Invité a mi vecino mayor mientras mi novio no estaba
Todo empezó por aburrimiento, o eso me repito cuando necesito creer que no soy tan culpable como en realidad me siento. La verdad es otra: hacía semanas que no podía mirar a mi vecino sin pensar en lo que había pasado entre nosotros aquella tarde junto a la piscina del edificio. La idea me acompañaba a todas horas, como una mano apoyada en la nuca.
Vivíamos en el mismo bloque, y eso lo complicaba todo. Ramón estaba casado, me sacaba muchos años y se cruzaba conmigo en el portal con la cabeza gacha, como si temiera que su mujer le leyera la cara. A mí, en lugar de darme reparo, me encendía. Me gustaba el poder que tenía sobre él. Me gustaba verlo nervioso por mi culpa.
Mi psicóloga dice que me he aficionado a esa clase de situaciones, que busco el descontrol porque me hace sentir viva. Puede que tenga razón. Pero lo único que yo sabía con certeza, cada vez que pensaba en él, era que se me humedecía el sexo sin remedio.
Después de lo de la piscina pasaron los días y no supe nada de Ramón. Lo veía alguna vez desde la ventana, paseando al perro, pero entre el trabajo y mi novio no podía estar bajando a tontear cada tarde. Conforme corrían los días, me lo imaginaba arrepentido, asustado, decidido a no repetirlo nunca.
Hasta que un día me lo crucé con su mujer en el ascensor. Yo apenas les dije «hola», porque iba hablando por teléfono, pero noté cómo a él se le tensaba la mandíbula. Estaba incómodo. Nervioso.
Y eso, en vez de cortarme, me excitó todavía más.
A finales de agosto pedí unos días libres. Adrián, mi novio, me había prometido una escapada, pero a última hora se largó con dos amigos «porque uno lo estaba pasando fatal con una ruptura». Total, que me quedé sola en casa. Con calor. Con el cuerpo aburrido. Con la cabeza llena de fantasías y una rabia silenciosa porque él había preferido a su pandilla antes que a mí.
Llevaba tres noches sola cuando me llamaron de la tienda por un problema con el cierre. Fui, lo resolví, me tomé unas cervezas con mis compañeras y, a eso de las doce, volví a casa bastante achispada, ya me entendéis.
En el pequeño jardín que hay junto al portal me lo encontré. A Ramón. Paseando al perro de su mujer.
—Uy, hola, vecino —le dije, vacilándolo—. ¿Qué haces a estas horas solo por la calle?
—Hola, Lucía —señaló al animal—. Sacando a Niebla. Ahora no aprieta tanto el calor.
Lo noté distante, como si quisiera despedirse cuanto antes. Me dio por sonreír.
—Tranquilo —le solté—. Que no me voy a echar a tus brazos aquí, en plena calle. Relájate.
Sonrió con torpeza y me recorrió de arriba abajo. Yo llevaba un vestido largo de verano que se me pegaba a las caderas. No me había puesto sujetador, y la tela fina marcaba todo. Sentí su mirada como si fuera una caricia.
—Joder, Lucía… claro que estoy nervioso —reconoció—. No porque nos vean, nadie creería que una mujer como tú quisiera nada con alguien como yo. Estoy así porque cada vez que recuerdo lo del jardín…
—A mí me encantó —lo interrumpí, suave—. Y repetiría encantada.
Lo dije sin pensarlo. Vi cómo tragaba saliva.
—Buff… imagínate yo.
Y entonces, con el sexo ya húmedo solo de comprobar cómo se descolocaba por mi culpa, le dije:
—Ramón… estoy sola en casa. Adrián se fue con sus amigos. Si te apetece subir a hacerme una visita… me encantaría.
Se quedó muy quieto.
—¿Ahora? —preguntó.
—Cuando quieras, cariño. Yo voy a estar despierta. Recuerda: cuarto B.
Ramón se dio media vuelta y se alejó con el perro. Yo subí convencida de que aparecería al día siguiente, porque era medianoche y estaba casado… pero subí con la ropa interior empapada y la cabeza ardiendo, segura de que esa noche iba a pasar algo.
Y vaya si pasó.
***
En casa me quité el vestido y me quedé en braguitas y una camiseta de tirantes. Me abrí una cerveza, puse algo de música y me senté frente al ordenador. Busqué vídeos de hombres maduros con mujeres más jóvenes y empecé a tocarme despacio.
Estaba con la mano entre las piernas, mojada, con la respiración entrecortada, cuando sonó el timbre.
Me quedé paralizada. Me levanté como pude, con los dedos todavía resbaladizos, caliente, y contesté al telefonillo.
—¿Sí? ¿Quién es?
—¿Lucía? Soy Ramón.
—Joder —exclamé, y abrí.
Subió rápido, supongo que para que nadie lo viera por el rellano.
—Hola… no creía que fueras a venir esta misma noche —le dije, arrastrando un poco las palabras—. ¿Qué le has contado a tu mujer?
—Toma medicación para dormir. No se despierta hasta la mañana —me explicó—. Y con este calor yo no pego ojo. Salgo a caminar. No va a sospechar.
Me miró de golpe, fijándose en mi cuerpo, en mis piernas, en la camiseta pegada.
—Pero… joder, estás… —se frenó—. Igual molesto. Perdona, Lucía. Creí que…
Me reí y lo agarré de la camisa.
—Entra, anda. Que no me vas a fastidiar la noche ahora.
Lo metí hacia dentro y cerré la puerta.
—¿Quieres una cerveza?
—Vale… sí.
No podía despegar los ojos de mí. Lo notaba tenso, como si quisiera y no se atreviera. Yo no estaba para delicadezas. Fui hacia el salón contoneando las caderas, sabiendo perfectamente lo que hacía, y me giré a medias.
—¿No vienes?
—Sí… sí, claro —dijo, siguiéndome—. Pensé que me enseñarías la casa.
Me apoyé en el marco de la puerta y lo miré con una sonrisa que ya no tenía nada de inocente.
—Cariño… seamos sinceros. No has subido a ver la casa. Has subido a follarme.
Ramón se quedó callado un segundo.
—Buff… —murmuró—. Todavía no me he recuperado de lo de la piscina y…
—¿Y qué?
—Que me cuesta creer que alguien como tú…
Lo corté.
—Me gustan los hombres con experiencia. Y tú tienes pinta de saber lo que haces.
Aquello terminó de romperlo. Me tumbé en el sofá, abrí las piernas y lo miré sin un gramo de vergüenza.
—Deja la cerveza y ven. Quiero tu boca aquí. Ya.
Dejó la botella y se arrodilló delante de mí.
—Antes de nada… —le dije con la voz baja—. Si te pido que hagas algo, lo haces y punto. ¿Me has entendido?
Me miró fijo, serio, y asintió.
—Sí.
Eso me puso aún más caliente. Me agarró con las dos manos, me acercó a su cara y me bajó las braguitas de un tirón. Estaban empapadas. Las apartó como si le estorbaran, me abrió con los dedos y empezó a lamerme.
Su lengua era lenta al principio, como si quisiera saborear cada centímetro. Luego se volvió más insistente, más sucia. Me devoraba con hambre, metiéndome un dedo, después dos, moviéndolos por dentro hasta encontrar el punto exacto que me hacía perder el control.
Me chupaba y me penetraba con los dedos a la vez, y de vez en cuando me rozaba el ano con la yema, solo provocando, haciéndome estremecer entera.
Yo le agarraba el pelo, le apretaba la nuca y gemía sin poder evitarlo, con las caderas buscándole la boca.
—Me voy a correr… joder…
—Córrete —me dijo con los labios pegados a mí—. Quiero que te corras en mi cara.
Movió los dedos más rápido mientras seguía lamiéndome, y me corrí con un espasmo que me arqueó de arriba abajo. Se me doblaron las piernas, me temblaron los muslos y tuve que morderme el labio para no gritar.
—Madre mía… —dije, sin aire.
***
Ramón se incorporó y se desabrochó el pantalón. Estaba duro como una piedra. Yo ya no pensaba en otra cosa que no fuera sentirlo dentro.
—Fóllame —le pedí—. Fóllame bien. Quiero que me dejes deshecha.
Me puse a cuatro patas en el sofá, apoyé la cara en un cojín y le ofrecí el culo sin pudor.
—Métemela ya… por favor.
Se colocó detrás, me sujetó de las caderas y entró de golpe. Me arrancó un gemido que se me quedó atrapado en la garganta.
—Joder… —jadeé.
Empezó a embestir con fuerza, cada vez más hondo, agarrándome como si fuera a partirme en dos. El sofá crujía con cada golpe. Yo notaba cómo me llenaba, cómo me rebotaban los pechos bajo la camiseta, cómo lo absorbía empapada.
Levanté la cabeza y nos vi reflejados en el espejo del recibidor: él detrás, sudoroso, con la cara apretada, follándome como un animal. Y me corrí otra vez.
—Así… joder… así… que me corro…
—Córrete para mí —gruñó—. Córrete, que estás temblando entera.
Me deshice en un orgasmo brutal, cayendo hacia delante, sin fuerzas.
Y él todavía no se había corrido.
—¿Y tú, cabrón? —pregunté, jadeando.
—Qué va —dijo, tocándose despacio—. A mi edad uno aguanta más de lo que parece.
Ese gesto, esa tranquilidad, me puso enferma de ganas.
—¿Te la como? —le solté—. ¿Quieres que te la coma?
Ramón me agarró de las caderas otra vez y me susurró al oído:
—¿Me vas a pedir algo más?
Se me erizó la piel.
—¿El qué?
—Que te folle el culo.
Me quedé quieta. Solo de pensarlo me dolía, pero también me excitaba como pocas cosas.
—Despacio —le advertí—. Y si te digo que pares, paras.
Asintió.
—Sí.
Me volvió a colocar a cuatro patas, se humedeció la mano y me fue preparando despacio, primero con un dedo, luego con dos, haciendo que el dolor se mezclara poco a poco con otra cosa.
Yo gemía con la cara hundida en el cojín, empujando hacia atrás.
—Más —susurré—. Joder… más.
Y entonces entró. Esta vez avanzó muy despacio, empujando, midiendo cada centímetro, sin reventarme de golpe. Aguanté con los dientes apretados.
—Respira —me dijo, sujetándome firme.
—No pares… —pedí, y la frase se me escapó casi como una confesión—. No pares.
Cuando empezó a moverse, el dolor se transformó en placer sucio, en una sensación animal de estar siendo usada justo como yo lo había pedido.
Me toqué el clítoris, desesperada, mientras él me embestía con golpes cada vez más profundos. Y me corrí de nuevo, un orgasmo salvaje, de los que te dejan temblando y con la mente en blanco.
***
Ramón seguía sin correrse, empapado en sudor. Lo agarré de las piernas y lo atraje hacia mí.
—Ven aquí, joder —le dije—. Quiero que termines en mi boca.
Me puse de rodillas y se la cogí. La tenía manchada con todo mi olor. La lamí despacio, mirándolo a los ojos, y me la metí en la boca. La mamé con hambre, subiendo y bajando, hasta notar que perdía el control.
—Madre mía… Lucía… me voy a correr.
—Córrete en mi boca —le susurré—. En la boca de tu vecina.
Y se corrió. Me sujetó la cabeza y descargó en mi garganta. Tragué todo lo que pude; el resto me resbaló por las comisuras. Cuando me separé, respiré hondo, con la cara encendida.
—Joder, cabrón… —dije, riéndome—. Me has dejado para el arrastre.
Ramón se dejó caer hacia atrás, sofocado.
—Eres increíble —murmuró—. No sé qué he hecho para merecer una noche así.
Me reí y, medio en broma, contesté:
—Ya te lo dije: me gustan los hombres con kilómetros. Y tú… buff… cómo follas.
Él sonrió con una chulería que no le había visto antes.
—Llevo media vida casado. Y, créeme, uno aprende a hacer las cosas bien cuando en casa hace tiempo que no las hace.
Esa frase me cortó el rollo como un cuchillo. De repente me invadió la culpa: pensé en Adrián, que sería un dejado conmigo, sí, pero que jamás me había engañado, y yo le estaba haciendo justo eso. Se me borró la sonrisa de golpe.
—Vístete y vete —dije, seca—. Por hoy hemos terminado.
Ramón me miró, serio.
—Vaya cambio.
Me incorporé.
—Que hayamos follado no significa que mandes en mi casa. Lárgate, anda.
Se levantó despacio y, por un segundo, vi algo en su cara que me dio un escalofrío. Pero antes de que pudiera acercarse más, lo frené en seco, mirándolo fijo.
—Que te marches. En serio.
Le señalé la puerta.
—Te vas ya.
Ramón se quedó un instante inmóvil, con una mezcla de enfado y arrepentimiento por aquel comentario. Después se vistió en silencio y, sin decir nada, se fue.
Cerré la puerta y me apoyé contra ella, todavía desnuda, con el corazón a mil. Sabía dos cosas a la vez, y ninguna me dejaba tranquila: que esa noche había cruzado una línea de la que no se vuelve… y que, en cuanto se me pasara la culpa, volvería a buscarlo.





