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Relatos Ardientes

Mi madre tenía un secreto que descubrí espiando

Ilustración del relato erótico: Mi madre tenía un secreto que descubrí espiando

Voy a contar algo que llevo guardado desde hace meses y que todavía no sé si debería compartir. Tengo veintitrés años, estudio de día y trabajo de tarde, y vivo sola con mi madre desde que mis padres se separaron. Me llamo Carla, y lo que descubrí una noche cualquiera cambió por completo la forma en que la miro.

Mi madre se llama Marina. Tiene cincuenta y dos años y, para la edad que tiene, es de esas mujeres que entran a un lugar y hacen que la gente gire la cabeza. No es alta, apenas pasa el metro sesenta, pero camina con una seguridad que llena la habitación. Trabaja como abogada, siempre impecable, con blusas planchadas y faldas que le marcan una figura que ha cuidado durante años. De pequeña la veía como cualquier hija ve a su madre: un refugio, una autoridad, alguien sin más misterio que el de las llaves perdidas y las cenas a deshora.

Hace cosa de un año empezó a salir con Esteban, un hombre de cuarenta y ocho años, de hombros anchos y voz tranquila. Pasa casi todas las tardes a buscarla por el bufete, se queda a cenar, y después de un rato se despide y se va. A mí siempre me trató con cordialidad, sin invadir, y reconozco que me caía bien. Nada en él me hacía sospechar lo que vi.

Yo tengo una rutina rígida. Subo temprano a mi cuarto, termino los apuntes que dejé a medias en el trabajo, y antes de dormir me pongo los auriculares con música suave para desconectar del día. Casi nunca me levanto de madrugada. Por eso aquella noche fue distinta desde el primer paso.

Eran cerca de las dos de la mañana cuando me despertó la sed. Me quité los auriculares, que para entonces ya solo reproducían silencio, y salí al pasillo medio dormida buscando el baño. Fue al pasar junto a la escalera cuando escuché voces abajo.

La casa estaba a oscuras. Lo único que se distinguía era el resplandor azulado del televisor encendido en el salón, sin volumen, y por encima de él dos voces que hablaban en susurros. Una era la de mi madre. La otra, la de Esteban. Lo primero que pensé fue que él se había quedado más de la cuenta, nada más. Pero había algo en el tono, una intimidad demasiado baja, demasiado contenida, que me clavó los pies al suelo.

No deberías estar escuchando esto.

Lo pensé y, aun así, me senté en el escalón de arriba, con la espalda pegada a la pared, donde la oscuridad me tapaba pero el hueco del barandal me dejaba ver una franja del salón.

—Te compré algo —decía Esteban, con esa voz suya que de pronto sonaba distinta, más grave—. Lo vi en una vidriera y pensé en ti. Imaginé cómo te quedaría.

—Qué casualidad —contestó mi madre, y solté el aire despacio porque ese tono no se lo conocía—. Porque yo también me compré algo. Y te aseguro que me queda muy, muy bien.

Hubo una risa baja, de ella, que no se parecía en nada a la risa que yo conocía de las sobremesas familiares. Me asomé un poco más. Marina llevaba todavía la ropa del trabajo: una blusa blanca de botones y una falda negra recta, con medias oscuras. Estaba de pie frente al sillón, y Esteban sentado, mirándola desde abajo.

—A ver —dijo él—. Enséñame.

Mi madre se llevó las manos al borde de la falda. La fue subiendo despacio, sin prisa, con una lentitud que era evidente que disfrutaba, hasta dejar a la vista un liguero negro y la ropa interior a juego.

—¿Qué tal me queda esto? —preguntó, girando apenas la cadera.

—Increíble —respondió él, con la voz tomada—. Sabes perfectamente lo que me hace verte así.

—Claro que lo sé —dijo ella—. Por eso me lo compré. Me excita que te gustes tanto al mirarme.

Me quedé sin respiración. Aquella mujer que negociaba contratos y me regañaba por dejar los platos en el fregadero hablaba con una seguridad que yo jamás le había escuchado. No era vergüenza lo que sentía yo, o no solo. Era una mezcla extraña de asombro y de algo que no me atrevía a nombrar.

***

Esteban la tomó de las manos y la hizo girar. La sentó sobre sus piernas, de espaldas a él, y le apartó el pelo del cuello para hablarle al oído.

—Hace demasiado que no estamos así —murmuró ella, echando la cabeza hacia atrás contra su hombro.

Él le desabrochó la blusa botón a botón, sin apuro, mientras le besaba la línea del hombro. Cuando la abrió del todo, deslizó las manos por delante y mi madre dejó escapar un suspiro largo que me llegó nítido a través de la casa en silencio. Una de las manos de Esteban bajó, le apartó la tela y empezó a moverse entre sus piernas con una lentitud deliberada.

—Vamos al cuarto —susurró él—. Carla puede oírnos.

—Está dormida —contestó mi madre, y la frase me golpeó de un modo absurdo, porque yo estaba a unos metros, viéndolo todo—. Tiene los auriculares puestos, no escucha nada. Quiero hacerlo aquí.

Tendría que haberme levantado en ese momento. Tendría que haber subido de puntillas y meterme en la cama y fingir, al día siguiente, que no había pasado nada. Pero no lo hice. Me quedé donde estaba, con el corazón retumbándome en los oídos, incapaz de apartar la vista.

Mi madre se deslizó de sus piernas y se arrodilló frente a él en la alfombra. Le desabrochó el pantalón con una destreza que no dejaba lugar a dudas de cuántas veces lo había hecho, y se inclinó sobre él. Esteban echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

—Así —dijo él, casi sin voz—. Nadie lo hace como tú.

Marina levantó un instante la mirada hacia él, sin detenerse, y volvió a bajar la cabeza. Mientras ella seguía, la mano de Esteban se perdió de nuevo entre sus piernas, y los dos parecían haber olvidado por completo que el mundo existía más allá de aquel sillón y aquella luz parpadeante.

***

La ropa interior de mi madre se ataba con lazos a los costados. Vi cómo Esteban tiraba de uno de ellos hasta soltarla, dejándola solo con el liguero y las medias. Después la tomó de los brazos, la levantó con suavidad y la recostó sobre los cojines del sillón.

—Mírate —dijo, arrodillado frente a ella—. Con que apenas te toque ya tiemblas.

—Sabes que me pasa rápido —respondió ella, con la voz quebrada—. Y más cuando me miras así, como si fuera la única mujer del mundo.

Él inclinó la cabeza entre sus piernas y mi madre soltó un gemido tan súbito y tan hondo que tuve que taparme la boca con la mano para no hacer ningún ruido. Era una mujer que yo no conocía. La abogada serena, la madre que doblaba mi ropa, había desaparecido por completo, reemplazada por alguien que se entregaba sin pudor a su propio placer.

—No tan fuerte —le pidió Esteban en un susurro—. Tu hija.

—No puedo evitarlo —jadeó ella, arqueando la espalda—. No me pidas que me calle, no esta noche.

Yo seguía en la escalera, pegada a la pared, con la respiración entrecortada y una vergüenza ardiente trepándome por la cara. No quería estar viendo aquello. Y, sin embargo, no podía moverme.

Esteban se incorporó y se acomodó sobre ella. Lo que siguió fue una sucesión de movimientos lentos al principio, después más firmes, mientras mi madre se aferraba a sus hombros y enterraba la cara en su cuello para ahogar los sonidos que se le escapaban igual. Cada cierto tiempo, ella murmuraba algo que yo no llegaba a entender, y él respondía con un gruñido bajo.

—Marina —dijo él en algún momento, con la voz tensa—. No voy a aguantar mucho más.

—Quédate —pidió ella, abrazándolo con las piernas—. No te vayas todavía.

Se quedaron así, fundidos, hasta que los dos cuerpos se tensaron casi al mismo tiempo y un último gemido ahogado de mi madre se mezcló con el suyo. Después, el silencio. Solo el parpadeo mudo del televisor y dos respiraciones agitadas que poco a poco se fueron calmando.

***

Subí las escaleras tan despacio como pude, descalza, conteniendo el aire en cada peldaño que crujía. Me metí en la cama vestida y me quedé mirando el techo, con el pulso todavía disparado, escuchando muy abajo el murmullo de una despedida en la puerta, una risa suave de mi madre, el ruido del coche de Esteban alejándose por la calle.

A la mañana siguiente, Marina bajó a la cocina con su bata, el pelo recogido, idéntica a siempre. Me preparó el café como cada día y me preguntó si había dormido bien.

—De maravilla —mentí, sin poder mirarla del todo a los ojos.

—Qué bueno —dijo ella, sonriendo, y por un segundo me pareció ver, detrás de esa sonrisa tranquila, el destello de la otra mujer, la de la madrugada.

No le conté nada. No pienso hacerlo. Pero desde aquella noche la miro distinto. No con reproche, ni con vergüenza, sino con una especie de respeto nuevo y desconcertante. Siempre la creí una mujer hecha solo de responsabilidades, de trabajo y de cuidados. Y resulta que, a los cincuenta y dos años, sabe perfectamente lo que quiere y no tiene el menor miedo de pedirlo.

Tal vez algún día yo aprenda a ser así. Mientras tanto, guardo el secreto, y cada vez que ella se arregla para esperar a Esteban frente al espejo del recibidor, finjo no darme cuenta de la mujer entera que hay detrás de mi madre.

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Comentarios (3)

DiegoRlect

increible, me tuvo pegado hasta el final sin poder soltar el celu. de lo mejor que lei en esta categoria

Esteban_nocturno

Por favor decinos que hay una segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber como sigue todo despues de ese descubrimiento

MartinaBAS

Que inicio mas intrigante! Lo de espiarla sin querer y descubrir esa otra faceta... muy bien narrado, uno se siente dentro de la escena sin que se haga forzado

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