Sedé a mi marido para recibir al albañil en el sofá
Veintiocho años. Se dice rápido, pero son media vida medida en horarios ajenos. A mis cuarenta y siete, mi existencia se había vuelto una rutina sorda: preparar el café antes del amanecer, lavar las camisas que olían a gasoil y esperar. Mis hijos ya habían armado sus propias casas, dejando la mía en un silencio que solo rompían los ronquidos de mi marido cuando volvía de sus rutas largas.
Mido un metro cincuenta y dos. Siempre fui la chiquita de la familia. A pesar de los dos partos, el cuerpo me había sido leal: las caderas anchas, la cintura todavía marcada. Pero era como ser una estatua en un museo que nadie visitaba. Mi marido, con sus cincuenta y dos años y su panza de conductor, apenas levantaba la vista para mirarme.
Lo nuestro en la cama era un trámite de cinco minutos, a oscuras, él buscando un alivio rápido y torpe, sin ritmo, para luego darse vuelta, encender un cigarrillo y dejarme con una mezcla de fastidio y rabia. Yo sabía que en sus paradas de carretera buscaba otras cosas. Su desinterés era demasiado evidente para ser otra cosa que infidelidad.
Pero todo cambió un martes cualquiera, en el almacén de doña Rosa, la despensa de la esquina. Entré buscando algo para la cena, con la ropa de andar por casa y el pelo recogido, sintiéndome invisible como siempre. Y ahí estaba él, sacando una bebida fría de la heladera. Se llamaba Marcelo.
No necesité que nadie me lo presentara para sentir el impacto. Medía cerca de un metro ochenta y cinco, me sacaba una cabeza larga. Tenía la piel curtida, manchada por el sol y el polvo de cemento. No era la cara de un galán; tenía rasgos duros y una mandíbula tosca. Pero el cuerpo era otra historia: no el músculo inflado de un gimnasio, sino la fuerza real de un obrero. Hombros anchos, brazos cruzados de venas, una espalda que tensaba la remera sudada. Y era más joven que yo: treinta y cuatro años.
Se giró y nuestras miradas chocaron. Marcelo no bajó la vista. Me recorrió de arriba abajo con un descaro que me erizó la piel. Por primera vez en décadas, alguien me miraba no como «la esposa del camionero», sino como una mujer.
—Permiso, jefa —dijo con una voz ronca que me vibró en los oídos.
Al cruzarse conmigo en el pasillo estrecho, su brazo rozó el mío. Fue apenas un segundo, pero su piel estaba caliente y olía a trabajo, a algo crudo y vivo. Me quedé paralizada viéndolo caminar hacia la salida.
Desde ese día, el almacén se volvió mi obsesión. Empecé a ir a la hora exacta en que los obreros salían de las construcciones cercanas. Primero fueron saludos cortos, después bromas pesadas de su parte. Marcelo era directo, no tenía los complejos de mi marido ni le interesaban los rodeos. Estaba separado, con un hijo de otra relación, y arrastraba esa energía de quien sabe que puede tomar lo que quiere.
Un mes más tarde empezamos a hablar por teléfono. Después de semanas de mensajes encendidos y de mirarnos como animales entre las góndolas, tuvimos un primer encuentro en la obra que fue como una detonación. Rodeada de ladrillos y polvo, Marcelo me demostró que yo no era una mujer marchita, sino alguien con un hambre que llevaba años acumulando.
***
Desde aquella tarde me volví una adicta. Cada vez que el camión de mi marido se perdía en la ruta, yo ni esperaba a que llegara a la siguiente ciudad: ya le estaba escribiendo a Marcelo. Verlo entrar en mi habitación, ver cómo su estatura hacía parecer más bajo el techo, me dejaba sin aire.
Me ponía en posiciones que mi marido jamás habría imaginado. Me sostenía de las caderas con esas manos llenas de callos y me embestía con una fuerza que me hacía ver chispas. Pero lo que terminaba de quebrarme era otra cosa: Marcelo me besaba de verdad. Me recorría cada centímetro de piel con la boca, los labios ásperos bajando por mis pechos pequeños hasta las caderas anchas, demorándose donde mi marido nunca se había detenido.
Eran meses de placer salvaje y de una dependencia que me tenía enferma. Hasta que un día mi suerte se torció. Mi marido llegó de un viaje y soltó la bomba.
—Me dieron quince días de vacaciones, vieja. No me muevo de acá.
Sentí un balazo en el estómago. Aguantarme yo era una tortura; frenar a Marcelo, un peligro. Cada día me llegaban mensajes que me quemaban, cortos y vulgares, como era él: «¿Todavía sigue ahí el gordo?», «No aguanto más», «Decile que se vaya a caminar». Yo intentaba que mi marido saliera, pero el hombre no se despegaba del sillón, con su panza y su olor a tabaco.
Pasaron diez días. Diez días hirviendo, mojándome la ropa interior con solo recordar cómo Marcelo me agarraba y me sostenía firme. Hasta que él no pudo más. Me mandó un audio que escuché con el agua del baño abierta.
—Ya me cansé de esperar —soltó con esa voz de lija—. Esta noche entro a cobrarme estos diez días. Haz que el gordo se duerma como sea, pero hoy voy por vos. Ya salgo para allá.
Me quedé temblando. El deseo me ganó. Vi a mi marido sentado frente al televisor y fui a la cocina con una excusa perfecta: prepararle una infusión para dormir.
—Tomate esto, viejo, te veo cansado. Te va a ayudar a descansar de un tirón —le dije, alcanzándole la taza.
Mientras él no miraba, vacié medio frasco de gotas de valeriana y tres comprimidos de melatonina en el agua caliente. Se lo tomó de un trago, quejándose del sabor amargo, pero a los veinte minutos ya arrastraba las palabras. Lo vi irse al cuarto como un sonámbulo, hundirse en la cama y empezar a roncar hasta que el sonido retumbó contra las paredes.
Mi plan era perfecto. Ese hombre no se despertaba ni con un terremoto. Saqué el celular con las manos sudadas y le escribí a Marcelo: «Ya quedó como un tronco. Entrá sin hacer ruido, la puerta está sin traba. Te espero en la sala».
***
Me acerqué a la puerta del dormitorio en puntas de pie, conteniendo la respiración. El ronquido pesado y rítmico de mi marido era música para mis oídos: la señal de que el cóctel lo había mandado a otra dimensión. Un bulto inerte, un estorbo que ya no me importaba.
Volví a la sala en penumbra. Con los dedos temblando de pura ansiedad, me quité la ropa y la dejé caer al piso. Me acomodé en el sillón, apoyando los antebrazos en el respaldo y empujando las caderas hacia atrás. Sabía que mis caderas anchas eran la debilidad de Marcelo, y quería que fuera lo primero que viera al cruzar el umbral.
A los pocos minutos escuché el clic suave del picaporte. La puerta se abrió y entró una ráfaga de aire frío, seguida por su figura imponente. Marcelo no encendió la luz; no la necesitaba. Lo oí jadear en la oscuridad al ver mi silueta pálida recortada contra el sillón.
Se sacó la ropa con una urgencia que rozaba la violencia. Escuché el roce del pantalón cayendo al suelo. Se acercó y, sin una sola palabra, me dio una palmada seca que retumbó en toda la sala. El ardor me arrancó un gemido que tuve que ahogar contra el almohadón.
—Te dije que iba a cobrarte cada maldito día —gruñó.
Me tomó de la cintura con esas manos rudas y, de un movimiento, me giró. Quedé de espaldas sobre el asiento, las piernas colgando, completamente expuesta. Marcelo se arrodilló entre mis muslos sin perder un segundo.
Sentí su aliento caliente y, de inmediato, su lengua áspera buscándome con un hambre desesperada. Me lamía y succionaba como si quisiera beberse toda mi humedad de una vez. Yo solo podía echar la cabeza atrás y apretar los dientes para no gritar, sintiendo que el riesgo de tener a mi marido a pocos metros me nublaba todo el juicio y me encendía todavía más.
Marcelo se detuvo, jadeando, y se puso de pie. En la penumbra adiviné su silueta sobre mí.
—Mírate cómo estás —susurró—. Ardiendo.
Hundió dos dedos gruesos de golpe. Los sentí como lija deliciosa contra mis paredes, entrando y saliendo con un ritmo frenético, mientras con el pulgar me presionaba el punto que me vuelve loca. Yo me retorcía en el asiento, mordiéndome la mano para no hacer ruido, aterrada de que mi marido lo oyera. Pero él no tenía freno.
Sacó los dedos y se acercó más. Sentí su sexo caliente apoyarse en mi entrada, restregándose de arriba abajo, bañándose con mi propia humedad. Cada roce me arrancaba quejidos que ahogaba contra el dorso de la mano.
—Abrite más —me ordenó.
Me levantó las piernas hasta apoyarlas en sus hombros y, con un empujón seco, entró por completo. Sentí un vacío que se llenaba de golpe, una presión que me llegaba hasta el fondo. Me estiraba tanto que pensé que no iba a soportarlo, pero era un dolor placentero, una invasión total. Tenía a un hombre de verdad llenándome, mientras el estorbo de mi marido dormía el sueño de los tontos en la pieza de al lado.
El ritmo se volvió frenético. Cada embestida hacía chirriar el sillón, y ese sonido me ponía los nervios de punta, pero la excitación era tan alta que ya no podía detenerme. Con el hilo de luz que entraba del pasillo alcancé a ver la perfección de su cuerpo de obrero: los hombros anchos, los brazos fibrosos brillando de sudor, los músculos tensándose como cuerdas con cada movimiento. Verlo así, con toda esa potencia sobre mí, me hacía sentir la mujer más deseada del mundo.
De pronto cambió el ritmo. Se inclinó sobre mí, me clavó una mirada turbia y me rodeó el cuello con las dos manos. No para hacerme daño, sino para poseerme entera. Sus dedos apretaron con la medida justa para cortarme apenas el aliento, y empezó a embestirme con una fuerza brutal. Esa falta de aire, justo cuando el placer me llegaba al cerebro, me arrastró a un estado de trance. Sentía su sudor goteando sobre mis pechos, y el único sonido por encima de los ronquidos del cuarto vecino era el de nuestra piel chocando.
—Mírame —gruñó—. Mírame, que para esto me tuviste esperando diez días.
Yo estaba en otro mundo. El contraste entre la presión en mi garganta y la plenitud de su cuerpo dentro del mío me llevaba al borde una y otra vez.
***
Sin dejar de moverse, me giró con una agilidad asombrosa y se sentó él en el sillón, llevándome encima. Me acomodó de frente, pero enseguida me alzó una pierna hasta su hombro, abriéndome de una manera casi obscena. Desde ahí tenía la vista perfecta de su torso, el sudor bajando en hilos por el abdomen. Marcelo me sostenía de la cintura mientras yo subía y bajaba, jadeando.
—¿Te gusta así? —soltó, los músculos estirados al máximo.
Pero no se quedó quieto. Me empujó hacia adelante y me puso en cuatro sobre el cuero del sillón. Sentí el frío del material en las rodillas apenas un segundo, porque enseguida llegó el calor de sus palmas golpeándome con una serie de manazos secos. Después volvió a hundirse en mí desde atrás. El sonido de nuestros cuerpos era un aplauso húmedo y constante que retumbaba en la casa en silencio.
Entonces me tomó del pelo, enroscándolo en su puño, y me tiró hacia atrás con violencia, obligándome a arquear la espalda. Quedé curvada, el cuello estirado, la pelvis pegada a sus muslos. En esa posición entraba todavía más profundo, golpeando un punto exacto que me hacía perder el sentido.
—Toda… dámela toda —alcancé a gemir, sintiendo cómo me dominaba por completo, cobrándose cada segundo de esos diez días de espera.
Cada embestida era como un rayo que me atravesaba de la pelvis a la nuca. La fricción, sumada a la presión de sus manos, me llevó al límite. Empecé a temblar, los músculos se me contrajeron y solté un grito ahogado mientras me corría de una manera violenta, sintiendo todo el cuerpo deshacerse.
Marcelo sintió mis espasmos y, lejos de detenerse, se encendió todavía más. Me soltó el pelo, me giró sobre el sillón y me dejó boca arriba, jadeando. Sin darme tiempo a recuperarme, llevó la mano directo a mi sexo y empezó a acariciarme con una rapidez frenética, los dedos resbalando con mi propia humedad. Iba justo donde me gusta, con la seguridad de un hombre que sabe lo que hace.
—M-Marcelo, no… más, más —suplicaba yo, agarrándome de sus hombros sudados.
No pasaron ni treinta segundos cuando volví a estallar. Esta vez fue mucho más intenso, un orgasmo largo que me dejó los dedos de los pies encogidos y el pecho subiendo y bajando con desesperación. Mientras tanto, mi marido seguía roncando en la habitación, sin la menor idea de que el obrero del barrio me estaba haciendo conocer el cielo en su propia sala.
***
Marcelo no me dio respiro. Apenas se calmaron mis espasmos, me tomó de las caderas y me dio vuelta como a una muñeca de trapo. Las piernas me temblaban como gelatina después de los dos orgasmos seguidos, pero me obligó a apoyarme en cuatro otra vez. Se acomodó detrás y, antes de entrar, me cruzó las dos manos sobre la espalda baja, sujetándomelas como si me esposara. El estiramiento me dejó indefensa y abierta. Entró de un solo golpe, y yo solté un quejido de puro placer y desconcierto.
—Así te quería tener —me siseó al oído, la respiración convertida en un rugido.
Con las manos atrapadas, no tenía de dónde sostenerme. Marcelo usaba su propia cintura para levantarme, embistiendo con una potencia que desplazaba el sillón por el piso. Después me soltó las manos y apoyó la palma abierta sobre mi nuca, hundiéndome la cara contra el asiento. Tenía la mejilla pegada al cuero, sintiendo el olor de la casa mezclado con su sudor, mientras él me seguía dominando desde arriba con una furia que me hacía sentir pequeña y completamente suya.
Yo solo podía emitir sonidos ahogados contra el almohadón. La adrenalina de estar así, siendo poseída mientras mi marido dormía a pocos metros, me llevó a un nivel de excitación que nunca creí posible.
Sentí que Marcelo estaba en el límite: sus músculos vibraban y su respiración era un rugido continuo. Justo antes de que la presión estallara, me soltó y me giró de nuevo, dejándome boca arriba, las piernas colgando del borde del sillón. Se dejó caer entre mis muslos y hundió la cara en mi cuello, buscándome la boca con una desesperación salvaje. Mientras nos besábamos, un beso profundo y húmedo, sentí su cuerpo tensarse como una cuerda a punto de romperse.
—Ahí va… ahí va todo lo que te guardé —gruñó contra mis labios.
Con un último empujón profundo se soltó. Sentí el calor espeso llenándome por completo, pulsación tras pulsación, mientras yo lo envolvía con las piernas, apretándolo contra mí. Marcelo se quedó ahí, aplastándome con todo su peso, recuperando el aliento. Me besaba mordiéndome los labios, con una posesividad que me recordaba quién mandaba. No había ternura en sus ojos, solo la satisfacción del que acaba de tomar lo que vino a buscar.
***
Se separó de golpe y caminó por la sala con total naturalidad, sin que le importara que mi marido estuviera a unos pasos. Lo vi cruzar a la cocina y encender la luz; el resplandor me dejó verlo completo, imponente, el sudor brillándole en la piel. Volvió, se vistió con esa parsimonia ruda de quien no le teme a nada, y antes de irse me tomó de la barbilla y me dio un beso corto, seco, que sabía a sexo y a posesión.
—Tranquila —me susurró mientras abría la puerta—. En cuanto el gordo agarre la ruta, vuelvo por vos.
Salió a la calle sin mirar atrás, perdiéndose en la oscuridad. Cerré con llave, me apoyé contra la madera y me deslicé hasta el piso, sintiendo el sabor de él todavía en los labios y contando las horas para que mi marido se fuera otra vez.
Me metí en la ducha sin encender la luz, para no romper el hechizo. En cuanto el agua tibia me golpeó, el olor de Marcelo se levantó con el vapor: sudor fuerte, piel curtida por el sol. Me lavé con cuidado, sintiendo una mezcla de alivio y una pena rabiosa por borrar su marca. Después me puse el camisón de siempre, esa prenda aburrida con la que volvía a ser «la esposa fiel», y me deslicé bajo las sábanas junto a mi marido.
El contraste fue un golpe de realidad. Ahí estaba él, ocupando medio colchón, hundido en un sueño profundo. Sus ronquidos eran constantes y vulgares. Lo miré con un desprecio que me quemaba por dentro: ese hombre, que llevaba casi treinta años durmiendo a mi lado, no tenía idea de que a cinco metros otro me había hecho gritar de una manera que él jamás había logrado.
Me acomodé de espaldas a él, buscando el frío de la orilla del colchón, y cerré los ojos repasando cada momento de la noche. Estaba exhausta, pero con el ánimo por las nubes. Mi marido despertó al día siguiente sintiéndose «como nuevo», agradeciéndome la infusión que lo había hecho descansar como nunca, sin sospechar ni un segundo que lo que en realidad había bebido era el pase libre para que el obrero del barrio me poseyera bajo su propio techo. Nunca se enteró, ni esa noche ni las muchas que vinieron después.
Mis encuentros con Marcelo siguieron, crudos y desbordados, cada vez que el camión se perdía en el horizonte. Pero la vida de él seguía su curso fuera de mis sábanas. Con el tiempo volvió con su exmujer y hasta tuvieron otro hijo. Ella vivía en su burbuja de hogar perfecto, sin imaginar que su marido se escapaba para buscarme con la misma furia del primer día.
Todo tiene un final. Un día Marcelo llegó con la mirada distinta, más seca. Esa última vez nos buscamos con una desesperación que me dejó marcada la piel y algo en el pecho, como si supiéramos que era una despedida. Pocos días después me enteré de que se había marchado: empacó su vida, su familia y sus cosas, y se fue a otra provincia detrás de un trabajo mejor.
Me quedé sola con mi marido, el eterno conductor que sigue roncando a mi lado, ajeno a todo. A veces, en el silencio de la tarde, miro el sillón de la sala y todavía me parece sentir el peso de aquel cuerpo sobre el mío. Se fue, pero me dejó el recuerdo de haber sido, durante unos años, una mujer de verdad mientras el resto del mundo dormía.





