Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La vecina madura que mi abuela me mandó ayudar

5(1)

Bruno estaba en mitad de una partida online —al FIFA, ganando tres a uno contra Dani, que era un quejica de manual— cuando el móvil empezó a vibrar con el tono que le había asignado a su abuela. El mismo que había puesto a propósito para saber cuándo era ella y decidir si contestaba o la dejaba caer en el buzón.

Esta vez contestó, sobre todo porque Dani acababa de marcar y necesitaba una excusa para pausar.

—¿Abuela?

—Nieto, necesito un favor. —La voz de Charo sonaba con esa urgencia que en las abuelas lo mismo significa «se quema la casa» que «no encuentro las gafas que llevo puestas»—. Un favor muy grande.

Bruno suspiró por dentro. Los favores de su abuela solían implicar mover muebles, cambiar bombillas en sitios peligrosamente altos o explicarle por decimoquinta vez cómo funcionaba la tele de pago.

—Dime.

—Me tengo que ir mañana a Albacete. A primera hora. A las seis de la mañana.

«¿Albacete? Nada bueno empieza nunca a las seis de la mañana.»

—¿Ha pasado algo?

—No, no, bueno, sí, pero no es grave. —Charo tenía esa habilidad de tranquilizarte y preocuparte en la misma frase—. Es tu tía Encarna, que ha tenido un problemilla. Nada serio. Pero tengo que ir.

—Vale...

—El caso es que mi vecina, Amalia, una mujer encantadora, necesita ayuda con el móvil. Y con la tele nueva que le han instalado, que es un trasto infernal. Tiene los canales todos desordenados y no sabe ni cambiar de uno a otro.

«Ahí está. Soporte técnico gratuito a domicilio.»

—Abuela, yo mañana...

—Hoy, nieto. Hoy. Necesito que vayas esta tarde. Ahora mismo, si puede ser.

Bruno miró la pantalla del ordenador. Dani había marcado otro gol aprovechando la pausa.

—¿Esta tarde?

—Es que mañana salgo temprano y Amalia se queda sin ayuda. Es muy mayor, ¿sabes? Sesenta y dos años ya. Y la tele nueva la tiene de los nervios. No puede ni ver las noticias. Llévate ropa por si se hace tarde y te quedas a dormir; ella tiene cuarto de invitados.

Bruno cerró los ojos. Su abuela tenía ese superpoder: cuando quería algo, era inamovible como un muro de hormigón. Con flores pintadas, pero de hormigón.

—Vale. Vale, abuela. Voy.

—¿De verdad? Ay, eres un sol. Te mando la dirección por mensaje. Calle del Olmo, segunda planta. Está aquí al lado, en el barrio viejo. Te espera sobre las ocho.

—Me va perfecto.

—Eres un cielo. Y pórtate bien.

—Siempre me porto bien.

Colgó. Dani había ganado cinco a tres mientras hablaba.

El chat del juego parpadeó. Dani: «tío dónde coño estabas». Bruno: «llamada de mi abuela». Dani: «jajaja eres un calzonazos». Bruno: «que te den». Dani: «¿otra?». Bruno: «no puedo, tengo que salir». Dani: «¿adónde?». Bruno: «a ayudar a una amiga de mi abuela con la tele». Dani: «JAJAJA vas a programarle canales a una señora, F por ti hermano».

Cerró el juego. Consideró seriamente fingir una gripe repentina. Pero era su abuela, y cuando tu abuela te pide algo en ese tono, o lo haces o cargas con la culpa el resto de tu vida.

Se duchó, se puso unos vaqueros, una camiseta blanca limpia y metió en una mochila lo justo por si se quedaba: cargador, cepillo de dientes, una muda. Su madre se materializó en el umbral con esa puntería que tienen para aparecer justo cuando menos las esperas.

—¿Adónde vas tan arreglado?

—A casa de una vecina de la abuela. A ayudarla con la tele.

—Ajá. —Lo miró de arriba abajo—. Llevas la camiseta buena.

«Las madres lo ven todo. Todo.»

—Es la que estaba limpia.

—Ajá. Pásalo bien, anda.

***

La calle del Olmo era una de esas del barrio viejo que aún conservaban aire de pueblo: edificios de los setenta, fachadas de ladrillo visto, balcones con geranios y portales estrechos de azulejo desconchado. Segundo piso, sin ascensor, por supuesto. Bruno empujó la puerta del portal, abierta como siempre, y subió.

El rellano olía a esa mezcla indefinible de lejía, comida vieja y humedad. Dos puertas, ningún apellido a la vista. Su abuela, fiel a su estilo, no había especificado ni puerta ni letra. Llamó a una. Silencio. Llamó a la otra.

Pasos. Un ritmo pausado pero firme. La puerta se abrió y Bruno se quedó clavado en el sitio, porque la mujer que había abierto no era lo que esperaba. No era una viejecita encorvada con moño y bata. Era una mujer de sesenta y dos años, sí, pero una que se mantenía en forma, con el pelo gris cortado corto de una manera que le quedaba sorprendentemente bien, una camisa blanca entallada y unos vaqueros que le sentaban demasiado bien para lo que él tenía previsto.

Sus ojos claros lo recorrieron de arriba abajo con una velocidad que lo hizo sentirse inspeccionado, y luego sonrió.

«Di algo, idiota. Di algo.»

—Tú debes de ser Bruno, ¿no?

—Sí... soy yo. Mi abuela, Charo, me ha dicho que...

—Que necesito ayuda con la tele nueva. —Se apartó de la puerta y le hizo un gesto para que entrara—. Pasa, pasa, no te quedes ahí parado que pareces un testigo de Jehová.

El piso olía bien. A café recién hecho, a tortilla, a un toque de colonia fresca que no supo identificar pero que le gustó.

—Qué alto eres —dijo Amalia, cerrando la puerta y mirándolo de nuevo, con más detenimiento—. ¿Cuánto mides?

—Uno noventa. Juego al baloncesto.

—Ya me lo imaginaba. Con esa altura, no jugar sería un desperdicio de centímetros.

Había algo en su forma de hablar que no era maternal. No era condescendiente. Era directa, como si hablara con un igual y no con «el nieto de su amiga».

—Ven, pasa a la cocina. ¿Has cenado?

—No mucho.

—He hecho tortilla. Hay ensalada y pan. Cena antes de pelearte con la tele.

—No quiero molestar.

—Si fueras una molestia no te habría invitado. Además, tu abuela me mataría si te dejo con hambre.

***

La cocina había visto décadas de vida: azulejos blancos con cenefa azul, una mesa con hule de flores, una nevera probablemente anterior a su nacimiento. Pero estaba impecable y olía a tortilla recién hecha.

—Siéntate. ¿Una cerveza? —Amalia ya estaba abriendo la nevera.

—¿Perdón?

—Tienes diecinueve años, ¿no? Pues puedes beberte una cerveza. Aquí no nos escandalizamos por eso.

«Una mujer de sesenta y dos años me está ofreciendo alcohol. Esto es surrealista.»

—Vale. Gracias.

Sacó dos botellas, las abrió con un imán abridor pegado a la nevera y le pasó una. La cerveza estaba helada, perfecta. Cortó la tortilla en trozos generosos, sirvió ensalada y se sentó frente a él con una naturalidad que, en lugar de incomodarlo, lo relajaba.

—Tu abuela dice que empiezas la universidad en septiembre.

—Sí. Ingeniería informática.

—Eso suena complicado. Yo con la tecnología soy un desastre.

Bruno miró distraído hacia la encimera, donde tres botes de cristal impecables brillaban bajo la luz, sin etiquetas, completamente vacíos. Amalia siguió su mirada y dejó escapar una risita traviesa.

—Seguro que no es para tanto —dijo él.

—Que sí. Soy de esas personas que guardan los botes de cristal.

Bruno se quedó con el tenedor a medio camino de la boca.

—¿Perdón?

—Los botes. Cuando compras garbanzos, lentejas, lo que sea en bote de cristal. ¿En tu casa los guardáis o los tiráis?

—Los tiramos, creo. Yo los tiraría. ¿Para qué los quiero?

—Exacto. Porque aún eres joven. Pero habrá un día en el que, en vez de tirarlo, tu cerebro te diga: «No, no, llévalo al fregadero». Y le quitarás la etiqueta con agua caliente y lo guardarás. Y tendrás montones de botes de todos los tamaños. Cuando se te rompa uno, tirarás los cristales pero guardarás la tapa. Ese es el principio del fin.

—¿Del fin de qué?

—De la juventud. Cuando empiezas a guardar botes de cristal es que te estás haciendo mayor.

Bruno se rió. No lo pudo evitar.

—¿Y tú guardas botes?

—Tengo un armario entero. Ábrelo si quieres. Es deprimente.

Lo abrió. Decenas de botes apilados como un tetris obsesivo. Se rió más fuerte.

—Lo peor es que nunca los uso —dijo ella—. Pero no puedo dejar de guardarlos. Cosas de vieja.

—No eres vieja.

Las palabras le salieron antes de poder pensarlas.

«Mierda. ¿Por qué he dicho eso?»

Amalia dejó el tenedor en el plato, despacio. Se recostó un poco en la silla y ladeó la cabeza, como si lo estuviera evaluando de una forma completamente nueva. Lo miró largamente. Demasiado. Sus ojos le recorrieron la cara con una atención que le encendió el cuello.

—Tengo sesenta y dos años. Eso es viejo por definición.

—Pero no lo pareces.

Ella se inclinó un poco hacia delante, apoyando los codos en la mesa, una postura que acortaba la distancia y volvía la conversación más íntima. «Dile que pare —pensó Amalia—. Dile que es muy joven, que esto es ridículo.» Pero en lugar de decir nada de eso, sonrió. Esa sonrisa que sabía perfectamente lo que hacía, la que había usado hacía décadas para coquetear y que creía haber olvidado.

—Eres muy majo. Pero sí soy mayor. Y está bien. La edad no es mala si la llevas con humor.

Cogió la cerveza y bebió, sobre todo para tener algo que hacer con las manos. Bruno también bebió. Los dedos le tamborileaban contra el cristal de la botella. La tensión seguía ahí, flotando entre ellos como algo tangible, imposible de ignorar.

—Venga, come, que se enfría.

***

Cuando terminaron, fueron al salón. Limpio, cuidado, con muebles que habían visto décadas pero bien conservados. La tele estaba encendida, mostrando un canal de teletienda donde una mujer demasiado entusiasta vendía un juego de sartenes.

—Ahí la tienes. El demonio —dijo Amalia, señalándola con un gesto dramático—. Los canales están todos desordenados. La primera está en el ochocientos y pico. No hay manera de encontrar nada.

«Reordenar canales. Dos minutos y listo.»

Bruno cogió el mando. Cuarenta botones, la mitad de los cuales no sabía para qué servían. Pulsó el de menú y la pantalla se llenó de opciones en lo que parecía coreano.

—Está en coreano —dijo.

—¿En coreano? ¿Cómo va a estar en coreano?

—Ni idea. Pero lo está.

Navegó a ciegas. La pantalla cambió a algo que parecía japonés.

—Ahora es japonés —comentó ella, divertida—. ¿Sabes japonés?

—No.

—Pues qué útil.

Bruno la miró de reojo. Amalia sonreía, disfrutando descaradamente de su sufrimiento. Después de cinco minutos de prueba y error, pasando por menús en chino y algo que pudo ser finlandés, encontró el idioma y lo cambió a español.

—¡Lo has conseguido! —Ella aplaudió.

—Primera victoria.

Se sentó en el sofá para reordenar los canales. Amalia se sentó a su lado. Quizá demasiado cerca; quizá no lo suficientemente lejos. Eran cientos de canales en orden aleatorio, y cada uno había que moverlo a mano: marcar, seleccionar, elegir posición, confirmar. Uno por uno.

—Esto va a llevar un rato —murmuró.

—¿Mucho?

—Sí.

Pero al menos tenía buena compañía. Amalia le contó sus batallas con la tecnología: el día que borró sin querer todas las fotos del móvil, la vez que se suscribió a tres servicios de streaming sin enterarse, el horno «inteligente» que su hijo le regaló y que nunca logró encender. Bruno se reía cada vez más.

Y mientras tanto, ella lo observaba. La seguridad con la que sus dedos manejaban el mando, la concentración en su cara, la pequeña arruga que se le formaba entre las cejas cuando algo no salía.

«Es guapo. Para, Amalia. Pero es que lo es.»

—Voy a traer más cerveza —dijo de repente—. Esto requiere cerveza.

Volvió con dos botellas y se sentó más cerca. Definitivamente más cerca; su muslo casi rozaba el de él.

«¿Lo hace a propósito? ¿O me lo estoy imaginando?»

Siguió, canal a canal, mientras ella le preguntaba por sus amigos, sus planes, su vida. Hasta que, en el canal cuarenta y tres, pulsó un botón equivocado y toda la configuración se reseteó. Los cuarenta y dos canales reordenados volvieron a su sitio original.

—No. No, no, no.

—¿Qué pasa?

—Se ha borrado todo.

Amalia se quedó callada un segundo. Y entonces se rió con esa risa suya, grande y descarada, como si los sesenta y dos años fueran solo una excusa para reírse más fuerte.

—No tiene gracia —dijo Bruno, sonriendo a pesar de todo.

—Sí que la tiene. Cuarenta y dos canales.

Se rieron juntos, el tipo de risa que necesitas después de media hora de frustración. Y cuando se calmó, se quedaron ahí, sentados muy cerca, mirándose, y algo cambió en el aire. Algo en la forma en que ella lo miraba. Algo en cómo a él se le aceleraba el pulso.

—Venga —dijo Amalia, la voz más baja—. Lo intentamos otra vez. Con más cuidado.

Esta vez fue más despacio. Ella estaba tan cerca que podía oler su perfume. Canal a canal, paso a paso, y la tensión creciendo. Una hora después, todos estaban en su sitio.

—Eres un genio —dijo ella, dándole un golpecito en el brazo.

—Solo soy persistente.

—Y modesto.

Bruno dejó el mando en la mesa y se recostó, agotado.

—Ha merecido la pena —dijo, y no supo por qué lo dijo.

Amalia lo miró. Esa mirada otra vez.

—¿Sí?

—La compañía ha estado bien.

Ella se pasó la mano por el pelo con un gesto despreocupado.

—Ay, casi se me olvida. ¿Me miras también el móvil? Lo tengo con los datos todo el día y la factura me sale carísima. Tu abuela juró que tú sabrías conectarlo al wifi.

—Claro, sin problema.

El teléfono estaba en la mesa baja, más cerca de él que de ella. Bruno se inclinó para cogerlo justo cuando Amalia alargaba el brazo. Sus manos chocaron encima del aparato, los dedos de él sobre los de ella, cálidos, firmes. El roce bastó para que la pantalla se encendiera.

Desbloqueado.

Los dos se quedaron petrificados. En letras grandes, sin disimulo, la página abierta era una web de relatos eróticos. Y arriba del todo, la categoría, bien visible: Maduras.

El tiempo se paró en seco. Tres segundos que duraron tres vidas, las manos todavía encima del móvil como si soltarlo fuera reconocer la derrota.

Amalia retiró la mano de golpe, como si quemara. Bruno hizo lo mismo. El teléfono quedó allí, solo, brillando como un faro delator.

Él abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. «No puede ser. No me lo puedo creer.»

—Yo...

Amalia se había puesto roja hasta las orejas. Por primera vez en toda la noche parecía de verdad incómoda. Se tapó la cara con las dos manos.

—Me has pillado —dijo entre los dedos, y la voz le salió medio risa, medio lamento, como una niña grande descubierta con la mano en el tarro de las galletas.

Bruno tragó saliva. Tenía la boca seca y la polla, dentro de los vaqueros, se le estaba poniendo dura sin pedirle permiso. Le pasó por la cabeza mentir, hacerse el sueco, fingir que no había visto nada. Y le pasó por la cabeza lo contrario. Y ganó lo contrario.

—Maduras —dijo, y le salió una voz ronca que no sabía que tenía—. ¿Te gustan las historias de maduras?

Amalia despegó las manos de la cara muy despacio. Lo miró desde debajo de las pestañas, todavía roja, pero con algo nuevo en los ojos. Algo que había estado esperando toda la noche a que alguien lo dijera en voz alta.

—Me gustan las historias de maduras con chicos jóvenes —contestó, y ya no había risita ni vergüenza, solo una honestidad brutal—. Muy jóvenes.

El aire del salón se puso denso. Bruno notaba el pulso en las sienes, en el cuello, en la punta de la polla. Ella tenía los pezones marcados bajo la camisa blanca, dos puntos duros que decían más que cualquier frase.

—¿Como yo? —preguntó él.

—Como tú.

No hubo más preámbulo. Amalia se giró en el sofá, le puso una mano en la nuca y lo besó en la boca. No fue un beso tímido de señora avergonzada. Fue un beso hambriento, con lengua desde el primer segundo, un beso de mujer que llevaba años sin comerse una boca así y no pensaba desperdiciar la ocasión. Bruno gimió dentro del beso, sorprendido, y le devolvió el mordisco.

Ella le cogió la mano y se la puso directamente sobre una teta, por encima de la camisa.

—Tócame —le dijo pegada a los labios—. Tócame bien, no como si fuera de porcelana. No lo soy.

Bruno apretó. La teta le llenaba la palma, más firme de lo que había imaginado, con el pezón durísimo empujando contra la tela. Amalia soltó un jadeo grave que se le clavó a él entre las piernas. Empezó a desabrocharse los botones de la camisa uno a uno, sin dejar de mirarlo, y cuando la última se abrió, tiró de la prenda hacia atrás y la dejó caer al suelo.

No llevaba sujetador. Sus tetas caían con el peso de sus años pero seguían siendo tetas hermosas, generosas, con las areolas grandes y oscuras y los pezones tiesos como piedras.

—Mira —dijo ella, cogiéndose una con la mano y ofreciéndosela—. Chúpamela. Llevo toda la noche pensando en tu boca.

Bruno se lanzó. Se le echó encima, le agarró la teta y se la metió entera en la boca, chupando con ganas, lamiéndole el pezón, dándole vueltas con la lengua, tirando con los labios. Amalia le sujetó la cabeza con las dos manos y gimió alto, sin cortarse, empujándole la cara contra la carne.

—Ay, sí, joder, así, chúpamelas fuerte —jadeaba—. Muérdelo un poquito, sin miedo.

Él mordió. Ella arqueó la espalda y soltó un «hostia» que sonó a súplica. Bruno pasó al otro pezón, le hizo lo mismo, mientras con la mano libre le apretaba la teta que había dejado libre. Notaba cómo se le clavaba la polla contra la costura del pantalón, dolorosamente dura.

Amalia le buscó la bragueta a ciegas y se la desabrochó. Le metió la mano por dentro del calzoncillo y cuando le rodeó la polla con los dedos, los dos gimieron a la vez.

—Madre mía —dijo ella, sacándosela y mirándosela con los ojos brillantes—. Vaya polla tienes tú. Y no lo dice la abuela, lo digo yo.

La tenía dura, larga, con la punta ya mojada. Amalia se la agarró por la base y le pasó el pulgar por el glande, extendiendo la gota de líquido preseminal por toda la cabeza. Bruno se dejó caer contra el respaldo del sofá con un gemido.

—Quiero mamártela —anunció ella, sin pedir permiso—. Llevo toda la noche queriendo mamártela desde que apareciste en la puerta con esa camiseta blanca de niñato bueno.

Se bajó al suelo, entre sus rodillas, con una agilidad que desmentía sus sesenta y dos años. Le tiró de los vaqueros y del calzoncillo hasta los tobillos. Bruno se quedó ahí, sentado, con la polla apuntando al techo y una mujer arrodillada delante de él, y pensó que se iba a correr solo con la escena.

Amalia le pasó la lengua desde los huevos hasta la punta, muy despacio, mirándolo a los ojos. Luego se metió el glande en la boca y empezó a chupar con una técnica que dejaba claro que aquello no era su primera vez. Le bajaba la boca por el tronco entero, tocándose la garganta con la punta, y volvía a subir succionando, dejándole la polla brillante de saliva.

—Joder, joder, joder —repetía Bruno—. Amalia, joder, cómo mamas.

Ella se sacó la polla de la boca solo para relamérsela.

—Es que hacía años que no tenía una polla así en la boca —dijo, y volvió a tragársela.

Le mamaba con hambre atrasada, con las dos manos, una en la base y otra masajeándole los huevos. Bruno le cogió la cabeza y empezó a mover las caderas, follándole la boca con cuidado, y cuando vio que ella no se quejaba sino que gemía más, empezó a empujar más fuerte. Amalia le clavó los dedos en los muslos, se la dejó meter hasta el fondo, tragó con la garganta apretada y él sintió cómo se le iba a escapar todo si no paraba.

—Para, para —jadeó, apartándole la cabeza—. Que me corro.

—¿Y? —Ella se lamió los labios brillantes de saliva—. Yo te lo trago sin problema.

—No. No me quiero correr todavía. Quiero follarte.

La palabra le encendió la cara. Amalia se puso de pie, se desabrochó los vaqueros y se los bajó de un tirón junto con las bragas, en un solo movimiento. Se quedó desnuda delante de él, iluminada por la luz azulada de la tele, con las tetas cayendo, el vientre suave con la marca del elástico, las caderas anchas de mujer madura y un coño con vello gris cuidadosamente recortado.

—Pues fóllame —le dijo—. Pero fóllame como se folla a una madura. Sin miramientos. Sin tratarme como si fuera a romperme.

Bruno se levantó, se quitó la camiseta blanca por encima de la cabeza, se sacudió los vaqueros de los tobillos y quedó tan desnudo como ella. Amalia le pasó una mano por el pecho lampiño, por los abdominales, y le agarró la polla como si fuera un asa.

—Ven —dijo, tirando de él hacia el sofá—. Túmbate.

Se tumbó de espaldas. Ella le pasó una pierna por encima y se sentó a horcajadas, con el coño justo encima de su polla, sin llegar a metérsela. Se frotó despacio, empapándole el glande de humedad, y Bruno vio con sus propios ojos cómo el coño de aquella mujer chorreaba de deseo.

—Estás empapada —dijo, tocándola con dos dedos—. Empapada, joder.

—Llevo empapada desde que te sentaste en la cocina, niñato.

Le metió los dedos y ella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.

—Ay, sí, así, más —jadeó—. Métemelos hasta el fondo.

Bruno los sacó y los metió, curvándolos, buscándole el punto. Amalia se movía encima como si tuviera diecinueve años ella también, cabalgándole la mano, gimiendo cada vez más alto. Cuando el chico sacó los dedos, brillaban de flujo. Se los llevó a la boca y los chupó sin pensar.

—Ay, madre —musitó ella, mirándolo—. Este niño va a ser mi ruina.

Le cogió la polla, se la puso en la entrada del coño y bajó las caderas de golpe. Se la tragó entera de una sola vez, hasta la base, y los dos soltaron un grito. Amalia se quedó quieta un momento, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, sintiéndose llena.

—Dios —susurró—. Dios, qué gusto.

Y empezó a moverse. Al principio despacio, adaptándose, subiendo y bajando con las manos apoyadas en el pecho de Bruno. Sus tetas se movían al ritmo, arriba y abajo, y él no sabía si mirárselas o mirarle la cara o mirar cómo su polla desaparecía entre sus muslos abiertos. Le acabó agarrando las caderas con las dos manos, guiándola, empujando desde abajo cada vez que ella bajaba.

—Así, sí, fóllame así —jadeaba ella—. Métemela toda, hasta el fondo, coño. Rómpeme.

Bruno la embestía desde abajo, con las nalgas despegándose del sofá. El sofá crujía, la lámpara temblaba, y una mujer de sesenta y dos años cabalgaba a un chaval de diecinueve como si le fuera la vida en ello, con las tetas rebotando y el coño empapándole toda la polla y todos los huevos.

—Ponte a cuatro patas —le pidió él en un momento, con la voz rota—. Quiero follarte por detrás.

—Ay, sí, hijo mío. Fóllame por detrás. Fóllame como a una perra.

Se apartó, se puso a gatas en el sofá, apoyada en el brazo, y arqueó la espalda ofreciéndole el culo. Bruno se puso detrás de rodillas, le cogió las nalgas con las dos manos y se las abrió para mirar. Tenía el coño rosa, brillante, dilatado. Y el ojete arrugado justo encima.

Le clavó la polla de un solo empujón. Amalia gritó dentro de un cojín. Bruno empezó a embestir sin cuartel, agarrándola por las caderas, sacándola casi entera y volviéndosela a meter hasta el fondo. Los golpes de sus muslos contra su culo sonaban por todo el salón. Los gemidos de ella salían roncos, entrecortados, obscenos.

—Sí, sí, sí, así, más fuerte, no pares, follame, dame duro, córrete dentro, córrete dentro de mí, dámelo todo.

Le tiró del pelo, cogiendo un mechón corto, y ella arqueó más la espalda y soltó un gemido animal. Bruno le pasó la mano por delante y le buscó el clítoris. Cuando le empezó a hacer círculos con el dedo mientras la embestía, Amalia se puso a temblar entera. Al minuto se corría, apretándole la polla con el coño en unas contracciones que a él le nublaron la vista.

—Me corro, me corro, ay, joder, me estoy corriendo —jadeaba, con la cara aplastada contra el cojín.

Bruno aguantó los últimos segundos, viéndola correrse encima de su polla, y luego no aguantó más. Se la sacó justo a tiempo, se la agarró a mano y se corrió a chorros sobre la espalda y el culo de ella. Chorros gordos, largos, blancos, resbalando por la piel de aquella mujer de sesenta y dos años que jadeaba y se reía y se corría todavía.

—Ay, madre mía —dijo Amalia, dejándose caer de lado sobre el sofá, con la cara colorada y el pelo revuelto—. Ay, madre mía de mi vida.

Bruno se derrumbó a su lado, sin aire, con el corazón golpeándole las costillas. Se quedaron los dos así un buen rato, mirando al techo, escuchando el zumbido de la tele que había vuelto a la teletienda como si nada hubiera pasado.

Amalia giró la cara hacia él. Tenía una sonrisa de niña con el tarro de las galletas otra vez, solo que ahora también estaba desnuda y con la corrida de él secándosele en la espalda.

—¿Sabes qué? —dijo.

—¿Qué?

—Que tu abuela sale mañana a las seis. Nos queda toda la noche.

Bruno se rió. Miró el móvil todavía brillando en la mesa, con la web de Maduras abierta, y pensó que a lo mejor no iba a ser mala idea llevarse cargador después de todo.

(Continuará...)

Si este relato te dejó con ganas, conocé acompañantes en Mar del Plata: perfiles verificados y contacto directo.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

5(1)

Comentarios(7)

TomasGBA

Excelente relato!! Muy bien narrado, se siente todo muy real. Espero la continuacion

RolindoMX

jajaja la abuela armando todo sin querer... lo mejor del relato

NicoRosario_84

Las maduras son otro nivel en serio. Este relato lo confirma jaja saludos

LectorSilencioso

Se hizo corto, mas por favor!!

Marcelito_B

Me recordo a algo que me paso hace unos años con una vecina. Los mejores momentos vienen sin planearlos

Paola_BA

Muy bueno, me gusto como desarrollaste la situacion sin apuro. Gracias por compartirlo

Ariel_Sur

El protagonista vuelve a verla? quede con esa duda jaja. Muy buen relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.