El acuerdo que mi esposa selló en la alcoba
Lord Rodrigo de Almaroz contemplaba el fuego de la chimenea con una copa de brandy que no lograba calmarle el ánimo. La alcoba nupcial era opulenta, como correspondía a su rango, pero esa noche le parecía una celda dorada. Tenía cuarenta y un años y la paciencia gastada de un hombre acostumbrado a mandar. Su mirada, dura y cansada, resbaló hacia el lecho donde su flamante esposa intentaba pasar desapercibida.
Elena era menuda. A sus veintinueve años, conservaba una delgadez serena, un cuerpo de líneas discretas que apenas tensaban la seda blanca del camisón. No tenía las curvas opulentas que él prefería, ni la presencia descarada de las mujeres que solía buscar. Su rostro era de rasgos finos y ojos claros, sereno hasta la frialdad. No era su tipo. Nunca lo había sido.
Era la hija del hombre que le había salvado la vida en campaña, un acuerdo de honor pactado años atrás que ahora sentía como una cadena. Se había casado por deuda, no por deseo.
Sentada al borde de la cama, con las manos juntas sobre el regazo, Elena percibía el peso de su desaprobación como una losa. Lo sabía. Sabía que no era lo que él había imaginado, que su figura discreta y su rostro reservado decepcionaban a un hombre que valoraba la abundancia y la experiencia. Pero bajo esa apariencia contenida ardía una determinación de hierro. Había aceptado este matrimonio conociendo las expectativas, y estaba resuelta a demostrar su valor en el único terreno que le quedaba por conquistar.
—Rodrigo —dijo, su voz suave pero clara, rompiendo el silencio espeso.
Él se volvió. El ceño fruncido se le suavizó apenas al verla allí, pálida contra las sábanas oscuras.
—Elena. Deberías dormir. El banquete fue largo —su tono era seco, pero no cruel.
Ella se levantó. No con timidez, sino con la gracia deliberada de quien sabe exactamente lo que quiere. El camisón se movió alrededor de su cuerpo esbelto mientras se acercaba.
—No estoy cansada —dijo—. Y sé que tú tampoco lo estás.
Antes de que él pudiera responder, ella se arrodilló frente a su sillón. Sus manos pequeñas se posaron sobre las rodillas masculinas. Alzó la vista, y por primera vez Rodrigo vio en sus ojos algo que no era frialdad ni sumisión: era fuego.
—Sé que no soy lo que esperabas —dijo, sin rodeos—. Sé que prefieres a mujeres con más cuerpo, con más experiencia a la vista.
—Elena, esto no es necesario —protestó él, incómodo ante la crudeza de la escena.
—Pero soy tu esposa —continuó ella, ignorándolo. Su mano se deslizó desde la rodilla hacia el muslo, hacia el bulto que delataba, bajo el fino lino del pantalón, una polla dura que él no había confesado—. Y aunque mi cuerpo no sea el de una diosa, te prometo que mi coño y mi boca no tendrán descanso mientras me quieras.
Rodrigo contuvo el aliento. El roce de ella era ligero, pero intencionado. No había vacilación en sus dedos, solo decisión. Los dedos pequeños trazaron el contorno rígido bajo la tela, midiendo el largo, apretando la base, arrancándole un espasmo involuntario.
—¿Y qué sabes tú de dedicación? —preguntó, con un escepticismo que ocultaba mal una curiosidad creciente.
Una sonrisa apenas perceptible jugueteó en los labios de Elena.
—He leído mucho —respondió, como si eso lo explicara todo—. Y esta noche vas a comprobar cada página. Vas a follarme la boca, Rodrigo. Y después vas a follarme el coño hasta que no te quede ni una gota.
Sin romper el contacto visual, desabrochó con dedos firmes el cierre del pantalón. La verga saltó dentro de la ropa interior, tensando la seda, dejando un cerco húmedo en la punta.
La tela se humedeció aún más al instante bajo su boca. No fue un acto de sensualidad ensayada, sino una provocación calculada: una succión húmeda y constante a través del lino, aplicada con una audacia que contrastaba con su rostro sereno. Elena presionó los labios contra el bulto y aspiró, chupando la seda empapada, hundiendo la lengua contra la forma dura hasta que el paño le llenó la boca. El gemido ronco e involuntario que escapó de la garganta de Rodrigo fue toda la confirmación que ella necesitaba. No era un suspiro de placer refinado, sino de sorpresa, de un interés súbito y brutalmente despertado.
Ella siguió, implacable. Su boca trabajó la tela ya empapada, marcando su territorio. Le mordió el largo con los labios cubiertos por la seda, arrastró los dientes con cuidado, succionó la cabeza a través del paño hasta dejar un óvalo oscuro de saliva sobre la mancha de líquido preseminal. Sentía la dureza crecer bajo sus labios, palpitar de una manera que encendió un calor inesperado en su propio coño, un cosquilleo húmedo que le empapó la cara interna de los muslos bajo el camisón.
De pronto, una mano fuerte se enredó en su cabello y la detuvo. Elena alzó la vista, desafiante. Los ojos de Rodrigo, antes cansados y disgustados, brillaban ahora con una intensidad nueva, mezcla de incredulidad y deseo. La miró un largo instante, como si reevaluara por completo a la mujer arrodillada ante él.
Luego, sin mediar palabra, se levantó y dejó caer la ropa hasta los tobillos.
Y ahí estuvo. Grande, imponente, alzándose desde un lecho de vello oscuro. Una polla arrogante de carne gruesa y venosa, la cabeza morada y brillante de humedad, los huevos pesados y tensos colgando bajo el tronco. No parecía corresponder a un hombre de su edad y su hastío. Cualquier otra habría retrocedido.
Elena no. Sus ojos se abrieron un poco más, pero no de miedo, sino de un interés voraz. Lejos de intimidarse, se inclinó hacia adelante y, con una serenidad que rayaba en lo insólito, tomó la longitud entre sus dos manos, como midiéndola, apreciando su peso y su calor. Sus dedos no cerraban el círculo completo. Pasó la palma por el tronco, extendió el líquido pegajoso desde la punta hasta la base, envolvió la corona con el pulgar mojado y la giró con la delicadeza de quien pule una joya.
Después hizo algo que le arrancó a Rodrigo un jadeo de sorpresa genuina: acercó la nariz a la raíz misma, entre los huevos y el hueso, y respiró hondo, descarada, provocadora, absorbiendo su aroma como si fuera un perfume exótico. Sus ojos buscaron los de él mientras lo hacía, diciéndole sin palabras que no le temía a su virilidad, que la reclamaba. Frotó la mejilla contra el largo de la verga, dejando que se le marcara caliente en la piel, y luego se pasó la punta por los labios cerrados como quien se aplica un carmín pesado.
Fue metódica. Su boca no fue primero a la punta. Bajó, y sin asomo de pudor, atrapó entre los labios uno de los huevos, succionando con una firmeza que hizo crisparse los dedos de Rodrigo sobre su hombro. Lo mantuvo dentro, lo hizo rodar con la lengua, lo dejó salir con un chasquido húmedo y pasó al otro, mamándolo entero, tirando apenas con los labios hasta que él soltó un gruñido de asombro. Un gesto de posesión, humillante y excitante a la vez.
Después subió la lengua plana por el tronco, siguiendo la vena gruesa, desde la raíz hasta la corona, y allí se detuvo. Rodeó la cabeza con la punta de la lengua, la lamió como si fuera un dulce, hundió la lengua en la hendidura de arriba y recogió la gota espesa que asomaba. La saboreó, cerró los ojos un instante, y sonrió apenas.
—Sabes a hombre —murmuró—. A mi hombre.
Luego, con una determinación que nacía de lo más hondo de su voluntad de probarse, guió la cabeza ancha hacia su boca.
Fue una lucha. Una batalla física contra el reflejo que quería expulsar la intrusión. Su mandíbula se estiró hasta doler, las lágrimas le asomaron a los ojos, pero no se detuvo. Avanzó, centímetro a centímetro, ahogándose, tragando, hasta que por fin su nariz se hundió en la base y sus labios, estirados y enrojecidos, tocaron la piel. Sintió la punta gruesa clavada en el fondo de la garganta, el latido de la vena contra el paladar, los huevos calientes apretados contra la barbilla.
Allí se quedó un momento, los ojos llorosos pero victoriosos, mirando hacia arriba para ver la estupefacción y el deseo crudo en el rostro de su esposo. Tragó una vez, dos veces, para que él sintiera cómo la garganta se le cerraba en anillos alrededor de la polla. Le había demostrado, de la manera más visceral, de qué cosas era capaz. Su cuerpo podía ser pequeño, pero su voluntad de complacerlo —o de dominarlo a través de su propio placer— no tenía límites.
La sorpresa inicial de Rodrigo se transformó en algo más primario. La visión de su esposa, a la que había despreciado horas antes, con los ojos húmedos y la boca abierta alrededor de él, desató una oleada de deseo posesivo. No era la mujer insignificante que había creído. Era una fiera contenida en un cuerpo discreto.
Sus manos se enredaron en el cabello de ella con una fuerza que ya no pretendía ser gentil. Había dejado de ser un espectador pasivo. Ahora marcaba el ritmo.
—Así —gruñó—. Vas a mamarla como te enseñe.
Se retiró casi por completo, dejándola jadear un instante con hilos de saliva colgándole de la boca a la punta, solo para volver a entrar con un empuje firme que le arrancó un sonido gutural. Rodrigo se concentró en la sensación increíble de esa garganta estrecha luchando por acomodarlo, en los espasmos que intentaban expulsarlo y que solo conseguían apretarlo más. Empujaba hasta el fondo, se quedaba un instante ahogándola, se retiraba, volvía a hundirse. Cada embestida hacía chasquear los huevos contra la barbilla de ella, cada retirada dejaba la verga brillante de saliva y baba.
Fueron minutos eternos, de ritmo profundo y salvaje. Los gemidos ahogados de Elena se volvieron un sonido constante, glup, glup, glup, el sonido húmedo de una boca demasiado pequeña siendo forzada por una polla demasiado grande. La saliva le corría por la barbilla, le mojaba las tetas por debajo del camisón, caía a gotas gruesas al suelo. Ya no intentaba dirigirlo; sus manos se aferraban a los muslos de él para sostenerse, las uñas clavándose en la carne dura.
—Trágala entera, mi pequeña —jadeó él, empujando hasta la raíz—. Toda. Toda para ti.
Ella asentía con los ojos llenos de lágrimas y la garganta atragantada, tragando saliva, tragando la punta que le golpeaba el fondo, dejándose usar. Sentía cómo la polla se hinchaba aún más contra su lengua, cómo palpitaba anunciando el final. Metió las manos entre las piernas de él, le agarró los huevos duros como piedras y los apretó con delicadeza, tirando apenas, invitándolo a vaciarse.
Con un gruñido que surgió desde lo más hondo, se hundió hasta el fondo y se quedó allí, temblando, mientras se corría en oleadas. Elena tragó convulsivamente, sin opción, sintiendo el semen caliente y espeso disparándose contra el fondo de su garganta, un chorro tras otro, llenándole la boca cuando él se retiró un poco para dejarle probar. Tragó todo, cada gota, con una obediencia serena, y cuando él salió del todo, ella persiguió la punta con la lengua para recoger la última perla blanca que asomaba, y se la llevó a la boca sin apartar los ojos de los suyos.
Cuando por fin se separó, se desplomó hacia adelante, jadeando, con la barbilla y el cuello cubiertos de saliva y lágrimas y restos brillantes de semen. Todo su cuerpo temblaba. Se pasó el dorso de la mano por los labios, se lamió los dedos, y sonrió apenas, marcada.
Rodrigo, respirando con fuerza, la miró desde arriba. La irritación y el desdén habían desaparecido. Quedaba solo un asombro reverencial y un deseo renovado, más peligroso. Su esposa había dejado de ser una decepción. Se había convertido en un enigma fascinante. Y él estaba ansioso por desentrañarlo, capa por capa.
Cuando la levantó en brazos y la dejó caer sobre la cama, el impacto le devolvió a Elena un parpadeo de lucidez. A través de la visión borrosa, lo vio tomar del tocador un frasco de cristal tallado. Reconoció el aceite perfumado, común en las alcobas de los recién casados de su estatus.
No esperó la orden. Con un esfuerzo que le demandó toda la energía, terminó de soltar los lazos del camisón empapado y lo apartó. Quedó expuesta, vulnerable y, sin embargo, todavía desafiante. Sus tetas pequeñas se alzaron con la respiración, los pezones rosados y duros, el vientre plano temblando. Más abajo, el coño de vello castaño ya brillaba, mojado por su propia excitación desde el momento en que le había mamado la polla.
Luego abrió las piernas. Del todo. Sin pudor. Dobló las rodillas y las dejó caer a los lados, ofreciéndole el coño abierto como una fruta partida, los labios rosados hinchados, el clítoris asomando duro en su capuchón, el hueco brillando de humedad.
Rodrigo se detuvo un instante, el frasco en la mano, la mirada recorriendo el cuerpo esbelto que se le ofrecía con una audacia que seguía sorprendiéndolo. Una mueca que no era sonrisa, sino pura intención, se le dibujó en el rostro.
—Mírate —murmuró, la verga volviendo a hincharse a la vista de aquel coño abierto—. Ya estás chorreando.
—Por ti —respondió ella, la voz ronca de haber tenido la garganta llena—. Todo por ti.
Se acercó. Vertió una generosa cantidad de aceite sobre el coño de ella, y con dos dedos lo extendió despacio, embadurnando los labios, el clítoris, hundiendo la punta apenas en el hueco tenso. Elena arqueó la espalda con un jadeo. Los dedos gruesos de él se pasearon por su carne resbaladiza, la abrieron, la exploraron, encontraron el punto donde estaba más apretada y presionaron. La frialdad del aceite mezclada con la calidez de su propia humedad la hizo contener el aliento.
—Estás cerrada como una virgen —dijo él, con un rugido bajo.
—Lo soy —susurró ella.
La confesión no lo detuvo. Al contrario. Vertió más aceite sobre su propia polla y se la enjabonó con la mano, dejándola brillante, monstruosa, apuntando hacia el coño diminuto que se le ofrecía.
No fue gentil. Con la base de su miembro le dio unos golpecitos secos y posesivos sobre el clítoris, como midiendo el territorio, marcándola. Cada toque era una promesa de lo que vendría. Después arrastró la cabeza gruesa por toda la ranura, de arriba abajo, empapándola en aceite y en el jugo de ella, dándole golpecitos a los labios hinchados, presionando la corona contra la entrada sin llegar a hundirla.
—Por favor —jadeó Elena, moviendo las caderas hacia arriba, buscándolo.
Elena cerró los ojos un segundo y apretó los puños en las sábanas. Sabía lo que iba a pasar. Sabía que él no preguntaría, que no comprobaría, que no le importaba si era la primera vez. Para Rodrigo, era una frontera más que cruzar para tomar posesión completa de lo que el acuerdo le había entregado.
Y entonces se dejó caer sobre ella.
No fue una entrada lenta. Fue un peso, una presión que se convirtió en un dolor agudo cuando la cabeza, lubricada pero enorme, forzó el paso. Elena ahogó un grito corto que se perdió en el gruñido de él. Rodrigo no se detuvo. Empujó contra la resistencia tensa hasta hundirse del todo en un solo movimiento definitivo, rasgando el himen, abriéndose paso a través de la carne apretada, hasta que sus huevos golpearon contra el culo de ella y su hueso púbico aplastó el clítoris hinchado.
Las lágrimas brotaron de nuevo, esta vez de un dolor más profundo. Sintió la polla llenándola hasta un lugar que no sabía que existía, empujando contra el fondo, estirándola de una manera que la partía en dos. Él se quedó quieto un momento, saboreando el calor virgen que ahora lo apretaba de una manera completamente nueva, sintiendo el pulso frenético del coño alrededor de su verga. Elena yacía debajo, sintiéndose tomada por entero, pero con la amarga satisfacción de haber elegido, al menos, la forma de su propia rendición.
—Mi coño —gruñó él sobre su oreja—. Mío. Cada centímetro.
—Tuyo —respondió ella con un hilo de voz—. Fóllame, Rodrigo. Fóllame como si fuera la última vez.
Rodrigo se movió con un ritmo salvaje, cada embestida una reafirmación de su dominio sobre el cuerpo que ahora le pertenecía. Se retiraba casi por completo, dejando la verga brillante de sangre y aceite y jugo, y volvía a hundirse hasta el fondo con un golpe seco que hacía temblar la cama. Sentía cómo se abría cada rincón de ella, cómo la estrechez se adaptaba a la fuerza de su invasión, cómo el coño empezaba a chorrear alrededor del tronco, mezclando el dolor con una humedad nueva. Los sollozos entrecortados de Elena eran un eco que alimentaba su deseo en lugar de apaciguarlo. El chapoteo húmedo de cada embestida llenaba la alcoba, junto con el golpe rítmico de los huevos contra las nalgas de ella.
En medio de la tormenta —el ardor interno, el peso de él, el roce áspero contra su piel sensible—, Elena intentó algo. Con un esfuerzo que concentró toda su voluntad, alzó la cabeza del colchón y entreabrió los labios, buscando un beso, una conexión que suavizara la brutalidad del acto, que le dijera que, a pesar de todo, había algo más.
Pero él estaba demasiado erguido sobre ella, su rostro demasiado alto, concentrado en su propio placer. Su boca no alcanzaba la de él.
La frustración la embargó un segundo. Entonces su mirada, nublada por las lágrimas, bajó. Vio el pecho velludo de Rodrigo, a pocos centímetros de su boca.
Sin pensarlo, guiada por un instinto de complacer, de encontrar cualquier forma de dar, inclinó la cabeza y atrapó un pezón entre los labios.
Fue un gesto de entrega total, pero también de una intimidad retorcida y profunda. Su boca pequeña y caliente se cerró sobre la piel, y su lengua la rodeó, lamiendo y succionando con una ternura que contrastaba brutalmente con la violencia del momento. Le mordió apenas el pezón duro, tiró de él con los labios, lo lamió en círculos mientras la polla la seguía partiendo abajo.
Rodrigo se detuvo una fracción de segundo, un gruñido de sorpresa escapándole. La sensación fue inesperada, intensamente íntima. Ver a su esposa, a la que acababa de hacer suya con crudeza, buscando su pecho con esa mezcla de devoción y descaro, fue el detonante final.
—Mujer endiablada —gruñó, casi con admiración, y aumentó la velocidad de sus embestidas, volviéndolas aún más profundas, como si quisiera fundirse con ella—. Voy a llenarte. Voy a llenarte hasta que rebalses.
Para Elena, el mundo se redujo a eso: al sabor salado de su piel, al ritmo frenético de sus caderas, al dolor que se mezclaba con un placer extraño nacido de saber que lo estaba complaciendo. Sintió cómo la fricción constante contra el clítoris aplastado empezaba a acumularse en algo nuevo, una tensión rara que crecía debajo del ardor. Su mente, aturdida, se concentró en una sola cosa: conservar ese poder sobre él, convertir su decepción en obsesión. No tenía curvas, pero tenía esto: una voluntad de hierro de volverse indispensable, una entrega tan cruda que lo dejaría hambriento, un coño que aprendería a apretarlo hasta la locura.
El ritmo de él se volvió un martilleo implacable. Cada embestida resonaba en el núcleo mismo de Elena, empujaba el aire fuera de sus pulmones, la hacía deslizar sobre las sábanas. Ella se aferraba a su espalda, las uñas clavándose en la piel sudorosa, dejando surcos rojos, ahogando los sollozos y los gemidos en el aire cargado de la alcoba. Sus tetas pequeñas rebotaban con cada golpe, los pezones raspando contra el vello del pecho de él.
Cerca del final, cuando la respiración de Rodrigo se convirtió en jadeos roncos, una de sus grandes manos se extendió. No fue una caricia. Tomó la pequeña mano de Elena y la apretó con una intensidad que era pura posesión instintiva, un anclaje en el torbellino de su clímax. Con la otra mano le agarró la cadera y la sostuvo firme, empalándola con embestidas cada vez más cortas y brutales.
Y entonces, sin aviso, llegó el final. Un gruñido gutural surgió de sus entrañas mientras se hundía hasta el fondo y se quedaba allí, deteniéndose por completo. Elena sintió la pulsación violenta dentro de ella, el chorro de semen caliente y espeso descargándose contra el fondo de su coño, oleada tras oleada, un pulso pesado que la llenaba en un espacio que momentos antes había sido suyo y nada más. Fue tan directo, tan firme, que le arrancó un grito agudo que finalmente la separó del pecho de su esposo: un grito de dolor, de invasión y de una extraña, muy extraña, culminación. Sintió su propio coño apretarse en espasmos convulsos alrededor de la verga que la vaciaba, exprimiéndola, retorciéndose en un temblor que no era orgasmo pleno pero se le parecía peligrosamente.
Rodrigo se desplomó sobre ella, todo su peso aplastándola contra el colchón. El aire se le escapó de los pulmones a Elena con un sonido ahogado. Por un momento solo existió ese peso, el calor de su cuerpo y el ardor punzante en su interior, la polla todavía dura latiendo dentro, escupiendo las últimas gotas.
Él rodó a un lado casi de inmediato, exhausto, dejándola jadear y temblar. La verga salió con un ruido húmedo, y detrás siguió un chorro tibio de semen mezclado con sangre que le corrió por la cara interna de los muslos y le manchó las sábanas. Las lágrimas le acudieron a los ojos, ardientes, pero ella las tragó. No. No llorar. Le había dolido. Le ardía como si le hubieran vertido fuego en las entrañas. Se sentía abierta, usada, chorreando. Pero tenía un deber, uno que iba más allá del acto mismo.
Rodrigo, ya adormilado, sintió un movimiento junto a él y entreabrió los pesados párpados.
Lo que vio le quitó el poco aliento que le quedaba.
Elena, pálida y temblorosa, con rastros de lágrimas secas en las mejillas y los muslos brillantes de su unión, se arrastraba con dificultad por la cama hacia él. Su objetivo era claro. Sin mirarlo a los ojos, con una concentración casi sobrenatural, bajó la cabeza. Y entonces, con una entrega que era a la vez humillante y desconcertante, lo limpió. Con la boca.
Su lengua pasó por la piel sensible de la polla ya blanda, recogiendo cada rastro de semen espeso, cada mancha de aceite, cada gota rosada de su propia sangre virgen. Chupó con suavidad la cabeza medio dormida, lamió el tronco desde la base hasta la punta, se llevó los huevos pesados a la boca de a uno y los aseó con lengüetazos lentos. Aceptó incluso los aspectos más crudos y vergonzosos del acto, el sabor mezclado de él y de ella, la humedad tibia y ácida de la unión. Era un servilismo total, una entrega que iba más allá de lo físico. Cuando terminó, apoyó la mejilla contra el muslo de él, con los labios todavía cerca de la polla vencida, y suspiró satisfecha.
Rodrigo la observó, incapaz de moverse, incapaz de hablar. El desdén había muerto hacía rato. Ahora solo sentía una oleada de algo tan intenso que casi lo asustó: una posesión absoluta, un asombro reverencial y un deseo renacido, más oscuro y adictivo que nunca. Su esposa no era una decepción. Era una obra maestra de devoción. Y él, sin saberlo aún, estaba irremediablemente atrapado.
***
Horas después, el aire del cuarto de baño era denso, cargado con el aroma del jabón de cedro que a Rodrigo le gustaba. Bajo el chorro caliente de la regadera de mármol —un contraste con la violencia de la madrugada— se desarrollaba una escena de una intimidad muy distinta.
Rodrigo, con sus manos grandes y ahora sorprendentemente suaves, enjabonaba el cabello castaño de Elena. Le masajeaba el cuero cabelludo con una ternura que ninguno de los dos habría creído posible, lavando las últimas huellas de sal y cansancio. Era un gesto de cuidado, signo de una posesividad que había mutado hacia algo más complejo. Las manos bajaron por la nuca, por los hombros delgados, resbalaron por las tetas pequeñas y jabonosas, se detuvieron un segundo en los pezones para acariciarlos con el pulgar, y siguieron viaje por el vientre. Cuando llegaron al coño hinchado y todavía dolorido, la caricia fue casi reverencial, un dedo separando los labios con delicadeza para dejar que el agua tibia lavara los restos del semen que aún escurría de dentro.
Ella tembló, pero no de dolor. Le sonrió por encima del hombro.
Ella, de rodillas en el suelo de la regadera, se concentraba en otra parte de su esposo. Sus manos enjabonadas limpiaban con meticulosidad la polla ahora en reposo, los huevos pesados, los muslos gruesos, y cada tanto inclinaba la cabeza y dejaba un beso suave, casi reverencial, sobre la corona blanda. No era un acto sexual, sino de reconocimiento, un rezo en carne de la mujer que había recibido su primer polvo horas antes.
El vapor se arremolinaba alrededor de ellos cuando Elena alzó la vista. El agua le pegaba el cabello a las sienes. Sus ojos claros encontraron los de él.
—¿Sabes? —susurró, apenas audible sobre el ruido del agua, mientras pasaba un dedo tímido por la raya de su propio culo—. Todavía me queda otro lugar virgen.
La sonrisa de Rodrigo fue lenta, pero genuina. No era la mueca de deseo feroz de antes. Había calidez en ella, mezclada con esa posesividad que ahora se teñía de algo parecido a la protección.
—Todavía no, querida —respondió, la voz ronca pero suave—. Hay que prepararte para eso. Con aceite, con paciencia, con mis dedos primero. No quiero lastimar a mi esposa. Cuando abra ese culo, quiero que me lo pidas suplicando.
Las palabras mi esposa resonaron con un peso nuevo. Ya no eran un título de propiedad fría, sino una afirmación cargada de un significado más hondo.
Elena asintió despacio, con una chispa de algo que no era decepción, sino comprensión. La negativa no era un rechazo: era una promesa de futuro, una muestra de un cuidado que ella no esperaba.
Entonces Rodrigo hizo algo que le detuvo el corazón. Cerró la llave del agua y se inclinó. Se puso a su altura, arrodillándose frente a ella en el suelo húmedo. El agua le goteaba del cabello y del pecho.
Le tomó la barbilla con suavidad y la acercó. Y la besó.
No fue el beso posesivo y devorador que ella habría imaginado. Fue lento, exploratorio. Sus labios, al principio fríos por el agua, se calentaron enseguida contra los de ella. Su lengua apareció, no para invadir, sino para buscar. Se encontró con la de Elena en un baile tímido al principio, más seguro a medida que pasaban los segundos.
Era un beso. Un verdadero beso. El primero que compartían. Y en ese contacto cálido, en el suelo de la regadera, con el vapor envolviéndolos como un secreto, la relación entre Lord Rodrigo y su esposa Elena encontró, por fin, un comienzo inesperado.





