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Relatos Ardientes

El yoga de la madre de mi amigo cambió ese verano

Ilustración del relato erótico: El yoga de la madre de mi amigo cambió ese verano

A Bruno lo conozco desde que los dos usábamos pantalón corto y nos peleábamos por el mismo videojuego. Es ese amigo de toda la vida con el que acumulas anécdotas que después cuentas en cada cena familiar para dejar a todos con la boca abierta. Salíamos hasta horas imposibles, volvíamos arrastrándonos a su casa y dormíamos media mañana antes de que cada uno regresara a su vida hasta el siguiente fin de semana.

Sus padres se separaron cuando él era muy pequeño, así que Bruno creció solo con su madre. Ella se llamaba Marisol, aunque todo el barrio la conocía como Mari. Trabajaba a turnos en una clínica y casi nunca estaba en casa, lo que de adolescentes nos había dado vía libre para hacer y deshacer a nuestro antojo. Pero esto que voy a contar no pasó entonces. Pasó después, el verano en que yo ya tenía veintidós años y había vuelto del piso de estudiantes con una semana muerta por delante.

Físicamente, Mari siempre fue un espectáculo. Hasta el día de hoy pienso que el padre de Bruno fue un imbécil por dejar ir a una mujer así. Melena negra y lisa, ojos oscuros, cejas marcadas, caderas anchas y unos muslos firmes de alguien que cuidaba mucho su cuerpo. Tenía una voz grave y tranquila que te envolvía sin que te dieras cuenta. De crío me ponía nervioso solo con que me hablara. De adulto, debería haber sabido controlarme mejor. No supe.

Mis padres se habían ido de viaje aprovechando sus vacaciones y, como yo ya no pintaba nada en ese plan, Mari me ofreció quedarme esos días en su casa, con Bruno, como cuando éramos chavales. Acepté sin pensarlo. Agosto, un calor de los que pegan la camiseta a la espalda, la piscina del patio y la consola hasta tarde. Un plan perfecto y, en teoría, inofensivo.

La primera mañana me desperté temprano. Bruno seguía roncando en su cuarto, así que fui al baño, me eché agua en la cara y salí al salón medio dormido. Y ahí estaba ella.

Mari estaba tumbada sobre una esterilla, en el suelo, siguiendo un vídeo de yoga en la televisión. Una voz suave repetía instrucciones de respiración. Llevaba unas mallas grises ajustadas y una camiseta de tirantes holgada, y se movía con una lentitud concentrada, como si yo no estuviera. Me quedé clavado en el marco de la puerta sin saber muy bien qué hacer con las manos.

—Buenos días, Mari —dije al fin.

—Buenos días, cariño. ¿Has podido dormir con el calor que hace? —respondió sin abrir apenas los ojos.

—Regular. Creo que estoy sudando hasta por los codos. Tú, en cambio, ya estás activa.

—Me gusta cuidarme, ya lo sabes —dijo, y por primera vez giró la cabeza para mirarme.

No supe seguir la conversación. Tenía la mirada atrapada en el modo en que se sostenía sobre los antebrazos, en la línea de la espalda, en una postura que mi cabeza de veintidós años se empeñaba en leer de la peor manera posible. Carraspeé y huí hacia la cocina.

—Sírvete lo que quieras, hay de todo en la nevera —me llegó su voz desde el salón.

Saqué un zumo y unas galletas y desayuné de pie, junto a la encimera, fingiendo que miraba el móvil cuando en realidad la espiaba por encima de la pantalla. Cada postura nueva era una pequeña tortura. Es la madre de Bruno. Es la madre de Bruno. Me lo repetía como un mantra que no servía absolutamente de nada.

Terminé, dejé el vaso en el fregadero y pasé por delante de ella para volver al pasillo. Mari, que en ese momento estaba sentada con las piernas cruzadas estirando los brazos, levantó la vista y me dedicó una sonrisa que no terminaba de ser inocente.

—¿Quieres hacer yoga conmigo? —preguntó.

—¿Ahora? —solté, alarmado.

—Ahora. Es la mejor hora, antes de que el calor apriete. Y te vendrá bien, que se te ve tenso —dijo, conteniendo la risa.

—Bueno. Supongo que no pasa nada.

Me coloqué a su lado sobre la moqueta, intentando disimular lo evidente, que llevaba demasiado tiempo notando la tensión en sitios donde no debía. Ella se incorporó con un movimiento suave y empezó a guiarme.

—Ponte aquí, junto a mí, y copia lo que yo haga. No hace falta que te salga bien, solo que respires —dijo.

Lo intenté. Me reí de mí mismo, ella se rió de mí también, con ganas, cada vez que me trababa o perdía el equilibrio en una postura ridícula. Poco a poco fui entrando en su ritmo. La respiración, el estiramiento, el silencio entre indicación e indicación. Por un rato casi olvidé lo incómodo de la situación y simplemente seguí sus movimientos, atento a su voz.

—Necesito que me ayudes con la siguiente —dijo en un momento—. Ponte detrás de mí y sujétame de las caderas para mantener el equilibrio.

—¿De las caderas? —repetí, con la boca seca.

—Sí. Voy a inclinarme hacia delante apoyando las manos en el suelo, y necesito que me sostengas para no caerme. ¿Listo?

—Listo —mentí.

***

Me arrodillé detrás de ella y le puse las manos en las caderas. Mari se inclinó despacio, llevando el peso hacia atrás, y de pronto su espalda baja quedó pegada a mí. El roce me cortó la respiración. No hizo falta nada más. La tela fina de las mallas, la calidez de su cuerpo, el modo en que se acomodó contra mí sin apartarse: todo se alineó para que perdiera por completo el hilo de lo que estaba haciendo.

—Sujétame bien, no aflojes —murmuró.

—Te tengo —contesté, con la voz tomada.

No sé en qué momento exacto la postura dejó de ser una postura. Ella no se apartaba y yo tampoco hacía nada por separarme. Mis dedos se cerraron con más fuerza sobre sus caderas. Mari soltó un suspiro largo, bajo, que no tenía nada que ver con la respiración del yoga, y giró apenas la cabeza para mirarme por encima del hombro.

—¿Estás bien? —preguntó, y la pregunta sonó a otra cosa.

—No mucho —admití.

—Ya lo veo —dijo, y sonrió.

Fue ella quien terminó de borrar la distancia. Se incorporó despacio sin separarse de mí, hasta quedar de pie con mi pecho contra su espalda y mis manos todavía en su cintura. Echó la cabeza atrás, apoyándola en mi hombro, y dejó que respirara el olor de su cuello, una mezcla de crema y de sudor tibio que me terminó de nublar el juicio.

—Esto es una locura —susurré contra su pelo.

—Lo es —contestó—. Y no me apetece parar. ¿A ti?

No contesté con palabras. Le aparté el pelo y le besé el cuello, despacio, y noté cómo se le erizaba la piel bajo mis labios. Sus manos buscaron las mías y las guiaron, una hacia su vientre, plano y firme, la otra subiendo apenas por debajo de la camiseta. Marisol llevaba semanas, quizá meses, sola en esa casa. No hizo falta que me lo dijera; lo entendí en la forma ansiosa en que se apretó contra mí.

Nos giramos hasta quedar frente a frente. La besé en la boca por fin, y fue un beso largo, hambriento, de los que no admiten marcha atrás. Ella me hundió los dedos en el pelo y yo la sostuve por la cintura, pegándola contra la pared del salón, lejos del ventanal, en el rincón donde nadie que pasara por el patio podría vernos.

—El pasillo —dije entre besos—. Si Bruno se despierta…

—No se va a despertar antes del mediodía, lo conozco —respondió ella, riéndose contra mi boca—. Cállate y sígueme el ritmo.

***

Marisol tenía esa seguridad que solo dan los años, la seguridad de una mujer que sabe exactamente lo que quiere y no tiene ninguna prisa por disimularlo. Me llevó de la mano hasta el sofá, me empujó suavemente para que me sentara y se quedó de pie frente a mí, observándome con una sonrisa lenta antes de subirse encima a horcajadas. El peso cálido de su cuerpo sobre el mío, la melena negra cayéndole sobre la cara, las caderas anchas amoldándose a mí. Era la fantasía de mi adolescencia hecha realidad, multiplicada por diez, porque ahora era ella quien marcaba el paso.

—Tranquilo —me dijo, acariciándome la mandíbula—. No corras. Tenemos toda la mañana.

La besé en el cuello, en la clavícula, mientras ella se movía con una lentitud calculada que me tenía al borde de perder la cabeza. Cada vez que yo intentaba acelerar, ella frenaba, me sujetaba las muñecas, me hacía esperar. Disfrutaba con el control, con verme contenerme, con dosificar el placer como quien administra algo valioso. Y yo, que había llegado a esa casa convencido de que sabía algo de la vida, descubrí en cuestión de minutos que no sabía nada.

—¿Así está bien? —me preguntó al oído, con esa voz grave.

—Mejor que bien —jadeé.

—Entonces aguanta un poco más —dijo, y se rió, encantada con mi desesperación.

Cuando por fin dejó de torturarme, lo hizo del todo. Se movió contra mí con una intensidad que cambió por completo el ambiente del salón: ya no quedaba nada del yoga ni de las meditaciones guiadas, solo dos cuerpos buscándose con una urgencia que llevaba demasiado tiempo guardada. Le sostuve la espalda, ella se aferró a mis hombros, y la mañana entera se concentró en ese sofá, en su respiración entrecortada, en el modo en que repetía mi nombre como si lo descubriera.

Terminamos los dos casi a la vez, exhaustos y enredados, con la luz del verano entrando a raudales por el ventanal. Ella se dejó caer sobre mi pecho, sudada, y se quedó un rato escuchándome el corazón ir a mil. Le acaricié la espalda. No dijimos nada durante un buen rato, y el silencio, lejos de ser incómodo, fue lo mejor de todo.

—Menos mal que tu hijo duerme como un tronco —dije al fin, riéndome en voz baja—. Si llega a bajar, no sé cómo le explico esto.

—Menos mal, sí —contestó ella, dándome un beso en el pecho—. Aunque algo me dice que sabrías inventarte algo. Anda, ayúdame a recoger antes de que aparezca.

Nos levantamos entre risas, recolocamos los cojines del sofá, doblamos la esterilla y dejamos el salón tal y como estaba, como si allí no hubiera pasado absolutamente nada. Me metí en la ducha, me vestí y volví al cuarto de Bruno con el corazón aún acelerado y una sonrisa que no me cabía en la cara.

Lo encontré sentado frente al ordenador, recién despierto, con los ojos a medio abrir.

—¿Ya has desayunado? —me preguntó sin girarse.

—Sí, sí. Me he encontrado a tu madre en el salón —respondí, intentando que la voz me saliera normal.

—¿Y qué tal está?

—Bien —dije, y no pude evitar la sonrisa—. Le gusta mucho el yoga.

Bruno asintió sin darle importancia y volvió a su pantalla. Yo me dejé caer en la cama, mirando el techo, sabiendo que aquella iba a ser la semana de vacaciones más larga e interesante de mi vida. Y que, a partir de esa mañana, nunca volvería a oír la palabra «yoga» de la misma manera.

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Comentarios (3)

Marcos91

Que bueno!! me enganche desde el primer parrafo, tremendo relato.

PabloCba24

Por favor necesito una segunda parte, no puede quedar asi jajaja. Quede con ganas de saber como sigue!

FernandoLm_rdg

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace unos veranos en casa de un amigo. Esas cosas no se olvidan mas. Muy buen relato, se siente autentico.

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