Lo que la amiga madura de mi madre pagaba en secreto
Nunca pensé que una de las aburridas reuniones de mi madre se me quedaría grabada para siempre. Ese sábado me tocó acompañarla porque andaba con el tobillo vendado por una mala pisada, y la reunión era en casa de Roxana, la más adinerada de sus amigas. Como quedaba lejos, hice de chofer y me quedé ahí, aguantando el calor mientras ellas le daban al vino y al chisme en la terraza.
A eso de las cuatro, el sol estaba insoportable. Vi que estaban distraídas y, como no soportaba el bochorno, me quité la camiseta y los vaqueros y me metí a la piscina en ropa interior. Nadé un rato, soltando los músculos, y cuando terminé me apoyé en el borde de piedra, de espaldas a la casa, recuperando el aliento.
Sentí una presencia detrás de mí. Me incorporé de golpe y ahí estaba ella, Roxana, observándome desde la sombra del alero. Me quedé de pie, chorreando agua, y por primera vez sentí que me miraban no como al hijo de su amiga, sino como a un hombre. La tela mojada del bóxer no ocultaba nada, y ella no hacía ningún esfuerzo por desviar la vista.
Roxana se veía imponente. Tenía ese cuerpo de mujer de casi cincuenta años que parece esculpido a propósito: curvas marcadas, piernas firmes y ese aire de señora experimentada que sabe que impone. Llevaba un vestido de seda que se le pegaba de una forma que me puso la sangre a hervir.
—Vaya… parece que has crecido mucho más de lo que recordaba —soltó con una voz profunda, elegante, pero cargada de una intención que me dejó mudo.
Hasta ese segundo, Roxana era la que me traía dulces de niño. Pero verla ahí, recorriéndome el pecho y bajando la mirada sin la menor vergüenza, mandó el respeto al carajo. Me sentí expuesto, y al mismo tiempo me gustó cómo me devoraba con los ojos.
—Oye —dijo, recomponiendo apenas la postura—, mañana mi marido sale de viaje y tengo unos árboles en el jardín de atrás que necesitan que alguien les meta mano. ¿Te animas a venir a ayudarme a las tres? Te pagaría muy bien… mejor de lo que te imaginas.
—Claro, doña Roxana… ahí estaré —respondí, intentando que no se me notara lo acelerado que tenía el corazón.
Me dio una última mirada, de esas que dicen que el «trabajo» en el jardín era lo que menos le importaba, y se dio la vuelta hacia la terraza con un contoneo de caderas que me dejó claro que lo de mañana era el inicio de algo grande.
***
Al día siguiente llegué a las tres en punto. Roxana me abrió con una sonrisa que no decía nada y lo decía todo. Me llevó directo al patio trasero, donde supuestamente esperaban los árboles. El sol volvía a pegar fuerte.
—Hace demasiado calor para que trabajes así —dijo, recostándose en el marco de la puerta de cristal mientras me observaba—. Quítate la camiseta, no quiero que termines empapado de sudor.
No puse excusas. Me la quité de un tirón. Siempre he sido delgado, de esos que por la misma falta de grasa tienen los músculos bien definidos. Roxana no disimuló. Se quedó ahí, con un vaso de té helado en la mano, recorriéndome despacio, como si me estuviera midiendo. Sus ojos bajaban por mi pecho, se detenían en mi abdomen y terminaban, inevitablemente, en mi cintura.
Empecé a mover unas ramas, sintiendo su mirada como fuego en la espalda. Roxana no se iba. Al contrario, se acercó con una toalla pequeña y una botella de agua fría.
—Descansa un segundo, te va a dar un golpe de calor —dijo, plantándose frente a mí.
Estaba tan cerca que olía su perfume mezclado con el calor de su piel. Con la toalla empezó a secarme el sudor del pecho, pero lo hacía con una lentitud que no era normal. Sus dedos rozaban mi piel «por accidente» y yo sentía cómo se me tensaban los músculos bajo su tacto.
—Tienes la piel muy suave —murmuró, bajando la toalla hasta el borde del pantalón—. ¿Sabes…? Me gusta la gente agradecida. Y creo que tú y yo podríamos llegar a un acuerdo para que este «trabajo» sea mucho más llevadero para los dos.
Me miró a los ojos con una intensidad que me dejó seco. No era la invitación de una niña: era la seducción de una mujer que sabía perfectamente lo que hacía. Soltó la toalla y puso la mano plana sobre mi abdomen.
—Ven adentro —dijo en un susurro mandón—. Tengo algo para ti en la sala. Un adelanto por ser tan buen… trabajador.
***
Entramos y el aire acondicionado me golpeó el pecho desnudo, dándome un respiro del calor. Roxana caminó con esa elegancia suya hacia una mesa de cristal donde descansaba una caja de lujo. Ese cuerpo de casi cincuenta años, con las curvas en su punto y esa seguridad de mujer con dinero, me hacía sentir un juguete entre sus manos.
—Mira lo que tengo aquí —dijo, abriendo la caja—. Es para ti. Por venir a ayudar a esta pobre mujer sola.
Dentro brillaba un reloj caro, pesado, de esos que te hacen ver importante. Lo miré y luego la miré a ella, haciéndome el que no entendía por dónde iba la cosa.
—Está increíble, doña Roxana… pero es demasiado —dije, poniendo mi mejor cara de inocente—. Podar unos árboles no vale tanto. No sé si deba aceptarlo.
Ella soltó una risita y se fue acercando, disfrutando mi supuesta confusión.
—No seas tonto. Yo decido qué vale y qué no —respondió, rodeándome como un gato a su presa—. Además, el trabajo apenas empieza, ¿no crees?
Sacó el reloj y me tomó la muñeca para ponérmelo. Sus dedos fríos se quedaron ahí un momento. Subió las manos por mis brazos, recorriendo cada músculo hasta llegar a los hombros.
—Te queda perfecto —susurró—. Pero me pregunto si un chico tan bien portado sabe cómo se le agradece a una señora cuando es tan generosa.
Hasta aquí el juego de la inocencia.
La tomé de la cintura y la pegué a mi cuerpo sin previo aviso. Roxana soltó un jadeo de sorpresa, pero no se apartó. La miré directo a los ojos, con una seguridad que la dejó muda, y la besé. Fue un beso cargado de todo el morbo acumulado desde la piscina. Ella me correspondió de inmediato, enredando las manos en mi pelo y apretando su cuerpo maduro contra el mío.
Nos separamos apenas unos centímetros, los dos con la respiración agitada.
—Dímelo claro, Roxana —solté con la voz ronca, sin soltarla—. Dime qué quieres de agradecimiento. Sin rodeos de árboles ni de relojes.
Ella rió entrecortada, tratando de recuperar la elegancia que yo acababa de romperle.
—¿Y dónde quedó el chico inocente de hace un momento? —preguntó, con una chispa de malicia.
—Se quedó afuera, con los árboles —respondí, apretándola un poco más—. Sé perfectamente cómo tratar a una mujer madura como tú. Y sé que no te conformas con cualquier cosa.
Roxana soltó una carcajada genuina, encantada. Se sentía victoriosa por haber «corrompido» al hijo de su amiga, pero también encendida por mi descaro.
—Vaya… el niño salió más listo de lo que pensaba —dijo, pasándose la lengua por los labios—. Me gusta esa actitud. Me gusta mucho.
Nuestros labios volvieron a sellarse en un beso más profundo, más húmedo. Roxana ya no caminaba con elegancia: ahora me arrastraba hacia las escaleras, ansiosa por encerrarnos en su habitación.
***
Entramos a la recámara y echó el seguro, pero ya sin la calma de antes. Nos quedamos frente a frente, junto a una cama enorme que olía a limpio y a lujo.
—Quítatelo todo —ordenó, aunque ya no sonaba a jefa, sino a mujer que se moría por dentro—. Quiero ver cada detalle de ese cuerpo que me tuvo despierta toda la noche.
Me deshice del pantalón y quedé en bóxer. Al ser delgado y marcado, los músculos del abdomen y los muslos se me veían como cuerdas tensas. Roxana tenía la boca entreabierta, hipnotizada. Ella se bajó el vestido y quedó en un conjunto de encaje negro que resaltaba esas curvas de señora en su mejor momento.
Ya no quise que llevara el ritmo. La agarré por la nuca con una mano y por la cintura con la otra, le di un beso que casi le quita el aire y, con un movimiento firme, la dejé caer sobre la cama. Roxana aterrizó de espaldas sobre las sábanas de seda, soltando un gemido de sorpresa que se volvió de puro placer cuando me lanzó encima.
Me coloqué entre sus piernas y le solté el sostén de un tirón. Sin perder un segundo, me hundí en su pecho, lamiéndola con un hambre que la hizo arquear la espalda de golpe.
—Dios, sí… —jadeaba Roxana, olvidándose por completo de la compostura—. No pares.
Me clavaba las uñas en los hombros, jalándome hacia ella, mientras sus muslos maduros me apretaban los costados. Su mano bajó desesperada a buscarme, ansiosa por sentirme.
***
Roxana no aguantó más. Me empujó apenas hacia atrás, se deslizó fuera de la cama y se arrodilló sobre la alfombra, justo a la altura de mi cintura. Me miró desde abajo con una devoción que me hizo sentir dueño de la casa entera.
—No tienes idea de las ganas que le tenía a esto desde que te vi salir de la piscina —murmuró, bajándome el bóxer.
Cuando quedé libre frente a su cara, se le iluminaron los ojos. Me tomó con las dos manos, abrió la boca y me envolvió por completo, con una técnica que me arrancó un gruñido que retumbó en toda la habitación. Sabía exactamente dónde presionar con la lengua y cómo usar los labios para hacerme vibrar. El morbo de tener a la mejor amiga de mi madre arrodillada, entregándose así, me tensaba cada músculo.
—Sabía que valías la pena —dijo con la mirada empañada, antes de volver a la carga, más rápido, decidida a que ese fuera el mejor «agradecimiento» de su vida.
Sentí que la presión ya no me dejaba respirar. Roxana se dio cuenta de que estaba al borde y, en lugar de frenar, aceleró, buscándome los ojos desde abajo. Cuando ya no hubo vuelta atrás, me dejé ir. Ella no se apartó ni un milímetro: recibió cada descarga mirándome fijo, terminando lo que había empezado.
Incluso cuando ya no quedaba nada, se quedó un rato más, saboreándose. Se levantó despacio, se limpió la comisura con un dedo y me guiñó un ojo.
—Por el reloj ni te preocupes, que esto valió cada centavo —dijo—. Pero todavía tengo un hambre que no se quita con una sola vez.
***
Se quitó lo último que le quedaba y se apoyó en el borde de la cama, dándome la espalda, ofreciéndome todo con una claridad que no dejaba lugar a dudas.
—A ver si ahora que descargaste sigues tan gallito —me retó, mirándome por encima del hombro.
No la dejé ni tomar aire. La acomodé bocarriba en mitad de la cama y me hundí en ella de un solo viaje, hasta el fondo. Roxana soltó un grito que debió vibrar en toda la casa, cerrando los ojos mientras la llenaba por completo. Estaba apretada, con ese calor de mujer madura que vuelve loco a cualquiera, y en cuanto sentí el tope empecé a darle con un ritmo salvaje.
—Qué rica eres, Roxana —le solté entre dientes, mientras la cama crujía contra la pared.
Ella me rodeó la cintura con las piernas, enganchándome para sentirme más profundo, soltando gemidos que ya no tenían nada de la señora elegante de la sala. El morbo de estar haciéndolo en su propia cama, con el reloj que acababa de regalarme brillando en mi muñeca, me empujaba a darle cada vez más fuerte.
La giré y la puse en cuatro, en el borde del colchón. Ese cuerpo firme de casi cincuenta años esperándome ahí mismo fue otro nivel. Le agarré el pelo, le eché la cabeza hacia atrás y volví a entrar de un golpe seco. El choque de mi pelvis contra ella sonó en todo el cuarto, y Roxana soltó un quejido largo, como si le llegara hasta el alma.
—Más fuerte, no te detengas —gemía, hundiendo la cara en las almohadas.
Le di con todo, sin compasión, viendo cómo se sacudía bajo mis embestidas. La «amiga de mi madre» ya no existía: ahí solo había una mujer rogando que el chico delgado le rompiera el interior.
***
Cuando sentí que ya no aguantaba, salí de un tirón. La obligué a arrodillarse en la alfombra frente a mí, despeinada y con la mirada perdida por el placer.
—Ya estuvo bueno de juegos, Roxana —dije, tomándola del mentón—. Trágate el resto del pago, para que veas que el trabajo de hoy me lo tomé en serio.
Le puse la punta en los labios y ella no se hizo de rogar: abrió la boca y me dejó terminar ahí mismo, recibiéndolo con una sonrisa maliciosa que me dejó marcado en la memoria. Se limpió con los dedos, se los llevó a la boca y me miró con un descaro total.
—Definitivamente, eres el mejor «jardinero» que he contratado —dijo, levantándose con esa elegancia que recuperaba en un segundo—. Vístete y vete antes de que llegue mi marido. Pero deja el reloj puesto… quiero que tu madre lo vea y se muera de envidia sin saber quién te lo dio.
***
Esa misma noche, tirado en mi cama con la adrenalina todavía alta, dejé el reloj en la mesa de noche. Brillaba bajo la lámpara, y cada vez que lo miraba me acordaba de su cara arrodillada en el piso.
El celular vibró. Un número sin guardar, pero sabía perfectamente de quién era.
«¿Cómo sigue ese cuerpo, jardinero? Fuiste muy eficiente hoy… pero me dejaste la cama hecha un desastre y mi perfume ahora huele a ti. Ve pensando qué excusa le inventas a tu madre para volver mañana, porque me dejaste con ganas de ver qué más sabes hacer.»
Justo cuando iba a contestar, escuché a mi madre pasar por el pasillo.
—Hijo, ¿ya te dormiste? Roxana me llamó para decirme que hiciste un trabajo excelente con sus árboles. Dice que eres muy detallista.
Me aguanté la risa.
—Sí, jefa… pegaba fuerte el sol, pero me pagó bien —respondí, mientras le escribía de vuelta: «Mañana a la misma hora, Roxana. Y esta vez no vas a necesitar invitarme a pasar».
***
Durante la semana, el teléfono no dejó de vibrar. Roxana no perdía el tiempo: me mandaba fotos provocadoras tomadas desde arriba, con mensajes diciéndome que no aguantaba hasta el jueves. Yo no me quedaba atrás. Me encerraba en mi cuarto y le devolvía la jugada frente al espejo, marcándole cada músculo. Era un ping-pong de morbo que tenía la tensión por las nubes.
—Estás riquísimo —me dejaba en los audios, con esa voz ronca que me ponía al cien—. No sabes cómo extraño tocar cada parte de ese cuerpo. Me vas a dejar seca antes de que llegues.
El jueves ya no podía más. Tenía la llave que ella me había dado «por si acaso» y decidí caerle una hora antes, con el morbo a tope. Entré sin hacer ruido, guiándome por los sonidos que venían de la recámara principal. Cuando abrí la puerta despacio, la vi: tirada a lo ancho de la cama, completamente desnuda, una mano entre las piernas, gimiendo mi nombre en voz baja.
—¡Casi me matas del susto! —gritó, pegando un brinco y tapándose con la sábana—. ¡Me dijiste que venías a las cuatro!
No dije una palabra. Me quité la camiseta de un tirón y me lancé sobre ella sin darle tiempo a reaccionar. Le arranqué la sábana y la inmovilicé contra el colchón con el peso de mi cuerpo.
—Vine a cobrarme todas las fotos que me mandaste esta semana —le solté al oído.
Me hundí en su pecho mientras bajaba una mano entre sus piernas, encontrándola empapada. Roxana arqueó la espalda, entregándome todo, olvidándose del susto en un segundo.
—Ahí, ahí… —gemía, clavándome las uñas en los hombros—. Me tenías desesperada, no sabes cuánto.
Le abrí las piernas y volví a entrar de un solo viaje, tan fuerte que la cama golpeó la pared. Empecé a darle en un ritmo salvaje, embestidas profundas que le hacían retumbar todo el cuerpo. Ella estaba completamente ida, balbuceando, castigada por haberme tenido tentado toda la semana. La giré, la puse en cuatro y le jalé los brazos hacia atrás para que el pecho se le pegara al colchón.
—Tómala toda, Roxana —le decía entre dientes, jalándola hacia mí para entrarle todavía más hondo.
Cuando sentí que ya no aguantaba, salí de un tirón y terminé sobre su espalda, viendo cómo se estremecía entera. Roxana se dejó caer de cara en la almohada, soltando un suspiro de esos que dicen que la dejaste en las nubes.
—Maldito… —susurró con una sonrisa de lado, todavía temblando—. Me vas a dejar sin fuerzas para cenar con mi marido.
***
Nos quedamos un rato tirados, recuperando el aliento mientras el olor a sexo llenaba la habitación. Roxana me miraba con cara de quien acaba de descubrir un tesoro.
—Escúchame bien —dijo, acariciándome el abdomen—. Esto no se puede quedar en un par de días. Mi marido viaja casi todos los jueves. Quiero que esos días sean para nosotros. Tu madre va a pensar que me ayudas con el jardín o con las cuentas, y yo me encargo de que siempre te vayas con un regalito en la mano. ¿Trato hecho?
—Trato hecho, Roxana —respondí, dándole un apretón.
Me levanté para meterme a la ducha. Estaba bajo el agua fría, relajando los músculos, cuando sentí que la cortina se abría. Era ella, todavía desnuda, con la piel brillando. Sin decir una palabra, se arrodilló bajo el chorro.
—Un último agradecimiento antes de que bajes —murmuró.
Mientras me dejaba pulido a punta de lengua, pensé que los jueves de Roxana iban a ser, de lejos, lo mejor de mi semana. Y que aquella aburrida reunión de mi madre había terminado siendo el mejor negocio de mi vida.