Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Una mujer madura no debería bailar así con él

Ese año me había ido mal. Problemas en el trabajo por mi carácter agrio, mi mal humor, mis broncas con todos; y detrás de todo eso, el desgaste con mi marido, que terminó en un divorcio largo y feo que se comió casi doce meses de mi vida. Para diciembre estaba agotada, así que decidí pasar las fiestas en mi pueblo, con mis dos hijos y el resto de mi familia.

Ahí me casé, jovencita, a los dieciocho, ya embarazada del mayor. Estudiaba enfermería en el instituto técnico y dejé la carrera a medias; la terminé años después, cuando los chicos ya estaban grandes. De aquella muchacha asustada quedaba poco: a mis cuarenta y tantos era una mujer hecha, divorciada y, según decían, todavía de buen ver.

La noche del veinticuatro reservamos mesa para la cena baile de Navidad que se hacía cada año en el salón del casino del pueblo. Íbamos mis dos hijos, ya mayores de edad, sus parejas y yo. La temperatura era amable, ni frío ni calor. Me había comprado un vestido largo color rosa, de los cruzados, con una abertura lateral que dejaba ver la pierna entera cuando caminaba.

Nos sentamos, pedimos algo de beber y empezamos a charlar. Estaban sirviendo la cena cuando llegó Adrián, un amigo de mis hijos, excompañero de escuela del menor, de su misma edad, y se sentó con nosotros.

A Adrián lo conocía desde que era un crío. Había sido compañero de mi hijo desde la primaria y lo considerábamos casi de la familia. Pero desde la secundaria se le notaba una debilidad enorme por mí; varias veces, medio en serio medio en broma, me había pedido «que fuera su novia». Yo nunca le seguía el juego: le daba largas, lo invitaba a buscarse una chica de su edad como habían hecho mis hijos.

—Es muy noviero, tiene chicas por todos lados —se reían mis hijos.

Yo sonreía por el atrevimiento de ese muchacho y nada más.

Adrián había montado un taller de reparación de motos y un punto de venta de repuestos, y le iba muy bien. Cuando llegó a la mesa se deshizo en elogios, como siempre.

—Estás preciosa, Noemí, guapísima —me dijo, y me besó la mejilla más cerca de la comisura de lo que debía.

***

Esa tarde, antes de salir, me había arreglado con esmero. Me bañé, me cepillé el pelo, me maquillé con calma, me delineé los ojos. Saqué el vestido y me lo probé frente al espejo de cuerpo entero de mi recámara.

Me quedaba muy justo, pero me gustaba cómo me marcaba la cintura. Era cruzado, con unos tirantes finísimos, y dejaba toda mi espalda al descubierto. Me lo habían recomendado sin sostén, así que me puse solo una tanga negra de encaje, de esas que mi exmarido adoraba, y unas zapatillas rosas de tacón alto. Sin sostén, el pezón se marcaba a la menor caricia de la tela; siempre se me ponen erectos con cualquier roce. Me sonreí, entre traviesa y avergonzada.

Cuando llegaron mis hijos y sus parejas a buscarme, salí a la sala a que me dieran su opinión.

—¡Qué guapa! ¡Deslumbrante! —me dijeron casi a coro.

—¿No lo ven muy atrevido? ¿Y las piernas? —pregunté, girando.

—Esas piernas son para lucirlas —dijo una de las chicas.

—Seguro que Adrián se vuelve loco —remató mi hijo menor, riéndose—. Siempre le han encantado tus piernas.

Me eché por encima un chal gris perla para cubrirme la espalda y nos fuimos al salón, donde Adrián nos alcanzaría más tarde.

***

Cenamos con sidra y cerveza, contamos chistes, reímos. Yo, como siempre, la más reservada de la mesa. Pasó una chica tomando fotos y nos retrató a los seis, las mujeres sentadas y los hombres detrás. Adrián me puso las manos sobre los hombros desnudos y sentí un escalofrío recorrerme entera; se me puso la piel de gallina.

Luego nos fotografió por parejas y él pegó su cara a la mía. Debí reflejar algo en el gesto, porque la chica me pidió otra «con una sonrisa más bonita». Cuando vimos las fotos yo había salido muy guapa, con los ojos clavados en él.

—¿A poco no está guapísima Noemí? —presumió, orgulloso, y yo me puse colorada.

Empezó la música y nos paramos los seis a bailar. La pasábamos bien; a todos nos gusta. Después de casi una hora, los temas se volvieron lentos y románticos, y Adrián me tomó entre sus brazos y me atrajo hacia él.

Sentí su mano abierta sobre mi espalda desnuda y el mismo escalofrío de antes.

—Me encanta sentir tu piel —murmuró.

En cada vuelta acercaba su cuerpo al mío, su pecho contra mis pechos, y deslizaba el muslo hasta tocarme la entrepierna. Para mi sorpresa, empecé a humedecerme; me pasa siempre que me excito, y esa noche, con la cercanía de ese muchacho que me provocaba a cada paso, estaba excitada de verdad.

No me opuse. Él no decía nada, solo embarraba su cuerpo contra el mío, y yo empezaba a sentir la rigidez de su miembro contra mi muslo. Cerré los ojos y decidí vivir el momento. Aflojé el cuerpo y dejé que se pegara al suyo.

—Siento que estoy en el cielo —me dijo al oído—. Sabes que siempre estuve enamorado de ti, desde que te conozco. Ya no estás casada… me muero por estar contigo, por hacerte el amor hasta el amanecer.

No respondí. Separé apenas la cara y le clavé la mirada; él me la sostuvo sin pestañear, y nuestras bocas se encontraron como imantadas. Nos besamos hondo, desesperados, sin aire. La gente seguía bailando alrededor, las luces tamizadas, y nuestro mundo se había reducido a esas dos bocas.

Sentí su mano derecha bajar por debajo de mi cintura, acariciarme las nalgas por encima del vestido, insinuar el dedo en la raja. Me vine ahí mismo, sin avisar. Se me aflojaron las piernas y me colgué de su cuello. Él me tomó con las dos manos y me apretó contra su vientre, con el sexo durísimo contra mi muslo.

Entonces una de sus manos buscó el centro de mi entrepierna, palpándome por encima del vestido y la tela. No me opuse a ese tocamiento descarado, en medio de la pista.

—Vamos arriba —me dijo al oído.

***

Lo seguí de la mano hasta el segundo piso, en penumbras. Detrás de uno de los pilares anchos nos abrazamos y volvimos a besarnos con una pasión que me quemaba.

—Noemí, mi linda Noemí, no sabes cómo te quiero. Tus hijos lo saben, siempre se rieron de mí por andar loco por ti.

Me recorría las nalgas con una mano y, aprovechando la abertura del vestido, subió la otra por mi muslo hasta la tela del calzón.

—Estás toda mojada, mamita. ¿Ya te viniste? ¿Solo de besarte?

—Sí —admití, muerta de vergüenza, y sin pensarlo le apreté el bulto del pantalón.

Su dedo se deslizó dentro del calzón, dentro de mí, y solté un gemido. Pero de pronto me invadieron las emociones encontradas y me aparté, llorando de pura vergüenza.

—Esto no está bien, Adrián. Soy una señora, mucho mayor que tú. Tienes la edad de mis hijos, eres su amigo.

Él me ignoró, me volvió a pegar al pilar y me besó mientras me acariciaba el sexo por debajo del vestido. Me sentí ardiendo, alcancé otro orgasmo, y otra vez se me escaparon las lágrimas.

—Soy humana, soy mujer, y lo necesito mucho… pero esto no es correcto —murmuré, sin fuerzas para apartarlo.

—Sé que estás ardiendo de ganas, Noemí. Estás toda mojada —me dijo, y me metió dos dedos sin esfuerzo—. ¿Ves cómo entran solos?

Me masturbó contra el pilar, jugando con mi clítoris, mientras yo me mordía los labios para no gritar. Me hizo venirme varias veces seguidas, hasta dejarme colgada de su cuello. No sé cuánto duró; se me hizo una eternidad, y no quería que acabara. Pero el miedo a que nos buscaran pudo más.

—Vámonos, antes de que pregunten por nosotros.

***

Me arreglé el vestido y el pelo y bajamos. Volvimos a bailar abrazados un tema lento, y otra vez le ofrecí la boca. Estábamos en eso cuando sentí una mano en el hombro: era mi hijo, haciéndome señas de que lo siguiera.

En la mesa estaban el otro y su pareja.

—Los andábamos buscando. Nosotros ya nos vamos. ¿Ustedes se quedan?

Me quedé muda. Había llegado con ellos y ahora me dejaban allí, sola con Adrián.

—No, nosotros también nos vamos —contestó él, en nombre de los dos.

Salimos los seis abrazados. Una de las chicas me susurró al oído que la pasara bien, que Adrián era buena gente. Mis hijos se despidieron con un beso en la mejilla, como siempre.

***

Caminamos hasta su coche. Me abrió la puerta, subí, y antes de arrancar se volteó hacia mí.

—Acércate, Noemí.

Obedecí. Me pasó el brazo por los hombros, me tomó de la barbilla y me besó, mientras con la otra mano me buscaba el pecho derecho. Me bajó uno de los tirantes y liberó el seno; empezó a chuparme el pezón, erecto, y volví a sentir que despegaba. Mis senos siempre han sido mi punto más sensible.

—No sabes lo que es cumplir una fantasía de tantos años —me dijo, separándose para mirarme—. ¿Quieres conocerla? Sácala.

Me tomó la mano y la llevó a su bragueta. Me dio miedo, pero al final le bajé el cierre y le saqué el sexo, erecto y duro. En la penumbra apenas lo veía, pero al tomarlo entendí: era mucho más grande y grueso que el de mi exmarido, y durísimo, como un hierro.

—Dale un beso, chúpalo un poco.

Acerqué la boca. Me encanta hacerlo, así que lo recorrí con la lengua de arriba abajo, entreteniéndome en la punta. Adrián me tomó del pelo y empezó a marcarme el ritmo, usándome la boca, hasta que se detuvo.

—Para, no quiero terminar aquí. Vámonos a tu casa.

—¿Y mis hijos?

—Esta noche no aparecen. Tenemos la casa para nosotros.

Me arrojé a sus brazos, aceptando todo sin decir una palabra más.

***

Apenas cerramos la puerta de la casa, me pidió otra vez que se la chupara. Me arrodillé frente a él y me colgué de su sexo, todavía duro. Me lo metía y lo sacaba, usándome la boca como si fuera otra cosa.

—¿Sabías que las mujeres que la maman así siempre son unas putas? —me soltó.

Me quedé helada. Levanté la cara.

—¿En serio?

—Claro. Tú debes ser una, mamita, solo que no te has dado la oportunidad de demostrarlo.

Aquella palabra se me clavó. Mi exmarido me la decía igual cada vez que me ponía cariñosa: que yo era una puta, que solo pensaba en lo mismo. Un tirón de pelo me trajo de vuelta.

—Sigue, putita.

Y seguí, hasta que me llevó a la recámara. Me recostó boca arriba en la cama matrimonial, con las piernas colgando por la orilla.

—Ábrete el vestido, hasta la cintura.

Lo hice, mostrándole las piernas y la tanga negra de encaje.

—¿Ves? Solo las putas usan calzones como esos —dijo, y me los bajó hasta quitármelos.

Se hundió entre mis piernas y me besó ahí, en el clítoris, succionándolo. Me puse tensa y traté de detenerlo con las manos: mi exmarido nunca me lo había hecho, decía que «eso» solo se le hacía a las mujeres de la calle.

—No, Adrián, por favor… yo no soy de esas.

Pero él ya estaba lanzado, y lo que sentí fue delicioso. Me vino otro orgasmo en su boca.

—Te estás viniendo de nuevo, mamita. Eres toda una puta —murmuró, y yo me eché a llorar en silencio, partida entre la vergüenza y el placer.

Me hizo venirme varias veces más con la lengua, hasta dejarme sin fuerzas. Cuando volvió a besarme, descubrí mi propio sabor.

—¡Vete, lárgate, ya no quiero verte! —le grité de pronto, dolida, empujándolo.

Él solo sonrió, me abrazó y me pegó a su pecho.

—Eres la mujer más hermosa que conozco. Te amo desde siempre, Noemí. Tus hijos y yo te espiábamos en aquellos veranos, cuando te bañabas, cuando te dabas placer sola con aquel juguete que aún guardas por ahí, en esta misma cama. Eres mi sueño hecho realidad.

La confesión me dejó sin aire, pero su boca volvió a la mía y despertó otra vez mi deseo. Me chupaba los senos, me besaba, pero no avanzaba, y me desesperé.

—Métemela ya, Adrián, por favor.

Con toda la calma del mundo se separó, se quitó la camisa y el pantalón.

—Desnúdate. Me encanta que las putas se desnuden para mí.

—No soy una puta, te equivocas conmigo —protesté, moviendo la cabeza, pero mis dedos temblorosos ya me quitaban el vestido, hasta quedar desnuda, solo con las zapatillas rosas.

—Déjate los tacones, te ves mucho más puta así, y así te la quiero meter.

Sus dedos volvieron a recorrerme, precisos, envolviéndome entera, y sentí que perdía la cabeza de nuevo.

—¿Ves cómo tenía razón? Si no hubieras venido a buscar otra cosa, te habrías puesto un vestido menos provocativo y un calzón normal. Acuéstate.

Y, en el fondo, tenía razón. Me había arreglado con esmero para esa noche presintiendo que sería especial, aunque no lo admitiera ni ante mí misma.

***

Se subió a la cama y se acomodó entre mis piernas. Sentí su sexo buscar el camino entre mis labios, mojados de tanto venirme. Apenas me rozó el clítoris con la punta, tuve otro orgasmo.

—Mételo despacio, papito, que lo tienes muy grande y llevo mucho tiempo sin nada.

Empujó con cuidado. La cabeza entró, y luego sentí cómo se abría paso hacia el fondo, separando las paredes, de una forma casi dolorosa y a la vez riquísima.

—¿Te gusta, mamita?

—Sí, sí —apenas pude decir, soltando el aire de golpe cuando lo sentí entero dentro.

Me llenó por completo. Lo sentía palpitar dentro de mí, y tuve otro orgasmo fuerte. Adrián me tomó los senos, me jugó con los pezones y empezó a embestir con fuerza.

—Puta… puta… puta… —me repetía con cada golpe de cadera, y yo volaba.

Al principio le contestaba con un gemido y un «sí». Después, cuando el placer me desbordó, empecé a desvariar.

—Sí, papito, mi cielo, te amo, esta puta te ama, sigue, por favor.

No detuvo el ritmo hasta que ya no aguanté.

—Para, papito, me vas a matar.

Se detuvo, salió de mí y se recostó a mi lado, boca arriba. Me lancé sobre él, mi cuerpo contra el suyo, mi boca buscando la suya con todos los besos que tenía guardados.

—¿Viste cómo te has estado viniendo? —me dijo—. Tengo toda la verga blanca, solo de lo tuyo.

Me incorporé para mirar y era cierto. Lo tomé entre las manos, incrédula.

—¿Todo esto es mío? ¿Tú no…?

—Yo todavía no. Todo eso es tuyo. Solo las putas se vienen así. Límpiamelo con la boca, prueba a qué sabes.

Y, sin saber por qué, lo hice casi feliz. Nunca imaginé venirme de aquella manera. Le limpié el sexo con la lengua, lo dejé reluciente, me lo metí entero en la boca.

—¿Por qué nunca me hiciste caso cuando te decía que quería ser tu novio? —preguntó.

—Porque estaba casada y no quería ser infiel.

—¿Y por eso te dabas con el juguete? Te espiábamos, ¿sabes? Tus hijos y yo. Nos encantaba mirarte.

—Míralos, condenados —dije, entre la indignación y la risa.

***

Hubo una pausa. Su sexo seguía duro en mi mano.

—Hagamos un sesenta y nueve —propuso.

Había oído hablar de eso, pero nunca lo había hecho; mi exmarido también decía que era cosa de putas. Adrián me colocó encima, con mi cabeza entre sus piernas. Me puse a mamarlo, embelesada con esa dureza en mi boca, mientras su lengua subía y bajaba por mi sexo.

Cuando atrapó mi clítoris con los labios no resistí ni medio minuto: me vine de inmediato y, sin querer, me empujé su sexo hasta el fondo de la garganta justo cuando él empezó a derramarse en mí, en chorros calientes.

—Trágatelos todos, Noemí.

No hizo falta que me lo pidiera; me encanta, y lo hice con un placer enorme. Nos quedamos rendidos, sin separarnos, durante un buen rato.

—Eres toda una puta, mamita —me dijo al fin, casi extasiado—, y te amo por eso. Justo por eso.

Me hacía recordar a mi exmarido, que me decía lo mismo pero nunca terminaba en mi boca, asegurando que solo las más depravadas lo permitían.

—¿Sigues enamorado de esta puta? —le pregunté, besándolo.

—Me encantas, Noemí. Te amo por puta, mamita.

Le confesé entonces que en la ciudad donde vivía tenía un par de pretendientes a los que dejaba acariciarme y terminar en mi boca, sin llegar a más; que de todos, el que más me gustaba era un muchacho moreno y alto, como él. Adrián se rió y se acomodó detrás de mí. Podía sentir su sexo, ya en calma, contra mi espalda, sus manos en mis pechos y su boca en mi cuello. Así, abrazados, nos venció el sueño.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios (6)

CaroNocturna

Ay, esto me llegó directo al pecho. Que bueno!!!

MarianoVQ

Por favor seguí con esta historia, quede con ganas de saber que pasó despues

Goloso

Me recordo a algo que me paso hace tiempo, hay algo en esas miradas que lo cambian todo sin decir una sola palabra. Muy bien escrito

PabloCba79

increible como capturaste ese momento exacto. Felicidades

DiegoB92

La tension que transmitis es perfecta, se siente de verdad cada palabra. Sigue escribiendo asi!

NocheDeDeseos

Lo lei dos veces porque la primera vez no terminaba de asimilar lo que sentia. Hay algo muy real en como describes ese instante donde todo cambia de golpe. Espero leer mas de vos por aca

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.