El amigo de mi sobrino me eligió a mí
La solicitud me llegó un martes cualquiera, de esas que una acepta sin mirar demasiado. El nombre no me decía nada hasta que abrí la foto de perfil y lo reconocí: era el amigo de mi sobrino, ese chico alto y callado que había visto dos o tres veces en los cumpleaños de la familia. Le decían Bruno. Tenía cara de no haber roto un plato en su vida.
Dudé varios días antes de aceptarlo. No por nada en particular, simplemente me daba pereza dejar entrar a un desconocido a mi vida. Pero al final cedí, y no había pasado ni una hora cuando me llegó el primer mensaje. Me sorprendió: para lo tímido que parecía en persona, escribía con una soltura que no le pegaba. No le contesté esa vez.
Bruno resultó ser de esos que no se rinden. Me escribía todos los días, a cualquier hora, un «hola» suelto, una pregunta sobre nada. Por pura insistencia terminé respondiéndole, y arrancamos a conversar. Al principio era todo inofensivo: el clima, la facultad, alguna serie. Con los días la cosa se fue inclinando hacia otro lado, comentarios cada vez más subidos de tono que venían de su parte, hasta que un día dejé de contestar.
Se disculpó. Pasaron unos días y volvió a la carga, y esta vez se animó a más: me mandó una foto sin camiseta. Le reclamé, le dije que no hiciera eso, que no era apropiado. Eso fue lo que dije con los dedos. Por dentro, esa foto despertó algo que llevaba meses dormido.
No sé si fue por la sequía, por la racha de noches sola, o porque andaba con las hormonas a flor de piel esa semana.
El caso es que la foto me pareció más sexy de lo que estaba dispuesta a admitir. Tanto, que la guardé.
Estuvimos así un par de meses, en ese tira y afloja de mensajes que prometían sin cumplir. Hasta que una tarde me quedé sola en casa, aburrida y caliente, y le escribí yo primera. «¿Querés venir?». Tardó tres minutos en contestar que sí.
***
Llegó nervioso, con las manos en los bolsillos y la mirada esquiva, pero más guapo de lo que recordaba. Le ofrecí algo de tomar para romper el hielo y conversamos un rato en el sillón, hasta que en una pausa lo besé yo, porque era evidente que él no iba a dar el primer paso aunque le fuera la vida en eso.
Besaba bien, para mi sorpresa. Nervioso, sí, pero atento. Lo llevé de la mano hasta la habitación y ahí, cuando empezamos a desvestirnos, me llevé la segunda sorpresa de la tarde. Bruno era flaco, de esos cuerpos jóvenes sin un gramo de músculo, y entre las piernas tenía una verga gruesa y morena que parecía no corresponder con el resto. Se había rasurado, pero le quedaban algunos pelos sueltos que delataban la línea oscura subiendo hacia el ombligo.
Yo nunca tuve un cuerpo de revista, y a los treinta y ocho menos. Tengo el culo grande y las tetas chicas, y esa tarde encima andaba con algún kilo de más. A él no le importó nada. Me besó el cuerpo entero con una desesperación torpe, casi grosera, besos por todos lados sin ningún orden, como si tuviera miedo de que me arrepintiera.
—¿Es tu primera vez? —le pregunté, ya sabiendo la respuesta.
—Sí —dijo, sin levantar la vista.
Así que lo estrené yo. Lo fui guiando despacio, le tomé la mano, le marqué el ritmo. Cuando por fin me la metió, me dolió por el grosor, pero después de unas pocas embestidas el cuerpo se acomodó y empezó el placer. No duró mucho esa primera vez; al rato se vino dentro del preservativo, y esa fue la prueba final de que no me había mentido sobre su inexperiencia.
Pensé que ahí terminaba. Pero a los minutos volvió a ponerse dura, y lo hicimos otra vez, ahora él encima, en una postura clásica que ni siquiera tuvo que pensar. Terminó sudado, con gotas que le caían por la cara mientras jadeaba sobre mí. Se veía tan sexy y tan tierno a la vez que lo jalé hacia mi pecho y lo besé.
***
Después de esa tarde nos volvimos amantes ocasionales, más por su insistencia que por mi iniciativa, aunque a mí no me molestaba en lo más mínimo. Bruno siempre quería, a cualquier hora, y yo nunca le decía que no.
Con cada encuentro se ponía más atrevido. Perdió la timidez en la cama mucho antes que fuera de ella. Empezó a tomar el control: ya no esperaba a que yo le indicara cambiar de postura, me agarraba él mismo y me acomodaba como quería. Se obsesionó con mis tetas, que de pronto eran su parte favorita; pasaba largos minutos con un pezón en la boca antes incluso de penetrarme.
Una tarde me pidió que se la chupara. No me hice rogar. Era apenas la segunda mamada de su vida, y se notó: se vino rapidísimo, en mi boca. Me tragué todo, algo que no había hecho con nadie antes, y me pidió otra vez, prometiendo que esta vez aguantaría más. Y duró. Mientras le recorría toda la verga con la lengua y le jugaba con los testículos, él apretaba los ojos peleando contra el orgasmo, hasta que le pasé la mano por encima y no aguantó más.
Con el tiempo y la confianza, después del sexo se quedaba a conversar. Me contaba de su vida, de sus gustos. Y entre charla y charla aparecían los pedidos: que le modelara en ropa interior, que hiciéramos un sesenta y nueve, que le cabalgara mirándolo a los ojos. Yo también me fui soltando. Empecé a buscarlo sin que me lo pidiera, a metérmelo en la boca apenas llegaba, a colarme en la ducha cuando se bañaba para que me tomara de pie contra los azulejos.
Le pedí una sola cosa a cambio: que dejara de rasurarse. La próxima vez vino con un buen arbusto entre las piernas, y por algún motivo eso me encendió como pocas cosas. Habíamos pasado del sexo apurado a algo casi tierno: nos quedábamos desnudos en la cama después de terminar, abrazados, besándonos por largos ratos.
***
Pero la tarde que más fuerte y con más ganas me tomó fue cuando me animé a una idea que me venía rondando hacía días.
Bruno era otaku. Me lo había confesado entre risas, casi como una vergüenza, y yo sospechaba que parte de su timidez con las mujeres venía de ahí, de haber vivido más metido en sus animes que en la calle. Un fin de semana fue a una convención de cosplay, y al volver me contó emocionado de los disfraces, de los personajes. Mencionó de pasada que su heroína de siempre, la del pelo turquesa, había sido su primer amor de pantalla.
Me lo guardé.
Conseguí una peluca turquesa y un vestido rosado parecido al del personaje. Por debajo me puse una malla diminuta que no me tapaba prácticamente nada, ni adelante ni atrás. Habíamos quedado para vernos, pero no le adelanté una palabra.
Cuando le abrí la puerta vestida así, se quedó mudo. Me miró de arriba abajo sin poder articular, y después se largó a reír con una sonrisa de oreja a oreja, esa risa de chico al que le cumplen un capricho que nunca pensó pedir. Lo besé en el umbral y le dije al oído:
—Y lo mejor todavía no lo viste.
Me hizo modelar primero, ahí parada en el living, dándome vueltas como si estuviera en un escenario. Después, con los ojos brillándole, me levantó el vestido y me dejó solo con la malla, y siguió pidiéndome poses. Yo estaba tan caliente por toda la puesta en escena como él. Me arrodillé, me paré, alcé las piernas en gestos ridículos que él celebraba como si fueran arte.
Cuando me puse en cuatro con las manos en el piso, se acercó, se bajó el pantalón y me apoyó la verga dura en la cara. Me agarró la cabeza con las dos manos y me cogió la boca con una seguridad que jamás le había visto, hasta golpearme las mejillas con ella. El Bruno tímido del primer día había desaparecido por completo.
Verlo así, parado y dominante mientras yo de rodillas lo tenía entre los labios, me prendió fuego. Intenté metérmela entera y no pude. Él me levantó, me puso de nuevo en cuatro y me dio una tanda de nalgadas que me dejó la piel ardiendo, antes de arrodillarse detrás y empezar a chuparme mientras me jugaba con los dedos. Sentía su aliento caliente y su lengua recorriéndome, y tenía que apretar los dientes para no gritar.
Después me tiró sobre la cama, me abrió las piernas y siguió con la boca un buen rato más, hasta que me viró de nuevo y me penetró por detrás. Me tomó con una fuerza que no le conocía. Y lo mejor —o lo más peligroso— fue que, con la calentura, se olvidó por completo del preservativo. Lo sentí a piel desnuda por primera vez, abriéndome con cada embestida, y no dije nada para detenerlo.
Me cogió con la peluca puesta en tantas posturas que ya no las recuerdo todas. Me quedó grabada la intensidad, sus manos apretándome las tetas, sus labios bajando por mi espalda, sus palmadas en el culo. Se vino tres veces esa tarde: la primera dentro de mí, sin un gramo de culpa; la segunda sobre mi vientre, con chorros que llegaron hasta el pecho; la tercera en la espalda, cuando volví a ponerme en cuatro casi por inercia.
Cuando parecía que habíamos terminado, me acostó boca arriba y me pidió que le limpiara con la boca lo que quedaba. Lo hice. Y todavía, cuando entramos a ducharnos, encontró fuerzas para tomarme una vez más, de pie, bajo el agua.
***
Conté cinco. Cinco veces ese día, en una tarde que se me fue entera sin darme cuenta. Fue el mejor sexo de mi vida, y no lo digo por decir: su cuerpo, su entrega, la dureza de cada embestida, los besos en el medio. Lejos de cerrar nuestra historia, esa tarde la encendió más.
Seguimos viéndonos cerca de un año. El problema empezó después, cuando Bruno se obsesionó de verdad. Empezó a celarme por todo, a controlar con quién hablaba, a llenarme de mensajes que ya no me daban gracia. El sexo de reconciliación era buenísimo, no lo voy a negar, pero llegué a un punto en que no me compensaba el resto.
Así que lo dejé. No sé si su forma de ser se debía a que fui su primera relación, a que no sabía manejar nada de lo que sentía. Tal vez con los años aprenda. Lo que sí puedo decir, sin ninguna duda, es que mientras duró fue absolutamente delicioso.