Lo que encontré en el armario de aquella turista
En la isla donde crecí, las historias de maridos que miran circulan como leyendas. Las cuentan los viejos en los bares del puerto, entre cerveza tibia y humo, cuando alguna turista se cansa de su hombre y baja a buscar lo que en casa no encuentra. Yo las escuchaba sin terminar de creerlas. Pensaba que eran fanfarronadas de pescadores, hasta la noche en que conocí a Helena.
Nunca fui un gran estudiante. Dejé la escuela temprano y aprendí lo demás en la calle, mirando a los mayores, escuchando cómo hablaban de las extranjeras que venían a pasar sus vacaciones buscando exactamente lo mismo que ellas mismas no se atrevían a nombrar. Esa noche estaba con un par de amigos en el bar del hotel grande, el que da al mar, matando el rato y midiendo a las mujeres que entraban con la esperanza de tener suerte antes de que cerraran.
Entonces la vi a ella.
Era una mujer madura, delgada, de movimientos calculados. Llevaba el pelo corto y rubio, casi platino, y un traje negro que se le ajustaba como si la hubieran cosido dentro. Botines de tacón, labios oscuros, una elegancia que no encajaba con el resto del local. Se acercó a la barra justo donde yo estaba apoyado, y al girarse me miró sin disimulo.
—¿Me recomendarías una buena bebida de la isla? —preguntó.
Tardé un segundo en reaccionar. Le pregunté si la prefería dulce o seca, y cuando dijo dulce le sugerí un cóctel de ron especiado con frutas que servían solo allí. Pidió dos. Uno para ella y otro para mí.
La observé beber de la manera más discreta que pude, aunque ella se dejaba mirar a propósito. Tenía las orejas perforadas con una hilera de aros pequeños que subían por el cartílago, varios de cada lado, asimétricos.
—Llevo siete en una y seis en la otra —dijo cuando notó que los miraba—. Detesto la simetría.
Me reí. Trece siempre fue mi número, le dije, y ella levantó una ceja como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba. Más tarde supe que no era casualidad. Helena me había estado observando desde antes de acercarse. Me había elegido. Y, según me confesaría esa misma noche, yo encajaba perfecto en un plan que ella y su marido habían trazado mucho antes de poner un pie en la isla.
Después de unos minutos de charla apoyó dos dedos en mi antebrazo y me dijo que se sentía un poco mareada, que la acompañara a su habitación. No me lo pidió dos veces.
***
La habitación estaba casi a oscuras, con una sola lámpara encendida en un rincón. Helena pulsó un botón en un pequeño equipo y una voz vieja, de esas de orquesta y trompetas, llenó el cuarto. Por la ventana se veía la luna partiendo el mar en dos.
Le tomé la mano y la atraje hacia mí. Nos mecimos despacio, sin prisa, su cuerpo entero ajustándose al mío como si lleváramos años bailando así. Olía a algo caro y a ron dulce. Apoyé las manos en su cintura, sobre la tela fría del pantalón de satén, y sentí cómo apretaba las caderas contra mí en respuesta, restregándose sin disimulo contra el bulto que ya se me marcaba en el pantalón.
Helena no era tímida. Me besó el cuello, los labios, la mandíbula, mordiendo con una intensidad que rozaba el dolor, mientras una de sus manos bajaba y me agarraba la polla por encima de la tela, apretándola como si estuviera midiéndola. Yo ya estaba durísimo, y ella lo notó enseguida. Me bajó la bragueta sin dejar de besarme, metió la mano y me sacó la verga con una sonrisa lenta que no admitía dudas sobre lo que iba a hacer con ella.
—Eso es lo que vine a buscar a esta isla —murmuró contra mi oído, mientras me la trabajaba con la mano de arriba abajo, apretando la punta hasta arrancarme un gemido—. Una polla dura y un hombre que sepa follarme como Dios manda.
Se arrodilló ahí mismo, entre la puerta y la cama, y se la metió entera en la boca sin preámbulos. Chupaba profundo, con hambre, dejando que la saliva le corriera por la barbilla y le mojara el encaje del sujetador. Me miraba desde abajo, con los ojos brillantes, mientras se sacaba la verga de la boca solo para lamerme los huevos uno por uno y volver a tragarla hasta la garganta. La agarré del pelo corto y le marqué el ritmo. Ella gemía con la boca llena, contenta de que la usara así.
Empezó a hablar bajito entre chupada y chupada, sin pudor, contándome todo lo que quería que le hiciera. Que la follara duro. Que me corriera en su boca, en sus tetas, en su coño. Que no le tuviera piedad. Cada palabra subía la temperatura del cuarto. Le desabroché la blusa y dejé caer la tela por sus hombros. Debajo, un encaje negro y fino le sostenía el pecho. Tenía clase hasta en eso. Le arranqué el sujetador de un tirón y le mordí los pezones, uno y después el otro, hasta ponérselos duros como piedras. Ella arqueaba la espalda y me pedía más.
La recosté en la cama y le quité los botines uno a uno. Le besé el empeine, el tobillo, subí por la pierna mientras ella respiraba cada vez más fuerte. Le bajé el pantalón despacio, disfrutando la espera, y descubrí que debajo no llevaba nada. Estaba depilada, empapada, con el coño hinchado y brillante de las ganas que traía desde la barra. Me hundí entre sus piernas y le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, deteniéndome en el clítoris hasta que gritó.
Se lo comí sin prisa. Le abrí los labios con los dedos, le clavé la lengua adentro, se la saqué y se la volví a meter mientras con el pulgar le hacía círculos en el clítoris. Le metí dos dedos y los curvé buscando el punto, y cuando lo encontré ella empezó a mover las caderas contra mi cara, cabalgándome la boca. Sus suspiros se volvieron chillidos, agudos y entrecortados, que rebotaban contra las paredes y se mezclaban con la música. Le levanté las piernas, se las puse sobre mis hombros, la sujeté de las caderas y no la solté hasta que sentí que todo su cuerpo se tensaba como una cuerda a punto de romperse y me apretó la cara con los muslos mientras se corría empapándome la barbilla.
Y entonces lo escuché.
Un estornudo. Ahogado, torpe, seguido del intento desesperado de tragarse el siguiente. Venía de algún lugar del cuarto que no era la cama.
Me quedé quieto, con los dedos todavía dentro de ella. Helena, de golpe, me sujetó del brazo.
—No, espera —dijo, pero ya era tarde.
La aparté con suavidad, me levanté con la polla dura apuntando al frente y abrí de un tirón la puerta del armario.
***
Adentro, de rodillas, completamente vestido y con la cara roja de vergüenza, estaba un hombre de unos cincuenta años. El marido de Helena.
Lo tomé del brazo y lo saqué a la luz. Él no opuso resistencia. Miraba al suelo, encogido, mientras yo le exigía a ella una explicación. Se le iban los ojos, sin poder evitarlo, a mi verga mojada de saliva y del coño de su mujer.
Helena no se inmutó. Se incorporó en la cama, se cubrió apenas con la sábana y me contó todo con una calma que me desarmó. Le encantaba humillar a su marido. Hacía años que él no la satisfacía, que no le ponía la polla dura, que no la hacía correrse. En algún momento los dos habían aceptado las cosas como eran: a él le gustaba mirar. A veces participaba, si ella se lo permitía. Le gustaba limpiarla después, chuparle el semen ajeno del coño cuando otro hombre ya había terminado dentro, pero a él jamás se le concedía tocarla de verdad ni mucho menos follársela.
—Reservamos estas vacaciones para esto —dijo Helena sin bajar la voz, asegurándose de que él escuchara cada palabra—. Para encontrar a alguien como tú. Una polla joven, dura, que me llene bien. Él lo sabía desde el avión.
El hombre seguía callado, de rodillas en la alfombra, asintiendo despacio.
Lo consideré un instante. Había estado con mujeres acompañadas antes, pero nunca con un público que evaluaba mi trabajo desde el armario. La situación tenía algo absurdo y, al mismo tiempo, algo eléctrico. No tenía la menor intención de dejar escapar a Helena. Así que decidí adaptar la noche a mi favor.
—Sírvete un trago —le dije al marido, señalando el minibar—. Y prepárame uno a mí.
Él obedeció sin chistar.
***
—Acabas de comprar la mejor butaca de la casa —le dije cuando volvió con los vasos—. Pero la entrada se paga.
La interrupción me había bajado un poco la excitación. Le hice entender, sin demasiada delicadeza, que él se encargaría de devolvérmela si quería seguir viendo el espectáculo. Protestó en voz baja, balbuceó algo, pero Helena lo cortó con una risa seca desde la cama.
—Chúpasela —le ordenó ella—. Para eso viniste. Ponle la polla dura otra vez para que pueda follarme.
Nunca antes había dejado que un hombre se ocupara de mí, y la sensación de poder sobre aquel tipo encogido resultó más intensa de lo que esperaba. Se arrodilló entre mis piernas, me agarró la verga con las dos manos, todavía blanda a medias, y se la metió en la boca. Chupaba con cuidado, con torpeza al principio, hasta que Helena le ladró desde la cama que dejara de disimular y se la comiera como se la comía a ella cuando eran novios. Entonces él tragó más profundo, cerrando los ojos, y me la trabajó con la lengua hasta ponerme como una piedra otra vez.
No era el acto en sí; era la rendición total con la que él aceptaba su lugar. Atento, sumiso, pendiente de cada gesto mío como si su única razón de existir fuera prepararme la polla para que otro se follara a su mujer. Le agarré la cabeza y le empujé unas cuantas veces hasta el fondo, escuchándolo tragar y ahogarse, mientras Helena se acariciaba el coño en la cama disfrutando del espectáculo.
Cuando recuperé del todo la dureza, lo aparté de un empujón y volví con Helena. La puse a cuatro patas en el centro de la cama, le abrí las nalgas con las dos manos y le miré el coño abierto, todavía brillante, latiendo por que se lo llenaran. Le pasé el glande por los labios varias veces, restregándoselo en el clítoris hasta que empezó a maldecir, y entré en ella de una sola embestida, hasta los huevos. Ella gritó y apretó las sábanas con los puños. Marqué el ritmo despacio, sacándola casi entera y volviendo a hundírsela hasta el fondo, mientras el marido se quedaba arrodillado al borde del colchón, sin atreverse a acercarse más de lo permitido.
—Acércate —le dije—. Acuéstate boca arriba, debajo. Quiero que veas bien de cerca cómo entra y cómo sale mi polla. Mira lo mojado que está el coño de tu mujer.
El hombre se deslizó hasta quedar tendido bajo nosotros, con la cara a centímetros de donde nuestros cuerpos se encontraban. Desde ahí abajo veía cómo mi verga entraba y salía de Helena, cubierta de sus jugos, brillante bajo la luz de la lámpara. Ella gemía y, entre gemido y gemido, lo insultaba. Le recordaba que él nunca volvería a follarla así, que se conformara con mirar cómo otro se la metía, que aprendiera de una vez lo que era una polla de verdad. Cada palabra suya la encendía más, y a mí también, lo admito. Le agarré una teta desde atrás y la apreté fuerte, pellizcándole el pezón, mientras la seguía embistiendo.
Lo extraño de aquella escena —un desconocido humillado siendo testigo de todo— en lugar de incomodarme, multiplicaba la tensión. Empecé a moverme más fuerte, con el sonido de mis huevos golpeando contra su culo llenando el cuarto. Sentí, en algún momento, la lengua del marido buscando tímidamente mis testículos, lamiéndomelos con cuidado cada vez que le pasaban cerca de la cara, como si quisiera formar parte sin que nadie se lo hubiera pedido. Helena se reía entre jadeos al notarlo.
—Mira lo que hace tu marido —me dijo, girando la cabeza sobre el hombro—. Me lame los jugos de tus huevos. Ese es su lugar.
No quise desperdiciar nada de aquella noche. La saqué un momento, me arrodillé sobre el pecho del marido y le puse la polla en la boca otra vez, para que la limpiara del coño de su mujer. Él chupó con los ojos cerrados, tragando cada gota. Después le ordené que preparara a Helena para mí, que la dejara lista, mientras ella mantenía la espalda arqueada y la cabeza apoyada en la almohada. Él obedeció con una entrega que daba casi lástima. Le pasó la lengua por el coño, por el clítoris, y hasta se atrevió a subir por el otro agujero con una timidez que me hizo reír.
—Sostenla. Guíala tú mismo —le dije—. Métemela tú en tu mujer.
Y él lo hizo, con sus propias manos, agarrándome la verga y apuntándomela al coño de Helena, abriéndole paso a otro hombre mientras se mordía los labios. Entré despacio, sintiendo cómo ella se empujaba hacia atrás para recibirme entera, y él dejó la mano ahí unos segundos, sintiendo cómo la polla ajena desaparecía dentro de su mujer.
—No pares —jadeó Helena—. Más fuerte. Rómpeme el coño.
La sujeté de las caderas y la embestí sin tregua, con su cuerpo levantado y la espalda curvada. Cambiamos de posición varias veces: la puse de lado, con una pierna en alto, y le clavé la polla desde ese ángulo mientras el marido me miraba fijo la verga entrando y saliendo. Después la monté encima, dejándola cabalgarme, sus tetas rebotando delante de mi cara mientras ella se movía como una loca. Le mordí los pezones y le clavé las uñas en el culo. El marido nos rodeaba de un lado a otro, sin saber dónde meter la vista.
La volví a poner de espaldas contra el colchón, le levanté las piernas y se las apoyé en mis hombros, y la follé plegada así hasta que sentí que iba a reventar. Ella se corrió dos veces más, apretándome la polla con el coño en cada temblor, gritando cosas que apenas se entendían.
—Adentro —me pidió—. Córrete adentro. Que él me lo saque después.
Me bastó una embestida más. Reventé dentro de ella con un rugido, vaciándome hasta la última gota, sintiendo cómo su coño me ordeñaba con esos temblores que no paraban. Nos derrumbamos en un montón de sábanas revueltas y respiraciones rotas.
Nos quedamos así un rato largo, pegados, dejando que el corazón volviera a su sitio. Cuando por fin me separé, con la polla goteando semen mezclado con sus jugos, le hice una última seña al marido.
—Ven aquí —le susurré—. Limpia. Todo.
No hizo falta repetirlo. Era completamente sumiso, atento a cada uno de mis deseos. Se acomodó entre las piernas abiertas de su mujer y le chupó el coño lleno del semen que yo acababa de dejarle adentro, tragándoselo despacio, como si aquella fuera la parte de la noche que más había esperado. Después me limpió la verga con la boca, lamiéndomela entera, sin dejar rastro. Cumplió su tarea en silencio, agradecido.
***
Estaba demasiado cansado para volver a casa, así que decidí quedarme. Helena y yo dormimos en la cama; su marido, en el suelo, hecho un ovillo sobre la alfombra, sin una sola queja.
Me desperté de madrugada cuando ella se levantó para ir al baño. Al volver, antes de meterse de nuevo bajo las sábanas, me miró con una sonrisa cómplice y se inclinó un instante sobre la cara dormida de su marido, susurrándole algo al oído que lo hizo asentir sin abrir del todo los ojos. Esa mujer no descansaba nunca.
Verla tomar el control de aquella forma me despertó otra vez por completo. La atraje hacia la cama, la tumbé de espaldas y le separé las piernas. La tenía todavía abierta, blanda, y se la metí de una sola vez, hasta el fondo. Le di una última sesión, lenta y larga, apoyado sobre los codos, mirándola a los ojos mientras la follaba despacio. Le chupé el cuello, las tetas, le mordí el hombro. Ella me clavaba las uñas en la espalda y susurraba obscenidades contra mi oreja. Aguanté todo lo que pude, moviéndome cada vez más profundo, hasta que se corrió otra vez apretándome la polla y yo me vacié adentro por segunda vez esa noche, dejándola agotada y sonriente, con el cuerpo flojo, las piernas abiertas y la mirada perdida en el techo.
Por la mañana me despedí de los dos. A Helena le prometí volver esa noche, y traer compañía: un par de amigos de la isla con ganas de conocerla, y uno en especial, alguien que disfrutaba muchísimo poniendo a los maridos como el suyo en su lugar.
Ella sonrió y me apretó la mano. Su marido, desde la puerta, también sonreía.
Las leyendas del puerto, después de todo, eran ciertas.
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