La señora del gimnasio me invitó a cenar un viernes
Caminaba entre la gente del andén con un paso tranquilo, sin prisa ni torpeza, como quien ha aprendido que la vida se recorre sin atropellos. Era la misma armonía con la que la había visto moverse tantas veces en las clases de yoga y pilates del polideportivo municipal. Allí, Marcos la había observado más de una vez en silencio, admirando la precisión con que sostenía cada postura, y también, en secreto, el modo en que las mallas se le pegaban al culo cuando se agachaba a recoger la esterilla.
Llevaba una blusa clara, ancha, de tela ligera que caía con naturalidad sobre su cuerpo, ceñida en la cintura por un lazo que acompañaba cada gesto. El escote de pico y la ausencia de mangas dejaban ver la forma plena de sus brazos, con una piel que el tiempo había marcado con finas arrugas en los codos. Aun así, la musculatura conservaba firmeza, fruto de los años de actividad que ahora compartían sin saberlo.
Sus caderas eran anchas, redondeadas, proporcionadas al resto del cuerpo, y dibujaban una silueta generosa que se movía con un ritmo propio, pausado pero seguro. Las piernas, fuertes y de longitud media, transmitían una solidez que solo da la costumbre de caminar y de cuidarse. Era una mujer de sesenta y cinco años que aceptaba su edad con una serenidad envidiable.
En la mano sostenía un pequeño bolso dorado que reflejaba la luz del atardecer. Los zapatos, de tacón bajo y tono marfil, hablaban de comodidad y estilo a partes iguales. El cabello, cuidadosamente peinado, era oscuro con reflejos rojizos que se mezclaban con los últimos rayos de sol.
Marcos, con las manos en los bolsillos, miraba la línea que separaba el suelo de las vías. Permanecía inmóvil, apoyado en la barandilla del andén, cuando ella se acercó sin hacer ruido. Al levantar la vista, los dos se reconocieron al instante. El encuentro tenía algo de azar afortunado, como un acorde desafinado que, sin querer, se vuelve melodía.
—¿Tú por aquí? Qué curioso, ¿no? —dijo Remedios con una sonrisa que surgió casi sin pensarlo.
—Sí, qué raro… pensaba que el mundo no tenía tanto sitio para las coincidencias —respondió él, girando la cabeza hacia ella.
—Es la tercera vez que nos cruzamos fuera de las clases. ¿No crees que es demasiado? A veces pienso que el universo tiene sentido del humor.
—Tal vez sea solo el destino. O el simple hecho de que los dos tomamos el mismo tren cada viernes —sonrió—. ¿Adónde vas?
—A casa. Pero hoy es distinto. El día ha estado raro, como ese sol que no sabe si ponerse o quedarse un rato más. ¿Y tú?
—También a casa. Con la alegría de saber que se acaba la semana y me olvido del estrés del trabajo. Hoy todo parece más tranquilo. —Hizo una pausa y la miró con un brillo en los ojos—. ¿Cómo te fue ayer en clase? Sentí que la última postura me ganaba la partida.
—Para mí ayer no fue el día de la flexibilidad. Esa postura del camello… ¡uf! Creo que la edad me está avisando —comentó entre risas—. Pero me hace sentir viva, ¿sabes? El yoga es lo único que me ayuda a desconectar. Supongo que a ti te pasa lo mismo.
Había algo en el ritmo de aquella conversación que la hacía sentirse más ligera.
—Sí, aunque a veces creo que el yoga me encuentra a mí, en lugar de buscarlo yo. Para mí es más desafío mental que físico. Hay algo tranquilo en no poder pensar en nada más que en la respiración.
Cuando llegó el metro, los dos se movieron hacia la misma puerta en un silencio roto solo por el murmullo de la gente. El vagón se cerró y, durante unos segundos, el eco de la voz de Remedios siguió flotando en la cabeza de Marcos, suspendido en el aire como una nota sostenida. El tren se deslizó por los túneles bajo la ciudad, las luces titilando con el vaivén, mientras ambos miraban el paisaje urbano desdibujarse tras las ventanas.
En la siguiente parada bajó la mayoría de los pasajeros y el vagón quedó casi vacío. Remedios lo miró de reojo; él la observaba a través del reflejo del cristal.
—Curioso, ¿verdad? El vagón se ha vaciado de golpe. Será que, al ser viernes, todos tienen prisa —comentó ella, aliviada por la quietud—. ¿Llevas mucho tomando este tren?
—Últimamente sí. He descubierto el encanto del transporte público. Y, además, aparcar en Granada es deporte de aventura extrema —dijo él, y su mirada cambió, como si la charla tomara un giro más personal—. ¿Y tú? ¿Desde cuándo vas a yoga? Siempre sales con más energía que cuando entras.
—Hace ya casi tres años. Empecé después de que falleciera mi marido. —Lo dijo casi sin pensarlo—. El yoga me ayudó mucho, pero también me gusta caminar por el pueblo. Me da tiempo para pensar. Y no es casualidad que casi siempre coincidamos en el polideportivo, ¿verdad? Nuestras rutinas se han vuelto casi paralelas.
—Eso parece. Quizá el universo se divierta poniéndonos en el mismo camino una y otra vez —respondió él con tono reflexivo, adornado por una sonrisa.
Cuando el tren llegó a la estación del pueblo, los dos se levantaron.
—Hemos llegado —dijo ella, ajustándose el bolso al hombro—. Ha sido un viaje más corto de lo normal.
—Parece que hoy el tiempo se ha dado prisa —respondió él, devolviéndole la sonrisa.
Caminaron por la rampa de salida y Marcos aprovechó la oportunidad que el azar le ofrecía.
—Entonces… tenemos tiempo para tomarnos algo, si te apetece —propuso, con esa chispa que aparece cuando algo inesperado parece encajar.
Ella lo miró unos segundos, midiendo la propuesta. No parecía mujer de improvisar, pero había algo en él que inspiraba confianza.
—Bueno —respondió al fin, con media sonrisa—, pero solo si no me entretengo mucho, que he quedado con una amiga.
—Trato hecho. Prometo devolverte a tiempo para tu cita —rió él.
Fueron hasta una pequeña cafetería de la plaza, junto a la iglesia, y se sentaron en una mesa pegada a la ventana. La luz de la tarde acariciaba las tazas humeantes. Ella se movía con la misma elegancia que él había admirado tantas veces en las clases: natural, segura de sí misma.
El aroma del café recién molido se mezclaba con las notas dulces de la bollería de la vitrina, creando un perfume cálido que se colaba entre las palabras. Cada sorbo parecía prolongar la tensión sutil que crecía entre ellos, como si el tiempo se hubiera detenido para dejar que aquel instante se impregnara de deseo contenido.
—No puedo creer que nunca nos hayamos cruzado antes fuera de las clases —dijo él, buscando romper la tensión sin apresurarla.
Ella levantó los ojos y le devolvió una sonrisa medida, consciente de la distancia que separaba la cordialidad del interés.
—La vida tiene sus tiempos —respondió, dejando que un silencio cómodo flotara entre ambos.
—Me gusta este lugar —añadió luego, apoyando los antebrazos en la mesa—. Tiene calma, como las clases, aunque aquí el café reemplaza al incienso.
—Deberíamos repetirlo —dijo él al fin, intentando sonar casual—. Y no solo por el café.
Ella le dedicó una sonrisa cargada de complicidad.
—Eso depende… de cuánto estés dispuesto a seguirme el ritmo.
Cuando por fin miró el reloj, abrió los ojos, sorprendida.
—No puede ser. Me había olvidado de ella. Rosario ya me ha hecho dos llamadas perdidas.
Remedios dejó la taza sobre el plato y se levantó con esa elegancia que parecía natural incluso después de los años. Marcos la siguió con la mirada mientras se ajustaba la blusa y el lazo de la cintura.
—Creo que al final llegaré tarde a la cita con Rosario —dijo, mirándolo con una sonrisa que contenía tanto diversión como un pequeño desafío.
—Tal vez deberías cancelar —murmuró él, con un hilo de voz que intentaba ser casual y traicionaba su interés.
Ella levantó una ceja, con ese gesto que equilibraba la coquetería con la calma.
—¿Y quieres que la cancele… para ti?
A Marcos le dio un pequeño vuelco el corazón y, por un instante, perdió el hilo de la conversación.
—Si no fuera demasiado atrevido… diría que sí —respondió, tratando de que la voz le sonara tranquila.
Ella dejó escapar un leve suspiro, bajó la mirada y dijo, con un tono más íntimo:
—Entonces… ¿quieres que te invite a cenar en mi casa?
No era solo una invitación a cenar. Era un gesto que contenía confianza, cercanía y una silenciosa complicidad. El pulso de Marcos se aceleró.
—Me encantaría —dijo, apenas moviendo los labios.
***
—No es conveniente que te vean entrando conmigo —le advirtió ella al bajar del coche, dos calles antes—. En estos pueblos tan pequeños, la gente solo tiene tiempo para cotillear. Si me ven con alguien, empezarán las habladurías.
Marcos hizo tiempo y, siguiendo sus indicaciones, golpeó con los nudillos la pequeña puerta del garaje, en la parte trasera de la casa. Ella abrió al momento. Se había cambiado: una blusa de seda blanca y una falda negra lisa. No llevaba sostén, y sus tetas se adivinaban plenas bajo la tela, con los pezones marcándose como dos puntos oscuros que le tensaban la seda a cada respiración.
En la penumbra del salón, el reloj marcaba las ocho y media. Remedios fue hasta la cocina y reapareció con dos copas y una botella de líneas verdes y etiqueta clara.
—La tenía guardada para una ocasión especial —dijo, sosteniéndola casi con respeto—. Me la regaló mi hija por Navidad. Pensaba abrirla en una comida familiar, pero creo que este momento lo merece más.
El corcho cedió con un suspiro suave y un aroma fresco, con matices de hierba y fruta madura, se extendió por la habitación. Sirvió despacio, se sentó junto a él en el sofá y apoyó un codo en el reposabrazos.
—Brindemos —susurró— por lo que llega sin avisar… y por tener el valor de quedarnos a descubrirlo.
Marcos sostuvo la copa con un ligero temblor. Entendió que no era el vino lo que le subía al pecho, sino la certeza de que algo empezaba a despertar entre los dos. El perfume de Remedios era intenso y se mezclaba con el ambiente de la casa. Pensó que ese viernes formaría parte de sus recuerdos imborrables.
Ella dejó la copa, le buscó la boca y lo besó despacio. Fue un beso largo, con la lengua abriéndose paso entre los labios de él, buscando la suya, jugando con ella con una hambre que no se molestaba en disimular. Su mano descendió por el torso de él hasta detenerse en su entrepierna, y allí, sin prisa, apretó por encima del pantalón, midiendo el bulto que ya empezaba a crecerle.
—Vaya… se nota que hace rato que estás esperando esto —murmuró ella contra su boca, apretando de nuevo—. Vamos arriba —le susurró, mordisqueándole la oreja.
La siguió en silencio. Los ojos oscuros de ella estaban húmedos, como si ya le hubiera subido el efecto del vino. Sonreía excitada. Marcos subió la escalera detrás del balanceo de sus caderas anchas, con la boca entreabierta. A pesar de la edad, el movimiento bajo aquella falda de andar por casa le resultaba arrebatador, y no pudo evitar imaginarse metiéndole la mano por debajo y agarrándole el culo entero, ese culo maduro y firme que llevaba semanas viéndole por la espalda en las clases.
Él acababa de cumplir cuarenta y tres años y sentía como si hubiera roto con toda su vida anterior, como si todo empezara de nuevo. Se sentía libre, lujurioso, cada vez más integrado en aquel pueblo, y esa noche iba a follarse a una mujer de sesenta y cinco.
Ya en el dormitorio, ella se volvió hacia él. Quedaron cara a cara, inmóviles, con la habitación saturada de su perfume. Remedios puso las manos sobre sus hombros y las bajó lentas por su cuerpo, apretándose contra él. Su respiración se transformó en un jadeo hondo. Tenía los ojos encendidos, como si Marcos hubiera crecido de golpe ante ella y quisiera abarcarlo entero.
Le desabrochó el cinturón sin dejar de mirarlo a la cara, con esa media sonrisa de mujer que sabe lo que quiere. El botón cedió, la cremallera bajó con un ruido seco, y el pantalón cayó al suelo con un peso muerto. Las manos de ella llegaron al boxer y lo deslizaron hacia abajo, liberando la polla dura de Marcos, que saltó hacia arriba, gruesa, hinchada, con la punta ya brillante.
—Madre mía —susurró Remedios, mordiéndose el labio inferior—. Qué polla más bonita tienes, cariño.
Con una suavidad que contrastaba con su urgencia, la tomó en la mano y la apretó, sopesándola, moviendo el prepucio despacio hacia atrás para dejar el glande completamente al descubierto. Marcos sintió una sacudida, con todos los sentidos concentrados en aquel punto. Ella cogió un cojín y lo echó al suelo, y se arrodilló sobre él con la misma elegancia con la que se sentaba a meditar.
—Llevo más de once años sin acercarme a un hombre así —murmuró, mirándole la polla desde abajo como quien contempla algo que había olvidado que existía—. Once años, cariño. Déjame recuperar el tiempo perdido.
Empezó con delicadeza, sacando la lengua y lamiéndole toda la longitud desde la base hasta la punta, muy despacio, como si la estuviera catando. Después le rodeó el glande con los labios y lo metió en la boca centímetro a centímetro, hasta que Marcos sintió el fondo de su garganta. Se quedó ahí unos segundos, con los ojos cerrados, respirando por la nariz, y luego empezó a subir y bajar la cabeza. Al principio con calma, con la lengua envolviéndole la polla en cada bajada, y poco a poco fue acelerando el ritmo, chupándosela con un ruido húmedo que llenaba el dormitorio. Le agarraba la base con una mano y le acariciaba los huevos con la otra, sin dejar de mamársela.
—Joder, Remedios… —jadeó él, apoyando las manos en la cabeza de ella—. Chúpala así, no pares…
Ella la sacó de la boca con un chasquido y le sonrió mientras seguía masturbándolo con la mano, la polla brillante de saliva.
—¿Te gusta cómo mama esta vieja? —dijo con una voz ronca que él no le conocía—. Dime que te gusta.
—Me encanta… me encanta cómo me la chupas…
Volvió a metérsela hasta el fondo y esta vez fue más rápido, más sucio, salivando encima, dejando que los hilos de baba le cayeran por la barbilla y le mojaran la mano. Le lamió los huevos uno por uno, se los metió en la boca, y luego subió otra vez a la punta y la torturó con la lengua, dando vueltas alrededor del glande.
—Ten cuidado —le pidió él con la voz entrecortada— o no podré seguir. Me voy a correr en tu boca si sigues así.
—Pues aguántate un poco, cariño —susurró ella, sonriendo con la boca llena—, que quiero mucho más.
Marcos la tomó por el pelo y la levantó con suavidad. La apretó contra su cuerpo y le abrió la blusa de seda de un tirón, saltando algún botón. Las tetas de ella se desbordaron, plenas y blancas, con los pezones oscuros y ya erectos, apuntando hacia arriba. Acercó la cara, las besó y las recorrió con la lengua, chupándole un pezón con fuerza mientras le apretaba el otro con los dedos. Ella echó la cabeza hacia atrás con un gemido largo.
—Sí, muérdemelas… muérdemelas fuerte…
Le bajó la falda de un tirón y la sujetó por las caderas, apretando con fuerza. Debajo llevaba una braga negra sencilla, que ya tenía una mancha oscura de humedad en la entrepierna. Marcos metió los dedos por el elástico y se la bajó también, dejándola completamente desnuda. El coño de Remedios estaba cubierto por un vello oscuro, ya salpicado de canas, recortado con esmero. Se lo quedó mirando unos segundos, y ella abrió las piernas apenas, ofreciéndose.
Estaba excitado como nunca. Ella permanecía de puntillas, con la boca abierta, relamiéndose, mordiéndose los labios sin emitir sonido. Marcos se agachó y le besó las tetas otra vez, después el vientre, y bajó lamiéndole la piel hasta arrodillarse frente a ella. Le abrió los muslos con las manos y hundió la cara entre sus piernas. La besó entre las piernas, despacio, sacando la lengua y recorriéndole los labios del coño de abajo arriba, saboreándola. Estaba empapada, con un sabor fuerte, salado, y olía a hembra madura y deseosa.
—Ay, dios mío… —susurró ella, agarrándose al borde de la cómoda para no caerse—. Cómo comes, cariño… cómo comes ese coño…
Le separó los labios con los dedos y le buscó el clítoris con la punta de la lengua. Lo encontró duro, hinchado, y empezó a dar vueltas alrededor. Ella se estremeció, con las piernas temblándole. Marcos le metió un dedo dentro, y luego otro, y empezó a moverlos hacia dentro y hacia fuera mientras seguía chupándole el clítoris. El coño de Remedios apretaba los dedos, caliente y resbaladizo.
—Me encanta… me gusta así —susurró ella cuando él le dio una palmada suave en las nalgas—. Ahí, ahí, no pares… me voy a correr… me voy a correr en tu boca…
Y se corrió. Se corrió con un temblor largo, agarrada a su pelo, apretándole la cara contra su coño, ahogando un grito que le salió del fondo del pecho. Marcos siguió lamiéndola hasta que ella le apartó la cabeza, sobrepasada.
La tomó con firmeza y la empujó sobre la cama. Era la primera vez que ella estaba con un hombre más joven; la primera, también, desde que enviudó. El cabezal de madera tallada, de estilo barroco, presidía la habitación con dos ángeles esculpidos entre flores.
Marcos le abrió los muslos imponentes y los besó de nuevo por dentro, subiendo hasta la ingle, y la exploró con los dedos. Estaba muy húmeda, mojada hasta la raya del culo. Se colocó encima, se agarró la polla con la mano y le pasó la punta por los labios del coño arriba y abajo, empapándose. Ella arqueó la espalda y le pasó las piernas por la cintura.
—Métemela ya, por favor… llevo toda la noche esperándola…
La fue penetrando despacio, con cuidado, sintiendo cómo el coño de ella se abría alrededor de su polla, apretándolo, cediéndole el paso centímetro a centímetro. Cuando estuvo dentro del todo, se quedó quieto unos segundos, mirándola a la cara. Ella tenía los ojos cerrados y la boca abierta, respirando fuerte.
—Fóllame —jadeó—. Fóllame como no me han follado en años…
Y él empezó a moverse. Primero despacio, sacándola casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo, con embestidas largas que hacían crujir la cama. Después con embestidas cada vez más firmes, más rápidas, agarrándole las caderas para tirar de ella hacia él en cada acometida. Las tetas de Remedios rebotaban con cada golpe, y ella se las agarraba, se las apretaba, se pellizcaba los pezones mientras él la penetraba.
—Así, así, más fuerte… rómpeme el coño, cariño…
Perdió la noción del tiempo. La levantó y la puso a cuatro patas sobre el colchón. El culo de Remedios, ancho, blanco, con las carnes maduras temblando, se le ofreció desde atrás. Le dio una palmada, después otra, hasta que las nalgas se le enrojecieron, y volvió a metérsela de un empujón. Desde ese ángulo la polla le entraba más profundo, y ella empezó a soltar gemidos más agudos, mordiendo la almohada.
Marcos se inclinó sobre su espalda, le agarró las tetas por debajo y siguió embistiéndola desde atrás, sintiendo cómo el culo de ella chocaba contra su vientre con cada empujón. Le mojó un dedo con saliva y se lo apoyó en el ojo del culo, presionando apenas. Ella se estremeció.
—¿Ahí también, cabrón? —murmuró, con la voz rota—. Anda… mételo despacito…
Le metió el dedo hasta el nudillo mientras seguía folllándola con la polla, y el vientre de ella empezó a contraerse. No gritaba; solo susurraba.
—Sí, cariño… dame más… así, así… —jadeaba, casi cantando—. Me voy a correr otra vez… me voy a correr contigo dentro…
La sintió apretarse alrededor de su polla, tensa como una cuerda, y después soltarse de golpe con un espasmo largo. Ella hundió la cara en la almohada, ahogando un grito. Marcos aguantó unos segundos más, viéndola temblar debajo, y cuando ya no pudo más, la sacó, se agarró la polla y se corrió sobre su espalda y su culo, con chorros gruesos de semen que le salpicaron desde los hombros hasta la raya de las nalgas. Se quedó unos segundos así, jadeando, con la polla aún palpitando en la mano.
—Dios… menuda corrida me has dado —susurró ella, sonriendo por encima del hombro.
Cuando llegó el momento, Marcos se quedó unos segundos sobre ella, contemplándola. Después se apartó con cuidado.
—¿Quieres una toallita? —preguntó ella, mirándolo con ternura.
—Lo único que quiero ahora es que te pongas de espaldas —respondió él.
Ella se rió, y obedeció, volviendo a apoyar el pecho contra el colchón. Marcos se tumbó junto a ella, con la mano recorriéndole la espalda, el culo, el interior de los muslos. La polla, blanda apenas unos minutos, empezó a hincharse otra vez con el simple tacto de aquella piel madura. Le pasó dos dedos por el coño, todavía empapado de los dos, y ella suspiró.
—¿Otra vez, cariño? A mi edad me vas a matar…
—Pues muérete contenta —le susurró él al oído, empujándola de nuevo boca abajo y colocándose encima.
Esta vez fue más lento, más largo, más sucio. Le levantó una pierna, la puso de lado, y le metió la polla desde atrás en esa postura, agarrándole una teta por delante mientras le mordía el cuello. Le folló el coño despacio, casi con dulzura, escuchándola respirar contra su brazo, sintiéndola relajarse y volver a mojarse. Ella le buscó la boca por encima del hombro y se besaron largo, con la lengua, mientras él seguía moviéndose dentro.
Volvieron a buscarse, cada uno a su ritmo, hasta quedar agotados. Terminó corriéndose otra vez, esta vez dentro de ella, dejándose ir con un gruñido sordo, con la frente apoyada en su nuca y el sudor mezclándose entre los dos. Se durmieron abrazados, con las sábanas revueltas y el olor a sexo impregnando la habitación entera. La luz de la mesilla los envolvía en un halo dorado que parecía detener el tiempo.
De repente, el teléfono de ella vibró sobre la mesilla. Era un mensaje de Rosario: «No sé nada de ti… ¿estás bien?».
Remedios lo leyó con una sonrisa traviesa y los ojos medio cerrados por el sueño. Sin apresurarse, escribió: «Tranquila, ya te contaré mañana». Apagó la pantalla, apoyó la cabeza en el hombro de Marcos y suspiró, satisfecha. Él la abrazó con cuidado, sin romper el instante, mientras los aromas del vino, del perfume y de la noche se mezclaban dulcemente en la madrugada.
¿Qué podría ser mejor que una mujer de sesenta y cinco?, pensó él antes de cerrar los ojos. Quizá lo descubriera otro viernes.





