Lo que el profesor le pidió a cambio del aprobado
Se llamaba Daniela y tenía veinticuatro años. Cursaba el último semestre de su maestría en Letras y, hasta esa tarde, su mayor preocupación había sido decidir sobre qué autora escribir la tesis. Pasaba inadvertida entre los pasillos de la facultad: el pelo castaño recogido en un moño flojo, gafas de montura ancha, suéteres amplios que disimulaban un cuerpo que prefería no exhibir. Aplicada, callada, de promedio impecable. El seminario de teoría literaria del profesor Beltrán fue lo primero que la hizo dudar de sí misma.
Beltrán tenía cuarenta y cinco años y una reputación que lo precedía. Divorciado, barba recortada con algunas canas, ojos oscuros que parecían leer detrás de las palabras y una voz grave que ocupaba el aula sin necesidad de alzarla. Era exigente hasta la crueldad; corregía como si cada coma fuera una afrenta personal. Pero entre los estudiantes circulaba otra versión, dicha siempre en voz baja: que más de una alumna había salido de su despacho con las mejillas encendidas y la mirada esquiva, que ciertas calificaciones se habían «negociado» a puerta cerrada.
Daniela jamás imaginó que le tocaría comprobarlo.
El primer parcial lo reprobó. No por falta de estudio, sino porque el examen era despiadado y ella se bloqueó a mitad de una pregunta sobre estructuralismo. Cuando fue al despacho a pedirle que revisara la corrección, él la miró de arriba abajo, despacio, como si tomara medidas de algo que pensaba quedarse.
—Cierra la puerta, Daniela.
Ella obedeció sin pensar. El clic de la cerradura sonó más fuerte de lo que debía.
—Siéntate.
Se sentó frente al escritorio, las rodillas juntas, las manos en el regazo. Él se levantó, rodeó la mesa y se apoyó en el borde, justo delante de ella. Sus rodillas casi rozaban las de Daniela.
—Sabes que con este dos no apruebas el seminario, ¿verdad? —dijo en voz baja, casi un murmullo—. Y sin el seminario no defiendes la tesis este año. La beca se cae. Todo lo que llevas construido se cae.
A Daniela le tembló el labio.
—Profesor… por favor… puedo entregar un trabajo extra, rendir un oral, lo que sea.
Él sonrió, una sonrisa lenta y fría.
—Un trabajo extra no alcanza. Pero hay otra forma.
Bajó la mano y le rozó la rodilla por encima de la falda. Daniela se tensó como una cuerda.
—No… profesor, no…
—No me digas que no antes de saber qué te estoy ofreciendo —susurró, deslizando la mano apenas hacia arriba—. Un diez limpio. El seminario aprobado. Y mi silencio sobre lo que sé de ti.
—¿Qué… qué sabe de mí?
Él sacó el teléfono del bolsillo y giró la pantalla hacia ella. Una captura: un chat privado, de meses atrás, con un hombre que había resultado ser un perfil falso. Fotos que ella creía borradas para siempre, fotos en las que aparecía sin ropa, tomadas en una noche de soledad y confianza mal puesta.
—Puedo reenviarle esto a tu director de tesis. A la coordinación. A tus compañeros del seminario. O puedes portarte bien conmigo.
Daniela empezó a llorar en silencio, dos lágrimas calientes resbalando hasta la mandíbula.
—No… por favor… no lo haga.
Él le levantó la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo.
—Quítate el suéter. Despacio.
Ella negó con la cabeza. Beltrán volvió a girar el teléfono, el pulgar suspendido sobre el botón de enviar.
—Última oportunidad.
Con manos temblorosas, Daniela se sacó el suéter por la cabeza. Debajo llevaba un sujetador blanco, sencillo. Él lo recorrió con la mirada como quien encuentra algo que sospechaba escondido.
—El sujetador también.
Daniela ahogó un sollozo, pero llevó las manos a la espalda y soltó el broche. Sus pechos quedaron al aire, más llenos de lo que cualquiera habría adivinado bajo aquella ropa, los pezones endureciéndose por el frío del despacho y por el miedo. Beltrán se inclinó y cerró la boca sobre uno, luego sobre el otro, succionando despacio, mordiendo apenas, hasta arrancarle un gemido confuso que ella no supo si era de rabia o de algo peor.
—Así me gusta —murmuró contra su piel—. Ahora la falda.
Daniela se puso de pie. Se desabrochó la falda y la bajó junto con la ropa interior, quedando expuesta de la cintura para abajo bajo la luz dura del flexo. El cuerpo la traicionaba: estaba húmeda, y odió cada centímetro de esa humedad.
—Mírate —dijo él, con una calma que era casi insultante—. Tu cuerpo decidió antes que tú.
La sentó sobre el borde del escritorio, apartó carpetas y exámenes de un manotazo y le abrió las piernas. Se arrodilló entre sus muslos y la lamió sin preámbulo. Daniela echó la cabeza hacia atrás y se aferró al canto de la mesa con las dos manos. La lengua de Beltrán trabajaba con una paciencia metódica, la misma con la que corregía, encontrando el punto exacto una y otra vez, sumando dos dedos que la abrieron despacio.
—No… por favor… no… —repetía ella, pero las caderas se le adelantaban solas, persiguiendo la boca del profesor.
Se corrió casi sin permiso, con un temblor largo que le subió desde los muslos hasta el pecho, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar. Él se incorporó, la cara brillante, y empezó a soltarse el cinturón sin dejar de mirarla.
—Ahora vas a entender cuánto cuesta de verdad un diez.
Se bajó el pantalón. Daniela cerró los ojos un instante y volvió a abrirlos, como si negarse a mirar fuera la única decisión que todavía le quedaba. Él la tomó del moño, deshaciéndolo de un tirón, y guio su cabeza hacia abajo.
—Despacio. Con cuidado. No tengo prisa.
Ella obedeció. La boca le ardía, los ojos se le llenaron de lágrimas, pero algo dentro de ella había dejado de resistirse y empezado a obedecer por su cuenta. Beltrán la dejó marcar el ritmo unos minutos, observándola con una mezcla de hambre y satisfacción, antes de apartarla con suavidad.
—Date la vuelta.
La giró contra el escritorio, le inclinó la espalda hasta dejarla doblada sobre la madera fría, los pechos aplastados contra los papeles desperdigados. Le separó los muslos con una rodilla.
—Dilo. Dime que quieres aprobar.
—Quiero… quiero aprobar —susurró ella, la voz rota.
Entró despacio, centímetro a centímetro, atento a cada estremecimiento de su cuerpo. Daniela soltó un quejido largo que terminó en algo parecido a un suspiro. Él la sujetó por las caderas y empezó a moverse con un ritmo firme, sin prisa, cada embestida arrancándole un sonido que ya no intentaba disimular.
—Esto no aparece en ningún programa de la materia —dijo él, la respiración entrecortada—. Pero es la lección que mejor vas a aprender.
Daniela lloraba y gemía a la vez, las dos cosas enredadas hasta volverse indistinguibles. Su cuerpo lo apretaba, lo buscaba, la traicionaba por segunda vez esa tarde. Se corrió otra vez con un grito que ahogó contra su propio brazo, las piernas temblándole tanto que solo el peso de él sobre la espalda la mantuvo en pie.
Beltrán aceleró, la sujetó del pelo recogido y se vació con un gruñido grave, hundido hasta el fondo, el cuerpo entero tenso sobre el de ella. Después se quedaron así un momento, los dos respirando como después de una carrera, el despacho en silencio salvo por el zumbido del flexo.
Se separó, se subió el pantalón y se acomodó la camisa como si nada hubiera pasado. Daniela seguía doblada sobre la mesa, recogiendo el aire a tragos.
—Diez limpio. Seminario aprobado —dijo él, abrochándose el cinturón—. Pero esto no termina hoy.
Ella se enderezó, buscando su ropa con manos torpes.
—Cada viernes, a las siete, vienes a este despacho —continuó Beltrán, sentándose otra vez en su sillón, recuperando de golpe el tono del aula—. Puntual. Si llegas tarde, lo hablamos. Y borras esas fotos de tu cabeza: las tengo yo, y eso no va a cambiar.
Daniela se vistió en silencio, las mejillas ardiendo, las piernas todavía inseguras. Quiso odiarlo con todas sus fuerzas. Quiso salir de allí y no volver jamás, denunciarlo, gritarlo en cada pasillo de la facultad. Pero cuando cerró la puerta del despacho a su espalda y caminó por el corredor vacío, descubrió con un escalofrío que no era solo miedo lo que le latía entre las piernas.
***
El viernes siguiente, a las siete en punto, estuvo frente a esa puerta.
Se dijo a sí misma cien razones: la beca, la tesis, las fotos, el futuro entero pendiendo de un hilo que él sostenía con dos dedos. Razones de sobra para justificar lo injustificable. Pero ninguna de ellas explicaba por qué había dedicado la tarde a elegir qué ponerse, ni por qué su pulso se había acelerado al ver la luz encendida bajo la rendija de la puerta.
Llamó con dos golpes secos.
—Pasa —dijo la voz grave del otro lado.
Beltrán estaba detrás del escritorio, corrigiendo un montón de exámenes, las gafas en la punta de la nariz. Ni siquiera levantó la vista.
—Cierra la puerta —dijo, pasando una página—. Y siéntate. Tengo que terminar esto.
Daniela cerró, echó el pestillo y se sentó. Lo observó trabajar varios minutos, el silencio espesándose entre los dos, el bolígrafo rojo trazando tachones que a otra hora le habrían helado la sangre. Cuando por fin dejó la pila a un lado, se quitó las gafas y la miró por encima del escritorio con esa calma exasperante.
—Bien —dijo—. Veamos qué aprendiste la semana pasada.
Y Daniela, que había llegado convencida de que esa tarde encontraría las fuerzas para decir basta, se descubrió poniéndose de pie sin que él se lo pidiera, soltándose el pelo, dando el primer paso hacia el escritorio. El profesor sonrió, satisfecho, y reclinó el sillón hacia atrás para mirarla venir.
Aprobó el seminario con la nota más alta de su promoción. Defendió la tesis al año siguiente con honores y nadie, jamás, supo lo que ocurría en aquel despacho los viernes a las siete. Ni siquiera ella terminó de entender, mucho tiempo después, en qué momento exacto el miedo se había confundido con el deseo, ni por qué seguía soñando con el clic de aquella cerradura.





