El carpintero maduro y la tarde que me cambió
Aquel verano yo tenía veinticuatro años y vivía todavía en casa de mis padres mientras terminaba el último año de la carrera. Mi rutina era casi sagrada: clases por la mañana, vuelta a casa a media tarde y, cuatro días por semana, el gimnasio del barrio. Me gustaba sentirme en forma, ágil, dueña de mi cuerpo. Lo que no sabía era que ese cuerpo iba a enseñarme cosas que ni siquiera sospechaba que existían.
Mi padre había contratado a un carpintero para que construyera una biblioteca de pared a pared en el salón. El trabajo iba a durar una semana entera. El hombre se llamaba Aníbal y, la primera vez que lo vi, pensé que no podía estar más lejos de lo que yo consideraba atractivo. Rondaba los cincuenta y muchos, era corpulento, ancho de espaldas, con una barba canosa de varios días y unas manos enormes y ásperas de trabajar la madera.
Y sin embargo había algo en él. Una calma. Una manera de moverse despacio, sin prisa, como si el mundo entero esperara por él y no al revés.
Al tercer día llegué de la universidad y la casa estaba en silencio. Mi madre había tenido que salir corriendo a atender a una tía que se había caído, y mi padre seguía en su oficina. Solo estaba Aníbal, midiendo tablas en el salón con un lápiz detrás de la oreja.
—Buenas tardes —le dije al pasar.
—Buenas —contestó, sin levantar del todo la vista, aunque sentí que me miraba un segundo de más.
Subí a mi cuarto, descansé un rato y me cambié para el gimnasio. Me puse las mallas y un top deportivo, agarré la mochila y el celular, y bajé. Antes de salir entré a la cocina a tomar agua helada, porque la tarde estaba pesada y húmeda.
Estaba dando los primeros sorbos cuando él apareció en el umbral, secándose la frente con el antebrazo.
—¿Me regalas un vaso de agua fría? —preguntó—. Con este calor uno no rinde.
—Claro —dije, y me giré hacia la alacena para alcanzar un vaso.
Lo serví y se lo extendí. Cuando lo tomó, sus dedos rozaron los míos un instante más de lo necesario. No retiré la mano enseguida. No supe por qué. Él bebió despacio, mirándome por encima del borde del vaso con unos ojos oscuros y serenos que parecían leerme.
—Te vi entrar el otro día —dijo, dejando el vaso en el mesón—. Vas al gimnasio, ¿no?
—Cuatro veces por semana.
—Se nota. —Lo dijo sin morbo, casi como una constatación—. Pero te falta algo.
Me reí, medio incómoda.
—¿Ah, sí? ¿Y qué me falta, según usted?
Se acercó un paso. Solo uno. La cocina de pronto pareció mucho más pequeña.
—Te falta que alguien te enseñe a soltar el control —dijo en voz baja—. Se te ve. Eres de las que todo lo tienen calculado. La carrera, el cuerpo, el horario. Y por dentro estás muerta de ganas de que, por una vez, otro decida por ti. De que un hombre te agarre bien fuerte y te haga temblar hasta que se te olvide tu propio nombre.
Debí reírme de nuevo. Debí decirle que estaba loco, agarrar mi mochila y salir hacia el gimnasio. En cambio me quedé clavada contra el borde del mesón, con el corazón golpeándome en la garganta y las bragas ya empezando a humedecerse debajo de las mallas.
¿Cómo sabe eso? ¿Cómo puede saberlo si ni yo lo sabía?
—No me conoce —atiné a decir, y mi voz salió más temblorosa de lo que quería.
—No —admitió—. Pero sé reconocer a una mujer que quiere que se la follen de verdad. No un polvo apurado de universitario. Uno que la deje sin piernas.
Se acercó otro paso y quedó frente a mí. Era una cabeza más alto, mucho más ancho. Yo soy menuda, apenas metro y medio largo, y a su lado me sentí diminuta. Olía a madera, a serrín, a sudor limpio de trabajo. No era el olor de los chicos perfumados con los que yo había salido. Era otra cosa. Era olor a hombre.
—Dime que me vaya y me voy —murmuró—. Te lo prometo. Una palabra y vuelvo a mis tablas y no pasó nada.
Tragué saliva. Esa fue la frase que lo cambió todo. Que me dejara la decisión a mí, que pusiera la salida en mi boca, fue justo lo que me hizo querer quedarme.
—No diga nada —susurré—. No diga nada todavía.
***
Levantó una de sus manos enormes y me apartó un mechón de la cara con una delicadeza que no encajaba con su tamaño. Después la deslizó por mi cuello, despacio, sin apretar, dándome todo el tiempo del mundo para frenarlo. No lo frené. Eché la cabeza ligeramente hacia atrás y dejé que sus dedos recorrieran la línea de mi mandíbula hasta engancharse suavemente bajo mi barbilla.
—Eso es —dijo—. Así.
Me besó. No fue un beso tímido de universitario apurado. Fue lento, profundo, seguro, con la lengua abriéndome la boca como si tuviera todo el derecho del mundo y, al mismo tiempo, como si me lo estuviera pidiendo. Sentí que me derretía contra el mesón. Mis manos, que no sabían qué hacer, terminaron aferradas a la tela gastada de su camisa. Su lengua jugaba con la mía, la chupaba, la mordía apenas, y yo notaba cómo el calor me subía desde el coño hasta la cara.
Cuando se separó, me miró a los ojos. Sus dedos bajaron por encima del top y me apretaron un pecho, entero, con una firmeza que me hizo abrir la boca.
—¿Quieres que siga? —murmuró—. ¿Quieres que te toque las tetas de verdad, sin ropa?
—Sí —dije, y me sorprendió la firmeza de mi propia voz—. Sí, quiero.
Me giró con suavidad hasta dejarme de cara al mesón. Se colocó detrás de mí y me subió el top de un tirón hasta dejármelo bajo el cuello. Debajo no llevaba sujetador deportivo, y mis pechos, pequeños y firmes, quedaron colgando libres sobre la madera fría. El aire fresco me erizó la piel y los pezones se me pusieron duros al instante. Sus manos ásperas me cubrieron los pechos por detrás, no con brusquedad, sino con una firmeza que me hizo arquear la espalda contra su cuerpo. Sentí cómo me pellizcaba los pezones con las yemas, rodándolos entre los dedos, tirando de ellos hasta hacerme gemir bajito.
—Mírate —murmuró contra mi oído—. Toda tensa, toda perfecta, con las tetitas duras y ya temblando. Y todavía no te he metido nada.
—En cierto modo es como la primera vez —confesé, casi sin aliento.
Sentí que sonreía contra mi cuello.
—Entonces vamos despacio. Al principio. Después ya veremos.
Su bulto duro se apretaba contra la parte baja de mi espalda. Aún vestido, ya se le adivinaba el tamaño de la polla, y noté cómo palpitaba contra mí a través de la tela del pantalón. Su voz, grave y pausada, ya estaba haciendo algo dentro de mí que ninguna caricia me había hecho antes. Me hablaba al oído, me decía lo que iba a hacer antes de hacerlo, me preguntaba si me gustaba, y cada vez que yo decía que sí en un hilo de voz, algo se aflojaba más adentro de mí.
—Apóyate —dijo—. Déjate llevar. Hoy no decides tú. Hoy solo sientes. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondí, y nunca dos palabras me costaron tan poco.
***
Una de sus manos bajó por mi vientre liso, sin prisa, se metió por debajo del elástico de las mallas y luego por dentro de las bragas hasta encontrarme. Yo ya estaba lista, empapada, con el coño encendido de una manera que me dio vergüenza. Sus dedos gruesos me recorrieron despacio, de arriba abajo, separándome los labios, resbalando en mi propia humedad, deteniéndose justo donde yo necesitaba que se detuvieran, como si conociera mi cuerpo mejor que yo misma.
—Estás chorreando, preciosa —me susurró al oído, mientras un dedo trazaba círculos lentos sobre mi clítoris—. Todo esto por hablarte un par de minutos. Imagínate lo que va a salir de acá cuando te la meta.
Mordí mis labios para no gemir. No quería darle la satisfacción tan pronto. Pero él lo notó y me pellizcó el pezón con la otra mano hasta arrancarme un jadeo.
—No te calles —dijo—. Quiero oírte. Aquí no hay nadie más que nosotros. Gime como una guarra si te da la gana.
Y, como si esa orden fuera una llave, dejé escapar un gemido largo, tembloroso, que no reconocí como mío. Él respondió con un sonido grave de aprobación que me recorrió la espalda entera. Un dedo se coló dentro de mí, luego dos, muy despacio, curvándose hacia adelante, tocando un punto que yo ni sabía que tenía. Los sacaba brillantes, mojados, y me los volvía a meter con un ritmo perezoso que me estaba volviendo loca.
—Así, preciosa. Eso quería oír. Móntate en mis dedos. Eso es. Fóllatelos tú, si tanta prisa tienes.
Empujé el culo hacia atrás sin pensarlo, buscándolo, empalándome en su mano, restregándome contra el bulto de su polla. Su otra mano me sostenía firme de la cadera para que no me fuera de bruces contra el mesón. Yo me apretaba contra él, jadeando, perdiendo poco a poco la noción del tiempo, de la cocina, de la chica calculadora que había entrado a tomar agua diez minutos antes.
El primer orgasmo me agarró por sorpresa. Los dedos de él acelerando dentro, el pulgar apretándome el clítoris, su boca mordiéndome el cuello, y de pronto todo se me contrajo alrededor de su mano. Las rodillas se me doblaron y solo su brazo en mi cintura evitó que me cayera. Me sostuvo mientras yo temblaba, con sus dedos todavía metidos, sintiendo cómo mi coño le apretaba en oleadas hasta que recuperé un poco el aliento.
—Una —dijo en voz baja, casi divertido, sacando los dedos brillantes y llevándoselos a la boca sin dejar de mirarme—. Y qué rica estás. A ver cuántas más tienes guardadas.
No sabía de qué hablaba. Yo nunca había sido capaz de más de una. O eso creía.
Me bajó las mallas y las bragas de un tirón hasta las rodillas, luego hasta los tobillos, y me sacó las zapatillas para dejarme completamente desnuda de cintura para abajo. Me hizo girar de nuevo, me quitó el top de un tirón por encima de la cabeza, y me sentó desnuda en el borde del mesón, abriéndome las piernas con cuidado hasta dejarme obscenamente abierta ante él. Se arrodilló frente a mí, en el suelo de la cocina, ese hombre grande y maduro arrodillado como si yo fuera lo más valioso del mundo, y hundió la cara entre mis muslos.
Su lengua me lamió entera, de abajo arriba, en un solo trazo lento y ancho. Después se centró en el clítoris, chupándolo con los labios, haciéndolo entrar y salir de su boca, mientras dos dedos volvían a follarme por dentro. Sentí su barba canosa raspándome la cara interna de los muslos y ese contraste —la lengua suave, la barba áspera, los dedos gruesos— me estaba desarmando.
—Don Aníbal… —se me escapó.
—Aníbal a secas —dijo, levantando la vista de mi coño empapado con una media sonrisa, la boca y la barba brillándole de mi humedad—. Cuando estás abierta de piernas encima del mesón de tu madre, no hace falta tanto respeto.
Y volvió a lo suyo. Su lengua era paciente, sabia, nada apurada, dibujando el abecedario sobre mi clítoris mientras sus dedos me abrían por dentro. Yo enredé los dedos en su pelo canoso, tirando de él, apretando su cara contra mí sin ningún pudor, y me dejé ir por segunda vez, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar. No me dio tregua. Siguió chupando incluso mientras yo temblaba hipersensible, y a los pocos minutos me hizo correrme una tercera vez, esta con un grito ahogado que me salió del fondo del vientre. Descubrí asombrada que mi cuerpo podía encadenar una ola tras otra si alguien sabía cómo llevarlo. Esa tarde aprendí que era multiorgásmica. Nunca lo había sido con nadie. O nunca nadie se había tomado el tiempo.
***
Cuando ya no podía más, cuando estaba temblando y riéndome y casi llorando a la vez, se incorporó y me tomó la cara entre las manos. Sentí el olor de mi propio coño en su boca cuando me besó, y en vez de darme asco, me encendió más.
—¿Seguimos? —preguntó—. Tú mandas. Siempre tú.
—Sigue —le dije—. Por favor. Métemela ya.
Esa fue la parte que más me sorprendió de mí misma: que pedir, que rendirme, que dejar que otro tomara el control, me diera tanto placer como el placer mismo. Toda mi vida me habían tratado como una niña de cristal, como una princesa a la que había que cuidar. Y ahí, en la cocina de mis padres, descubrí que lo que me encendía era exactamente lo contrario: sentirme deseada, follada, usada por un hombre que sabía lo que hacía y que, aun así, me preguntaba a cada paso.
Se desabrochó el cinturón sin apuro y se bajó el pantalón y el calzoncillo hasta media pierna. Su polla saltó dura, gruesa, con la punta hinchada y brillante, mucho más grande de lo que yo estaba acostumbrada. Se me hizo agua la boca. Antes de que él dijera nada, me deslicé del mesón, me arrodillé frente a él en las baldosas y me la metí en la boca.
—Joder, preciosa… —gruñó, y su mano se enredó en mi pelo—. Mira qué bien la chupas.
La chupé entera, con hambre, con la lengua enroscada, sacándola brillante y volviéndomela a meter hasta el fondo de la garganta. Le mamé los huevos también, uno y otro, con la polla golpeándome la cara. Él me sujetaba del pelo, marcando el ritmo, dejándome atragantarme un poco, sacándomela justo antes de que se me saltaran las lágrimas.
—Basta —dijo al cabo de un rato, levantándome de los brazos—. Si sigues así me corro, y quiero acabar dentro.
Me volvió a subir al mesón, me tumbó de espaldas sobre la madera fría y me abrió las piernas de par en par, poniéndomelas sobre sus hombros anchos. Se pasó la punta de la polla por mi coño, arriba y abajo, empapándose bien, y me golpeó suavemente el clítoris con ella un par de veces solo para verme temblar.
—Pídelo —dijo—. Con esa boquita.
—Métemela, por favor —jadeé—. Fóllame ya.
Y me la metió. Despacio al principio, abriéndome centímetro a centímetro, porque era mucho más ancha que ninguna que hubiera tenido antes. Sentí cada pliegue estirándose para recibirlo, esa mezcla de escozor y placer que te deja sin aire. Cuando entró del todo se quedó quieto, mirándome, respirando fuerte.
—Mírame —ordenó—. Quiero verte la cara cuando te folle.
Y empezó a moverse. Lo hizo despacio, mirándonos. Su cuerpo no tenía nada de modelo de revista: era ancho, maduro, con la marca de los años y el vientre tibio y peludo. Pero su manera de embestir, su seguridad, su voz grave repitiéndome al oído lo bien que se me metía, valían más que cualquier abdomen perfecto. Me sostenía de las caderas con esas manos enormes, marcaba el ritmo, salía casi entera y volvía a meterla hasta el fondo, arrancándome un gemido en cada embestida. La madera del mesón crujía bajo mi culo, mis tetas rebotaban con cada golpe, y el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenaba la cocina.
—Estás apretadita, preciosa —jadeaba—. Se nota que hacía tiempo que no te follaban en serio.
—Más fuerte —le pedí—. Más.
Me bajó las piernas, me hizo girarme sobre el mesón y me puso a cuatro patas encima de la madera, con la cara pegada al frutero de mi madre. Me agarró de las caderas y me la metió de golpe por detrás, hasta el fondo, arrancándome un grito que me apuré a sofocar contra el brazo. Sus embestidas me sacudían entera, sus huevos me golpeaban el clítoris cada vez, y una de sus manos subió por mi espalda hasta enredárseme en el pelo, tirando de mí hacia atrás para que arqueara la espalda.
—Así, cabalga tú también —gruñó—. Empuja el culito, no te quedes quieta.
Yo empujaba, obediente, meciéndome contra él, sintiendo cómo su polla me llegaba a un sitio que ningún dedo había alcanzado. Su otra mano bajó y me buscó el clítoris, frotándolo en círculos rápidos al ritmo de sus embestidas, y en pocos segundos me estaba corriendo otra vez, aullando contra mi propio brazo, con el coño ordeñándole la polla en espasmos.
—Buena chica —murmuró detrás de mí, sin dejar de follarme—. Otra más. Cuántas te llevas ya, ¿cuatro? Cinco.
Me volvió a girar. Me quería mirar a la cara. Me sentó sobre él en una de las sillas de la cocina, empalándome de un solo movimiento, y me hizo cabalgarlo con las manos en mi cintura, marcando la subida y la bajada. Yo me sostenía de sus hombros anchos, con las tetas bailando frente a su cara, y él se metía un pezón en la boca, después el otro, chupando y mordiendo mientras yo me deshacía encima de su polla.
—Me voy a correr —le avisé, temblando—. Otra vez.
—Córrete conmigo —dijo, apretándome contra él—. Vamos juntos.
Sentí cómo se hinchaba dentro de mí, cómo empujaba más rápido, más fuerte, y cuando estalló dentro con un gruñido ronco, llenándome con chorros calientes que no dejaban de salir, yo me corrí una última vez, abrazada a su cuello, hundiendo la cara en su hombro para ahogar mis propios gritos, sintiendo su semen chorreándome por dentro y resbalando entre mis muslos.
—Eso es —murmuró él, acariciándome la espalda mientras yo temblaba encima de él, todavía ensartada—. Eso es, preciosa. Lo hiciste muy bien.
Esas tres palabras —«lo hiciste bien»— me derritieron más que cualquier otra cosa de toda la tarde.
***
Después nos quedamos un rato en silencio, recuperando el aliento, su frente apoyada en la mía, su polla ablandándose despacio dentro de mí. No hubo torpeza, ni vergüenza, ni esa prisa por vestirse que yo conocía de mis encuentros anteriores. Cuando por fin salió de mí, sentí su corrida gotearme entre las piernas hasta el asiento de la silla. Me ayudó a levantarme con el mismo cuidado con el que me había subido, agarró un trozo de papel de cocina y, sin dejar de mirarme, me limpió despacio entre los muslos.
—Ve a darte una ducha —dijo, acomodándose la camisa y subiéndose el pantalón—. Yo termino de recoger acá. Tus papás no tardan.
Asentí, todavía mareada, con las piernas flojas y el coño palpitándome. En la puerta de la cocina me giré, desnuda, con la ropa apretada contra el pecho.
—Aníbal.
—¿Mmm?
—¿Por qué me preguntaste tantas veces? Otros no preguntan.
Me miró un momento, serio.
—Porque lo que da gusto de verdad no es tomar —dijo—. Es que te dejen. Y para que te dejen, primero hay que preguntar.
Subí a ducharme con las piernas todavía flojas y el semen escurriéndome por dentro del muslo. Bajo el agua tibia, mientras me quitaba el olor a madera y a sudor y a sexo de la piel, no sentí culpa. Sentí, más bien, que acababa de conocer a una mujer que vivía dentro de mí y que yo nunca había dejado salir.
Aníbal terminó la biblioteca dos días después. Mi padre quedó encantado con el trabajo. Yo le di la mano al despedirme, formal, frente a mis padres, y él me la apretó un segundo de más con esa media sonrisa suya.
Pasó un mes antes de que volviéramos a vernos. Pero esa, como suele decirse, es otra historia.





