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Relatos Ardientes

El camionero y las viudas del pueblo olvidado

El sol agonizaba sobre la meseta, desangrándose en un horizonte plano que parecía no acabar nunca. No era un atardecer de postal. Era el final sucio de un día de cuarenta grados, con el aire pesado como una manta de plomo y el asfalto devolviendo todo el calor que había tragado.

Bruno conducía su camión negro con la ventanilla bajada y el codo apoyado en el marco. El aire caliente le secaba el sudor de la frente, pero no le bajaba la sangre que llevaba hirviendo desde el mediodía. Seis horas al volante sin parar, escuchando el rugido del diésel, ese ronroneo profundo que otros días era música y hoy sonaba a castigo.

El problema no era el camión, ni la carga, ni el calor. El problema era él. Llevaba demasiados días aguantándose, y la presión se le había convertido en un veneno que le nublaba la vista. Necesitaba descargar. Era una urgencia física, tan básica como el hambre o la sed, una tensión en la entrepierna que se le traducía en un humor de perros y unas ganas de apretar el volante hasta dejarse los nudillos blancos.

—Me cago en mi vida —gruñó, viendo en el tacógrafo que el tiempo de conducción se le acababa.

No iba a llegar al área grande, la de las luces de neón y las chicas que sabían fingir que les gustaba su olor a gasoil. Tenía que parar ya o la multa de la Guardia Civil le arruinaría el mes.

Entonces vio el cartel, medio caído, oxidado y lleno de perdigonazos, que señalaba un desvío hacia un pueblo cuyo nombre casi se había borrado: Villaseca del Páramo. Debajo, pintado a mano con brocha gorda y pintura roja, alguien había añadido: CLUB EL REFUGIO – ABIERTO.

Bruno soltó una risa seca. Un refugio en aquel infierno de rastrojo. Giró el volante con sus brazos macizos y metió el camión por la comarcal, levantando una nube de polvo que se lo tragó todo.

El pueblo era un fantasma de ladrillo y adobe. Cuatro calles mal asfaltadas, persianas bajadas a cal y canto, y un silencio sepulcral roto solo por el ladrido lejano de un perro famélico. A las afueras, junto a una nave agrícola abandonada, vio la luz. No era un neón parpadeante. Era una bombilla amarilla, desnuda, colgada sobre una puerta de madera vieja en una casa baja encalada que parecía haber sobrevivido a tres guerras.

Aparcó en el descampado de enfrente, ocupando todo el espacio con la prepotencia de quien se sabe dueño de cosas grandes. Apagó el motor y el silencio cayó sobre la cabina como una losa. Se miró en el retrovisor: cabeza rapada brillante de sudor, barba negra y espesa de corsario. La camiseta de tirantes, antes blanca, marcaba unos pectorales de piedra.

—A ver qué hay en este abrevadero —murmuró, bajando de la cabina de un salto.

Se ajustó el bulto del pantalón y caminó hacia la puerta bajo la luz amarilla. Esperaba encontrar, con suerte, a alguna mujer pasada de vueltas dispuesta a todo. No era exigente. En ese momento le valía cualquier cosa caliente.

Empujó la puerta sin llamar. Las bisagras chirriaron como almas en pena.

***

Lo que vio al otro lado lo dejó clavado en el sitio, con el cigarrillo a medio sacar del bolsillo. No había barra, ni música barata, ni luces rojas. Era un salón. Un salón de casa de pueblo.

El suelo era de terrazo antiguo, de ese que huele a lejía. Las paredes tenían un papel de flores que pasó de moda en los setenta, y en lugar de taburetes había sillas de enea y una mesa camilla con faldillas en el centro. Sobre una cómoda oscura, un televisor de tubo emitía bajito un programa de copla. Presidiendo la sala, un cuadro del Sagrado Corazón con una vela eléctrica encendida.

Pero lo más impactante era la concurrencia. Sentadas alrededor de la camilla, jugando a las cartas y bebiendo lo que parecía anís en vasos de tubo, había cuatro mujeres. O mejor dicho, cuatro ancianas.

La más joven rondaría los sesenta largos. Iban con batas de guatiné de estampados geométricos y zapatillas de paño a cuadros. Había canas, tintes caoba imposibles, gafas de culo de vaso colgando del cuello con cordones de fantasía. Al ver entrar a Bruno, aquella mole de músculo y sudor que tapaba el marco de la puerta, se hizo el silencio. Los cuatro pares de ojos, rodeados de arrugas profundas como surcos de arado, se clavaron en él.

—¿Qué demonios es esto? —bramó, con su voz de grava llenando la estancia—. El cartel ponía club. Busco mujeres, no a las jubiladas jugando al tute.

Una de ellas, voluminosa, con la permanente apretada y tres pelos negros muy dignos en la barbilla, dejó las cartas sobre la mesa con parsimonia. Se levantó despacio, alisándose la bata sobre unas caderas que eran como dos barricas de vino.

—Y mujeres somos, hijo —dijo—. O lo que haga falta. Aquí se le da servicio al viajante, sea lo que sea lo que traiga entre las piernas.

Bruno soltó una carcajada incrédula, ofensiva.

—¿Vosotras? —Se llevó un cigarrillo a la boca—. Pero si debéis tenerlo más seco que el ojo de un tuerto. Venga, no me hagáis reír. ¿Dónde están las chicas?

La de la barbilla, que parecía la jefa, caminó hacia él sin amedrentarse. Al contrario, lo miró de arriba abajo con una evaluación clínica, deteniéndose en los brazos tatuados y bajando descaradamente hasta la entrepierna.

—Las jóvenes se fueron hace años, guapo. Aquí solo quedamos nosotras. La resistencia —dijo, acercándose tanto que Bruno pudo olerla: anís, laca fuerte y guiso de lentejas—. Soy Loli. Esa es Dolores, esa la Visi y la del fondo es Consuelo. Y te aseguro que tenemos más oficio nosotras que kilómetros tú en ese camión.

Bruno encendió el mechero. La llama le iluminó la cara dura. Dio una calada profunda, impaciente.

—Mira, Loli —dijo, echándole el humo con desprecio—. Tengo mucha prisa y poca paciencia. Necesito follar. De verdad. Y me da que si os toco os desmontáis como un mecano. Así que me largo antes de que me dé la risa.

Se dio la vuelta, dispuesto a hacerse una paja triste en la cabina. Pero entonces sintió una mano agarrándole el brazo. No fue un toque suave. Fue una tenaza, unos dedos huesudos pero fuertes como sarmientos que se le clavaron en el bíceps.

Era Dolores, flaca, seca como la mojama, con el pelo teñido de negro ala de cuervo y una mirada de loca que le heló la sangre un segundo.

—Tú no te vas, hermoso —susurró con voz sibilante—. No con eso que traes ahí abajo pidiendo guerra. Se huele desde la carretera. Hueles a macho sin domar.

—Suéltame, mujer —gruñó él, sorprendido por la fuerza de la vieja.

—¿Tú te crees que las niñas de hoy saben lo que es un hombre? —intervino Loli, rodeándolo por el otro lado—. Esas muñecas de plástico se rompen. Nosotras estamos hechas de otra pasta. Somos viudas, hijo. Hemos enterrado a nuestros maridos después de exprimirlos hasta la última gota. Sabemos lo que le hace falta a un animal como tú.

Bruno miró alrededor. La Visi y Consuelo también se habían levantado. Consuelo, que tenía un ojo de cristal ligeramente desviado, se relamía los labios. De repente la atmósfera de salón de pueblo cambió. Ya no parecía la casa de la abuela. Parecía la guarida de unas brujas hambrientas.

Y él, a pesar del asco inicial, sintió algo. Notó cómo reaccionaba abajo. Era una reacción enferma, morbosa. La idea de aquellas mujeres, pilares de la moral del pueblo de día, convertidas en depredadoras de noche, le tocaba una fibra oscura. Aquí, entre tapetes de ganchillo, puedo ser el rey de la inmundicia.

—Gallina vieja hace buen caldo, camionero —dijo Loli, posando su mano gorda y llena de anillos de oro sobre el bulto del pantalón. Lo apretó sin vergüenza, midiendo, pesando—. Y tú traes mucha carne para el puchero.

Bruno cerró los ojos y gruñó cuando la mano experta le masajeó a través de la tela basta. Sabía tocar. Vaya si sabía. No era la caricia tímida de una novata, era el agarre firme de quien ha desplumado muchos pollos.

—Está bien —dijo con la voz ronca, rindiéndose a su propia urgencia—. Pero os aviso: soy muy bruto. Si os rompo la cadera, no quiero reclamaciones.

Las cuatro soltaron una carcajada colectiva que sonó a cristales rotos.

—Pasa al fondo, mi vida —dijo Loli, empujándolo hacia una puerta con cortinas de cuentas—. Que te vamos a dejar limpio como una patena.

***

La habitación del fondo era el dormitorio principal. Una cama de matrimonio alta, con cabecero de madera labrada y un colchón de lana hundido en el centro de tantos cuerpos que había acogido. En la mesilla, entre estampitas de la Virgen del Carmen y un vaso de agua, había un bote de vaselina industrial y un rollo de papel de cocina. En la pared lateral, una segunda puerta cerrada daba a entender que tras ella se ocultaba otra estancia o un pequeño baño.

—Desnúdate —ordenó Loli, echando el cerrojo. El sonido metálico resonó definitivo.

Bruno no se hizo de rogar. Se quitó la camiseta y exhibió como un trofeo el torso peludo y musculado. Las cuatro suspiraron de admiración genuina. Acostumbradas a los cuerpos vencidos de los viejos del pueblo, ver a aquel toro en su plenitud era casi una experiencia religiosa.

—Virgen santísima… —murmuró la Visi, santiguándose antes de acercarse a tocarle los pectorales—. Esto es carne de primera, Loli. Mira qué fibra.

Él se sintió poderoso. Se desabrochó el cinturón haciendo sonar la hebilla y dejó caer pantalón y calzoncillos a la vez. Su miembro, ya medio erecto y pesado, se liberó ante la audiencia. Era grueso, venoso, con la cabeza a medio asomar. Un olor denso a macho cabrío emanó de su entrepierna, un olor animal y penetrante que, lejos de ahuyentarlas, las hizo salivar.

—Madre del amor hermoso —susurró Dolores, ajustándose las gafas—. Eso no es una polla, es un garrote.

—Al tajo, chicas —ordenó Loli, capataz de aquella cuadrilla—. El chico viene cargado y hay que vaciarlo antes de que reviente.

Lo que siguió no fue sexo. Fue un ritual. Empujaron a Bruno a sentarse en el borde de la cama y las cuatro se abalanzaron sobre él como pirañas. Pero pirañas sin dientes. Literalmente.

—Espera, guapo —dijo Consuelo. Con un gesto natural se metió la mano en la boca y se sacó la dentadura postiza completa. La dejó en el vaso de la mesilla, donde los dientes de plástico sonrieron flotando en el agua. Dolores hizo lo mismo. Y la Visi.

Bruno las miró, fascinado y horrorizado a partes iguales. Se quedaron con las bocas hundidas, convertidas en cavidades blandas y húmedas.

—Para que no te rocemos, rey —ceceó Consuelo, con la boca convertida en un pliegue de terciopelo—. Todo encías. Suavidad pura.

Antes de que él pudiera procesar la imagen, Consuelo se arrodilló entre sus piernas. Sus rodillas crujieron, pero no le importó. Abrió la boca desdentada al tope y engulló la punta.

La sensación fue indescriptible. No había dientes, no había fricción dura. Era una succión caliente, blanda, envolvente, una cueva de carne que se amoldaba a cada vena. Bruno echó la cabeza atrás y soltó un rugido.

—¡Joder! —bramó, agarrando la cabeza de pelo gris y laca de la anciana.

—¿Te gusta, eh? —se rio Loli, que se había subido a la cama y se masajeaba sus propios pechos, dos masas enormes que colgaban bajo la bata—. Consuelo tiene la mejor boca de la comarca. Le ha sacado brillo a todo el regimiento en sus tiempos.

Mientras Consuelo trabajaba con una técnica que solo dan décadas, la Visi y Dolores se dedicaron al resto del cuerpo. Manos rugosas, manos que habían fregado suelos, matado cerdos y amasado pan, ahora amasaban sus músculos con la misma rudeza doméstica. Le pellizcaban los pezones, le lamían el sudor del cuello con lenguas ásperas.

—Hueles a hombre, cabrón —le susurraba Dolores al oído—. Hueles a sudor de trabajar. No como los inútiles de este pueblo, que huelen a vino y a meados. Dame de eso. Lléname de tu peste.

Bruno estaba en un trance de placer sucio. Se sentía un ídolo pagano adorado por sacerdotisas locas. Miraba abajo y veía la cabeza gris de Consuelo subiendo y bajando, las mejillas hundidas haciendo el vacío, los ojos cerrados en concentración mística.

Con la respiración entrecortada, agarró a Dolores por el pelo ralo y la apartó de su cuello.

—¡No te quedes ahí pasmada! —rugió—. ¡Ayuda a tu amiga, que la pobre no da abasto!

Lejos de ofenderse, Dolores soltó una carcajada que olía a tabaco y se hincó de rodillas frente al ídolo de carne. Consuelo no soltó su presa; se hizo a un lado para dejar sitio, y entre las dos compusieron una pinza de labios agrietados. El contraste era atroz: la piel tersa de Bruno desapareciendo entre las encías desnudas y los pliegues de pellejo de aquellas bocas que parecían rezar un rosario de saliva.

Las lenguas, ásperas como lija, se turnaban y se cruzaban, disputándose cada centímetro. Bruno, con la espalda arqueada y las manos hundidas en las nucas de las viejas, sentía el calor de sus alientos mezclándose sobre su piel. Las cabezas canosas subían y bajaban en un desorden frenético.

La Visi, que se había mantenido en segundo plano, se aproximó con parsimonia casi ritual. Sus manos nudosas recorrieron el torso del hombre, subieron por el relieve de los músculos y bajaron por la espalda. Con un gesto hipnótico llevó una de ellas a la cabeza rapada y la acarició con la yema de los dedos, como quien toca una reliquia. No terminaba de creer que aquel ejemplar, rebosante de virilidad cruda, estuviera allí, entregado a la voracidad de sus cuerpos marchitos.

En un arranque de audacia, la Visi le hundió el índice en la boca y le separó los labios para mirarle la dentadura. Sus ojos brillaron al contemplar el esmalte blanco y perfecto.

—Mira qué perlas… —susurró—. Una boca entera, joven, capaz de morder la vida misma.

—¡Ya está bien de tanto vicio! —cortó Loli, descargando una palmada en el hombro de Dolores—. Lleváis ahí pegadas como lapas desde hace un siglo. Levantad el hocico, que ese aparejo ya está bien limpio y las demás también tenemos el cuerpo pidiendo guerra. Dejad algo para el resto.

Se abrió la bata del todo. Debajo no llevaba nada. Su cuerpo era un paisaje de carne blanca y blanda, lleno de pliegues, una montaña de humanidad que esperaba ser conquistada. El pubis canoso, ralo, pero los labios húmedos, dilatados por la excitación.

—Venga, toro. Ven aquí y demuestra lo que vales. A ver si ese camión tuyo tiene fuerza para subir este puerto.

Bruno se puso de pie, apartando a las dos mujeres que se limpiaron la baba de la barbilla con el dorso de la mano, sonriendo con sus encías desnudas. Se giró e hincó una rodilla en la cama. Loli ya estaba tumbada boca arriba. Sus muslos eran gruesos, con varices que dibujaban mapas azules bajo la piel, pero abrió las piernas con una flexibilidad sorprendente.

—¡Fóllame, niño! —gritó—. ¡Quítame las telarañas!

Se subió encima. El colchón se hundió bajo el peso de ambos. No necesitaba lubricante; Loli chorreaba, pero a él le daba igual. Agarró la carne blanda de las caderas, hundiendo los dedos como en masa de pan, y embistió.

La penetración fue fácil, resbaladiza. Loli era ancha por dentro, acogedora, un guante de terciopelo viejo que conocía el camino. Bruno entró hasta el fondo de una sola estocada brutal, haciendo que el cabecero golpeara la pared.

—¡Ay, madre! —chilló ella, no de dolor, sino de puro gusto—. ¡Qué grande eres! ¡Lléname!

Empezó a bombear con un ritmo mecánico, violento. No había romanticismo, solo fricción y descarga. Veía la cara de la mujer debajo, la papada temblorosa, los ojos en blanco, la boca abierta soltando obscenidades que harían sonrojar a un estibador.

—¡Eso es! ¡Dale duro a la vieja! —animaban las otras tres, subidas a la cama alrededor, convirtiendo la escena en un aquelarre. La Visi le lamía la espalda. Dolores le chupaba una mano. Consuelo, recuperada, le lamía los testículos que golpeaban contra el culo de Loli con un sonido de palmadas húmedas.

—Sois unas viciosas —gruñó él, apretando los dientes, notando cómo la presión empezaba a subir.

—¡Lo somos! —gritó Loli, clavándole las uñas pintadas de rojo descascarillado en los hombros—. ¡Somos tus cerdas! ¡Danos de comer!

***

El olor en la habitación era una mezcla asfixiante de sudor agrio, sexo y linimento para la artritis. Bruno seguía el asedio rítmico, sepultando el cuerpo de Loli bajo una mole de músculos sudados, cuando la segunda puerta chirrió.

De la penumbra surgió Soledad, la hermana menor de Loli, a la que todas llamaban «la Beata». A sus cincuenta y tantos conservaba ese aire de mujer perpetuamente insatisfecha, vestida con un camisón de franela que ocultaba una piel que solo había conocido las manos torpes de su difunto marido. Al ver a su hermana con las piernas abiertas de par en par, recibiendo las embestidas de aquel camionero, Soledad se llevó la mano al pecho y se santiguó frenéticamente, con los labios apretados en una línea de horror sagrado. Hizo amago de huir, pero los pies se le clavaron en el suelo. Sus ojos, nublados por décadas de abstinencia y rosarios, quedaron hipnotizados por los brazos tatuados y por las nalgas del hombre, que ondeaban con la fuerza de un motor, marcando el compás de una danza obscena que ella nunca se atrevió a soñar.

Bruno cambió el ritmo. Se puso frenético. Quería acabar, quería vaciarse. Y de pronto, con un bramido que pareció nacerle de las entrañas, agarró a Loli por los hombros y, de un empellón, la apartó de sí. La mujer rodó por el colchón hasta el borde, jadeante y confundida.

—¡Quita de ahí, que pareces un saco de patatas vacío! —escupió él, limpiándose el sudor de la frente—. ¡Fuera!

Sin darle tiempo a recomponerse, detuvo la mirada en Soledad, a la que no había advertido hasta ese instante. Una mujer mayor pero no anciana, de aspecto enjuto y piel seca, cuya cautela nada tenía que ver con el vicio explícito de las demás. Y, sin embargo, sus ojos revelaban que no era inmune al magnetismo del hombre.

—Venga, tú, la estirada —ordenó él con una sonrisa cruel—. Mueve ese culo de santa y ponte aquí. Quiero algo que me apriete, no esta balsa de aceite.

Soledad empezó a quitarse la bata con una lentitud ceremonial, con mucho más recato que sus compañeras, pero sin poder apartar la vista. Su mirada permanecía anclada, hipnotizada por la anatomía de él, que dejaba en una sombra insignificante el recuerdo de su difunto marido. Se sometía con una mezcla de pavor y entrega absoluta.

Con la torpeza de unos huesos castigados por la artrosis, gateó por la cama. Sus rodillas crujían en el silencio. Se colocó frente a él, temblorosa, abriendo sus piernas flacas con una dificultad patética y morbosa a la vez. Al ver de cerca la magnitud de lo que se le venía encima, miró de reojo a Dolores.

—Pásame el tarro de la vaselina, hija… que estoy muy cerrada —suplicó con voz quebrada.

—¡Ni vaselina ni nada! —sentenció Bruno, interceptando el gesto de Dolores—. Aquí se entra a pelo. Así vas a sentir bien lo que es un hombre de verdad. ¡Te vas a enterar!

Sin preámbulos, se lanzó sobre ella. El encuentro fue un choque de brutalidad contra fragilidad. Soledad soltó un alarido seco, un grito de garganta oxidada, cuando él la penetró de golpe, forzando la carne poco preparada que se resistía. No hubo ternura, solo el sonido rítmico de la piel contra la piel y el lamento sordo de la mujer, que apretaba los puños contra las sábanas mientras él se ensañaba, disfrutando del coño estrecho y hostil.

Con los ojos en blanco y el moño deshecho sobre la almohada de ganchillo, Soledad sentía que aquello no era una cópula, sino una invasión. Y no encontró más refugio que la fe. Entre sacudida y sacudida, mientras los muelles chirriaban en un compás infernal, empezó a soltar un murmullo entrecortado que se mezclaba con el ruido húmedo del impacto.

—Dios te salve, María… ¡ay, cabrón, que me descoses!… llena eres de gracia… ¡Virgen santa, qué barra!… el Señor es contigo… —musitaba, apretando los dientes.

Lejos de amedrentarse por el rezo, Bruno se crecía con el castigo. Al oír los padrenuestros mezclados con los quejidos, apretó las mandíbulas y redobló el esfuerzo, dándole un viaje tan seco que a ella se le escapó un «amén» que sonó más a grito de guerra que a oración.

—Santa María, Madre de Dios… —seguía, con la voz trémula—, ruega por nosotros, pecadores… ¡ahora y en la hora de este meneo!

Era un espectáculo dantesco: el olor a sudor rancio y colonia barata, el ritmo brutal de un hombre que no sabía de sutilezas, y la mujer encomendando su santidad a las alturas mientras, muy en el fondo de su anatomía maltratada, empezaba a comprender por qué las otras del pueblo tenían esa sonrisa de medio lado cuando hablaban de los hombres de verdad.

—¡Me voy a correr! —avisó, con un rugido ronco.

—¡Dentro! ¡Hazlo dentro! —suplicó Soledad, abrazándolo con piernas y brazos—. ¡Déjame tu leche! ¡Tirarla fuera sería pecado!

Bruno soltó una carcajada corta y ya no se contuvo. Tres embestidas finales, brutales, que sacudieron la estructura de la casa, y se dejó ir con el rostro crispado. Se corrió con la fuerza de un volcán, vaciándose entero en el interior de ella, sintiendo cómo los espasmos le recorrían la columna.

Se quedó allí un momento, jadeando, aplastando con su peso a la mujer, que reía y lloraba a la vez, dándole palmaditas en la espalda como si le sacara los gases a un bebé gigante.

—Ay, qué gloria bendita… —suspiraba Soledad.

***

Poco a poco recuperó el aliento. Se separó con un sonido de succión y se sentó en el borde de la cama, aturdido. Buscó a tientas el tabaco en los pantalones del suelo, encendió uno con manos temblorosas y el humo volvió a ascender, azulado y tranquilizador.

En el silencio denso, Dolores se incorporó con una lentitud de siglos. Ya no quedaba rastro de la fiera de minutos antes. Con una calma litúrgica, cogió un paño de hilo raído pero limpio y lo humedeció en una jofaina de agua templada. Se arrodilló entre las piernas de Bruno, gruesas como troncos, y empezó a limpiarle con una delicadeza que rozaba lo sagrado, con una eficiencia doméstica, sin lascivia ahora, como quien asea a un enfermo.

—Quieto, hombre, que te vas a escocer —musitó con voz casi maternal.

Pasaba el paño por cada pliegue con minuciosidad de sacristana limpiando un cáliz. Él, ajeno, solo sentía el frescor del agua mientras el humo seguía saliendo de su pitillo, envolviéndolos en una atmósfera de paz turbia.

Las mujeres se recolocaron las batas y se pusieron las dentaduras con chasquidos plásticos. La lujuria se disipó tan rápido como había llegado, dando paso de nuevo a esa naturalidad de pueblo surrealista.

—Bueno, niño —dijo Loli, sentándose con dificultad y limpiándose con el papel de cocina—. Te has ganado el cielo. Hacía años que no me arreglaban así. Y a la Soledad… décadas.

Bruno soltó una risotada cansada.

—No sé si daros las gracias o llamar a un exorcista.

—Tú calla y come, gañán —dijo la Visi, que ya había salido y volvía con una fiambrera de plástico naranja. Se la puso en el regazo. Estaba caliente. Al abrirla, un olor a chorizo frito y a tortilla de patatas le golpeó la nariz.

—¿Y esto? —preguntó él, aplastando el cigarrillo en un cenicero.

—Un tentempié —dijo ella con ternura, la misma que dos minutos antes le chupaba los dedos con vicio—. Que te has quedado vacío y tienes que conducir. Anda, come, que ese motor tuyo necesita mucha gasolina.

Bruno miró la tortilla. Miró a las cuatro viejas, que lo observaban con una mezcla de satisfacción y orgullo de abuelas. Dolores le doblaba la camiseta con cuidado, alisando las arrugas.

—Sois la leche —murmuró, y empezó a comer con las manos, devorando con la misma animalidad con la que había follado.

Estuvo allí media hora más, comiendo, fumando y dejando que lo adularan. Le dijeron que tenía cuerpo de dios griego, que ojalá sus difuntos maridos hubieran tenido la mitad de su nervio. Con el ego inflado y el cuerpo relajado, se sintió extrañamente en paz. Cuando se vistió, la ropa le olía a ellas. A naftalina y sexo.

—¿Cuánto os debo, señoras? —preguntó, sacando la cartera de cuero gastado.

Loli le dio un manotazo en la mano.

—Guarda eso, tonto. Aquí no se cobra a la familia. Y tú ya eres de la casa.

—Pero vuelve pronto, ¿eh? —añadió Consuelo, guiñándole el ojo de cristal—. Que ahora que hemos probado el solomillo, no vamos a querer volver a la mortadela.

Bruno salió con una sensación irreal. La noche había caído del todo y el aire era un poco más fresco. Caminó hacia su camión, aquella bestia negra que lo esperaba fiel. Antes de subir, se metió la mano en el bolsillo y tocó algo suave que no era suyo. Lo sacó a la luz de la luna. Eran unas bragas. Enormes, de color carne, de algodón gordo, de esas que llegan hasta el ombligo. Loli debía habérselas colado sin que se diera cuenta.

Soltó una carcajada que resonó en el descampado vacío.

—Para la colección —se dijo, imitando su propia voz de cabrón—. Otro trofeo de guerra.

Guardó las bragas junto al tabaco, subió a la cabina y arrancó. El camión rugió, despertando de la siesta. Metió primera y salió de allí, dejando atrás el Club El Refugio, sabiendo que, aunque nunca lo admitiría en la radio CB, aquel había sido el mejor servicio completo, y encima gratis, que le habían hecho en meses.

Mientras se alejaba, miró por el retrovisor. En la puerta, bajo la luz amarilla, cinco siluetas en bata le decían adiós con la mano. Bruno dio una pitada corta al claxon, encendió otro cigarrillo y dejó que el humo y la carretera se lo tragaran de nuevo, listo para seguir siendo el rey del asfalto, aunque ahora llevara en el estómago una buena cena y en el cuerpo la marca de aquellas viudas en celo.

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Comentarios (5)

NorteViajero

Tremendo relato!!! me enganche desde el primer parrafo y no pude parar hasta el final

Elen_Ruta

segunda parte porfa!!! eso no puede quedar asi jajaja

Leti_Baires

Buenisimo. Me recordo a esas historias que se cuentan viajando, aunque nunca tan interesantes jaja. Sigue escribiendo!

SandroV71

el titulo ya lo dice todo... que manera de arrancar un relato che

RuteroViejo

y el camionero volvio al pueblo despues? jaja pregunto en serio, quiero saber

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