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Relatos Ardientes

La vecina madura que me ofreció su ducha y algo más

Ilustración del relato erótico: La vecina madura que me ofreció su ducha y algo más

Soy de esos hombres a los que siempre les gustaron las mujeres más grandes. Tengo veinticinco años y, desde que tengo memoria, las que me desarman son las que ya saben lo que quieren, las que no preguntan dos veces. No reniego del resto, pero una mujer madura tiene una calma que me vuelve loco.

Venía de un desencuentro con Sofía, una historia que prefiero no detallar acá. Cuando ella se mudó de vuelta a Mendoza, yo volví a mi rutina de siempre: cero relaciones, encerrarme un poco, dejar que el tiempo pasara. Seis meses después, las vueltas del destino me llevaron a mi primer trabajo en blanco.

Mandé un par de currículums y me tomaron para un puesto que iba a ser temporal en una pizzería que había abierto hacía poco más de un mes. La casualidad fue cruel y generosa al mismo tiempo: el local quedaba a la vuelta del departamento que antes ocupaba Sofía y que ahora habitaba Marina, una amiga suya que se había quedado con el alquiler.

Marina tenía cuarenta y dos años y una manera de mirar que parecía siempre estar calculando algo. Más temprano que tarde apareció por el local y se volvió clienta habitual. Le importaba la cocina tanto como a mí la astronomía, o sea nada, pero usaba la excusa de las promociones para quedarse charlando conmigo en la barra.

—¿Cuál es la del día, nene? —preguntaba, apoyando los codos en el mostrador, sabiendo perfectamente que ya se la había dicho.

Mi horario era de seis de la tarde hasta el cierre. En verano salía a las dos de la mañana los fines de semana; entre semana, a la medianoche. Como los dos parábamos en el mismo boliche, era normal cruzarnos. La segunda vez que coincidimos, fuimos a tomar algo antes de que cada uno se fuera con su grupo.

—No podés venir directo del laburo —me dijo, arrugando la nariz entre risas—. Por más que te perfumes, tenés un olor a comida espantoso. Necesitás bañarte.

Tenía razón. Cuando trabajás en una cocina, podés cambiarte y echarte todo el perfume del mundo, pero el olor a fritura se te mete en la piel.

—¿Y qué proponés? —le contesté—. En el negocio todavía no habilitaron la ducha, solo sale agua helada.

—No seas tonto. Nos arreglamos, pasás por casa y te das un baño como la gente. Yo no llego al boliche antes de las dos y media, así que tenés tiempo de sobra.

La oferta era tentadora: ducha caliente, ropa limpia y después la salida. Pero algo me decía que no iba a salirme gratis.

—Acepto. ¿Qué querés a cambio?

—Obvio que algo —se rió—. Tráeme comida del local. Empanadas, una pizza, lo que sea. Sabés que la plata no me sobra. Vos te duchás y yo ceno, ¿te va?

—Trato hecho.

***

El primer viernes pasé por su puerta pasada la una de la mañana, con una caja de empanadas todavía tibias bajo el brazo. Marina abrió en ojotas, con el pelo recogido a las apuradas. El departamento era un caos amable: la cama deshecha, ropa repartida por todos lados, vasos con restos de algo sobre la mesa y libros apilados en una silla. Nada que ver con el orden monacal que tenía Sofía cuando vivía ahí.

—El orden no es lo mío —dijo, encogiéndose de hombros—. Mientras acomodo un poco, date una ducha. Tenés un olor a milanesa que dan ganas de morderte.

—¿Y qué me pongo después? Solo traje lo puesto.

—En el baño hay un short y una remera tuya que dejaste la otra vez. Andá tranquilo.

Entré al baño y lo primero que vi fue una tanga minúscula colgada de la canilla: apenas un triángulo de tela traslúcida con los bordes celestes, y atrás un hilo finito. La dejé donde estaba y me metí bajo el agua caliente, usando su champú, su jabón perfumado, una toalla suavísima. Seamos honestos: esa prenda me la hizo imaginar puesta, y salí del baño con la cabeza en cualquier parte.

Como por arte de magia, ella había ordenado casi todo. Estaba metiendo mi ropa de trabajo en el lavarropas junto con la suya.

—Vi que dejé una tanga colgada —dijo sin darse vuelta—. Espero que no te hayas hecho nada raro con ella. Sé que te gustan esas cositas. Con Sofía no teníamos secretos.

—Ah, ¿cero secretos? ¿Qué más sabés?

—Varias cosas. Pero no es momento. Cenamos y después, si querés, hablamos de todo.

Comimos tranquilos, hablando de cualquier cosa, esquivando los temas calientes. Después fumamos un cigarrillo sentados en el borde de la cama. Le pregunté por Sofía, por cómo le había cambiado la vida desde que se fue, y Marina se acomodó de costado para quedar frente a mí.

—Mirá, nene —dijo, soltando el humo despacio—. Sé que vos y Sofía tenían un trato. Nada de sentimientos, solo pasarla bien. Pero ella flaqueó. Estaba a un paso de entregarse, y eso la asustó. Por eso se volvió. Le moviste el piso y no se animó a aceptarlo.

—Me cuesta creerlo.

—Creelo. Una cosa es coger por gusto, otra es cuando te empezás a entregar. Y ella se estaba entregando. ¿Sabés las veces que me calentó contándome cómo se revolcaban? Yo nunca habría pactado algo así.

—No digas eso, Marina.

—¿Por qué no? Si me calentás, nos revolcamos y listo. La diferencia entre Sofía y yo es simple: a mí no me tiembla el pulso. No hay sentimientos de por medio, solo ganas.

Lo decía mientras me sostenía la mirada, sin un gramo de pudor. Era una mujer sin filtros, de las que dicen exactamente lo que sienten. Terminamos la cerveza, descolgó mi ropa casi seca y, antes de despedirnos, me tiró la idea de un boliche de parejas que quería conocer.

—Pero traete ropa para bañarte —agregó, guiñando un ojo—, o te muerdo, que acá hay hambre.

Nos despedimos con un beso corto en los labios, como al descuido. El sol ya asomaba cuando llegué a mi casa, y mis inquietudes con ella asomaban también.

***

Al día siguiente pasé temprano a dejarle mi ropa para tenerla lista. Me abrió recién despierta, con una remera larga que apenas le tapaba los muslos.

—¿Unos mates? —preguntó—. Yo me doy una ducha rápida.

Preparé el termo mientras ella se metía al baño. Al rato me pidió desde adentro que le alcanzara la toalla y la ropa del tendedero. Descolgué la tanga de vainilla —la misma que había visto el día anterior—, una remera clarita gastadísima y una toalla rosa enorme. Cuando le acerqué todo, abrió apenas la puerta, y por el reflejo del espejo alcancé a ver su cuerpo desnudo, húmedo, generoso.

Salió minutos después envuelta en vapor, el pelo mojado humedeciendo la remera que se le pegaba a los pechos, la tanga marcándole el triángulo. Mi cuerpo reaccionó al instante.

—Epa —dijo, mirándome la entrepierna con una sonrisa torcida—. ¿Nos levantamos de buen ánimo?

—No jodas, Marina, estás casi en bolas.

—En bolas sería lo de menos. Me levanté caliente.

Se sentó en la cama con las piernas cruzadas y un frasquito de esmalte en la mano, dispuesta a pintarse las uñas de los pies. Desde mi silla tenía una vista privilegiada: los muslos al descubierto, la tela marcándole el pubis, la remera mojada pegada a la piel.

—Vas a tener que aprender a hacer esto —dijo, esforzándose por alcanzar el pie derecho—. Es una posición incómoda y me deja toda al descubierto. ¿Te gusta verme así?

—¿A quién no?

—Menos mal que te portás como un caballero. Otro ya me habría hecho mandar el esmalte al diablo.

Esas palabras me provocaron algo extraño: unas ganas tremendas de avanzar y, al mismo tiempo, el miedo a que me frenara. Le cebé unos mates tratando de disimular la erección. Miré el reloj: era hora de irme al trabajo. Me levanté, agarré la mochila y caminé hacia la puerta. Ella se puso de pie para acompañarme, cuidando de no arruinarse las uñas.

—Sos de no creer —protestó—. Te dije que estaba caliente, te mostré todo, ¿y vos qué hiciste? Cebarme mates.

—Si hubiese hecho algo, no llegaba al laburo.

Se acercó, me abrazó y me dio un beso que ya no tenía nada de tímido. Me restregó el cuerpo contra el mío, empujándome contra la puerta. Le devolví el beso y la agarré firme de la cola para que no se separara, mientras las lenguas se buscaban.

—No te vayas —murmuró contra mi boca—. Quedate un rato.

—Si me quedo, terminamos cogiendo. Y tengo que ir a trabajar.

—Entonces no me dejes así. Hacé algo y andate.

La levanté en andas, le acomodé las piernas alrededor de mi cintura y la llevé a la cama. La recosté, le subí la remera y le bajé apenas la tanga. Me acomodé entre sus piernas y empecé a recorrerla con la lengua, despacio, abriéndola, hundiéndome en ella.

—Así, nene —jadeó, enredando los dedos en mi pelo—. Justo ahí, no pares.

Seguí cada una de sus indicaciones, decidido a que llegara aunque no fuéramos más allá. Ella afirmó las plantas de los pies en el colchón, se abrió todo lo que pudo y tensó el cuerpo. Cuando llegó, lo hizo con un grito ahogado contra la almohada, apretándome la cabeza entre los muslos.

—Lo que se perdía Sofía —dijo después, agitada, con una sonrisa floja.

—Me tengo que ir, Marina. Después seguimos.

—¿Te vas sin nada para vos? Qué feo.

—Te lo dije. Si seguimos, no laburo. Esta noche, cuando venga a bañarme, lo arreglamos.

***

Esa noche apareció por el local cerca de las once y pidió media docena de empanadas para llevar. Antes de irse me guiñó un ojo y susurró: «Te espero más tarde». Las horas hasta el cierre se hicieron eternas. Cuando bajamos la persiana, volé reponiendo bebidas y acomodando vasos. Recorrí los ciento cincuenta metros hasta su puerta casi en el aire.

Pero me esperaba ya vestida para salir, con mi ropa extendida sobre la cama. Esa noche no habría acción todavía: nos íbamos al famoso boliche de parejas, que ella había reservado. El lugar se llamaba Penumbra, y le hacía honor al nombre. Una pista mínima, sillones separados por mamparas altas, luz casi inexistente. Los mozos se movían con linternas débiles para no chocar. Sonaba música lenta a volumen bajísimo, interrumpida cada tanto por algún quejido que venía de los reservados. Un verdadero antro para amantes.

Nos trajeron las bebidas y un plato de sándwiches. Apenas se distinguían siluetas moviéndose en la oscuridad, y no hacía falta ser muy lúcido para entender qué pasaba ahí. Fuimos a bailar un lento bien apretados. Cuando ella se separó para ir al baño, en el camino de vuelta vi a una mujer cabalgando a su acompañante en un sillón, a otra de rodillas frente al suyo, y a una pareja entera entregada en un rincón. Una orgía en la penumbra.

—No lo puedo creer —dijo Marina al volver, esquivando cuerpos—. Se cogen la vida acá, y los mozos ni se inmutan.

—Te apuesto que la mayoría son amantes. Es un lugar de encuentros prohibidos.

Una hora después pedimos la cuenta. Ya en el auto, se sentó de costado y sacó del bolsillo del abrigo una tanga roja.

—Cuando fui al baño me la saqué —confesó, riéndose—. Pensé que iba a animarme a imitar a las otras, pero no pude. Me calenté mal. Quiero coger ya.

Me acercó la tela a la nariz para que oliera ese perfume de mujer mezclado con la vainilla que ya conocía.

—Vos elegís: un albergue o el departamento.

—El departamento —dije, mandando la mano derecha hacia su entrepierna.

—Eso sí, hoy dormís conmigo. No te vas a tu cama.

***

Entramos a los besos, sin encender las luces, porque conocíamos el camino de memoria. La ropa fue cayendo donde caía. Un reflejo que se filtraba por la ventana nos guió hasta la cama. Caí yo primero y ella encima, los dos desesperados por terminar lo que había quedado a medias.

—Prometeme que me la vas a comer otra vez —pidió—. Me encantó.

—Lo que me pidas.

Se giró hasta enfrentar su sexo a mi boca y se abrió de piernas, afirmándose en mi pecho para que pudiera llegar lo más hondo posible. No la defraudé. La recorrí entera, despacio y después con ganas, mientras ella se movía en círculos sobre mí, marcando el ritmo. Llegó una vez y no se detuvo; siguió buscándome con las caderas hasta que la sentí temblar de nuevo.

—Qué lindo se siente —murmuraba—. No pares.

Yo ya no aguantaba. Cuando por fin me lo pidió, se dio vuelta, se acomodó sobre mí y se hundió hasta el fondo. Cabalgó unos minutos largos, soltándose entera, hasta que la frené. Estaba al borde y no quería terminar así.

—Quiero acabar dentro tuyo —le dije.

—Ponete un forro y dale —respondió—. No quiero quedar embarazada. Estoy en mis días y muy caliente, pero no soy boba.

Lo hicimos con cuidado, y esta vez sí terminamos los dos, ella aferrada a mi espalda. Recién entonces se aflojó y cayó rendida a mi lado.

—Si me la ponías al natural, quedaba embarazada seguro —dijo, recuperando el aliento—. Estoy en mi momento más fértil. Cuando me agarra así, no puedo parar. Lo sé y corro el riesgo igual, pero hoy necesitaba esto.

—¿Tan así?

—Ni te imaginás. Me hierve todo y apenas me tocan, abro las piernas. Lo de esta tarde me dejó loca el día entero.

Descansamos un rato abrazados y, un par de horas más tarde, volvimos a la carga. Era cierto: se encendía sola y no aflojaba. Me dejó destruido.

***

A la mañana siguiente estaba más calma. Preparamos el desayuno así como estábamos, los dos sin ropa, sin apuro. Nos duchamos juntos y volvimos a la cama a reponer energías.

—Si seguimos viéndonos —dijo, jugando con mi pelo—, la próxima noche de calentura la pasamos en un albergue. Quiero el lujo completo: jacuzzi, tiempo, sin mirar el reloj. ¿Te va?

—Más vale que sí. Si pudimos en una cama de una plaza, imaginate en una de verdad.

—Te debo algo, igual —agregó con una sonrisa—. Hoy necesitaba coger y no te di todo lo que tenía pensado. La próxima cumplo.

La promesa quedó flotando en el aire, pero esa ya es otra historia. Lo que puedo decir es que aquel trato de comida a cambio de una ducha terminó costándome —y dándome— mucho más de lo que cualquiera de los dos había calculado.

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Comentarios (3)

MarcosMDZ

excelente relato!! de los mejores que lei en mucho tiempo, seguí así

Gaston_Cba

me recordo a una situacion parecida que tuve de pibe jaja, tremendo lo que puede pasar en un edificio viejo

Curiosa_BA

por favor una segunda parte!!! quede con ganas de saber como siguio la historia con la vecina

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