Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La vecina madura que me ofreció su ducha y algo más

Soy de esos hombres a los que siempre les gustaron las mujeres más grandes. Tengo veinticinco años y, desde que tengo memoria, las que me desarman son las que ya saben lo que quieren, las que no preguntan dos veces. No reniego del resto, pero una mujer madura tiene una calma que me vuelve loco, y una manera de agarrarte la polla sin dudar que las pendejas todavía no aprendieron.

Venía de un desencuentro con Sofía, una historia que prefiero no detallar acá. Cuando ella se mudó de vuelta a Mendoza, yo volví a mi rutina de siempre: cero relaciones, encerrarme un poco, dejar que el tiempo pasara. Seis meses después, las vueltas del destino me llevaron a mi primer trabajo en blanco.

Mandé un par de currículums y me tomaron para un puesto que iba a ser temporal en una pizzería que había abierto hacía poco más de un mes. La casualidad fue cruel y generosa al mismo tiempo: el local quedaba a la vuelta del departamento que antes ocupaba Sofía y que ahora habitaba Marina, una amiga suya que se había quedado con el alquiler.

Marina tenía cuarenta y dos años y una manera de mirar que parecía siempre estar calculando algo. Más temprano que tarde apareció por el local y se volvió clienta habitual. Le importaba la cocina tanto como a mí la astronomía, o sea nada, pero usaba la excusa de las promociones para quedarse charlando conmigo en la barra.

—¿Cuál es la del día, nene? —preguntaba, apoyando los codos en el mostrador, sabiendo perfectamente que ya se la había dicho.

Mi horario era de seis de la tarde hasta el cierre. En verano salía a las dos de la mañana los fines de semana; entre semana, a la medianoche. Como los dos parábamos en el mismo boliche, era normal cruzarnos. La segunda vez que coincidimos, fuimos a tomar algo antes de que cada uno se fuera con su grupo.

—No podés venir directo del laburo —me dijo, arrugando la nariz entre risas—. Por más que te perfumes, tenés un olor a comida espantoso. Necesitás bañarte.

Tenía razón. Cuando trabajás en una cocina, podés cambiarte y echarte todo el perfume del mundo, pero el olor a fritura se te mete en la piel.

—¿Y qué proponés? —le contesté—. En el negocio todavía no habilitaron la ducha, solo sale agua helada.

—No seas tonto. Nos arreglamos, pasás por casa y te das un baño como la gente. Yo no llego al boliche antes de las dos y media, así que tenés tiempo de sobra.

La oferta era tentadora: ducha caliente, ropa limpia y después la salida. Pero algo me decía que no iba a salirme gratis.

—Acepto. ¿Qué querés a cambio?

—Obvio que algo —se rió—. Tráeme comida del local. Empanadas, una pizza, lo que sea. Sabés que la plata no me sobra. Vos te duchás y yo ceno, ¿te va?

—Trato hecho.

***

El primer viernes pasé por su puerta pasada la una de la mañana, con una caja de empanadas todavía tibias bajo el brazo. Marina abrió en ojotas, con el pelo recogido a las apuradas. El departamento era un caos amable: la cama deshecha, ropa repartida por todos lados, vasos con restos de algo sobre la mesa y libros apilados en una silla. Nada que ver con el orden monacal que tenía Sofía cuando vivía ahí.

—El orden no es lo mío —dijo, encogiéndose de hombros—. Mientras acomodo un poco, date una ducha. Tenés un olor a milanesa que dan ganas de morderte.

—¿Y qué me pongo después? Solo traje lo puesto.

—En el baño hay un short y una remera tuya que dejaste la otra vez. Andá tranquilo.

Entré al baño y lo primero que vi fue una tanga minúscula colgada de la canilla: apenas un triángulo de tela traslúcida con los bordes celestes, y atrás un hilo finito. La agarré sin pensarlo, la acerqué a la nariz y me llené los pulmones con ese olor a coño limpio y a perfume dulce. La polla se me endureció ahí mismo, contra el jean. La dejé donde estaba y me metí bajo el agua caliente, usando su champú, su jabón perfumado, una toalla suavísima. Seamos honestos: esa prenda me la hizo imaginar puesta, y salí del baño con la cabeza en cualquier parte y la verga todavía a media asta.

Como por arte de magia, ella había ordenado casi todo. Estaba metiendo mi ropa de trabajo en el lavarropas junto con la suya.

—Vi que dejé una tanga colgada —dijo sin darse vuelta—. Espero que no te hayas hecho nada raro con ella. Sé que te gustan esas cositas. Con Sofía no teníamos secretos.

—Ah, ¿cero secretos? ¿Qué más sabés?

—Varias cosas. Pero no es momento. Cenamos y después, si querés, hablamos de todo.

Comimos tranquilos, hablando de cualquier cosa, esquivando los temas calientes. Después fumamos un cigarrillo sentados en el borde de la cama. Le pregunté por Sofía, por cómo le había cambiado la vida desde que se fue, y Marina se acomodó de costado para quedar frente a mí.

—Mirá, nene —dijo, soltando el humo despacio—. Sé que vos y Sofía tenían un trato. Nada de sentimientos, solo pasarla bien. Pero ella flaqueó. Estaba a un paso de entregarse, y eso la asustó. Por eso se volvió. Le moviste el piso y no se animó a aceptarlo.

—Me cuesta creerlo.

—Creelo. Una cosa es coger por gusto, otra es cuando te empezás a entregar. Y ella se estaba entregando. ¿Sabés las veces que me calentó contándome cómo se revolcaban? Me contó todo: cómo la agarrabas del pelo para cogerla de atrás, cómo la hacías acabar con la lengua hasta dejarla temblando, cómo le llenabas la boca de leche y ella se tragaba todo. Yo nunca habría pactado algo así.

—No digas eso, Marina.

—¿Por qué no? Si me calentás, nos revolcamos y listo. La diferencia entre Sofía y yo es simple: a mí no me tiembla el pulso. No hay sentimientos de por medio, solo ganas. Yo quiero una polla que me haga acabar y punto.

Lo decía mientras me sostenía la mirada, sin un gramo de pudor. Era una mujer sin filtros, de las que dicen exactamente lo que sienten. Terminamos la cerveza, descolgó mi ropa casi seca y, antes de despedirnos, me tiró la idea de un boliche de parejas que quería conocer.

—Pero traete ropa para bañarte —agregó, guiñando un ojo—, o te muerdo, que acá hay hambre.

Nos despedimos con un beso corto en los labios, como al descuido. El sol ya asomaba cuando llegué a mi casa, y mis inquietudes con ella asomaban también.

***

Al día siguiente pasé temprano a dejarle mi ropa para tenerla lista. Me abrió recién despierta, con una remera larga que apenas le tapaba los muslos y sin nada abajo, se notaba a leguas.

—¿Unos mates? —preguntó—. Yo me doy una ducha rápida.

Preparé el termo mientras ella se metía al baño. Al rato me pidió desde adentro que le alcanzara la toalla y la ropa del tendedero. Descolgué la tanga de vainilla —la misma que había visto el día anterior—, una remera clarita gastadísima y una toalla rosa enorme. Cuando le acerqué todo, abrió apenas la puerta, y por el reflejo del espejo alcancé a ver su cuerpo desnudo, húmedo, generoso: las tetas grandes con los pezones oscuros y duros por el agua fría, el vientre blando de mujer madura, y ese triángulo de vello prolijo entre los muslos que me hizo tragar saliva.

Salió minutos después envuelta en vapor, el pelo mojado humedeciendo la remera que se le pegaba a los pechos, la tanga marcándole el triángulo. Los pezones se le transparentaban a través de la tela mojada, dos círculos oscuros que se me clavaron en la retina. Mi cuerpo reaccionó al instante y la verga se me marcó dura contra el pantalón.

—Epa —dijo, mirándome la entrepierna con una sonrisa torcida—. ¿Nos levantamos de buen ánimo?

—No jodas, Marina, estás casi en bolas.

—En bolas sería lo de menos. Me levanté caliente. Toda la noche pensé en esa boca tuya.

Se sentó en la cama con las piernas cruzadas y un frasquito de esmalte en la mano, dispuesta a pintarse las uñas de los pies. Desde mi silla tenía una vista privilegiada: los muslos al descubierto, la tela mojada marcándole el pubis con una raya perfecta entre los labios, la remera pegada a la piel, transparentando las areolas. Cuando se inclinó hacia adelante para llegar a los dedos, la remera se le trepó por atrás y me dejó ver la curva del culo enorme apenas cubierta por el hilito de la tanga.

—Vas a tener que aprender a hacer esto —dijo, esforzándose por alcanzar el pie derecho—. Es una posición incómoda y me deja toda al descubierto. ¿Te gusta verme así?

—¿A quién no?

—Menos mal que te portás como un caballero. Otro ya me habría hecho mandar el esmalte al diablo.

Esas palabras me provocaron algo extraño: unas ganas tremendas de avanzar y, al mismo tiempo, el miedo a que me frenara. Le cebé unos mates tratando de disimular la erección. Miré el reloj: era hora de irme al trabajo. Me levanté, agarré la mochila y caminé hacia la puerta. Ella se puso de pie para acompañarme, cuidando de no arruinarse las uñas.

—Sos de no creer —protestó—. Te dije que estaba caliente, te mostré todo, ¿y vos qué hiciste? Cebarme mates.

—Si hubiese hecho algo, no llegaba al laburo.

Se acercó, me abrazó y me dio un beso que ya no tenía nada de tímido. Me metió la lengua hasta el fondo, chupándome la mía, mordiéndome el labio, mientras me restregaba las tetas contra el pecho y me apretaba la verga por encima del pantalón. Me empujó contra la puerta y me buscó con la cadera, hundiéndose contra mi bulto. Le devolví el beso y la agarré firme del culo, clavándole los dedos en la carne blanda, mientras las lenguas se buscaban con desesperación.

—No te vayas —murmuró contra mi boca, sin dejar de restregarse—. Quedate un rato. Mirá cómo estoy, tocame.

Me llevó la mano hasta la entrepierna. La tanga estaba empapada, no del agua de la ducha: era su propio jugo, caliente, viscoso, que se le escapaba entre los labios. Se la corrí a un lado y hundí dos dedos hasta los nudillos. El coño la chupó de una, apretándome, tibio y resbaloso como una boca.

—Si me quedo, terminamos cogiendo. Y tengo que ir a trabajar.

—Entonces no me dejes así. Hacé algo y andate. Comémelo, dale, comémelo como se lo hacías a Sofía.

La levanté en andas, le acomodé las piernas alrededor de mi cintura y la llevé a la cama. La recosté, le arranqué la remera de un tirón y le bajé la tanga hasta sacársela por los pies. Me tomé un segundo para mirarla: las tetas grandes cayéndole a los costados, los pezones erizados apuntando al techo, el vientre subiendo y bajando agitado, y entre los muslos abiertos el coño hinchado, brillante, pidiendo a gritos. Me acomodé entre sus piernas, la agarré del culo con las dos manos y clavé la lengua de una, de arriba abajo, lamiéndola entera desde el ojete hasta el clítoris.

—¡Ay, la puta madre! —jadeó, arqueándose—. Así, nene, no pares.

Le abrí los labios con los dedos y me dediqué al clítoris. Lo chupé despacio primero, sacando la lengua para dibujarle círculos alrededor, después lo atrapé entre los labios y empecé a mamárselo como si fuera una pijita chica. Ella se retorcía, se agarraba las tetas, se pellizcaba los pezones, murmurando puteadas mientras me apretaba la cabeza contra el coño.

—Metémela, metémela con los dedos, dale.

Le hundí dos dedos y empecé a moverlos rápido, buscándole el punto adentro mientras seguía chupándole el clítoris. Su coño chorreaba, me llenaba la boca, me mojaba el mentón. La sentí abrirse más, tensarse toda, hasta que estalló con un grito ahogado contra la almohada, apretándome la cabeza entre los muslos y clavándome los talones en la espalda. Le seguí lamiendo suave, recogiendo cada gota, mientras ella temblaba y respiraba entrecortado.

—Lo que se perdía Sofía —dijo después, agitada, con una sonrisa floja—. Tenés la lengua de oro, hijo de puta.

—Me tengo que ir, Marina. Después seguimos.

—¿Te vas sin nada para vos? Qué feo. Al menos dejame que te la chupe rápido.

—Te lo dije. Si seguimos, no laburo. Esta noche, cuando venga a bañarme, lo arreglamos. Y me la vas a chupar toda, tranquila.

—Andate ya, carajo, antes de que te ate a la cama.

***

Esa noche apareció por el local cerca de las once y pidió media docena de empanadas para llevar. Antes de irse me guiñó un ojo y susurró: «Te espero más tarde». Las horas hasta el cierre se hicieron eternas y tuve que acomodarme la verga en el pantalón más de una vez, porque la sola idea de meterme adentro de ella me tenía duro toda la noche. Cuando bajamos la persiana, volé reponiendo bebidas y acomodando vasos. Recorrí los ciento cincuenta metros hasta su puerta casi en el aire.

Pero me esperaba ya vestida para salir, con mi ropa extendida sobre la cama. Esa noche no habría acción todavía: nos íbamos al famoso boliche de parejas, que ella había reservado. El lugar se llamaba Penumbra, y le hacía honor al nombre. Una pista mínima, sillones separados por mamparas altas, luz casi inexistente. Los mozos se movían con linternas débiles para no chocar. Sonaba música lenta a volumen bajísimo, interrumpida cada tanto por algún quejido que venía de los reservados. Un verdadero antro para amantes.

Nos trajeron las bebidas y un plato de sándwiches. Apenas se distinguían siluetas moviéndose en la oscuridad, y no hacía falta ser muy lúcido para entender qué pasaba ahí. Fuimos a bailar un lento bien apretados: le apoyé la verga dura contra el vientre y ella se movió lento, restregándose, con las manos en mi nuca. Cuando ella se separó para ir al baño, en el camino de vuelta vi a una mujer cabalgando a su acompañante en un sillón, las tetas al aire rebotándole en la cara del tipo mientras se hundía en la verga con la cadera; a otra de rodillas frente al suyo, mamándosela con las mejillas hundidas, tragando entera; y a una pareja entera entregada en un rincón, él cogiéndola de atrás mientras la mujer se agarraba del respaldo, con el vestido levantado hasta la cintura y las tetas colgándole libres. Una orgía en la penumbra.

—No lo puedo creer —dijo Marina al volver, esquivando cuerpos—. Se cogen la vida acá, y los mozos ni se inmutan. Vi una mina en el pasillo con la mano de un tipo metida en la bombacha hasta el codo.

—Te apuesto que la mayoría son amantes. Es un lugar de encuentros prohibidos.

Se acercó a mi oído y me susurró, mientras me metía la mano entre las piernas y me apretaba la verga por encima del pantalón:

—Si no me sacás de acá y me cogés en la próxima hora, me subo a ese sillón de al lado y me hago coger por cualquiera. Estoy chorreando, nene, no aguanto más.

Una hora después pedimos la cuenta. Ya en el auto, se sentó de costado y sacó del bolsillo del abrigo una tanga roja.

—Cuando fui al baño me la saqué —confesó, riéndose—. Pensé que iba a animarme a imitar a las otras, pero no pude. Me calenté mal. Quiero coger ya.

Me acercó la tela a la nariz para que oliera ese perfume de mujer mezclado con la vainilla que ya conocía. La tanga estaba empapada, tiesa de jugo.

—Vos elegís: un albergue o el departamento.

—El departamento —dije, mandando la mano derecha hacia su entrepierna.

Le levanté el vestido y le abrí las piernas ahí mismo, en el auto. El coño estaba tan mojado que los dedos entraron solos, con un ruido húmedo que me puso más loco. Empecé a moverlos adentro mientras con el pulgar le apretaba el clítoris. Ella se retorció en el asiento, arqueando la cadera, agarrándome la muñeca para que no le sacara los dedos.

—Manejá, dale, manejá rápido —jadeó—, o me hacés acabar acá y no llegamos.

—Eso sí, hoy dormís conmigo. No te vas a tu cama.

***

Entramos a los besos, sin encender las luces, porque conocíamos el camino de memoria. La ropa fue cayendo donde caía: el vestido de ella en la entrada, mi camisa en el pasillo, el corpiño quedó colgando de una silla. Cuando llegamos a la habitación estábamos los dos completamente en pelotas. Un reflejo que se filtraba por la ventana nos guió hasta la cama. Ella me empujó y caí de espaldas; me miró de arriba abajo, se agachó y me agarró la verga con la mano derecha, apretándomela desde la base.

—Mirá lo que tenés acá, hijo de puta —dijo, pasándose la lengua por los labios—. Ahora me toca a mí.

Se arrodilló entre mis piernas y me la mamó de una, tragándomela hasta la mitad, sacándomela para escupirle en la punta y volver a bajar. Chupaba con hambre, haciendo ruido, con los cachetes hundidos y una mano acariciándome las bolas. Me miraba desde abajo con los ojos brillantes, disfrutando cada centímetro. Me la sacaba y me lamía toda la longitud, después se la volvía a meter hasta que sentí la punta chocarle contra la garganta.

—Prometeme que me la vas a comer otra vez —pidió, escupiéndole a la verga y desparramando la saliva con la mano—. Me encantó. Nunca nadie me hizo acabar así con la boca.

—Lo que me pidas.

Se giró hasta enfrentar su sexo a mi boca y se abrió de piernas, afirmándose en mi pecho para que pudiera llegar lo más hondo posible. Quedó en sesenta y nueve arriba mío, con el coño hinchado a milímetros de mi cara y mi verga metiéndose de nuevo en su boca. No la defraudé. La agarré del culo con las dos manos, le separé los cachetes y le clavé la lengua entre los labios. La recorrí entera, despacio y después con ganas: le chupé el clítoris, le metí la lengua en el agujero, la subí hasta el ojete y bajé de nuevo. Ella gemía con la verga adentro de la boca, y las vibraciones me subían por toda la pija.

Le hundí dos dedos y le busqué el punto interno mientras le mamaba el clítoris. Marina se movía en círculos sobre mí, marcando el ritmo, restregándome el coño en la cara, chorreándome hasta el mentón. Llegó una vez con un temblor largo, apretándome la cabeza entre los muslos, y no se detuvo; siguió buscándome con las caderas, siguió mamándomela con más ganas, hasta que la sentí temblar de nuevo y correrse por segunda vez, dejándome la cara empapada.

—Qué lindo se siente —murmuraba, con la voz ronca—. No pares, nene, dame más, comémelo todo.

Yo ya no aguantaba, la tenía tan dura que dolía. Cuando por fin me lo pidió, se dio vuelta, se acomodó sobre mí a horcajadas, me agarró la verga con la mano y se la metió con el coño desde arriba. Bajó despacio, empalándose de a poco, sintiendo cada centímetro entrar, hasta que la sintió tocarle el fondo. Cerró los ojos y soltó un gemido largo.

—Ay, la concha de tu madre, qué llena me tenés.

Cabalgó unos minutos largos, soltándose entera, con las tetas rebotándole en la cara mientras subía y bajaba. Yo le agarraba las caderas y la ayudaba a moverse, mirándole las tetas grandes yendo y viniendo, los pezones duros como piedras. Le agarré uno con la boca y se lo chupé fuerte mientras ella se hundía cada vez más rápido. La cama crujía con el peso de los dos, el ruido húmedo del coño golpeando contra mi pelvis llenaba la pieza.

—Dame, dame, así, no pares —jadeaba, clavándome las uñas en el pecho.

La agarré fuerte y la frené. Estaba al borde y no quería terminar así. La levanté, la puse en cuatro patas sobre la cama, y le acomodé el culo bien arriba. Le pegué una palmada en cada nalga y me acomodé detrás. Le pasé la punta por la raja húmeda, restregándosela desde el clítoris hasta el ojete, y me hundí de un solo empujón hasta las bolas.

—¡Ay, la puta! —gritó, hundiendo la cara en la almohada—. Así, cogeme fuerte.

Empecé a cogerla en serio, sin piedad, agarrándola de las caderas para tirar de ella contra mi verga con cada estocada. El culo grande le temblaba con cada golpe, y las tetas le colgaban debajo, oscilando. Me agaché sobre su espalda y le agarré el pelo, tirándole la cabeza para atrás mientras se la clavaba más profundo.

—Quiero acabar dentro tuyo —le dije al oído, sin dejar de embestirla.

—Ponete un forro y dale —respondió, jadeando—. No quiero quedar embarazada. Estoy en mis días y muy caliente, pero no soy boba. Sacala y ponete goma, dale, pero cogeme, no pares.

Me salí a regañadientes, agarré un forro de la mesa de luz, me lo puse en dos segundos con las manos torpes de las ganas, y volví a hundírsela en el coño. Ella empujó contra mí, buscando meterse toda la verga. Le seguí dando en cuatro un rato más, después la giré, la puse boca arriba, le tiré las piernas sobre mis hombros y me hundí otra vez, mirándola a los ojos mientras se la metía hasta el fondo. Ella se agarró las tetas, se las apretó, se pellizcó los pezones, mirándome coger como una loca.

—Vení, acabá adentro mío, quiero sentirte —pidió, aferrándose a mi espalda con las uñas—. Dame todo, no me dejes vacía.

La cogí unos minutos más así, con ella arqueándose debajo mío, hasta que la sentí acabar de nuevo, contrayéndose alrededor de mi verga, apretándome como un puño mojado. Fue lo que me faltó: apreté los dientes y me largué adentro suyo con tres empujones largos, llenando el forro, sintiendo cómo se me vaciaban las bolas mientras ella me clavaba las uñas en las nalgas y me tiraba de la espalda. Recién entonces se aflojó y cayó rendida a mi lado.

—Si me la ponías al natural, quedaba embarazada seguro —dijo, recuperando el aliento, con la mano todavía entre las piernas—. Estoy en mi momento más fértil. Cuando me agarra así, no puedo parar. Lo sé y corro el riesgo igual, pero hoy necesitaba esto.

—¿Tan así?

—Ni te imaginás. Me hierve todo y apenas me tocan, abro las piernas. Lo de esta tarde me dejó loca el día entero. En el laburo no podía sentarme sin apretar los muslos.

Descansamos un rato abrazados y, un par de horas más tarde, volvimos a la carga. Me despertó chupándomela despacio, sacándome de a poco de un sueño espeso. Cuando abrí los ojos ya me la tenía dura en la boca y se estaba montando de nuevo, sin forro esta vez, agarrándomela para calzársela y quedarse quieta un segundo, sintiéndome adentro sin nada de por medio.

—Solo un ratito así —murmuró—, después ponete goma. Quiero sentirte piel con piel.

Se movió unos minutos a pelo, lento, gozando cada centímetro, hasta que me hizo salir, me puso otro forro y volvió a montarse. Cabalgó despacio, con los ojos cerrados, tocándose el clítoris mientras se hundía. Después la puse de costado, en cucharita, y se la fui metiendo desde atrás, agarrándole una teta con una mano y el clítoris con la otra. Acabó otra vez, más largo esta vez, temblando entera contra mi pecho, y yo la seguí, vaciándome por segunda vez adentro del forro. Era cierto: se encendía sola y no aflojaba. Me dejó destruido.

***

A la mañana siguiente estaba más calma. Preparamos el desayuno así como estábamos, los dos sin ropa, sin apuro. Ella caminaba por la cocina con las tetas al aire y el culo marcado por las horas de coger, y yo la miraba desde la mesa como un baboso. Nos duchamos juntos: la enjaboné entera, le lavé el pelo, le pasé la mano entre los muslos hasta que se apoyó contra los azulejos y me pidió que la hiciera acabar una vez más con los dedos. La acomodé de espaldas contra la pared, le abrí las piernas, y le trabajé el clítoris con el pulgar mientras le metía dos dedos en el coño hasta que se corrió temblando, mordiéndome el hombro para no gritar. Volvimos a la cama a reponer energías.

—Si seguimos viéndonos —dijo, jugando con mi pelo—, la próxima noche de calentura la pasamos en un albergue. Quiero el lujo completo: jacuzzi, tiempo, sin mirar el reloj, y me la chupás todo lo que quieras. ¿Te va?

—Más vale que sí. Si pudimos en una cama de una plaza, imaginate en una de verdad.

—Te debo algo, igual —agregó con una sonrisa—. Hoy necesitaba coger y no te di todo lo que tenía pensado. Todavía no me la metiste en el culo, por ejemplo. La próxima cumplo.

La promesa quedó flotando en el aire, pero esa ya es otra historia. Lo que puedo decir es que aquel trato de comida a cambio de una ducha terminó costándome —y dándome— mucho más de lo que cualquiera de los dos había calculado.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(8)

MarcosMDZ

excelente relato!! de los mejores que lei en mucho tiempo, seguí así

Gaston_Cba

me recordo a una situacion parecida que tuve de pibe jaja, tremendo lo que puede pasar en un edificio viejo

Curiosa_BA

por favor una segunda parte!!! quede con ganas de saber como siguio la historia con la vecina

SilviaMdza

muy bien escrito, se siente real sin pasarse de la raya. la tensión del principio esta muy lograda

NochesBaires

engacha de entrada, no pude parar de leer. increible

ramiro_77

esto si que es calidad, no como otros relatos que son puro relleno. se nota que le pusiste ganas. bravo

Pili_lectora

jaja el titulo ya me vendio, y el relato no defrauda. me quede pensando si hubo revancha con las empanadas

RobertoLeal

el negocio de las empanadas por ducha caliente tiene que ser el mejor trato de la historia jajajaja. genial

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.