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Relatos Ardientes

La cuidadora de mi vecina me esperaba los jueves

Ilustración del relato erótico: La cuidadora de mi vecina me esperaba los jueves

Lo voy a contar tal como pasó, sin adornos, porque todavía me cuesta creerlo. Ya sabéis que tengo una costumbre que no todo el mundo entiende: me gusta dejarme ver. No de cualquier manera, sino fingiendo descuido, como si no me diera cuenta de que estoy enseñando más de la cuenta. Hay quien prefiere la sutileza. A mí me da igual. Me pone, me divierte, y casi siempre me sale bien.

La cosa es que a mi vecina, una señora mayor que apenas sale de casa, la cuida una mujer sudamericana. Yolanda, se llama. Tendrá algo más de cincuenta años. Es bajita, de piel morena, cara redonda y ese aire tranquilo de las mujeres que han trabajado toda la vida. Está entrada en carnes, con buenas caderas y buen pecho, todo bien repartido. Se viste sin pretensiones, con el pelo siempre recogido en un moño que se le suelta a media mañana.

No está nada mal para su edad. Tiene una energía que muchas de treinta no tienen. Y ya me había fijado en que, cada vez que coincidíamos en el rellano, me sonreía demasiado. Una sonrisa lenta, que se quedaba flotando. A veces, según la ropa que yo llevara, le veía la mirada bajar por mis brazos y por mi pecho con una calma que no era inocente.

Sabía que los jueves por la mañana salía a tender la colada en la terraza de servicio, la que da al patio interior, justo enfrente de la mía. Y resulta que ese jueves yo libraba. Me había pedido el día y el viernes para hacerme un puente largo. Cuando oí la puerta de su terraza y el sonido de las pinzas, se me ocurrió la idea.

Voy a darle algo para mirar. Seguro que se le hace la boca agua.

Me puse unos auriculares grandes, de esos que tapan la oreja entera. Quedan más creíbles para hacerse el distraído. Cogí el móvil, respiré hondo y salí a mi terraza sin nada encima. Solo la piel, el sol de la mañana y la certeza de que ella estaba a tres metros, al otro lado del patio.

***

Apenas abrí la puerta noté de reojo que Yolanda giraba la cabeza para ver quién salía. Yo fingí estar absorto en la pantalla. Di dos pasos hacia el tendedero, donde tenía un par de camisetas colgadas, y me planté frente a ella como sin querer. No se movió. No siguió tendiendo. Se quedó mirando, con una toalla a medio colgar entre las manos.

Me quité un auricular y la saludé como quien no quiere la cosa.

—Buenos días, Yolanda.

—Buenos días, señorito Mateo —respondió, sin apartar los ojos—. ¿No anda usted un poco fresco?

Lo dijo despacio, casi con guasa, mientras la mirada le bajaba otra vez. Recogí una pinza del suelo con toda la parsimonia del mundo. Que mirara. Que se entretuviera.

—Hace calor esta mañana —dije—. Pero si te incomoda, me meto para dentro.

—¡Para nada! ¿Cómo me va a incomodar? Yo en mi vida he visto muchos hombres, mi amor. No me asusto por tan poco.

—Me alegro, entonces.

—La belleza nunca molesta —añadió, y se mordió el labio sin disimulo—. Ojalá todos los que he visto estuvieran tan bien cuidados.

Seguí recogiendo cosas con calma estudiada. No me cortaba lo más mínimo, y eso me ponía todavía más. El descaro de aquella mujer era una cosa rara, deliciosa, que no me esperaba. Cuanto más me miraba, más notaba la sangre subir, y cuanto más notaba ella el efecto que me hacía, más sonreía.

—Qué pereza me da recoger todo esto —comenté, alargando el momento—. Luego toca doblarlo y guardarlo en los cajones. A veces pienso en meterlo todo hecho una bola.

—Jajaja, qué gandul —se rió, y la risa le sonó franca—. ¿Quiere que le ayude a doblar, señorito?

La idea de tenerla cerca me recorrió la espalda como un escalofrío. Pero tenía que asegurarme, ahorrarme malentendidos.

—Venga. Espera que me ponga algo, que estoy un poco indecente.

—¡Ni se le ocurra! —dijo enseguida—. Es lo único que me anima a cruzar el patio.

Me reí, le dije que de acuerdo y entré. Mientras me alejaba, sentí su mirada clavada en la espalda, y me dio igual girar la cabeza y descubrirla. Ella ni se inmutó. Aquel descaro suyo era un regalo que pensaba aprovechar.

***

Dejé la ropa apilada sobre la mesa del salón. No me había dado tiempo ni a ordenarla cuando sonó el timbre. Miré por la mirilla y allí estaba Yolanda, alisándose el delantal. Abrí la puerta sin taparme, plantado frente a ella como si fuera lo más normal del mundo. Me saludó, bajó la vista, sonrió y la subió otra vez a mi cara.

—Pase, pase —le dije, haciéndome a un lado.

Entró rozándome la cadera al pasar, un roce que no fue casual. No dijo nada. Yo tampoco.

Nos pusimos a doblar la ropa charlando de tonterías: el calor, la vecina, el precio de la fruta. Ella no paraba de alternar la mirada entre mis ojos y lo demás, sin orden ni vergüenza. Yo seguía duro, y notaba cómo ese descaro suyo me mantenía así.

—Yolanda —dije, medio riéndome—, estoy aquí arriba.

—Ay, ya lo sé —contestó tranquila—. Pero su cosito está ahí abajo llamando la atención.

—¿Mi cosito?

—Jajaja, ya me entendió. No puede usted estar así, paseándose desnudo delante de una mujer, y pretender que no lo mire.

—Tienes razón. Culpa mía.

—Pues si no quiere que lo mire, tápese —me retó, divertida.

Cogí un calcetín de la pila y lo estiré por encima, como si fuera a taparme con eso. Estaba tan caliente que ya no sabía ni lo que hacía, solo quería seguir oyéndola hablar.

—Jajaja, no le da, no se puede —dijo entre carcajadas—. Es demasiado para un calcetín.

Terminamos de doblar y le di las gracias. Ella me miró con una ceja levantada.

—Es usted un poco maleducado. Entré y no me ofreció nada.

Me giré hacia ella. Apenas nos separaban unos centímetros. Volvió a bajar la mirada.

—¿Qué quieres que te ofrezca, Yolanda?

Sonrió, me miró a los ojos y luego otra vez hacia abajo.

—Ya sé yo.

***

Me agarró con una mano y, sin decir más, me llevó tirando suavemente hasta el sofá. Su mano era pequeña y caliente. Me empujó del pecho y caí sentado en los cojines. Ella se arrodilló entre mis piernas con una soltura que no dejaba lugar a dudas: aquello lo había hecho muchas veces.

Escupió, me agarró y empezó a masturbarme con un arte que me dejó sin palabras. Volvía a escupir, despacio, hasta que la mano se deslizaba con un sonido húmedo que llenaba el silencio del salón. No se oía nada más: ni la tele, ni el patio, solo su mano subiendo y bajando, y su respiración. Me miraba mientras lo hacía, y sonreía cada vez que se me escapaba un suspiro.

Se inclinó y me dio dos lametones largos, de abajo arriba, mordiéndose el labio entre uno y otro.

—Mmm, qué rico, mi amor —murmuró—. Llevo con hambre desde que lo vi salir a la terraza.

—Pues aquí lo tienes.

—Cómo me voy a portar bien hoy…

Siguió con la lengua mientras la mano me sujetaba la base. Lo lamía como quien se come un helado que se derrite, sin dejarse un centímetro. Apretaba desde abajo y soltaba arriba, una y otra vez, con un ritmo que yo no había sentido nunca. Era como si supiera exactamente qué teclas tocar.

Luego se lo metió en la boca, despacio, muy despacio. La mano dejó de apretar y empezó a acompañar el movimiento de sus labios, que llegaban cada vez más abajo. Cerré los ojos un segundo. Cuando los abrí, ella seguía bajando, sin asomo de molestia, mirándome fijo desde abajo. No parecía costarle nada.

Se apartó un momento para tomar aire y se dio un par de golpecitos en la mejilla, gimiendo bajito.

—Cuántos años de práctica, mi amor.

—Dios, qué bien lo haces.

—Muchos años de casada —me guiñó un ojo—. Una aprende.

***

Volvió a hundirse, esta vez hasta el fondo. Iba y venía, cada vez más profundo, hasta que su nariz me rozó el vientre. Sentí el impulso de empujar, de tomar yo el control, pero me obligué a quedarme quieto. Ella mandaba, y mandaba bien. Su lengua trabajaba sin descanso, y yo notaba que no iba a aguantar mucho.

—Yolanda, como sigas así te voy a llenar la boca —le advertí, con la voz quebrada.

No me hizo ni caso. Al contrario, aceleró, me sujetó con las dos manos y empezó a succionar la punta mientras gemía. Aquel gemido suyo, vibrando, fue la gota que colmó el vaso.

—Me corro… Yolanda, me corro.

No se apartó. Me miró a los ojos, apoyó una mano en mi muslo y siguió con la boca cerrada en torno a mí mientras me vaciaba. No se inmutó. Tragó, siguió chupando despacio, como si quisiera asegurarse de que no quedaba nada. Yo me quedé hundido en el sofá, jadeando, mirando al techo.

Esta mujer es de otra liga.

Lo raro vino después. Normalmente me bajaba enseguida, pero ella siguió, con una lentitud sabia, sin ansia, lamiendo la punta cada vez que asomaba una gota. Y no me bajé. No sé cómo lo hizo, pero entendía perfectamente que después de correrse uno necesita calma, no prisa. Estaba muy bien enseñada.

—Si sigues, no se me va a bajar —le dije.

—Ayyy, qué pena más grande —contestó, con una sonrisa de oreja a oreja.

***

Siguió, manteniéndome firme con la boca mientras una de sus manos se colaba bajo su propia falda. Cerró los ojos para concentrarse en lo suyo, y su ritmo fue subiendo a medida que notaba que yo no cedía. Gemía con la boca llena, se apartaba un momento para respirar y volvía al ataque enseguida. Verla tan entregada, buscando su propio placer mientras me daba el mío, me puso a mil otra vez.

—Qué rico, qué rico —repetía entre lametones—. Mmm…

Me lamió de nuevo entero, despacio, mientras se frotaba con más fuerza. Sentí que se acercaba a su límite, y que yo, increíblemente, me acercaba al mío por segunda vez. El sonido de su boca, sus gemidos cada vez más altos, la mano apretándome la base: era imposible resistirse.

—Yolanda, voy otra vez.

—Sí, dámela toda, mi amor. Me la he ganado.

Cuando llegué, ella llegó conmigo. Se apartó un segundo para gemir, larguísimo, temblando entera, y volvió a buscarme con la boca para no perderse el final. Se frotaba y gemía a la vez, y no me soltó hasta dejarme limpio del todo, como si fuera lo más natural del mundo.

***

Después siguió un rato más, despacio, hasta que por fin noté que me iba bajando. Ya no quedaba nada que dar, y mi cuerpo pedía tregua. Ella se incorporó, se acomodó el moño deshecho y me sonrió como si nada de aquello tuviera la menor importancia.

Se fue al baño a refrescarse la cara. Cuando volvió, ya tenía el delantal bien puesto y el aire tranquilo de siempre, el de la señora que cruza el rellano cargada con la compra.

—Que descanse, señorito —se despidió desde la puerta.

—Lo mismo digo, Yolanda.

Me quedé en el sofá un buen rato, digiriendo lo que acababa de pasar. Me había corrido dos veces seguidas, algo que no me ocurría desde los dieciocho años, desde los primeros revolcones de mi vida. Y todo había empezado por una de mis tonterías, por salir a la terraza fingiendo despiste.

Ahora, cada jueves por la mañana, cuando oigo las pinzas del tendedero al otro lado del patio, me cuesta concentrarme en cualquier otra cosa. Sé que ella sabe que yo sé. Y los dos sabemos que tarde o temprano volverá a sonar el timbre.

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Comentarios (2)

TucoLector

jajaja que atrevido, pero bueno... funciono!! muy buen relato

Daniela_Sur

Segunda parte porfavor!! me quede con ganas de saber como siguio todo

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