a su esposa para decirle que la amaba, le mandaba flores, presumía cenas caras. Y mientras mejor se portaba afuera, más hambre me tenía a mí en la oficina.
—Ya cumplí con la cuota de esposo —me decía después de colgarle a su mujer—. Ahora ven acá, ponte en cuatro sobre el escritorio.
Y yo iba, y él me subía la falda, me bajaba la tanga hasta las rodillas y me la metía por detrás mientras yo mordía un cojín. Después me obligaba a chupársela hasta limpiársela con la lengua, como su costumbre.
El miedo y la excitación se me revolvían de una forma que ya no reconocía. La gota que derramó el vaso llegó una tarde en que su esposa cayó de sorpresa con un pastel para «celebrar» una cadena de oro que él le había regalado. Yo estaba en la oficina, de espaldas a la puerta, cuando escuchamos el taconeo y la voz de Renata: «¡Sorpresa, pa!». Marcos me soltó como si yo quemara y se sentó a abrir una carpeta cualquiera, todavía con la bragueta abierta y la verga a medio meter que apenas alcanzó a acomodar bajo el escritorio.
La esposa entró radiante, me abrazó y me dijo: «Gracias por cuidar tanto a mi marido, se ve que el trabajo lo tiene agotado». Sentí que el piso se abría. Verla ahí, tan buena persona, mientras yo todavía tenía el sabor de Marcos en los labios y el coño empapado bajo la falda, me rompió algo por dentro.
***
Desde ese día, la culpa me empezó a comer viva. Bajé de peso, no dormía, cualquier ruido en la cortina me hacía saltar. Intenté alejarme, pero cuando él me miraba con esos ojos de hambre y me decía que me extrañaba, yo volvía a caer. Hasta que una mañana, antes de que llegaran los cargadores, dejé mi carta de renuncia sobre su escritorio.
—Renuncio, Marcos —le dije con la voz temblorosa pero firme—. No puedo seguir viendo a Renata a los ojos. No puedo seguir siendo la otra en la oficina de tu hija.
Se acercó con esa figura imponente e intentó acariciarme la cara, pero me hice a un lado.
—No te vayas. Te necesito aquí —me pidió.
—Me voy porque te quiero, pero me quiero más a mí.
Cerré la puerta de la oficina por última vez. Él todavía me buscó un tiempo: me llamaba a deshoras, me citaba en moteles, hasta me prometió que dejaría a su esposa. Mi corazón se aceleró al escucharlo, pero ya no flaqueé. Dejé de contestar sus llamadas. Al principio me dolía el alma; después solo sentí un alivio inmenso.
***
Han pasado años. Ahora trabajo en una agencia de diseño y mis manos ya no huelen a sellador, sino a tinta y proyectos nuevos. He conocido a chicos de mi edad, y mentiría si dijera que no comparo. A veces recuerdo la firmeza de sus manos, cómo me abría el coño con los dedos, esa sensación de plenitud de cuando su verga entraba hasta el fondo y él sabía exactamente lo que hacía. Guardo esos momentos como un secreto que me hizo mujer, pero ya no me duele.
Hace una semana el destino me jugó una broma. Salía de un café cuando vi su camioneta. Y ahí estaba él, bajando con la misma presencia de siempre, aunque se veía cansado.
—Carla… —susurró mi nombre con esa voz ronca que antes me dominaba.
—Hola, Marcos —contesté con una calma que ni yo sabía que tenía.
—Te ves increíble. La oficina es un cementerio sin ti —bajó la voz, buscando en mis ojos una rendija para volver a entrar.
Lo miré fijamente. Por un segundo recordé el calor de su cuerpo, el peso de su verga en la boca y sentí un eco de aquel deseo. Pero después recordé la cara de Renata y las mentiras a su esposa.
—Me da gusto verte bien —le dije con una sonrisa ligera—. Salúdame a Renata.
Me di la vuelta y seguí caminando. Sentí su mirada clavada en mi espalda, pesada y hambrienta, como si quisiera detenerme. Pero ya no me temblaban las piernas. Aprendí que no merezco ser el rato escondido de nadie entre facturas y mentiras.





