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Relatos Ardientes

La señora que me buscó al final de la cena de jubilación

Buenas noches. Me llaman Damián, aunque para los compañeros de toda la vida soy El Tano. Tengo los cincuenta bastante pasados y una sola debilidad confesable: las mujeres maduras, esas que ya no le rinden cuentas a nadie y saben exactamente lo que quieren en la cama. Lo supe desde muy chico y nunca me molesté en corregirlo.

Soy un tipo común, de físico normal tirando a relleno, alto y con algunos kilos de más que ya no peleo. No tengo nada descomunal que ofrecer salvo paciencia para escuchar, olfato para las oportunidades y una polla que, cuando se pone dura, no afloja hasta terminar el trabajo. Casi todo lo que me pasó en la vida vino de saber estar en el lugar correcto cuando una puerta se abría sola.

Hace poco más de un mes se jubiló uno de mis mejores compañeros de trabajo, y como corresponde, alguien organizó una cena de despedida. Cayeron los que todavía siguen en actividad y unos cuantos que, como yo, ya colgamos los guantes hace tiempo. El salón quedaba en las afueras, prometía buena comida, bebida sin límite y, para los más audaces, una pista de baile.

Llegó el viernes y a las nueve de la noche salí de casa. Compartí el viaje con tres ex compañeras que me quedaban de paso: Marisa, Cris y Perla. Apenas arrancamos empezaron las anécdotas viejas y las apuestas sobre quién iba a aparecer.

—¿Saben quiénes confirmaron? —preguntó Cris desde el asiento de atrás.

—Las chicas, casi todas —contestó Marisa.

Aclaro que «las chicas» rondan los setenta. Me reí solo de pensarlo.

—De los varones vi confirmar a los de siempre —dije yo—. Carlos, Rubén, Tito, Mingo y Quique.

—Uy, la noche promete risas y desastre —se entusiasmó Perla.

Perla es la más fiestera del grupo. A sus casi setenta se conserva de manera envidiable, hace gimnasia todos los días y todavía gira cabezas. Divorciada, sin culpas y sin filtro.

—No estarás pensando en salir de cacería esta noche, ¿no? —la pinchó Cris.

—Si la ocasión se presenta, ni lo dudes. Hace rato que no me como una buena verga —respondió, y el auto entero estalló en carcajadas.

Llegamos, nos mandaron a estacionar y entramos al salón. Empezaron los reencuentros: abrazos, miradas de sorpresa, los clásicos «estás igual», «qué viejo está fulano», «¿quién es aquella?». Cuando apareció el homenajeado nos ubicaron en mesas armadas por afinidad y por época de trabajo.

Me llamó la atención que la silla a mi lado quedara vacía un buen rato. La ocupó más tarde una mujer muy elegante, de pelo plateado recogido con esmero, perfume intenso, curvas que el vestido oscuro no disimulaba y unos anteojos que le daban un aire severo. Tardé un segundo en reconocerla.

—Buenas noches, caballero —dijo con una sonrisa torcida—. ¿Me permite acompañarlo esta noche?

—¡Susana! —me salió casi un grito—. ¿Cómo estás? Años sin verte.

—Acá me ves, hecha una diosa como siempre —se acomodó la servilleta sobre la falda—. ¿Cuánto hace? ¿Quince años?

—Por lo menos —dije, y no mentía.

La cena transcurrió entre anécdotas, recuerdos y una cantidad generosa de vino. La atención fue impecable. Antes de los postres, los fumadores nos escapamos al patio. Había grupitos dispersos por todo el predio, riéndose de cosas que solo ellos entendían. Estaba prendiendo el cigarrillo cuando Susana se me acercó.

—¿Me convidás uno? En casa no fumo, pero en las fiestas me lo permito.

—Servite. ¿Te lo prohíbe el marido? —tanteé el terreno.

—No hay marido, nene. Vivo sola. Mi hija está en pareja, aunque para en casa casi todo el día.

—¿La nena ya está de novia? Cómo pasan los años, Susana.

—Así es —se acercó hasta casi rozarme el brazo y bajó la voz—. Pero hay cosas que una no se olvida.

—Recuerdos hermosos —dije, y sentí el calor de su hombro pegado al mío.

—Si esa sala de fotocopias hablara… —murmuró, y se rió por lo bajo antes de soltar el humo—. Todavía me acuerdo cómo me la metías contra la máquina, con la pollera arremangada hasta la cintura, mordiéndome el cuello para que no gritara.

—Y vos me apretabas la polla con ese coño que parecía un guante —le contesté sin pensarlo, y ella se mordió el labio.

—Ojalá siga siendo así —susurró, y me clavó los ojos.

Volvimos a la mesa tratando de no levantar sospechas, pero la charla ya había cambiado de temperatura. La música estaba alta y eso nos obligaba a hablarnos casi al oído para escucharnos, una excusa perfecta para acortar la distancia. Ella aprovechaba cada frase para pegar los labios a mi oreja, y yo sentía cómo se me hinchaba la bragueta cada vez que su aliento tibio me rozaba el cuello.

Cuando llegaron los postres juro que la mujer me estaba provocando a propósito. Demoraba cada trozo de fruta entre los labios, lo mordía despacio, lo saboreaba con una lentitud que no tenía nada de inocente y me sostenía la mirada todo el tiempo. Cuando le tocó una frutilla, la chupó desde la punta hasta la base como si estuviera ensayando conmigo, y ahí abajo, bajo el mantel, me deslizó la mano sobre el muslo y me apretó la polla por encima del pantalón sin cambiar la cara.

—Está despierto el bicho —murmuró sin dejar de sonreír a la mesa.

—Vos lo despertaste, no te hagas.

—Me lo cobro después.

Después de los discursos arrancó el baile. Aproveché para escaparme otra vez al patio.

—Tano, Beba ya se va en taxi —me avisó Cris desde la puerta—. Y a Perla la perdimos: se enganchó con un profesor de educación física.

—No hay drama. Cuando quieran arrancamos.

—Ni loca, me quedo. Hay vino blanco dulce y mucho para contar —y volvió adentro riéndose.

***

Regresé a nuestra mesa, ya casi desierta. Los más jóvenes copaban la pista y los grandes se habían amontonado alrededor de la mesa dulce. Tomé una última copa y me dispuse a partir. Pasé a saludar a los muchachos y, justo cuando enfilaba hacia la salida, una mano me agarró del brazo.

—¿A dónde vas? ¿Me vas a dejar sola? —era Susana, con los anteojos en la mano y los ojos brillantes.

—Son casi las tres, y a las once tengo que estar en el club.

—Ah, no. Sola no me quedo. Me pido un taxi y listo.

—¿Dónde vivís? Te acerco.

—Cerca del viejo mercado, a dos cuadras.

—Dale, vamos.

Salimos juntos. Se tomó de mi brazo y cruzamos el estacionamiento despacio.

—Estas piedritas quedan preciosas para la decoración —se quejó—, pero las que andamos con tacos nos torcemos los tobillos. Y ya no estoy para andar descalza.

—Y yo que pensé que venías medio mareada —le dije.

—Para nada. Aunque espero estar mareada dentro de un rato —respondió sin mirarme.

—No tientes, Susana.

—No tiento. Estoy invitando. Quiero que me cojas como aquella vez, Tano. No aguanto más.

Subimos al auto y tardó más en acomodarse en el asiento que en lanzarse a buscarme la boca. Me clavó la lengua adentro con hambre atrasada, me mordió el labio inferior, y yo le agarré una teta por encima del vestido, sintiendo el pezón duro pincharme la palma.

—No tenés idea de las ganas que tengo de que me toquen, de que me metan la polla hasta el fondo —susurró contra mi cuello, y me lamió el lóbulo.

—Esperá un poco. Acá todavía pueden vernos, hay gente subiendo a los autos.

—Me importa poco. Tengo ganas de revivir aquellos días de paro, cuando nos escondíamos y te la chupaba entre las cajas.

Nos dimos el primer beso largo y sin pudor, y dejé que mis manos recorrieran su pecho, más firme de lo que recordaba, mientras ella me abría el pantalón con dedos apurados, metía la mano dentro del calzoncillo y me agarraba la polla en carne viva. La apretó, la midió con la palma, me la pajeó dos o tres veces despacio y sonrió cuando la sintió palpitar.

—Está más gorda que antes, Tano. O yo la recordaba más chica.

—Vos la ponés así.

—Me la quiero comer acá mismo.

—Nos van a ver, Susana. Aguantá.

Igual se agachó un segundo, sacó la lengua y me lamió la punta, apenas un roce, un aviso de lo que venía. Se me escapó un gemido y ella se enderezó riéndose, con la boca todavía brillante.

—Manejá tranquilo, bebé. Aguantala un poquito más.

—Tenés el cuerpo más duro que antes —comenté para distraerme de la mano que seguía trabajándome por debajo del volante.

—Me hice unos arreglos hace un par de años —dijo sin vergüenza—. En cambio vos seguís reaccionando igual de rápido que siempre.

Puse el auto en marcha y manejé como pude las pocas cuadras hasta su casa, con su mano paseando por mi entrepierna, pajeándomela lento, sacándomela del calzoncillo y volviéndomela a acomodar cada vez que un semáforo iluminaba el habitáculo. Yo tenía la cabeza en cualquier lado menos en la calle. Llegamos entre besos. Abrió la puerta de calle y aproveché para devolverle la tortura, apretándole la cola por encima del vestido y colando los dedos entre las nalgas hasta rozar la tela mojada del culote.

—¡Cómo te aprovechás de que tengo las manos ocupadas con las llaves! —protestó, riéndose.

—Te cobro todo el viaje.

—Cobrámelo entero, entonces.

Apenas entramos me apartó las manos y me hizo un gesto de silencio, el dedo cruzado sobre los labios. Avanzó hasta una puerta cerrada, pegó la oreja unos segundos y, al no escuchar nada, se relajó.

—Listo, se fueron a la casa de él. Estamos solos, bebé.

—¿Me trajiste sin saber si estaba tu hija? Estás loca.

—Dijo que se iba. Ahora estoy segura. Y ahora vení, dejate de joder.

Se sacó el saco y lo tiró sobre una silla, se descalzó y vino apurada hacia mí. Me comió la boca mientras me bajaba la campera y peleaba con los botones de la camisa. Le seguí el ritmo, buscando a tientas el cierre de la espalda de su vestido. Era una lucha cuerpo a cuerpo por desvestirnos sin dejar de besarnos. Le mordí el cuello, le bajé un tirante y le liberé una teta, blanca y firme, con el pezón parado y morado, y me lo llevé a la boca ahí mismo, en el pasillo. Ella gimió alto por primera vez en la noche.

—Chupámelas, Tano. Fuerte. Como cuando teníamos treinta.

El vestido cayó al suelo y quedó frente a mí en ropa interior, la piel todavía tibia por el perfume. El culote negro se le pegaba al coño y estaba manchado, oscuro de tan mojado. Me arrodillé sin pedirle permiso y le mordí por encima de la tela, respirando el olor a hembra caliente que soltaba de entre las piernas. Se agarró de mi cabeza y me pegó la cara contra el bulto del pubis.

—Sacámelo. Sacámelo con los dientes, hijo de puta —me pidió, ya sin filtro.

Le agarré el elástico del culote con los dientes y se lo bajé hasta la mitad del muslo. Después, con las manos, se lo terminé de correr hasta los pies. Ella lo pateó lejos. Le abrí los labios del coño con dos dedos y me quedé un segundo mirándoselo: rosado, hinchado, con el clítoris asomando y un hilo de humedad brillándole en la entrada.

—Sigue igual de linda —le dije.

—Comémela ya, no me hagas esperar más.

Le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, chupando todo lo que encontraba, y ella se dobló hacia adelante gimiendo. Le clavé la lengua adentro, se la moví como una polla chica y después subí al clítoris, se lo chupé con los labios, se lo mordí suave. Le temblaban las piernas apoyadas contra la pared del pasillo. Le metí dos dedos y empecé a sacudírselos rápido mientras seguía chupándole el capullito, y en menos de dos minutos me estaba clavando las uñas en el cuero cabelludo y ahogando un grito contra su propia mano.

—Me vengo, me vengo… ay, la puta madre, no pares —soltó, y me inundó la cara de un chorro tibio que le brotó del coño, empapándome el mentón.

Me quedé pegado ahí, lamiéndola hasta el último espasmo, hasta que las piernas ya no le respondían y tuvo que dejarse caer sobre mí.

Nos sacamos casi toda la ropa ahí mismo, en el pasillo, y de la mano, o más bien tambaleando, llegamos a su pieza. Sin encender la luz, caímos enredados sobre la cama. Ella me empujó de espaldas contra el colchón y se puso en cuatro entre mis piernas. Me agarró la polla con la mano, se la escupió, la frotó con la saliva de arriba abajo y se la metió entera en la boca de un solo movimiento, tragándomela hasta que le sentí la garganta apretándome la punta.

—Uh, Susana, la puta madre… así, así —le dije agarrándole el pelo.

La sacó y me la volvió a meter, mamándomela con hambre atrasada, chapoteando, dejando hilos de saliva colgando de los huevos. Me lamió las bolas una a una, se las metió en la boca, y volvió a comerme la polla apretando los labios en la base, marcándome el ritmo con la mano y la boca a la vez. Le agarré la cabeza y empecé a acompañarla, moviéndole la cara contra mi entrepierna. Ella gemía con la boca llena, y esos gemidos me subían por la espalda como una corriente.

—Vas a hacer que me venga en la boca así —le avisé.

—Todavía no —la sacó con un chasquido—. Primero te la quiero adentro.

Se subió encima de mí y, sin terminar de acomodarse, agarró la polla con la mano, se la puso en la entrada del coño y bajó de un envión. La sentí abrirse alrededor de mí, apretada, mojada, caliente. Me miró desde arriba con los ojos entrecerrados y arrancó un vaivén lento que me dejó sin aire. Le agarré la cintura para guiarla, y ella apoyó las manos contra la pared del respaldo y empezó a cabalgarme fuerte, dejando caer todo el peso, haciendo sonar los muslos contra los míos.

—Cómo llenás, cómo llenás —murmuró—. Hace dos años que no me la ponen y ya me olvidé de esto.

—Movete, Susana. Rompémela.

Se levantó apenas para tomar aire y volvió a bajar de golpe, ensartándose entera, gimiendo contra mi cuello. Yo le mordía las tetas que le rebotaban en la cara, se las chupaba, se las apretaba. Le agarré las nalgas con las dos manos y empecé a subirla y bajarla a mi ritmo, cogiéndomela desde abajo. Ella se dejó llevar, con la boca abierta, los ojos cerrados, un hilo de baba en la comisura.

—Así, papi, cogeme así, no aflojes.

—Date vuelta. Quiero ese culo de espaldas.

Se dio vuelta ahí mismo, sin sacármela, y me quedé mirándole la cola en el aire mientras rebotaba encima. La cola grande, blanca, con las marcas de mis dedos empezando a rojearle en la piel. Le di una palmada y ella se retorció y gimió más fuerte. Le di otra, más dura, y me pidió más.

—Pegame, Tano. Pegame que me encanta.

Le di tres seguidas, una en cada nalga y otra justo en el medio, y le vi el coño abrirse cada vez que subía y bajaba, tragándome la polla con un chapoteo obsceno que llenaba la habitación. Me senté de golpe y la abracé desde atrás, con la polla todavía dentro, le agarré las tetas y le mordí el cuello mientras se la seguía metiendo desde abajo.

—Ahora te la cojo yo —le dije, y la tumbé boca abajo sobre la cama.

Se acomodó en cuatro patas, con la cola parada, la espalda arqueada. Le agarré las caderas, le apoyé la punta en la entrada y se la fui metiendo despacio, para saborear cómo se abría de nuevo alrededor mío. Cuando estuve entero, arranqué con estocadas largas y profundas, viendo cómo el culo le temblaba con cada choque.

—Más fuerte, papi, más fuerte, rompémelo.

Le agarré el pelo, se lo enrollé en la mano y tiré, arqueándole más la espalda, y empecé a cogérmela sin misericordia. La cama crujía, el respaldo golpeaba contra la pared, ella gemía cada vez más alto, olvidada de la vergüenza. Le pasé la mano por debajo y le busqué el clítoris, se lo froté al ritmo de las embestidas, y en menos de un minuto sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo.

—Me vengo otra vez, me vengo, no pares, no pares…

Se vino con un grito largo, apretándome la polla adentro con espasmos que casi me hacen acabar ahí mismo. Aguanté como pude, la dejé bajar y la di vuelta boca arriba. Le abrí las piernas, se las levanté hasta los hombros y volví a metérsela hasta el fondo. En esa posición le llegaba más adentro, y ella lo sabía. Se agarró de las sábanas con las dos manos y clavó los tacos en el aire.

—Así, así, hasta el fondo… ay, sí…

La cogí unos minutos así, mirándole la cara, viéndola morderse los labios, escuchando ese suspiro entrecortado que ya no controlaba. Le apreté las tetas, le tironeé los pezones, y sentí que la corrida me subía desde los huevos con una presión que no iba a poder frenar.

—Me voy a venir, Susana.

—Adentro, bebé. Adentro. Ya no puedo tener chicos, dale, dejámela toda adentro.

Aceleré las estocadas, cortas, brutales, y me descargué dentro de ella con un rugido que se me escapó de la garganta. Le llené el coño con todo lo que tenía, hasta la última gota, mientras ella me apretaba las nalgas para pegarme más a su cuerpo y sentir cómo me vaciaba. Me quedé quieto unos segundos, tirado sobre ella, con la polla todavía adentro, palpitando, sintiendo cómo el coño la seguía apretando en pequeños espasmos.

—Uf, qué bueno estuvo —dijo, recuperando el aliento y estirándose como una gata—. Rápido y profundo. Demasiado para una veterana de setenta.

—Estabas descontrolada. Cualquiera diría que hace rato que no te tocaban.

—Casi dos años —admitió sin drama—. Solo yo y algún juguete de vez en cuando.

Salí despacio y la vi cerrar los ojos, apretar los muslos. Un hilo de semen le corrió por la cara interna del muslo hasta la sábana y ella se rió mirándose.

—Mirá el desastre que me hiciste. Hace años que no me acababan adentro.

—No quiero ser indiscreto, pero te recordaba distinta… más relajada, más floja.

—Me hice un tratamiento junto con lo demás —se rió, y con dos dedos se recogió el semen que le escurría y se lo llevó a la boca—. Con tantos años usando juguetes había perdido sensibilidad y me costaba disfrutar. Me lo rejuvenecieron todo. La médica me lo aconsejó cuando le conté.

—Felicitaciones a tu médica, entonces. Quedaste como nueva. Te aprieta como una pendeja.

—Tonto. ¿Sabés lo que es estar una hora y no llegar a nada? Es horrible.

—Bueno, ahora lo disfrutás. No te vicies —bromeé.

—Espero no necesitar el juguete por un buen tiempo —dijo, y me besó el hombro—. Prefiero esto. Prefiero tu polla.

***

Nos quedamos abrazados un rato largo, mientras me acariciaba el pecho con la yema de los dedos y jugaba con el vello. Cuando pidió ir a bañarse, la seguí sin pensar. Aparté la cortina, me acomodé detrás de ella y la abracé mientras el agua nos recorría a los dos. Le jaboné las tetas despacio, se las apreté con las dos manos hasta hacerla gemir, bajé al vientre, a la cola. Le colé un dedo entre las nalgas, le rocé el otro agujero enjabonado y ella se estremeció, apoyó la frente contra los azulejos.

—Tranquilo. Soy una señora grande, no aguanto dos seguidos.

—Podríamos intentarlo. Mirá cómo se me pone de nuevo.

Le agarré la mano y se la llevé atrás para que sintiera la polla otra vez dura, apretada contra el nacimiento de sus nalgas. Ella se rió, me la agarró, me la pajeó un poco bajo el chorro de agua.

—Uf, sos incorregible. Pero no, te juro que me cuesta reponerme. Otro día te la doy toda de nuevo.

—No me hagas esto.

—Guardala para la próxima. Te prometo que la va a valer.

Terminamos la ducha y volvimos a la habitación. Me vestí mientras ella se ponía un camisón corto y traslúcido que dejaba ver perfectamente los pezones marcados y la sombra oscura del pubis. De ahí pasamos a la cocina y compartimos un café, los dos despeinados y satisfechos, como dos adolescentes que se salieron con la suya.

—Susana, esto hay que repetirlo —dije, soplando la taza.

—Por supuesto. Arreglamos en la semana, cuando la nena no esté, y nos damos otra encamada tranquila. Con más tiempo. Quiero comerte la polla con calma, sin apuro.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Dale.

—Me encanta tu cola. Siempre me volvió loco. Quiero cogértela.

—Lo intenté una sola vez, hace años, y me dolió tanto que no quise saber más nada.

—Habrá que hacerle los honores con calma, entonces. Con mucho lubricante, con la lengua primero, con dedos, hasta que te abras sola.

—Dejame prepararme. Con paciencia y de a poco quizás… —y dejó la frase a medias, con una sonrisa que prometía—. Me estás calentando de nuevo, Tano. Andate.

—Trato hecho —dije—. Pero ahora me voy, son casi las cinco.

Intercambiamos teléfonos para coordinar el próximo encuentro. Me acompañó hasta la puerta y, antes de abrir, volvimos a besarnos. Le pasé la mano por debajo del camisón, le agarré la cola desnuda y le colé un dedo entre las nalgas, apenas rozando el ojete. La sentí encenderse de nuevo, jadear contra mi boca, y quise aprovechar, pero me detuvo con dos dedos sobre el pecho.

—Ahora no, por favor. Guardá esas ganas para cuando volvamos. Te prometo estar más entera la próxima vez, y te dejo hacer lo que quieras conmigo.

No estaba del todo de acuerdo, pero lo acepté. Nos despedimos con la promesa de vernos pronto.

Así es la vida. Quince años después, Susana y yo volvimos a encontrarnos, más viejos, más usados, pero con las mismas ganas de aquella primera vez en la sala de fotocopias. Pasaron veinte días desde aquella noche y la llamé tres veces; en todas se excusó con algún compromiso. La seguiré esperando, porque cuando una mujer así te elige por segunda vez, uno aprende a tener paciencia. Y yo, de paciencia, ando sobrado. De ganas, también.

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Comentarios(7)

FabianMza

Excelente relato!!! se hace corto, queria mas

CuriosoT_55

Buenisimo como se va armando la tension desde el principio. Se siente autentico

MirnaRosario

Me encanta cuando las historias empiezan sin que el protagonista sospeche nada y de golpe cambia todo. Muy bien narrado, ojalá haya una segunda parte!

PatricioV_68

ya con el titulo me enganche jajaja. tremendo

PabloNQ_

Muy bien escrito, los dialogos se sienten naturales. Sigue publicando, saludos

lecturaNocturna

increible!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo en esta categoria

MarisolRio

Me recordo a algo que me paso hace unos años en una reunion similar jajaja. Esas noches inesperadas son las mejores. Gracias por compartirlo

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