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Relatos Ardientes

La milf amiga de mi madre y la noche del coche

Esto pasó hace unos años, una noche de julio, justo el día del cumpleaños de mi madre. Conviene que aclare un par de cosas para que se entienda el resto. Por entonces yo llevaba meses entrenando en el gimnasio con un par de amigos y estaba en mi mejor momento físico. No me faltaban miradas ni coqueteos, y de vez en cuando aprovechaba alguno cuando me apetecía.

Para celebrar los cincuenta de mi madre montamos una cena en casa con toda la familia y varias de sus amigas. Yo me quedé ayudando, recibiendo invitados y llevando copas de un lado a otro. Fueron llegando los tíos, primos, señoras de la edad de mi madre a las que conocía de toda la vida y otras a las que jamás había visto.

Entre esas últimas llegó una que, desde que cruzó el umbral, se llevó toda mi atención.

Le abrí yo mismo la puerta, y al hacerlo me topé de frente con una de esas mujeres maduras que parecen sacadas de una película. Reconozco que estar con una milf era una de mis fantasías pendientes, así que ya partía con desventaja. Se presentó como Lorena. Era un poco más alta que mi madre, llevaba tacones de punta y un vestido ceñido que marcaba cada curva: el pecho firme, una cintura imposible y unas caderas redondas que parecían dibujadas a mano.

Tenía el rostro simpático, alguna arruga discreta que no le restaba nada, y el pelo liso cayéndole hasta los hombros. Por lo visto no era el único que se había fijado: pillé a un tío mío embobado, a otros invitados girando la cabeza a su paso, y vi cómo la sacaban a bailar una y otra vez. Pero también pillé a Lorena mirándome de reojo más de una vez.

Esa noche me había vestido formal, y como entrenaba la camiseta me quedaba justa, marcando la espalda y los brazos. Los pantalones, que no me gustaba llevar tan ceñidos, tampoco ayudaban a disimular. Cada vez que me acercaba con una bandeja de vino o aperitivos, notaba las miradas de aquellas señoras pasando por encima.

En una de esas, al descorchar una botella, levanté la vista y ahí estaba ella, observándome sin disimulo, regalándome una sonrisa lenta. Me puse nervioso, no lo voy a negar, pero era una oportunidad que no pensaba dejar escapar. Seguí a lo mío como si nada, y poco a poco fui yo quien empezó a coquetearle, sutil al principio, más descarado después, hasta que me atreví a sacarla a bailar. Aceptó de inmediato.

Bailamos un buen rato. Al principio me reía nervioso porque me agarraba los brazos y me los apretaba para luego soltar una carcajada. Pero fui soltándome hasta que terminamos pegados, su aliento en mi cuello, su risa rozándome la oreja. Y, como era de esperar, empecé a ponerme duro.

Intentaba separarme un poco para que no se notara, pero ella no me dejaba. Me sujetaba por la cintura y se apretaba más, hasta que sentí mi propia polla empalmada rozándole la tripa a través del pantalón. Lorena no se inmutó. Siguió bailando como si nada, incluso hizo un movimiento con la cadera que fue directo a frotarse contra el bulto, lento, deliberado, como quien no quiere la cosa. Más tarde me confesaría que sí lo había notado, que se le había mojado el coño en mitad del salón, y que no pensaba desaprovechar la ocasión de sentir así a alguien tan joven.

Nos interrumpió mi madre de repente, y nos separamos. Yo ya estaba como una piedra. A partir de ahí no paramos de buscarnos con la mirada el resto de la noche, sonriéndonos de lejos, aunque no volvimos a bailar porque sus amigas la tenían acaparada.

***

Pasadas las dos de la madrugada la gente empezó a marcharse, y entonces ocurrió algo que agradeceré siempre. Mi madre me pidió que acercara en coche a una amiga suya que no tenía cómo volver. Y Lorena, vivísima, se coló diciendo que de paso la dejara a ella por el camino.

Así que ahí me veo, conduciendo de noche con dos señoras en el coche. Lorena se sentó delante, y yo no podía dejar de mirarle las piernas de reojo. Aquel vestido no dejaba nada a la imaginación. No podía ni hablar con ella porque la otra amiga de mi madre no callaba un segundo.

Aguanté en silencio todo el trayecto hasta que por fin bajó la primera. Cuando me quedé a solas con Lorena, nervioso pero entusiasmado, arranqué de nuevo y empecé a darle conversación. Hablamos de muchas cosas. Le pregunté la edad, ella me preguntó desde cuándo iba al gimnasio. Todo era puro coqueteo. Llegó a decirme que era muy guapo, que el músculo me sentaba bien. Yo me reía, pero también me di cuenta de que llevaba la falda más arriba que cuando se había subido al coche.

—¿Y estás soltero, chaval? —soltó de pronto.

—Sí. ¿Por qué la pregunta?

—Porque te pillé mirándome muy fijo en tu casa, y a ver si alguna novia me iba a montar el numerito.

—Para nada —me reí—. Y, oiga, que usted también me estuvo mirando a mí.

—Claro, guapo. Solo que, cuando me mirabas, no me mirabas precisamente a los ojos.

—Yo solo apreciaba lo bien que se movía bailando.

—¿Y te gustaba lo que veías?

—Eso no se lo puedo responder.

—No te cortes —insistió, divertida—. Sé sincero. ¿Qué te parece mi cuerpo a los cuarenta y siete?

—Que está usted estupenda.

—Vaya. Tú tampoco estás nada mal. Y, ahora que hay confianza, dime: ¿alguna vez has estado con una mujer madura como yo, o solo te gusta clavarme la mirada?

—Yo no le clavaba nada. La atendía, que para eso era el anfitrión.

—Ya, ya. ¿Y cuando bailamos, esa polla tuya que se me clavó en la tripa también me la vas a negar?

Yo ya estaba nervioso y duro otra vez, así que contraataqué.

—No me dirá que no le gustó, que no quería despegarse de mí.

—Ay, chaval. Cuando una mujer de mi edad comprueba que todavía puede poner cachondo a alguien tan joven, se le moja todo. Y a mí, contigo, se me mojó bien.

—Entonces no es la primera vez que le pasa.

—Ojalá me pasara más a menudo. Pero apenas salgo. A mi marido no le gusta moverse de casa, así que paso encerrada. Y follar, lo que se dice follar, hace tanto que ni me acuerdo.

Vi cómo, al mencionar a su marido, se le tensó el gesto. No esperé más. Le pregunté con tacto, y entre frase y frase me fue contando que su matrimonio estaba muerto, que él era un amargado y que le había sido infiel. Cargaba unas cuantas copas encima y se la notaba frágil. Le puse la mano en la pierna para consolarla, sin más intención que esa, y entonces fue ella la que se me echó encima a besarme.

Conseguí estacionar a un lado de la calle con su boca ya pegada a la mía. Sus besos sabían a vino y besaba endemoniadamente bien: metía la lengua entera, me mordía el labio de abajo, me lo chupaba y volvía a hundir la lengua hasta hacerme jadear. Bajé las manos por su espalda, se las metí por el escote y le apreté las tetas por encima del sujetador, sintiendo cómo los pezones se le ponían duros bajo la tela. Ella soltó un gemido bajo, me llevó la mano a la pierna y me la hizo subir por debajo del vestido hasta que rocé con los dedos la tela húmeda de su tanga. Estaba empapada. De golpe se separó.

—No. No puedo hacer esto.

Yo, acalorado por toda la noche y con aquellos besos todavía en los labios, empecé a convencerla.

—Tranquila. Esto no lo va a saber nadie. Nadie.

Insistí con palabras suaves hasta que cedió. Volvimos a besarnos, esta vez con las manos sueltas, recorriéndonos con ganas. Le colé otra vez la mano por debajo del vestido y aparté el tanga a un lado. Le pasé el dedo por la raja del coño, arriba y abajo, y estaba tan mojada que me resbalé dentro sin resistencia. Metí un dedo, después dos, y empecé a moverlos despacio mientras ella me mordía el cuello y me gemía bajito al oído «así, así, no pares». Con el pulgar le busqué el clítoris, hinchado y duro como una perla, y se lo froté en círculos hasta que se le disparó la respiración. Un coche de la policía pasó despacio por la calle y nos obligó a separarnos y seguir camino con los dedos aún pringados de ella.

***

Lorena se quedó mirando por la ventanilla, colorada, sin devolverme la mirada. Avanzamos unos minutos en silencio hasta que, sin previo aviso, se giró hacia mí y empezó a desabrocharme el pantalón. Tuve que buscar sitio para parar lo más rápido posible mientras ella, impaciente, peleaba con el cinturón de seguridad y con la tela del pantalón, que como ya he dicho me quedaba ajustado. Cuando por fin logró bajar la cremallera, metió la mano dentro del bóxer y me sacó la polla ya empalmada, gruesa y palpitando, con una gota de líquido asomando en la punta.

—Madre mía —murmuró, sujetándola con la mano y meneándomela despacio—. Qué dura la tienes.

En cuanto frené del todo, empezó lo bueno. Le sujeté la cara y volví a besarla mientras yo mismo terminaba de bajarme el pantalón y el bóxer hasta las rodillas. Estaba durísimo, la polla enhiesta y latiéndome contra el vientre. Sin esperar nada, le pasé la mano por la nuca y la guie hacia abajo.

Lorena se agachó sin decir palabra. Primero me pasó la lengua plana por los huevos, uno y otro, chupándomelos con la boca abierta hasta que se me erizó todo. Después subió lamiendo por la vena de abajo, lentísima, hasta la punta. Su lengua se concentró en el glande, dando vueltas alrededor, recogiendo la gota que había asomado, saboreándola con los ojos cerrados. Se metió solo la cabeza en la boca y la succionó apretando los labios, hasta que un tirón me sacudió la cadera. Luego bajó por todo el largo y volvió a subir. Me la trabajó unos segundos así, lenta, con la mano en la base acompañando el movimiento, hasta que levantó la cabeza.

—Vaya pedazo de polla tienes, chaval. Y qué gorda.

La verdad es que no la tengo grande, más bien del montón, pero sí algo gruesa, y ese día iba bien arreglado. Así que le pregunté:

—¿Te gusta?

—Me encanta —respondió con una sonrisa, antes de volver a bajar—. Llevo toda la noche imaginándomela.

La repitió con más hambre. Abrió la boca, se la metió entera y me la hundió hasta el fondo de la garganta, una y otra vez, marcándose ella misma el ritmo. Oía cómo se atragantaba un poco al llegar al final y aun así insistía, con los ojos llorosos y la saliva escurriéndosele por la comisura hasta el mentón. Cuando se la sacaba, en lugar de quejarse, se quedaba mirándola con esa mezcla de descaro y satisfacción, se la meneaba con la mano llena de saliva, se daba palmaditas en la lengua con la punta y volvía a empezar. La succionaba con un ímpetu que me ponía al borde, apretando los mofletes hacia dentro para hacer más presión, y luego frenaba a propósito, bajando despacio para alargarlo. De vez en cuando se la sacaba entera y me lamía los huevos otra vez, uno tras otro, mientras me miraba desde abajo con los ojos brillantes.

Mientras tanto yo había echado el asiento hacia atrás. Le subí el vestido por encima de la cintura y le acaricié las caderas, que tenía en pompa sobre el asiento. Le bajé el tanga por un lado y le metí dos dedos otra vez en el coño. Estaba chorreando. Empecé a bombeárselos rápido mientras ella gemía con la polla en la boca, y esos gemidos me vibraban en toda la verga. Aparté los dedos y le froté el clítoris con el pulgar, atento de reojo a la calle para que no nos pillara nadie.

La cosa duró un buen rato, aunque a mí se me hizo infinito. Lorena me la chupaba como si llevara años deseándolo, pendiente de que yo lo disfrutara, mientras yo le acariciaba la espalda y la nuca. En una de esas tiré de la camiseta y me la quité del todo. Aquello pareció encenderla más: soltó la polla, me pasó la lengua de abajo arriba, lenta, desde los huevos hasta el ombligo, siguió subiendo por el abdomen y me chupó un pezón mordisqueándomelo suave. Se me erizó la piel entera.

—Fóllame —me pidió de pronto, con la voz ronca—. Fóllame ya, que no aguanto más.

No me lo hizo repetir. Saqué un preservativo de la guantera mientras ella se bajaba los tirantes del vestido y se sacaba las tetas por arriba. Eran unas tetas de mujer madura, llenas, con los pezones grandes y oscuros, tiesos como piedras. Me agaché y me llené la boca con uno, después con el otro, chupándoselos con ganas mientras ella me acariciaba la nuca y gemía. Me lo puso ella misma, deprisa, desenrollándomelo por toda la polla con dedos temblorosos, y tirando de sus brazos la subí encima de mí. Se apartó el tanga otra vez a un lado, se agarró la polla, la apuntó a su entrada y bajó de golpe. Encajamos al primer intento, y soltó un gemido largo, gutural, al notarme entero dentro.

—Ay, Dios, qué llena me pone —jadeó, quieta un segundo, dejándose acostumbrar.

Enseguida empezó a moverse, apoyada en mi pecho, subiendo y bajando la cadera despacio al principio, sintiéndome entrar y salir centímetro a centímetro, repitiendo lo bien que se sentía. Yo le tenía las tetas en la cara y se las mamaba de una y de otra, pasando de un pezón al otro, mordiéndoselos suave mientras ella cabalgaba. Después empezó a moverse más rápido, más fuerte, dando botes sobre mí, el coño chapoteándome sobre la polla con un ruido húmedo que llenaba el coche. Le agarré el culo con las dos manos y la ayudé a subir y bajar, marcándole yo también el ritmo desde abajo, embistiéndola hacia arriba cada vez que ella caía.

—Así, así, dame más, dame más —gemía pegada a mi oreja—. Cómo folla este chaval, cómo folla.

La hice bajarse un momento, la giré poniéndola de espaldas a mí, arrodillada en el asiento del copiloto con las manos apoyadas en la puerta. Le levanté el vestido hasta la cintura, le vi el culo redondo y blanco brillándole en la penumbra del coche, y me metí en el coño otra vez de una embestida. Empecé a follármela por detrás, agarrándola de las caderas, tirando de ella hacia mi polla en cada embestida. El asiento crujía, ella pegaba la frente al cristal y jadeaba empañándolo. Le di una palmada en el culo y soltó un grito ahogado. —Otra —me pidió—. Otra, dámela otra.

Le di dos más, viendo cómo la carne le rebotaba y se le quedaba la marca roja de mi mano. Metí la mano por debajo y le busqué el clítoris otra vez, frotándoselo mientras la embestía, y a los pocos segundos se puso a temblarme entera, el coño apretándome la polla en espasmos, gimiendo bajito «me corro, me corro, dios, me corro». Se dejó caer sobre el salpicadero con el orgasmo entero encima, y yo aproveché para seguir bombeándosela mientras la sentía deshacerse.

Cuando se recuperó, se giró, me agarró la cara y se acercó a la mía.

—Quiero que acabes en mi boca. Dámelo todo en la boca.

Se subió otra vez encima, esta vez de cara, y volvió a cabalgarme, apretando el coño a propósito cada vez que bajaba. Aceleró tanto que no aguanté más. Cuando noté que me iba, le avisé, y ella se descolgó de mis piernas con torpeza, se arrodilló como pudo en el poco espacio que había, me arrancó el preservativo de un tirón y se metió la polla en la boca justo a tiempo. Empezó a chupármela rápido, con la mano meneándome la base, la otra mano cogiéndome los huevos y apretándomelos suave. La primera corrida me salió con fuerza y le dio en el paladar; ella no se apartó, siguió succionando. La segunda, la tercera, la cuarta. La sentí tragar entre cada chorro, sin soltarme, aguantando cada gota. Cuando terminé, me la sacó despacio de la boca, me lamió la punta para limpiar la última gota, se pasó el dedo por la comisura recogiendo lo que se le había escapado y se lo chupó también, riéndose después con una sonrisa de oreja a oreja y los labios brillantes.

—Rico, chaval. Muy rico.

Quedé exhausto y satisfecho, con la polla todavía dura y palpitando entre las piernas. Cuando se limpió, la besé de nuevo. Olía a vino y a noche, y todavía le sabía la boca a mí.

—Ay, chaval —suspiró—. Hacía años que no me daban una noche así. Espero que no sea la última. Pero ahora llévame a casa de una vez.

Nos reímos, nos vestimos y arranqué de nuevo. Por el camino intercambiamos números, por si volvía a apetecernos. Su casa era bonita, y en la puerta ya la esperaba su marido, de morros, reprochándole la hora. Ella ni le contestó. Solo se bajó, me dio las gracias con una mirada cómplice y entró.

Aquella fue la primera de una serie de noches que tuvimos después. Pero esas son otra historia, y no sé si serían tan emocionantes como esta.

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Comentarios(8)

CarlosBA

buenisimo!!! que relato

Tomas_46

El inicio me engancho al toque, se nota que sabe escribir bien. Muy bueno

NicoVega_87

necesito una segunda parte ya!! no puede quedar ahi jaja

Rolando_Cba

Jajaja me recordo a algo que me paso con la amiga de mi vieja hace años... nunca mas igual jaja. Muy bueno el relato

MarcosLibre

El giro del final es lo mejor, no me lo esperaba para nada. Bravo

PatricioR

Llego para arruinarle la noche y termino siendo al reves jaja, tremenda señora

SolMedina

increible!! sigue escribiendo asi por favor

LuisCba_87

Me gusto mucho el tono que tiene para contar, es natural sin ser aburrido. De los mejores que lei en esta categoria, esperando el proximo

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