Una madura cruzó tres provincias por su amante joven
Cerraron la oficina donde trabajaba por las mañanas y me quedé sin nada. Busqué empleo durante semanas en mi ciudad, después en los pueblos de alrededor, y al final tuve que ampliar el radio hasta donde nunca me había planteado mudarme. La única oferta seria estaba lejos, y como los alquileres del centro eran imposibles, terminé alquilando en un pueblo barato a media hora de Burgos.
Iba tan metida en la mudanza, tan ocupada con cajas y formularios, que apenas avisé a nadie. Hice el traslado casi en silencio, como si quisiera empezar de cero. Y empezar de cero, sin saberlo, significaba dejar atrás lo único que de verdad iba a echar de menos.
Lo descubrí el primer día, deshaciendo maletas en el piso nuevo. No encontraba el móvil. Lo busqué por todas partes, debajo de los muebles, dentro de las bolsas, en el coche. Nada. Tuve que ir a la compañía a dar de baja la línea para que no me cobraran consumos ajenos y, ya de paso, contraté un número nuevo.
El problema vino después. Tenía una libreta vieja con teléfonos apuntados a mano, y los fui pasando uno a uno a la agenda del teléfono nuevo. Todos menos el suyo. El de Adrián no estaba en ninguna parte.
Lo he perdido. He perdido a mi niño y ni siquiera me he despedido.
Adrián y yo teníamos un acuerdo claro desde el principio: solo follar, sin promesas, sin etiquetas. Yo le sacaba unos cuantos años y eso, lejos de incomodarnos, era parte del juego. Nos veíamos tres o cuatro veces por semana, según las ganas, y casi siempre era él quien quería más polla dentro de mí. Perderlo así, por un descuido tonto, me dejó un vacío raro en el pecho y otro, más concreto, entre las piernas.
Pasaron los meses. Me acostumbré al pueblo, al trabajo, a las tardes largas. Pero algunas noches el recuerdo volvía con fuerza y terminaba con dos dedos metidos en el coño, imaginando su verga abriéndome paso, recordando su voz, sus manos, la manera en que me daba órdenes en voz baja mientras me follaba. Me masturbaba pensando en cómo me agarraba del pelo para hundirme la polla en la boca, en el sabor de su corrida, en el peso de sus huevos contra mi culo cuando me embestía por detrás. Me corría mordiendo la almohada y me quedaba dormida con los dedos pegajosos y una mezcla de placer y nostalgia.
***
Medio año después, ordenando otra de mis libretas, encontré apuntada una vieja cuenta de correo con su contraseña. La había usado tan poco que casi la había olvidado. Probé suerte, más por curiosidad que por esperanza, y seguía activa.
Entre decenas de mensajes viejos había uno que no esperaba: un correo de un amigo común contándome que Adrián llevaba meses preguntando por mí, que no entendía mi desaparición, que si alguna vez leía aquello le escribiera. Se me aceleró el pulso. Respondí esa misma noche, con las manos torpes sobre el teclado.
Dos días después volví a escuchar su voz en un audio, y juro que se me aflojaron las rodillas y se me humedecieron las bragas de golpe. Esa voz grave, burlona, segura. Sigue siendo él. Sigue queriendo follarme como antes. Hablamos durante horas, recuperando el tono de siempre, y en un par de semanas ya teníamos un plan.
Adrián no tenía coche, así que sería yo quien condujera hasta Valladolid, donde vivía. Me quedaría todo el fin de semana en su casa. Solo de pensarlo me temblaban las piernas y el coño se me contraía en vacío. Le dije una sola cosa antes de colgar:
—Quiero que sea como las últimas veces. Quiero sentirme deseada. Y dominada. Quiero que me folles hasta que no pueda caminar.
Él se rió bajito al otro lado.
—Eso está hecho. Vas a acabar el fin de semana con el coño destrozado y la boca llena de mi leche.
***
El viernes amanecí encendida. Desde primera hora empecé a escribirle, igual que cuando vivíamos en la misma ciudad y contábamos las horas para vernos. Le mandé fotos de mis tetas asomando por el sujetador, del interior de mis muslos, audios respirando fuerte, mensajes cada vez más subidos de tono contándole cómo pensaba abrirme de piernas nada más entrar en su casa. Él respondía con la misma intensidad, y cuando me llegó uno suyo describiéndome con detalle cómo iba a follarme la boca hasta hacerme llorar el rímel, cómo me iba a poner de rodillas y me iba a llenar la cara de semen, no pude aguantar. Me encerré en la habitación, me tumbé desnuda, escupí en mis dedos y me los llevé al clítoris. Escuchaba ese audio una y otra vez, describiendo su polla dentro de mi coño mientras me mordía los pezones, y me corrí con dos dedos hundidos hasta el nudillo, empapando la sábana.
A las cinco de la tarde por fin cogí el coche y salí. A mitad de camino retomé los mensajes, contándole por dónde iba y lo caliente que estaba, que las bragas ya se me pegaban al coño de lo mojada que llevaba todo el día. Le dije que llevaba puesto el vestido azul de tirantes con el que me había conocido. Su respuesta tardó poco:
—Quiero que llegues solo con el vestido. Nada debajo. Ni bragas ni sujetador. Quiero poder metértela en el ascensor si me apetece.
Leí aquello en un semáforo y sentí que me ardía la cara. Le contesté que si era lo que quería, así llegaría. En la primera área de descanso paré, me bajé del coche y, escondida entre dos furgonetas, empecé a quitarme la ropa interior. Estaban húmedas de tanto pensar en él, con una mancha oscura marcando la entrepierna. Pero justo entonces entró un camión y me las subí a toda prisa, muerta de vergüenza, sin saber si el conductor había visto algo. Arranqué de nuevo, esta vez con las bragas todavía puestas y el corazón a mil.
Eran más de las siete cuando llegué a Valladolid. Aparqué cerca de su portal, saqué la maleta pequeña con lo justo para el fin de semana y bajé la calle con las piernas flojas. Llamé al telefonillo y no tuvo que pensárselo.
—¿Sí? —dijo solo eso, pero su voz me atravesó entera.
—Hola, mi niño. Ya estoy aquí.
Me abrió sin una palabra más.
***
Subí en el ascensor hasta el segundo y, cuando se abrieron las puertas, la del piso ya estaba entornada. No lo veía, pero adivinaba su silueta detrás. Entré arrastrando la maleta y, al girarme para cerrar, lo encontré apoyado en la pared, completamente desnudo, con la polla ya medio dura colgándole entre los muslos.
Me llevé la mano libre a la boca.
—Madre mía, qué bendición —se me escapó, sin poder apartar la vista de su verga—. Se me había olvidado lo grande que la tienes.
Cerró la puerta, se acercó despacio y me rodeó con los brazos.
—Qué ganas tenía de volver a metértela hasta el fondo —murmuró contra mi pelo.
—Y yo de tenerla dentro —alcancé a decir antes de que su boca se cerrara sobre la mía.
Me besó como si quisiera recuperar los seis meses perdidos en un solo beso, hundiéndome la lengua hasta la garganta. Una mano me recorría la espalda, la otra me quitó la maleta y la dejó caer a un lado. Se separó apenas un segundo y me cogió la mano para llevármela directamente a la polla, ya completamente empalmada y palpitante.
—Mira cómo me tienes ya —dijo, cerrando mis dedos alrededor de la verga caliente.
—Está dura como una piedra —respondí con un hilo de voz, apretando el puño y sintiendo cómo latía.
Empecé a masturbarlo despacio, subiendo y bajando la mano hasta que una gota de líquido preseminal me mojó el pulgar. Me la llevé a la boca sin pensar, mirándolo a los ojos, y él gruñó algo entre dientes. Me agarró fuerte y me levantó unos centímetros del suelo mientras volvía a besarme. Cuando quise darme cuenta, estaba con la espalda contra la pared del recibidor. Me bajó de nuevo, me sujetó la barbilla y me miró a los ojos.
—¿Estás preparada para lo que viene? Porque este fin de semana no vas a tener descanso.
Solo pude responder con un gemido apagado. Sus manos se deslizaron bajo el vestido, subieron por mis muslos y, de pronto, se detuvieron al toparse con el elástico de las bragas. Sonrió de medio lado.
—Has sido una niña mala. Has venido con las bragas puestas. Eso no se perdona.
Me puse roja de vergüenza y de excitación a la vez. Me sacó el vestido por la cabeza de un solo tirón y me dejó plantada contra la pared, solo con la ropa interior que me había prohibido y los pezones ya duros, marcándose en el aire. Me observó de arriba abajo, sin prisa, disfrutando de mi incomodidad. Se agachó y me arrancó las bragas por los tobillos, se las llevó a la cara y aspiró hondo.
—Estás empapada, guarra. Todo el viaje pensando en mi polla, ¿verdad?
—Sí —susurré.
—Sí, ¿qué?
—Sí, mi niño. Todo el viaje pensando en tu polla.
Después me giró de cara a la pared y me apoyó las manos abiertas sobre el yeso frío. Me abrió las piernas con la rodilla y me sacó el culo hacia atrás.
El primer azote me arrancó un respingo. El segundo, un gemido. El tercero me dejó la nalga ardiendo y el coño chorreando. Se pegó a mi espalda, con la polla dura clavándose entre mis nalgas, apoyó la boca en mi oído y susurró:
—Vamos a empezar. Y espero que sigas siendo mi puta caliente de siempre.
Empezó a besarme el cuello, que es justo donde sabe que me derrito. Una mano subió hasta mi pecho y me pellizcó el pezón con dos dedos, retorciéndomelo hasta que se me escapó un grito. La otra bajó por mi vientre hasta hundirse directamente entre mis labios ya empapados. Metió dos dedos de golpe y los sacó relucientes.
—Mira cómo estás, joder. Se te sale.
Me los acercó a la boca y yo abrí sin pensarlo, chupándomelos limpios mientras él movía la polla arriba y abajo entre mis nalgas. Yo solo podía apoyar la frente en la pared y respirar entrecortado, dejándome hacer, con el culo hacia atrás pidiendo más.
***
Lo que vino después fue un torbellino. Me arrastró sin soltarme hasta el dormitorio, me tumbó boca arriba en la cama y me separó las piernas de un tirón. Antes de subir se agachó entre mis muslos y me hundió la lengua en el coño sin previo aviso. Grité de placer al sentir esa lengua caliente recorriéndome de arriba abajo, chupándome los labios, subiendo hasta el clítoris para succionarlo mientras dos dedos me entraban y salían con un ruido húmedo y sucio que llenaba la habitación.
—Sabes exactamente igual que hace seis meses —dijo con la boca aún pegada a mí—. A puta mía.
Me comió el coño hasta que las piernas me temblaban solas y estaba a punto de correrme. Entonces paró, me miró con una sonrisa perversa y subió por mi cuerpo lamiéndome el ombligo, el vientre, mordiéndome un pezón hasta hacerme arquear la espalda. Se colocó encima y agarró la polla con la mano para pasar el glande arriba y abajo por mis labios, mojándose con mis jugos, sin llegar a metérmela.
—Pídemelo.
—Métemela, por favor —jadeé—. Métemela ya, no aguanto más.
—¿Qué te meta el qué?
—La polla. Métemela toda, Adrián, te lo suplico.
Entró despacio, mirándome a los ojos, y aún recuerdo el suspiro largo y ronco que se me escapó cuando lo sentí entero, centímetro a centímetro, hasta que sus huevos golpearon contra mi culo. Lo había echado tanto de menos que casi me dieron ganas de llorar de puro alivio. Me sentí llena, abierta, completa por primera vez en medio año.
Empezó con un ritmo lento, casi cruel, sacándomela hasta la punta y volviéndola a hundir milímetro a milímetro, dejándome notar cada vena antes de retirarse. Yo le clavaba las uñas en la espalda, le pedía más con la cadera, arqueándome para que entrara más profundo, y él se reía de mi desesperación.
—¿La querías, eh? Dime cuánto la querías.
—Mucho —jadeé—. No sabes cuánto. Fóllame fuerte, por favor.
—¿Así? —dijo dándome una estocada que me arrancó un grito—. ¿O más fuerte?
—Más. Más fuerte. Rómpeme.
Entonces dejó de jugar. Me embistió con fuerza, sujetándome las muñecas contra el colchón por encima de mi cabeza, y la habitación se llenó del sonido de nuestros cuerpos chocando, del cabecero golpeando la pared y de mis gemidos cada vez más agudos. Me clavaba la polla hasta el fondo con cada envite, me levantaba las caderas del colchón, me hacía subir por el colchón centímetro a centímetro hasta que la coronilla casi tocaba el cabecero. Me soltó las muñecas para agarrarme una pierna y colocármela sobre su hombro, abriéndome más, y desde ese ángulo cada embestida me tocaba un punto que me hacía ver blanco. Me corrí así, con él dentro, con el pulgar frotándome el clítoris al ritmo de las embestidas, temblando de arriba abajo, apretando el coño alrededor de su polla, incapaz de contener un grito que seguramente se oyó en todo el rellano. Él aguantó un poco más, cambiándome de postura, poniéndome de lado, agarrándome del pelo, hasta que con las últimas estocadas se vació dentro de mí con un gruñido largo y se quedó quieto, con la frente apoyada en mi hombro, todavía metido, sintiendo cómo mi coño le seguía apretando la polla en espasmos.
Cuando la sacó, un hilo de semen bajó por la parte de atrás de mi muslo hasta la sábana. Nos quedamos abrazados, recuperando el aliento, riéndonos como dos críos.
***
Más tarde decidimos cenar algo ligero y poner una película. Ninguna nos convencía, así que Adrián eligió una cualquiera y nos echamos en el sofá, yo con la cabeza apoyada en su pecho. Aguantamos quietos hasta más o menos la mitad. Entonces su mano empezó a juguetear con mi pecho por encima del vestido que me había vuelto a poner, buscándome el pezón, pellizcándolo despacio hasta ponérmelo duro.
—Estate quieto y no hagas lo de siempre —protesté, sin demasiada convicción.
Paró un rato. Diez minutos después la mano volvió, esta vez bajando por mi vientre hasta colarse entre mis piernas por debajo del vestido. Me acariciaba los labios del coño, ya otra vez húmedo, mientras fingía mirar la pantalla. Metió un dedo, luego dos, y empezó a moverlos con calma, buscándome el punto de dentro. A mí me volvieron de golpe todos los calores. No aguanté mucho. Me incorporé y lo encaré.
—¿Esto es lo que quieres? Pues prepárate.
Me deslicé al suelo, entre sus rodillas, le bajé el pantalón corto y la ropa interior de un tirón, y lo encontré ya duro, con el glande hinchado y una gota transparente asomando por la punta. La recogí con la lengua sin apartar los ojos de los suyos.
Lo agarré con firmeza por la base y empecé a lamerlo despacio, recorriéndolo entero, desde los huevos hasta la punta, mojándolo con saliva. Le pasé la lengua plana por debajo, le chupé uno de los cojones metiéndomelo en la boca, y volví a subir hasta engullirlo. Me lo metí hasta que me golpeó el fondo de la garganta y me tuve que apartar tosiendo, con hilos de saliva colgando de la boca. Él echó la cabeza atrás.
—Qué boca tienes, joder —murmuró, enredando los dedos en mi pelo—. Trágamela toda.
Me guió la cabeza marcando el ritmo, hundiéndose hasta el fondo, follándome la boca sin cuidado, hasta que se me saltaron las lágrimas y tuve que apartarme para respirar. Me miró la cara sucia de saliva y sonrió.
—Guarra, así me gustas.
Me puse de pie, me deshice yo misma del vestido y me senté a horcajadas sobre él. Agarré su polla mojada por mi propia saliva y me la coloqué en la entrada. Bajé despacio, sintiéndolo abrirse paso centímetro a centímetro, y me quedé inmóvil unos segundos con toda la polla dentro, besándolo, mientras él me sujetaba con fuerza por las caderas y me apretaba las nalgas.
Fue él quien empezó a moverme, levantándome apenas para dejarme caer de nuevo sobre su verga. Me chupaba los pezones mientras subía y bajaba, me mordía el cuello, me susurraba guarradas al oído. Cabalgué hasta marcar yo el ritmo, cada vez más rápido, con las manos apoyadas en su pecho y las tetas rebotando delante de su cara, sin querer que aquello terminara nunca. Él me metió un dedo en la boca para que se lo chupara y después bajó esa misma mano y me buscó el ojo del culo, presionándolo suavemente con la punta del dedo mojado mientras yo seguía cabalgándolo. La sensación doble me hizo perder la cabeza. Un segundo orgasmo me sacudió entera y me dejó temblando sobre su pecho, apretando el coño alrededor de la polla en oleadas.
***
Sin salir de mí, se incorporó conmigo en brazos, haciendo gala de una fuerza que siempre me ha desarmado, y siguió embistiéndome de pie en mitad del salón, sujetándome por debajo del culo, dejándome caer sobre su polla con la gravedad, hundiéndose hasta topar. Yo me agarraba a su cuello con las piernas rodeándole la cintura, sintiendo cómo me abría en canal cada vez que me dejaba caer. Después me llevó al dormitorio y me recostó con cuidado, retomando el vaivén encima de mí. Me daba tan fuerte que la cama golpeaba contra la pared y yo me sentía como una muñeca a su merced, con las piernas abiertas al máximo y las manos aferradas a la sábana. Me puso los tobillos sobre sus hombros y desde ahí me la clavó tan hondo que grité, hasta que con un último envite se derramó dentro por segunda vez esa noche y se dejó caer a mi lado, con la polla todavía chorreando semen mezclado con mis flujos sobre mi muslo.
Salí a limpiarme un momento. Al sentarme en el bidé, la corrida me bajaba caliente y espesa por dentro. Cuando volví, seguía despierto, esperándome de nuevo dispuesto, con la polla otra vez medio erguida sobre el vientre. No me hice de rogar: bajé directa a prepararlo con la boca antes de subir otra vez sobre él. Se la puse dura del todo a lametones, escupí en el glande y se lo froté con la mano hasta dejársela como un palo.
Esa segunda ronda fue más lenta, más íntima, llena de besos en el cuello y de palabras suyas al oído diciéndome lo increíble que era, lo bien que le apretaba, lo mucho que había echado de menos ese coño. Me follaba en misionero sin prisa, con embestidas largas y profundas, mientras yo le cruzaba las piernas por detrás para tenerlo más pegado. Terminó poniéndome a cuatro patas, me abrió las nalgas con las dos manos para verse entrar y me la clavó de una sola estocada que me arrancó el gemido de siempre. En el dormitorio solo se escuchaban el choque de sus caderas contra mi culo, sus huevos golpeando contra el coño en cada envite, y mis jadeos.
—Joder, qué bueno, sigue —le supliqué—, no pares. Fóllame, fóllame así.
—¿Te gusta que te folle como a una perra?
—Sí, me encanta. Rómpeme el coño.
Me dio un azote fuerte en la nalga derecha, después otro en la izquierda, hasta dejármelas marcadas y ardiendo. Me agarró del pelo, tirando hacia atrás para arquearme más, y aumentó el ritmo hasta que ya no se le entendían las embestidas. Llegué a un orgasmo que me hizo caer rendida sobre el colchón, con la cara hundida en la almohada y el culo todavía en pompa. Él aguantó unos segundos más, sujetándome por las caderas para mantenerme en posición, hasta vaciarse otra vez con un gruñido largo. Salió despacio y vi cómo un chorro espeso de semen bajaba de mi coño abierto hasta caer sobre la sábana. Acabamos exhaustos, abrazados, y nos quedamos dormidos sin darnos cuenta. Yo estaba molida del viaje y de la semana de trabajo, pero feliz como hacía meses que no me sentía.
***
Me desperté al amanecer para cerrar la puerta de la habitación y poder seguir durmiendo. Antes de volver a la cama me quedé mirándolo un momento, con la sábana enredada en las piernas, y no pude evitar bajar la vista.
Madre mía, sigue empalmado incluso dormido. No sé cómo voy a sobrevivir a este fin de semana.
Me reí sola y me acurruqué contra él, apoyándole el culo desnudo contra la verga dura.
Nos despertamos pasadas las once. Adrián, medio dormido todavía, me preguntó qué quería desayunar. Le respondí cogiéndoselo con la mano por debajo de la sábana, apretándole la polla ya matinal.
—Esto. Esto va a ser mi desayuno.
Bajé sin más preámbulos, aparté la sábana y me la metí en la boca directamente, sin usar las manos. Empecé a comérmela despacio, cerrando los labios apretados alrededor de la verga, subiendo y bajando la cabeza con calma para despertarlo del todo. Al principio me acariciaba la espalda, el pelo, distraído. Le lamí los huevos uno a uno, se los chupé metiéndomelos en la boca, subí lamiendo la vena de la parte de abajo y me la volví a tragar entera, notando cómo se hinchaba dentro de mi boca hasta rozarme la campanilla. Según se aceleraba su respiración fue dejando de acariciarme para sujetarme la cabeza con las dos manos, marcando él el ritmo, empujando hacia arriba las caderas para follarme la boca, hasta que ya no era yo quien mandaba. Se me saltaron las lágrimas otra vez, la saliva me chorreaba por la barbilla hasta caer sobre sus huevos, y él seguía embistiéndome la garganta sin piedad. Terminó así, con un gruñido ronco, sujetándome la cabeza pegada a su ingle mientras eyaculaba en el fondo de mi garganta, y yo no me aparté hasta tragarme hasta la última gota. Después le lamí el glande limpio, saboreando lo que quedaba.
Aquello, lejos de calmarlo, lo encendió todavía más. Se echó sobre mí, recorrió mis pechos con la boca, chupándome un pezón mientras me pellizcaba el otro, bajó por el vientre hasta hundir la cara entre mis piernas y me devolvió el favor comiéndome el coño hasta que estuve empapada. Cuando me notó lista, me puso de nuevo a cuatro patas frente al cabecero. Me agarré con las dos manos a los barrotes de madera mientras entraba despacio, con la dificultad de la primera vez del día, notando cómo me estiraba de nuevo, y en cuanto estuvo dentro me dio un azote sonoro que resonó en toda la habitación.
—Así da gusto empezar la mañana —dijo, agarrándome de las caderas—. Tu coño apretándome la polla nada más despertarme.
Apenas llevábamos unos minutos despiertos y ya estaba recibiendo placer otra vez. Sin haber desayunado nada, sacaba fuerzas de donde fuera para llevar un ritmo constante, fuerte, sujetándome por las caderas con las dos manos, hundiéndome la polla hasta que sus huevos rebotaban contra mi clítoris. Se inclinó sobre mi espalda, me agarró un pecho con una mano y con la otra me buscó el clítoris para frotármelo mientras me seguía embistiendo. Yo solo acertaba a repetir que no parara, con la cara contra la almohada y el culo en alto. Me metió el pulgar mojado de saliva en el ojo del culo, muy despacio, y esa doble penetración me hizo gritar. Llegué al primer orgasmo de la jornada con todo el cuerpo temblando, sin poder sostenerme bien, pero él me sujetó firme por las caderas y siguió hasta vaciarse dentro de mí con las últimas estocadas más lentas y profundas, gruñendo pegado a mi oído. Sentí cómo se derramaba caliente en el fondo, cómo la última embestida me subía por el vientre.
Nos levantamos por fin a asearnos. En la ducha, bajo el agua, no pudo evitar apretarme contra los azulejos y volver a metérmela por detrás, esta vez más despacio, casi vago, hasta que se corrió por cuarta vez en menos de veinticuatro horas mezclándose la corrida con el agua caliente que bajaba por mis piernas. Desayunamos fuerte, porque íbamos a necesitarlo, y salimos a dar una vuelta a comprar lo que nos hacía falta para el resto del fin de semana. Caminando de la mano por su barrio, con las piernas todavía flojas, el coño dolorido de una manera deliciosa y una sonrisa tonta en la cara, pensé que había hecho bien en cruzar tres provincias por él. Y que aquel solo era el principio de un fin de semana que no pensaba olvidar.





