La señora descubrió lo que su mucama hacía a escondidas
Marisol llegó a la casa de los Robledo aquella tarde de enero, con el calor de Mendoza pegado a la piel y la blusa adherida a la espalda, transparentando el corpiño negro y los pezones endurecidos por el aire acondicionado. Tenía cuarenta y un años y un cuerpo que los hombres seguían girándose a mirar en la calle: caderas anchas, culo redondo y firme, tetas grandes que se movían solas bajo la ropa, una manera de caminar que no había aprendido en ningún lado. Llevaba diez años como empleada de la familia, y en todo ese tiempo había visto crecer a Diego, el hijo, hasta convertirse en un hombre de veintitrés años, alto, de espalda ancha y una sonrisa que ya no era la de un chico.
Esa semana los dueños se habían ido de vacaciones al sur. Diego se quedó solo con la casa para él y para sus amigos de la facultad, tres veinteañeros que aparecían cada dos por tres a tomar cerveza y mirar el partido. Marisol los conocía a todos: Andrés, flaco y lengua larga; Tomás, el más callado pero el que más la miraba; y Bruno, que siempre encontraba una excusa para rozarle el culo al pasar.
Esa tarde, mientras ella ordenaba la cocina, las risas llegaban desde el living.
—Marisol, ¿nos traés unas cervezas bien frías? —pidió Diego desde el sillón.
Ella sonrió para sí misma. Sé exactamente cómo me miran. Abrió la heladera y se demoró más de lo necesario, agachándose a propósito, sabiendo que la falda se le tensaba contra el culo y les mostraba la raya de la bombacha. Cuando les llevó las botellas, su mano rozó la de Diego al entregárselas, y él la sostuvo un segundo de más.
—Sos un amor —dijo Andrés, guiñándole un ojo—. ¿No te quedás a ver el partido con nosotros?
Marisol se sentó en el brazo del sillón, junto a Diego.
—Un ratito nada más. Después tengo que terminar arriba.
El partido era apenas una excusa. Las miradas iban y venían, cargadas. Tomás, el callado, le apoyó una mano en la rodilla y subió despacio por el muslo, los dedos metiéndose por debajo de la falda hasta rozarle el elástico de la bombacha.
—Tenés unas piernas increíbles —murmuró—. ¿Tu marido sabe la suerte que tiene?
Ella no apartó la pierna. Al contrario, la abrió apenas para dejarle más lugar. Sintió el calor subiéndole desde el vientre, la humedad empezando a mojarle la bombacha.
—Mi marido hace años que no me coge como me merezco —respondió, sin bajar la voz—. Ni siquiera me mira ya. Y ustedes cuatro no me sacan los ojos de encima desde que entré.
Diego le pasó el brazo por la cintura y la atrajo. La mano le subió por el costado hasta apretarle una teta por encima de la blusa, sin disimulo. El pezón se le marcó al instante contra la tela.
—Entonces probá con nosotros —dijo él, la voz ronca—. Mirá lo que nos hacés.
Le tomó la mano y se la llevó al bulto que le tensaba el pantalón. Marisol apretó, sintió el grosor debajo de la tela y se le escapó un jadeo. Con la otra mano ya le había desabrochado el botón.
***
Lo que siguió no fue ninguna sorpresa para nadie. Marisol se dejó llevar al centro del living, donde las manos de los cuatro la buscaban a la vez. Le desabrocharon la blusa botón por botón, le bajaron los breteles, le arrancaron la falda de un tirón. Le besaron el cuello mientras ella echaba la cabeza hacia atrás y se reía bajito, mareada de deseo, con la bombacha empapada pegada al coño.
—Miren cómo está —dijo Bruno, deslizándole dos dedos por encima de la tela mojada—. Está chorreando.
Le arrancó la bombacha de un tirón y le hundió los dedos en el coño hasta los nudillos. Marisol gimió fuerte, las rodillas se le doblaron.
—Así, así, metémelos hasta el fondo —jadeó, moviendo las caderas contra la mano.
Se arrodilló en la alfombra con una seguridad que los dejó callados. Les bajó los pantalones a los cuatro, uno tras otro, y las pijas duras le saltaron a la cara. Tomó a Diego con una mano y a Andrés con la otra, las apretó, las midió con los dedos, y empezó a hacerles la paja despacio, mirándolos hacia arriba con los ojos entornados y la boca entreabierta.
—Tranquilos —dijo—. Tenemos toda la tarde. Voy a chuparlas todas.
Empezó por Diego. Se la metió entera en la boca de un solo golpe, hasta la garganta, y el chico soltó un grito ahogado. La sacó, se la escupió encima, la lamió de la base a la punta pasando la lengua por debajo del glande, y volvió a tragársela toda. Se la chupó con ruido, apretando los labios, dejándole los dedos hundidos en las bolas.
—La puta madre, Mari —gimió Diego, con las manos hundidas en su pelo—, cómo la mamás.
Pasó a Andrés sin soltar a Diego. Le trabajó la pija con la boca y con la mano al mismo tiempo, la lengua girando alrededor del glande, la mano subiendo y bajando con saliva. Después Tomás, y después Bruno, alternando, mamando una y haciéndole la paja a otra, mientras las cuatro pijas le pasaban por la cara, por los labios, por las tetas. Se las restregaba entre las lolas grandes, apretándose el pecho con las manos para envolvérselas.
Bruno se acercó por detrás, le desabrochó el corpiño y las tetas cayeron libres, pesadas, con los pezones duros como piedras. Él se las llenó con las dos manos, jugando con los pezones, pellizcándoselos hasta que ella gimió con la boca todavía llena.
—Estás temblando —le dijo Tomás al oído, agachándose.
—Estoy chorreando desde que entré a la cocina —contestó ella, sin sacarse la pija de Andrés de los labios—. Cójanme ya, no aguanto más.
La levantaron y la recostaron en el sillón ancho, las piernas abiertas, el coño mojado y rojo a la vista de los cuatro. Diego se ubicó entre sus piernas, se agarró la pija con la mano y la pasó por los labios del coño, arriba y abajo, mojándose la punta, rozándole el clítoris.
—Metémela ya, Diego, dejate de joder —le gruñó ella.
El pibe se hundió en ella de una sola vez, hasta el fondo. Marisol arqueó la espalda y soltó un grito que se mezcló con la música. Sintió cómo se la abría, cómo le llenaba el coño entero, y las paredes se le apretaron alrededor de la verga.
—Así, papi —jadeó—, dale duro, rompémelo, hace años que no me cogen así.
Diego empezó a moverse fuerte, agarrándola de las caderas, embistiéndola con el ruido húmedo de la pija entrando y saliendo del coño empapado. Andrés se le acercó por el costado y ella lo recibió en la boca, girando la cabeza para chupársela mientras Diego se la clavaba. Tomás le agarró una teta con las dos manos y se la chupó, mordiéndole el pezón; Bruno le pasó la pija por la otra mejilla hasta que ella la agarró con la mano libre y empezó a hacerle la paja al ritmo de las embestidas.
Eran cuatro pijas y ella no daba abasto. Boca, coño, mano, teta. Se corrió la primera vez con Diego todavía dentro, las piernas cerrándose alrededor de su cintura, el cuerpo entero sacudiéndose, chorreando alrededor de la pija que la seguía embistiendo.
—Me corro, me corro, la puta madre —aulló, con la boca todavía llena.
La dieron vuelta. La pusieron de rodillas en el sillón, el culo en pompa, la espalda arqueada. Andrés se le puso atrás y se la metió de golpe, agarrándola del pelo. Diego se le paró delante y ella se lo tragó, chupándoselo con la boca todavía caliente de la saliva y del semen que se le venía. Andrés cogía duro, con las palmadas de las caderas contra el culo resonando en el living. Le clavó los dedos en las nalgas, se las abrió, le escupió en el ojete y le hundió el pulgar ahí mientras la seguía cogiendo.
—Ay, sí, ahí también, animales —gimió ella—, dénmela por todos lados.
Los fueron turnando sin prisa. Tomás la tomó desde atrás cuando Andrés terminó adentro, y ella sintió el semen caliente resbalándole por los muslos. Bruno se acostó en el sillón y ella se le montó encima, empalándose sola, moviéndose arriba con las tetas botando, mientras los otros tres la miraban a los costados haciéndose la paja. Se corrió otra vez, y otra, perdiéndoles la cuenta a sus propios orgasmos.
—No adentro —le pidió a Diego cuando lo sintió a punto—. En la boca, quiero probarte.
Se arrodilló ante él y abrió la boca, sacando la lengua. Diego se hizo la paja unos segundos y le descargó todo entre los labios, en la lengua, en la cara. Ella tragó lo que pudo, se lamió los dedos, y todavía le quedó paciencia para chupársela hasta la última gota. Uno por uno los fue terminando, tragando a algunos, dejándose acabar en las tetas por otros, riéndose y jugando con el semen que le corría por el pecho.
Terminaron de a uno, y ella se dejó querer hasta el final, riéndose, exhausta y satisfecha, tirada entre los cuatro sobre el sillón, con el coño rojo, la cara y las lolas embadurnadas, los muslos brillantes.
—Vuelvan cuando quieran —dijo, acomodándose el pelo con dedos pegajosos—. Pero esto queda entre nosotros.
***
Al día siguiente, Carmen volvió antes de lo previsto. Era la madre de Diego, una mujer de cuarenta y seis años que se cuidaba como pocas: rubia, alta, con un culo respingado y unas tetas firmes que todavía hacían girar cabezas, y una mirada que no se perdía nada. Siempre había intuido algo en la forma en que su empleada se movía por la casa, pero nunca había puesto en palabras la sospecha.
Encontró a Marisol en la cocina, ordenando las tazas, con una sonrisa que no terminaba de borrarse.
—Hola, Mari. ¿Todo bien por acá? ¿Diego se portó? —preguntó Carmen, sirviéndose agua.
Marisol sintió que el rubor le subía a la cara. Tenía chupones morados en el cuello y en el nacimiento de las tetas que el cuello de la blusa no llegaba a tapar del todo.
—Todo bárbaro, señora. Aunque… Diego y sus amigos me hicieron pasar una tarde movidita.
Carmen arqueó una ceja, intrigada por el tono, y le clavó los ojos en las marcas.
—¿Movidita cómo? Dale, contame, no me dejes así.
Marisol se sentó frente a ella, bajó la voz y empezó a hablar como quien comparte un secreto que no debería. Le contó lo de las cervezas, las miradas, la mano en la rodilla. Le contó cómo terminó en el living, en pelotas, rodeada por los cuatro, con una pija en la boca y otra en el coño.
—Eran cuatro, señora —dijo, los ojos brillando—. Diego, Andrés, Tomás, Bruno. Me cogieron por adelante, por atrás, en la boca. Me tragué de todo. Me corrí no sé cuántas veces. Hacía años que no me sentía así de puta y así de viva.
Carmen no decía nada. El vaso le temblaba apenas en la mano, y se dio cuenta, casi con vergüenza, de que el cuerpo le estaba respondiendo a la historia: los pezones se le habían endurecido bajo la blusa, y sentía la bombacha humedecerse.
—Dios, Mari —murmuró—. Me estás poniendo colorada.
—¿Solo colorada? —Marisol se rió bajo—. Porque yo, contándolo, ya tengo la bombacha empapada de nuevo. Y usted, señora, tiene los pezones parados. Se le marcan.
Hubo un silencio cargado. Carmen se mordió el labio, se miró las tetas y no atinó a taparse. Pensó en su marido dormido, en los años de rutina, en la última vez que se había venido de verdad y no pudo acordarse.
—¿Y vos qué hacés ahora? —preguntó al fin, con la voz más ronca de lo que pretendía.
—Eso depende de usted, señora —dijo Marisol, y se acercó hasta quedar a un palmo de su cara.
Carmen no se apartó. Fue ella la que cerró la distancia, con un beso lento, indeciso al principio y después no tanto. Marisol le tomó la cara entre las manos, le abrió la boca con la lengua, le chupó los labios. La mano de la empleada bajó, le desabrochó la blusa, le sacó una teta del corpiño y se agachó a chupársela ahí mismo, en la cocina.
Carmen soltó un gemido que no reconoció como propio. Le buscó la mano a Marisol y se la metió debajo de la falda, contra la bombacha mojada.
—Estoy chorreando, mirá lo que me hiciste —le dijo al oído.
Marisol le corrió la bombacha y le pasó dos dedos por la concha, arriba y abajo, jugándole con el clítoris. La besó con hambre mientras se los metía. Carmen se agarró del borde de la mesada, abrió las piernas, dejó que le hiciera lo que quisiera. Marisol se arrodilló, le levantó la falda, le hundió la cara entre los muslos y empezó a comérsela con la lengua entera. Le lamió el clítoris despacio, con círculos, después con toda la boca, chupándoselo, mientras dos dedos entraban y salían del coño. Carmen se corrió en menos de cinco minutos, mordiéndose la mano para no gritar, las rodillas temblándole, agarrándole la cabeza a Marisol para que no parara.
—Cuando vuelvan los chicos —susurró Marisol contra su coño, todavía brillante de saliva y flujo—, te sumás. Dos mujeres como nosotras, calientes como estamos, nos merecemos una noche así. Te van a coger entera, señora.
Carmen cerró los ojos y asintió, todavía temblando.
***
Esa misma noche, el grupo volvió a armarse. Diego apareció con Andrés, Tomás y Bruno, y con una novedad: Maximiliano, un compañero del gimnasio, alto como un jugador de básquet, de brazos tatuados y una sonrisa de las que prometen problemas. Lo habían invitado porque caía bien, sin imaginar que la noche tomaría el rumbo que tomó.
Carmen, todavía con el cosquilleo de la tarde y sin bombacha debajo, salió a recibirlos con un vestido corto que marcaba cada curva. Maximiliano la recorrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en las tetas y bajando hasta las piernas.
—Buenas noches, señora. Usted debe ser la mamá de Diego. No parece, eh.
Ella se rió, coqueta.
—Decime Carmen. Y vos venís a buscar problemas, se nota.
Desde el primer momento hubo química. Maxi le servía algo de tomar, le contaba anécdotas rozándole el brazo, bajándole la mano hasta la cintura, y ella le devolvía cada gesto con una sonrisa que decía todo. En el living, Marisol ya estaba con los demás, arrodillada, con la remera arriba y una pija en cada mano, y los gemidos empezaban a llenar la casa.
—¿Querés que te muestre algo más tranquilo, lejos del ruido? —le propuso Maxi al oído, con la mano ya en su culo.
Carmen lo miró con los ojos encendidos.
—Vení a mi cuarto. Y traé algo de aguante, porque hace mucho que no cojo bien.
***
El dormitorio quedó en penumbra, con la puerta entreabierta dejando entrar los gemidos del resto de la casa. Maximiliano se sacó la remera y mostró un torso trabajado, marcado, con los músculos del abdomen definidos. Cuando se bajó los jeans, la pija le saltó afuera, larga y gruesa, con las venas marcadas. Carmen se quedó mirando, mordiéndose el labio.
—La puta madre, Maxi —murmuró—, con eso me vas a partir en dos.
—Vamos a ver si aguanta, señora —le contestó él, con una sonrisa.
Ella se arrodilló sin dudar y se la agarró con las dos manos. La midió, la sopesó, le pasó la lengua desde las bolas hasta la punta. Después abrió bien la boca y se la fue metiendo de a poco, milímetro a milímetro, hasta donde le llegaba. La lengua trabajaba alrededor, la saliva le caía por el mentón. Maxi le agarró la cabeza con las dos manos y empezó a moverla al ritmo que él quería, cogiéndole la boca despacio, sacándola cuando arcadeaba y dándole un segundo para tomar aire.
—Así, mamámela toda, señora, así como se merece —le decía, mirándola con la boca llena y los ojos llorosos.
Carmen se la sacó, escupió encima, le lamió las bolas de a una, se las metió en la boca, y volvió a chupársela con las dos manos rodeándola. Cuando lo tuvo bien duro, se paró, se sacó el vestido de un tirón y quedó desnuda: las tetas paradas, firmes, los pezones rosados, el pubis rasurado, el cuerpo de una mujer que se cuidaba en serio.
Maxi la empujó suave sobre la cama, le abrió las piernas y se agachó entre ellas. Le comió el coño con hambre, apretándole los muslos, chupándole el clítoris fuerte, metiéndole la lengua adentro. Carmen se agarró de las sábanas y arqueó la espalda.
—Ay, Dios, sí, así, no pares —gimió—. Hace años que nadie me la come así.
Se corrió con la lengua de él, temblando, y todavía no había terminado de calmarse cuando Maxi se le acomodó encima, se agarró la pija y se la fue metiendo. Carmen sintió cómo se abría, cómo la llenaba, y soltó un grito largo cuando la tuvo entera adentro.
—Más, más, no te detengas —pidió, las uñas clavadas en su espalda—. Cogeme, Maxi, dale.
Él empezó a moverse, primero despacio, buscándole el ritmo, y después a fondo, embistiéndola con toda la cadera, las tetas de ella rebotando con cada golpe. Cambiaron de posición. Ella arriba, montándolo, marcando el ritmo, agarrándose las tetas y ofreciéndoselas a la boca. Después él detrás, sosteniéndola por las caderas, dándole con fuerza mientras le tiraba del pelo. Carmen se puso a cuatro patas, arqueó el culo, y él se la clavó tan hondo que ella dobló los brazos y quedó con la cara en la almohada, mordiéndola para no gritar.
—Así, papi, rompela, para eso viniste —jadeaba, moviendo el culo para atrás para encontrarse con las embestidas.
Se corrió con un grito que seguramente se escuchó en todo el pasillo, el coño apretándose alrededor de la pija, el cuerpo entero en tensión. Maxi la siguió poco después, sacándola en el último momento y descargándole todo el semen caliente sobre el culo y la espalda, largos chorros que le corrieron por la raya.
Quedaron tendidos, agitados, riéndose como dos cómplices. Ella se pasó dos dedos por la espalda, los ensució, se los llevó a la boca.
—Sos un peligro, Maximiliano —dijo, chupándoselos.
—Y usted, señora, es la mejor sorpresa que tuve en mucho tiempo.
***
Cuando salieron del cuarto, la fiesta en el living había crecido. Marisol estaba en el centro del sillón, con una pija en el culo y otra en el coño, aullando de placer, y al ver a Carmen aparecer desnuda le tendió una mano temblorosa.
—Te dije que te sumabas —le dijo, y Carmen se dejó arrastrar.
La noche se volvió una sola cosa larga y caliente. Las dos mujeres maduras, seguras de su deseo, llevaron las riendas más de lo que los chicos esperaban. Se turnaban las pijas, se pasaban a los pibes de una boca a la otra, se buscaban entre ellas, se besaban con lengua, se comían los coños una a la otra en un sesenta y nueve mientras los otros les daban desde atrás. Marisol le enseñó a Carmen a chupar dos pijas al mismo tiempo, juntándolas contra la lengua; Carmen le devolvió el favor haciéndola acabar tres veces con la boca, mientras los chicos las miraban haciéndose la paja alrededor.
Hubo manos por todas partes, bocas, coños, culos, pijas que entraban y salían, semen que se repartía sobre las tetas y las caras. Los chicos las cogieron en todas las posiciones que se les ocurrieron, doble penetración, triple, una encima de la otra. Nadie llevaba la cuenta de las veces que terminaba uno o se corría otra. La casa entera olía a sexo, a sudor y a verano.
Cuando empezó a aclarar, quedaron todos amontonados, sudados y sin aliento, un revoltijo de brazos y piernas y cuerpos pegajosos en el living desordenado. Marisol y Carmen, abrazadas en un rincón del sillón, con las tetas todavía brillantes de semen y saliva, se miraron y se largaron a reír al mismo tiempo.
—Somos terribles —dijo Carmen.
—Somos libres —corrigió Marisol—. Que es distinto.
Los chicos, medio dormidos y con las pijas todavía a medio parar entre las piernas, prometieron volver. Y las dos mujeres, mirándose con una sonrisa que ya era complicidad para siempre, supieron que esta no había sido la última vez.