El camionero que despertó a una madura del pueblo
Tino llevaba tres años apareciendo por casa de su hermana cada vez que volvía de ruta. Tres años desde que se separó de Loli, aunque el matrimonio llevaba muerto bastante antes de la firma. Y tres años repitiendo el mismo monólogo sobre una vida sexual inexistente, como si nombrar la sequía pudiera espantarla.
No funcionaba.
—¡Hostia, hermana! —se dejaba caer en el sofá, con su barriga cervecera entrando en la habitación tres segundos antes que el resto de él—. Que lo intenté de todo, ¿eh? De todo. Y ella siempre con lo mismo: que si estoy cansada, que si mañana, que si me duele la cabeza.
Su hermana asentía con la paciencia infinita de quien ha oído la misma historia exactamente ciento cincuenta veces. Había perfeccionado un asentimiento automático que le permitía pensar en la lista de la compra mientras Tino despotricaba. Leche, huevos, pan, paciencia extra para Tino, tomates.
—Por eso nos separamos, tía. Ocho años sin echar un polvo como Dios manda. Ocho.
A veces estaba Encarna.
Encarna era la amiga de toda la vida de su hermana. Una mujer pequeña pero fibrosa, de pelo cano cortado a la moda y ojos color avellana. Apenas metro y medio, pero con esa fuerza concentrada de quien ha trabajado el cuerpo toda la vida: brazos sorprendentemente firmes para sus sesenta y un años, piernas de músculo seco de cargar bolsas que habrían tumbado a cualquiera.
Siempre andaba haciendo algo con las manos: pelando patatas, removiendo un café, doblando ropa, cualquier excusa para quedarse en la cocina mientras Tino tronaba en el salón. Nunca opinaba. Nunca participaba en las quejas. Se limitaba a estar, con una expresión neutra que podía significar muchas cosas.
Se conocían desde críos. Los dos habían crecido en aquel pueblo manchego de treinta mil almas, ese donde era imposible comprar un paquete de condones sin que tu prima segunda lo supiera antes de que llegaras a casa. Habían coincidido en el colegio, en las fiestas, en los entierros. Tino sabía de ella lo estándar: que estaba casada con Aurelio desde hacía cuarenta años, que tenía un hijo que la llamaba una vez al mes con suerte, y que limpiaba oficinas con turnos partidos que la cruzaban el pueblo tres veces al día.
Pero nunca habían hablado de verdad. El tiempo, el fútbol, poco más.
Aquella tarde, mientras Tino enumeraba sus años de frustración, Encarna lo miraba de reojo por encima de la taza. Sus ojos contenían algo que él no supo leer. Tino era buen conductor, forofo del fútbol y experto en las mejores áreas de servicio de media Europa, pero interpretar miradas de mujer no figuraba en su currículum.
Lo que no sabía es que esa mirada era reconocimiento. El destello de quien podría decir: «¿Ocho años? Yo llevo diez y contando». Pero Encarna no dijo nada. Siguió removiendo un café que ya no necesitaba removerse.
***
Dos semanas después se cruzaron en plena calle del Pósito, cerca del mercado de abastos.
Era una mañana fresca de marzo, de esas en que el invierno se resiste a marcharse. Ella cargaba bolsas que parecían pesar lo que un Scania cargado; él venía de recoger un paquete en Correos, cuarenta minutos perdidos porque la señora de delante había decidido discutir con la funcionaria el precio de un envío a Finisterre.
—¿Qué, Encarna? ¿Cómo andamos? —saludó él, con la familiaridad automática de siempre.
Y entonces lo notó. Encarna lo estaba mirando distinto. No era el «hola-vecino-de-toda-la-vida». Era otra cosa.
Por primera vez en los más de cuarenta años que llevaban conociéndose, Tino se fijó —se fijó de verdad— en ella. En cómo el pelo cano la hacía parecer más joven. En cómo, bajo el abrigo fino, se adivinaba un cuerpo pequeño pero sorprendentemente fuerte. En cómo, la leche, estaba buena.
—Bien, Tino. Tirando —respondió ella.
Y había un peso en esa palabra, tirando, que contenía décadas. Matrimonios enteros. Noches en vela. Sábanas frías. Todo comprimido en dos sílabas. Tino lo entendió al instante, porque él también había estado «tirando» durante años.
Echaron a caminar juntos sin acordarlo, como si una corriente invisible los empujara en la misma dirección. Tino, que nunca había sido hombre de sutilezas —su idea de una indirecta era decir exactamente lo que pensaba pero tres decibelios más bajo—, llevó la conversación adonde la llevaba siempre.
—¿Y tú qué, mujer? En tu casa, ¿todo bien? ¿O también andáis a dos velas?
Encarna se detuvo en mitad de la calle. Lo miró con una intensidad que le hizo sudar bajo la camisa a pesar del fresco.
—¿Quieres que te diga la verdad? Llevo años sin que me toquen. Aurelio no puede, la diabetes. Y aunque pudiera, tampoco querría. Dormimos en cuartos separados desde hace más de diez años.
Hubo un silencio. La señora Patro pasó con su carrito, mirándolos de reojo, porque en pueblos así cualquier charla en mitad de la calle es chismorreo de primera. Un perro ladró a lo lejos. El mundo seguía girando, ajeno a que Tino estaba a punto de tomar la decisión más impulsiva de su vida.
—¿Te apetece que nos veamos? —soltó, con el corazón bombeando sangre hacia lugares muy concretos de su anatomía—. Digo, para… ya sabes. Sin líos, sin tonterías. Solo eso.
Encarna lo miró tres segundos eternos. Y asintió.
—Vale. ¿Cuándo?
—¿Mañana? Tengo el estudio libre. A las cuatro.
—A las cuatro —repitió ella.
Y así, sin flores, sin cena, sin tonterías, dos adultos que llevaban años sin tocarse acordaron su primer encuentro en mitad de la calle del Pósito. Encarna recogió las bolsas —que ahora parecían pesar menos— y se despidió con un gesto. Tino se quedó plantado en la acera con su paquete de Correos y una erección incipiente que confió en que la cazadora disimulara. Solo tenía que sobrevivir veinticuatro horas.
***
Al día siguiente había limpiado el estudio como nunca en su vida. Y cuando digo nunca, me refiero a nunca. Su método habitual consistía en empujarlo todo hacia las esquinas y rociar ambientador hasta que oliera menos a camionero soltero. Pero ese día estrenó unas sábanas que llevaban mil años en el armario, regalo de boda de Loli que nunca había usado porque «las buenas se guardan para las visitas».
Bueno, pues Encarna técnicamente era una visita.
Cuando el timbre sonó a las cuatro en punto, el corazón le latía tan fuerte que temió un infarto allí mismo. Abrió. Y allí estaba ella, recién duchada, con un vestido sencillo de señora que va a hacer recados, pero algo en cómo se movía dentro de él le secó la boca.
No hubo charla. Ni «qué bien huele» ni «bonito piso». Tino cerró la puerta, la agarró de la cintura y la besó. Sin preguntar. Se sorprendió de lo suaves que tenía los labios, del sabor a café y menta de su boca. Encarna respondió con urgencia, agarrándose a sus brazos tatuados como si necesitara anclarse para no salir volando.
Entre besos llegaron al dormitorio, chocando contra el marco de la puerta, riéndose de los nervios. Y entonces ella se desnudó a una velocidad que desafió la física: en diez segundos estaba completamente desnuda, el vestido en el suelo, mientras él seguía con la camiseta puesta.
—¡La leche! —exclamó—. ¿Y esas prisas?
—Cuando Aurelio me decía «vamos» —respondió ella, con voz neutra—, tenía que correr. Si tardaba medio minuto, se le quitaban las ganas.
Tino sintió una punzada de rabia hacia un hombre al que apenas conocía. Entendió otra cosa, también: Encarna no era tímida. Aquella urgencia no era su naturaleza, sino lo que había aprendido para sobrevivir a un matrimonio donde el sexo era un trámite que despachar deprisa. Con él podía ser otra. Podía volver a ser quien era.
Se quitó la camiseta despacio. Era puro camionero de ruta larga: barriga prominente pero con músculo debajo, el pecho ancho cubierto de vello oscuro, los brazos cortos y macizos forrados de tatuajes que se superponían unos sobre otros. Se bajó los vaqueros, el bóxer, y allí quedó todo a la vista.
Encarna lo recorrió con los ojos y soltó una risa nerviosa.
—Me cago en todo, Tino. Pareces un oso.
—¿Y eso es bueno o malo? —rio él.
—Bueno. Definitivamente bueno. Hacía años que no veía a un hombre tan… peludo. Aurelio tiene cuatro pelos contados.
Se arrodilló frente a ella y le separó las piernas con suavidad. Encarna jadeó al sentir las manos ásperas sobre los muslos.
—¿Cuándo fue la última vez que te lo comieron? —preguntó, mirándola a los ojos.
—Nunca —susurró ella—. Aurelio nunca… nunca lo ha hecho.
—Pues agárrate.
Hundió la cara entre sus muslos con el entusiasmo de un sediento llegando a un oasis. Su lengua encontró el centro de su placer y lo lamió con movimientos amplios y lentos. Encarna gritó, literalmente gritó, agarrándose a su cabeza rapada.
—¡La madre que me parió! ¡Ahí! ¡Justo ahí!
Tron, baja la voz, quiso decirle Tino, pero tenía la boca ocupada. Que esto es un edificio, que aquí las paredes son de papel.
Pero ella estaba perdida, moviendo las caderas contra su boca con una desesperación animal, buscando más fricción, más presión. Años de represión contenida explotaron de golpe. Cuando notó que se acercaba —los muslos temblando, todo el cuerpo en tensión— Tino añadió dos dedos, curvándolos hacia arriba.
—¡Me corro! ¡Me corro, Tino!
Pues córrete ya, hostias, pensó él, antes de que llamen a la puerta los vecinos.
Encarna se corrió con un alarido ronco que debió de oírse en todo el portal, el cuerpo arqueado, los dedos de los pies curvándose, una oleada arrasándola tras años de sequía. Tino siguió lamiendo despacio mientras ella bajaba.
—Sube aquí —ordenó ella, con la voz quebrada—. Quiero sentirte dentro.
Él se subió a la cama. Cuando la rozó, ambos gimieron.
—Despacio —susurró ella—. Eres muy gordo.
—Tranquila. Vamos poco a poco.
Empujó centímetro a centímetro, sintiendo cada milímetro de resistencia, hasta hundirse del todo. Encarna lo rodeó con las piernas, esas piernas fuertes y firmes, y se enroscó a su cintura con sorprendente fuerza.
—Muévete —suplicó—. Por favor. Fóllame como tiene que ser.
Y Tino la folló. Como llevaba años sin follar a nadie, con embestidas profundas y constantes, el colchón crujiendo, la cama golpeando contra la pared. Ella le arañaba la espalda velluda, dejando surcos rojos sobre los tatuajes, le mordía el hombro.
Me va a dejar hecho un Cristo, pensó él sin detenerse. Mañana voy a parecer que me peleé con un gato rabioso. Pero le daba igual. Le daba completamente igual. Porque dentro de ella se sentía vivo, se sentía hombre de verdad después de años de sentirse un mueble.
—Me voy a correr —gruñó—. ¿Dónde?
—Dentro —gimió ella—. Quiero sentirte.
Esas palabras lo llevaron al límite. Se hundió hasta el fondo y se vació con un rugido sordo. Encarna lo abrazó —lo abrazó— mientras él temblaba, rodeándolo con brazos y piernas, susurrando contra su cuello sudoroso. Se quedaron unidos, respirando al unísono, hasta que él rodó a un lado.
—La leche —murmuró Tino.
—Sí —respondió ella, con una risa suave—. La leche.
Y entonces llamaron a la puerta. Tres golpes firmes.
—¡Tino! —era la voz de don Saturnino, el vecino—. ¿Va todo bien ahí dentro? Se han oído unos gritos…
Encarna se tapó la boca para no reírse.
—¡Que sí, don Saturnino! ¡Que era la tele! ¡Perdone!
Pasos alejándose por el rellano. Encarna estalló en carcajadas.
—La tele. Le has dicho que era la tele.
—¿Y qué hostias le iba a decir? —rio él también.
Se rieron hasta que les dolió el estómago, liberando años de frustración y aquellos minutos de pánico.
—Vamos a tener que ser más silenciosos la próxima vez —dijo Tino.
—¿La próxima vez?
—Mujer, esto no ha sido un polvo de una vez. Ni de coña.
***
Lo que empezó como un encuentro puntual se convirtió en rutina. Encarna iba al estudio casi a diario cuando él estaba en el pueblo, aprovechando sus horarios de limpieza y las ausencias de Aurelio. Cuando Tino salía de ruta por Europa —semanas enteras entre Múnich y Róterdam— ella esperaba ansiosa su regreso. Follaban con la urgencia de dos personas compensando décadas perdidas: en la cama, en el sofá, en la ducha, contra la pared.
Aprendieron a ser más silenciosos. Bueno, más o menos. Don Saturnino dejó de llamar a la puerta, aunque Tino estaba seguro de que el vecino sabía exactamente qué pasaba.
Pero en un pueblo así los secretos duran poco. Las primeras habladurías llegaron a Aurelio a los dos meses: una vecina que vio a Encarna salir del edificio, un conocido que los pilló charlando con demasiada familiaridad. Una tarde, al volver, lo encontró esperándola en el salón con los ojos fijos en un programa que no veía.
—Me han dicho que te han visto con un hombre.
—¿Qué tonterías son esas? —replicó ella, dejando las llaves de un golpe—. ¿Vas a creer chismes de vecinas aburridas?
Aurelio no insistió. Y Encarna siguió yendo. Es más: la amenaza de descubrimiento añadía un punto de adrenalina que volvía el sexo aún más intenso.
Lo cierto es que Aurelio no hizo nada. No montó escenas, no pidió explicaciones, no habló de divorcio. Porque mientras Encarna follaba con el camionero, él tenía su propia vida secreta: tardes con la puerta del cuarto cerrada, un ordenador comprado «para estar al día», perfiles a medias en sitios de contactos de hombres con los que nunca se atrevía a quedar. Aurelio tenía miedo. Miedo al qué dirán, miedo a que el pueblo supiera no solo que su mujer lo engañaba, sino que a él le daba igual porque lo que de verdad le gustaba eran los hombres.
Así que callaba. Y Encarna callaba. Y los dos seguían fingiendo, porque a veces las mentiras compartidas son el pegamento que mantiene unidas a las personas cuando la verdad las destrozaría.
***
La idea nació una tarde de julio, en una de esas conversaciones perezosas que siguen al sexo, cuando el cerebro reblandecido dice cosas que en circunstancias normales nadie verbalizaría.
—¿Sabes qué me pondría cachondo? —dijo Tino, acariciándole el muslo—. Follarte en tu casa. En la cama de Aurelio.
Hubo un silencio. De esos en que oyes tu propia conciencia gritar «¿pero qué has dicho?».
—¿Estás loco? —Encarna se incorporó sobre un codo. Pero en sus ojos, junto al escándalo, había algo peor: excitación inmediata.
Sabía que debería sentirse indignada. En lugar de eso sintió morbo, curiosidad y —que la Virgen la perdonara— ganas. La idea de profanar ese cuarto que olía a medicinas y a sueños muertos, de dejar el olor del sexo de verdad impregnado en las sábanas que ella planchaba cada domingo, era obscena, arriesgada, inmoral. Y precisamente por eso, irresistible.
—Necesitamos una excusa —murmuró, y el hecho de que su primer impulso fuera la logística debió de avisarla de que aquello iba a pasar sí o sí.
—Dile que voy a hacer un presupuesto. Que vais a reformar el baño.
—¿Un presupuesto de qué? Tú eres camionero, Tino. No reformas baños.
—Ya, pero me apaño con todo. He transportado mil azulejos. Prácticamente soy un experto.
—«Reformas Tino» —se rio ella—. «De Múnich a tu cuarto de baño.»
—«Alicatados Express. También llevamos tu sofá a Róterdam.»
Se rieron hasta llorar, transformando la culpa en complicidad.
—Estamos fatal —dijo Encarna al fin.
—Fatal. Esto está muy mal. ¿Lo hacemos?
—Lo hacemos.
***
Dos semanas después, Encarna lo soltó durante el desayuno:
—He pensado reformar el baño. Los azulejos rosas ya no se llevan. Viene un hombre a hacer presupuesto el martes por la mañana.
—Haz lo que quieras —respondió Aurelio tras el periódico. Quizás con demasiado interés en que ella tuviera una excusa para estar ocupada, para que él también pudiera estarlo con lo suyo.
El martes, Aurelio salió temprano a su revisión médica. Encarna se duchó con jabón neutro, sin perfumes, y se puso un vestido normal. Cuando Tino llamó al timbre a las once, le temblaban las manos.
—Buenos días, señora —dijo él en voz alta, por si alguien escuchaba en el rellano—. Vengo por lo del presupuesto.
—Adelante.
En cuanto cerró la puerta se abalanzaron el uno sobre el otro. Tino dejó caer sobre la mesa un papel arrugado —un presupuesto falso impreso la noche anterior, copiado de internet— mientras ella lo arrastraba al dormitorio de Aurelio. La cama estrecha, la mesilla con pastillas y crucigramas a medias, el armario con las camisas planchadas. Todo gritaba Aurelio, y eso les aceleraba el pulso hasta lo peligroso.
—Aquí —jadeó ella, señalando la cama—. Fóllame aquí, en su cama.
Tino la tumbó sobre el colchón donde su marido dormía cada noche y la penetró de una embestida. Encarna gritó contra la almohada que olía al champú de él, aferrándose a las sábanas, sintiendo cómo la llenaba en la cama donde nunca la habían tocado así.
—Qué morbo, me cago en diez —gruñó Tino—. Qué morbo, mujer.
—Aquí —gimió ella—. Fóllame como él nunca me ha follado.
Y él la folló de todas las formas, hasta hacerla correrse tres veces, cada vez más fuerte, los gritos amortiguados contra la almohada. Follaron con la ventana entreabierta por el calor de julio, dejando el olor del sexo impregnado en cada fibra del cuarto.
—Por fin esta habitación huele a algo que no sea medicina y soledad —jadeó ella.
Cuando Tino se vació por segunda vez, miraron el reloj de la mesilla. La una pasada. Aurelio volvería sobre las dos.
—Cristo bendito —Encarna saltó de la cama—. Hay que limpiarlo todo. Ya.
Cambiaron las sábanas y las metieron en la lavadora con programa exprés y suavizante de sobra. Ventilaron, ordenaron. Ella se duchó de nuevo con el gel neutro de Aurelio, borrando cualquier rastro. El olor a sexo podía achacarse a las ventanas abiertas y al calor. Cualquier otro no tendría explicación. Guardó el presupuesto falso en un cajón, por si acaso.
Aurelio llegó a las dos y cuarto, agotado por la espera en el centro de salud.
—¿Ha venido el del presupuesto?
—Sí. Lo ha mirado todo. Dice que sale por unos dos mil euros.
Aurelio asintió vagamente.
—Ya veremos. No hay prisa.
Dos días después, sin embargo, la esperaba con cara seria.
—Me han dicho que el camionero ese, Tino, estuvo aquí. En mi casa.
A Encarna se le revolvió el estómago, pero mantuvo la calma.
—Sí, ya te lo dije. Vino a hacer el presupuesto. Mira, aquí está. ¿Qué pasa, Aurelio?
Él miró el papel. La miró a ella. En sus ojos había algo que podía ser dolor, o resignación, o simple cansancio acumulado de décadas. O quizás alivio. Alivio de que ella tuviera su vida y él la suya. Alivio de no tener que fingir más de lo necesario.
—Nada —dijo al fin—. No pasa nada. Solo quería asegurarme.
Y esa fue toda la conversación que tuvieron. Aurelio sabía. Encarna sabía que él sabía. Y Tino sabía que ambos sabían. Pero todos seguían actuando como si no, porque a veces es más fácil así. Porque todos tenían secretos que preferían mantener ocultos. O porque, simplemente, la verdad habría destrozado lo poco que aún los mantenía en pie.