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Relatos Ardientes

Lo que la amiga madura de mi madre pagaba en secreto

Nunca pensé que una de las aburridas reuniones de mi madre se me quedaría grabada para siempre. Ese sábado me tocó acompañarla porque andaba con el tobillo vendado por una mala pisada, y la reunión era en casa de Roxana, la más adinerada de sus amigas. Como quedaba lejos, hice de chofer y me quedé ahí, aguantando el calor mientras ellas le daban al vino y al chisme en la terraza.

A eso de las cuatro, el sol estaba insoportable. Vi que estaban distraídas y, como no soportaba el bochorno, me quité la camiseta y los vaqueros y me metí a la piscina en ropa interior. Nadé un rato, soltando los músculos, y cuando terminé me apoyé en el borde de piedra, de espaldas a la casa, recuperando el aliento.

Sentí una presencia detrás de mí. Me incorporé de golpe y ahí estaba ella, Roxana, observándome desde la sombra del alero. Me quedé de pie, chorreando agua, y por primera vez sentí que me miraban no como al hijo de su amiga, sino como a un hombre. La tela mojada del bóxer no ocultaba nada: se me pegaba a la polla marcándomela entera, y ella no hacía ningún esfuerzo por desviar la vista. Al contrario, se mordía el labio inferior mientras seguía cada gota que me bajaba por el abdomen hasta perderse en el elástico empapado.

Roxana se veía imponente. Tenía ese cuerpo de mujer de casi cincuenta años que parece esculpido a propósito: curvas marcadas, piernas firmes, unas tetas enormes que le desbordaban el escote y ese aire de señora experimentada que sabe que impone. Llevaba un vestido de seda que se le pegaba de una forma que me puso la sangre a hervir y la polla a moverse sola dentro del bóxer mojado.

—Vaya… parece que has crecido mucho más de lo que recordaba —soltó con una voz profunda, elegante, pero cargada de una intención que me dejó mudo. Sus ojos se clavaron descaradamente en el bulto que se me marcaba entre las piernas—. Y no solo de estatura, por lo que veo.

Hasta ese segundo, Roxana era la que me traía dulces de niño. Pero verla ahí, recorriéndome el pecho y bajando la mirada sin la menor vergüenza, mandó el respeto al carajo. Me sentí expuesto, y al mismo tiempo me gustó cómo me devoraba con los ojos. La polla se me empezó a hinchar sin permiso, y la tela mojada la delataba centímetro a centímetro.

—Oye —dijo, recomponiendo apenas la postura, aunque los ojos se le quedaron pegados a mi entrepierna un segundo más de la cuenta—, mañana mi marido sale de viaje y tengo unos árboles en el jardín de atrás que necesitan que alguien les meta mano. ¿Te animas a venir a ayudarme a las tres? Te pagaría muy bien… mejor de lo que te imaginas.

—Claro, doña Roxana… ahí estaré —respondí, intentando que no se me notara lo acelerado que tenía el corazón ni la polla dura que se me estaba armando.

Me dio una última mirada, de esas que dicen que el «trabajo» en el jardín era lo que menos le importaba, y se dio la vuelta hacia la terraza con un contoneo de caderas que me dejó claro que lo de mañana era el inicio de algo grande.

***

Al día siguiente llegué a las tres en punto. Roxana me abrió con una sonrisa que no decía nada y lo decía todo. Me llevó directo al patio trasero, donde supuestamente esperaban los árboles. El sol volvía a pegar fuerte.

—Hace demasiado calor para que trabajes así —dijo, recostándose en el marco de la puerta de cristal mientras me observaba—. Quítate la camiseta, no quiero que termines empapado de sudor.

No puse excusas. Me la quité de un tirón. Siempre he sido delgado, de esos que por la misma falta de grasa tienen los músculos bien definidos. Roxana no disimuló. Se quedó ahí, con un vaso de té helado en la mano, recorriéndome despacio, como si me estuviera midiendo. Sus ojos bajaban por mi pecho, se detenían en mi abdomen y terminaban, inevitablemente, en mi cintura, en el bulto que ya se adivinaba bajo la tela.

Empecé a mover unas ramas, sintiendo su mirada como fuego en la espalda. Roxana no se iba. Al contrario, se acercó con una toalla pequeña y una botella de agua fría.

—Descansa un segundo, te va a dar un golpe de calor —dijo, plantándose frente a mí.

Estaba tan cerca que olía su perfume mezclado con el calor de su piel. Con la toalla empezó a secarme el sudor del pecho, pero lo hacía con una lentitud que no era normal. Sus dedos rozaban mi piel «por accidente» y yo sentía cómo se me tensaban los músculos bajo su tacto. La toalla bajó lentamente por mi abdomen, y sus nudillos me rozaron el elástico del pantalón, justo por encima de la polla que ya me palpitaba dura.

—Tienes la piel muy suave —murmuró, bajando la toalla hasta el borde del pantalón—. ¿Sabes…? Me gusta la gente agradecida. Y creo que tú y yo podríamos llegar a un acuerdo para que este «trabajo» sea mucho más llevadero para los dos.

Me miró a los ojos con una intensidad que me dejó seco. No era la invitación de una niña: era la seducción de una mujer que sabía perfectamente lo que hacía. Soltó la toalla y puso la mano plana sobre mi abdomen, y desde ahí bajó los dedos hasta rozarme el bulto por encima de la tela. Cuando sintió lo dura que la tenía, respiró hondo y sonrió.

—Ven adentro —dijo en un susurro mandón, sin apartar la mano de mi polla—. Tengo algo para ti en la sala. Un adelanto por ser tan buen… trabajador.

***

Entramos y el aire acondicionado me golpeó el pecho desnudo, dándome un respiro del calor. Roxana caminó con esa elegancia suya hacia una mesa de cristal donde descansaba una caja de lujo. Ese cuerpo de casi cincuenta años, con las curvas en su punto y esa seguridad de mujer con dinero, me hacía sentir un juguete entre sus manos.

—Mira lo que tengo aquí —dijo, abriendo la caja—. Es para ti. Por venir a ayudar a esta pobre mujer sola.

Dentro brillaba un reloj caro, pesado, de esos que te hacen ver importante. Lo miré y luego la miré a ella, haciéndome el que no entendía por dónde iba la cosa.

—Está increíble, doña Roxana… pero es demasiado —dije, poniendo mi mejor cara de inocente—. Podar unos árboles no vale tanto. No sé si deba aceptarlo.

Ella soltó una risita y se fue acercando, disfrutando mi supuesta confusión.

—No seas tonto. Yo decido qué vale y qué no —respondió, rodeándome como un gato a su presa—. Además, el trabajo apenas empieza, ¿no crees?

Sacó el reloj y me tomó la muñeca para ponérmelo. Sus dedos fríos se quedaron ahí un momento. Subió las manos por mis brazos, recorriendo cada músculo hasta llegar a los hombros.

—Te queda perfecto —susurró—. Pero me pregunto si un chico tan bien portado sabe cómo se le agradece a una señora cuando es tan generosa.

Hasta aquí el juego de la inocencia.

La tomé de la cintura y la pegué a mi cuerpo sin previo aviso. Roxana soltó un jadeo de sorpresa, pero no se apartó. La miré directo a los ojos, con una seguridad que la dejó muda, y la besé. Fue un beso cargado de todo el morbo acumulado desde la piscina, un beso con lengua profundo, mordiéndole los labios, chupándole la boca hasta dejarla sin aire. Ella me correspondió de inmediato, enredando las manos en mi pelo y apretando su cuerpo maduro contra el mío. Sentí sus tetas enormes aplastarse contra mi pecho desnudo y su vientre restregándose sin disimulo contra mi polla dura por encima de la tela.

Nos separamos apenas unos centímetros, los dos con la respiración agitada.

—Dímelo claro, Roxana —solté con la voz ronca, sin soltarla—. Dime qué quieres de agradecimiento. Sin rodeos de árboles ni de relojes.

Ella rió entrecortada, tratando de recuperar la elegancia que yo acababa de romperle.

—¿Y dónde quedó el chico inocente de hace un momento? —preguntó, con una chispa de malicia.

—Se quedó afuera, con los árboles —respondí, apretándola un poco más—. Sé perfectamente cómo tratar a una mujer madura como tú. Y sé que no te conformas con cualquier cosa.

Roxana soltó una carcajada genuina, encantada. Se sentía victoriosa por haber «corrompido» al hijo de su amiga, pero también encendida por mi descaro. Bajó una mano y me apretó la polla por encima del pantalón, midiéndomela con los dedos, con la boca abierta.

—Vaya… el niño salió más listo de lo que pensaba —dijo, pasándose la lengua por los labios—. Y muchísimo mejor dotado. Me gusta esa actitud. Me gusta mucho.

Nuestros labios volvieron a sellarse en un beso más profundo, más húmedo. Roxana ya no caminaba con elegancia: ahora me arrastraba hacia las escaleras, ansiosa por encerrarnos en su habitación, sin soltarme la verga ni un segundo.

***

Entramos a la recámara y echó el seguro, pero ya sin la calma de antes. Nos quedamos frente a frente, junto a una cama enorme que olía a limpio y a lujo.

—Quítatelo todo —ordenó, aunque ya no sonaba a jefa, sino a mujer que se moría por dentro—. Quiero ver cada detalle de ese cuerpo que me tuvo despierta toda la noche.

Me deshice del pantalón y quedé en bóxer, con la polla marcada, dura, empujando la tela hacia afuera. Roxana se llevó una mano al escote y respiró hondo. Metió los dedos por el elástico y me bajó el bóxer lentamente, dejando que la verga le saltara delante de la cara. Se le escapó un gemido cuando la vio: gruesa, larga, la punta hinchada y brillante de tanto aguantarme.

—Madre mía… —murmuró, tocándose los labios—. Con esto me vas a matar.

Al ser delgado y marcado, los músculos del abdomen y los muslos se me veían como cuerdas tensas, y la polla parecía todavía más grande contra el vientre plano. Roxana tenía la boca entreabierta, hipnotizada. Ella se bajó el vestido y quedó en un conjunto de encaje negro que resaltaba esas curvas de señora en su mejor momento: unas tetas enormes desbordando el sujetador, un culo redondo y firme, unas caderas anchas hechas para agarrarse.

Ya no quise que llevara el ritmo. La agarré por la nuca con una mano y por la cintura con la otra, le di un beso que casi le quita el aire y, con un movimiento firme, la dejé caer sobre la cama. Roxana aterrizó de espaldas sobre las sábanas de seda, soltando un gemido de sorpresa que se volvió de puro placer cuando me lanzó encima.

Me coloqué entre sus piernas y le solté el sostén de un tirón. Sus tetas maduras rebotaron libres, pesadas, con los pezones ya duros como piedras. Sin perder un segundo, me hundí en su pecho, chupándole un pezón con hambre mientras le apretaba la otra teta con la mano, amasándosela sin delicadeza. La lamí en círculos, tiré del pezón con los dientes, le dejé un rastro de saliva por todo el escote. Roxana arqueó la espalda de golpe, ofreciéndomelas todavía más.

—Dios, sí… chúpamelas, chúpamelas fuerte —jadeaba Roxana, olvidándose por completo de la compostura—. No pares.

Me clavaba las uñas en los hombros, jalándome hacia ella, mientras sus muslos maduros me apretaban los costados. Su mano bajó desesperada a buscarme, y cuando cerró los dedos alrededor de mi polla soltó un jadeo que le tembló en el pecho. Me la empezó a masturbar despacio, midiéndomela, apretándome la punta, restregándose el líquido que ya me chorreaba por los labios menores empapados de su tanga.

Le arranqué la tanga de un tirón y le metí dos dedos entre los muslos. Estaba tan mojada que me chorreaba por la palma. Su coño ardía, apretado, hinchado. Le froté el clítoris con el pulgar en círculos mientras le bombeaba los dedos hondo, y Roxana se retorció como una loca, con la boca abierta gimiendo sin sonido.

—Estás empapada, Roxana —le solté al oído—. Estás toda mojada por mí, cochina.

—Sí… sí, por ti, por esa verga tuya —jadeó, mordiéndose los labios—. Métemela ya, no me hagas esperar más.

Pero antes bajé la cabeza. Le abrí los muslos de par en par y le clavé la lengua en el coño, chupándole todo el chorreo. Le lamí los labios menores despacio, los mordí con cuidado, y después me lancé al clítoris chupándoselo como un caramelo. Roxana pegó un grito y me agarró la cabeza con las dos manos, restregándome la cara contra su coño empapado.

—Ay, ay, ahí… no pares, cabrón… ahí mismo —gemía sin control, moviendo las caderas contra mi boca.

Le metí la lengua hondo, la saqué, se la volví a meter mientras le apretaba las tetas con las manos, pellizcándole los pezones. Le clavé dos dedos en el coño mientras seguía chupándole el clítoris, y sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo. Se corrió en mi boca gritando, apretándome la cabeza con los muslos, empapándome la cara. Yo no la solté, seguí chupándole el clítoris hasta que la dejé temblando, jadeando, con las piernas abiertas y el coño palpitando de puro placer.

***

Roxana no aguantó más. Me empujó apenas hacia atrás, se deslizó fuera de la cama y se arrodilló sobre la alfombra, justo a la altura de mi cintura. Me miró desde abajo con una devoción que me hizo sentir dueño de la casa entera.

—No tienes idea de las ganas que le tenía a esto desde que te vi salir de la piscina —murmuró, agarrándome la polla con las dos manos.

Cuando quedé libre frente a su cara, se le iluminaron los ojos. Me la sostuvo con una mano por la base, la otra me acariciaba los huevos, y sacó la lengua para lamerme la punta despacio, saboreándome, recogiendo el hilillo que me chorreaba. Después me lamió de arriba abajo, todo el tronco, como si fuera un helado, empapándome la verga entera de saliva.

—Qué polla más rica tienes, cabrón… —murmuró, dándome besos húmedos por el glande—. Debería estar prohibido que un chico de tu edad la tenga así.

Abrió la boca y me envolvió por completo, hundiéndose hasta la mitad, con una técnica que me arrancó un gruñido que retumbó en toda la habitación. Sabía exactamente dónde presionar con la lengua y cómo usar los labios para hacerme vibrar. Me la mamaba subiendo y bajando la cabeza, apretando bien los labios, chupándome como si le fuera la vida. Cuando llegó al fondo, sentí la punta darle en la garganta, y ella ni siquiera se atragantó: se quedó ahí un segundo, tragándome, ahogándose apenas, y volvió a subir con un hilo de saliva que le colgaba del mentón.

El morbo de tener a la mejor amiga de mi madre arrodillada, con la boca llena de mi verga, con las tetas enormes rebotándole con cada movimiento, me tensaba cada músculo. Le puse una mano en la nuca y le empecé a marcar el ritmo, empujándole la cara contra mi pelvis. Ella se dejaba, gimiendo alrededor de la polla, mirándome desde abajo con los ojos empañados y el maquillaje empezando a correrse.

—Así, Roxana, mámamela así —le gruñí—. Trágatela toda, hasta el fondo.

Se sacó la verga de la boca, me la escupió encima, la masturbó rápido con las dos manos y me lamió los huevos uno por uno, metiéndoselos en la boca, chupándomelos con hambre. Después volvió a la polla, tragándomela entera de un solo movimiento, y esta vez me llegó hasta la garganta con la nariz pegada a mi vientre.

—Sabía que valías la pena —dijo con la mirada empañada, con la boca embarrada de saliva y babas, antes de volver a la carga, más rápido, decidida a que ese fuera el mejor «agradecimiento» de su vida.

Se metió una teta en la mano y se la restregó contra la punta de mi verga, se la envolvió con las dos tetas y empezó a hacerme una cubana, apretándomelas fuerte, chupándome la punta cada vez que asomaba. La visión de mi polla saliendo y entrando entre esas dos tetas enormes de mujer madura me tenía a punto de reventar.

Sentí que la presión ya no me dejaba respirar. Roxana se dio cuenta de que estaba al borde y, en lugar de frenar, volvió a metérsela toda en la boca, aceleró, con las mejillas hundidas, chupándome con toda su fuerza, buscándome los ojos desde abajo. Cuando ya no hubo vuelta atrás, me dejé ir. Le disparé la primera descarga en la garganta y ella ni se movió; la segunda le llenó la lengua; la tercera y la cuarta se le desbordaron por las comisuras. No se apartó ni un milímetro: recibió cada chorro de leche mirándome fijo, tragando, terminando lo que había empezado.

Incluso cuando ya no quedaba nada, se quedó un rato más chupándome la punta, saboreando hasta la última gota, exprimiéndome con la lengua. Se levantó despacio, se limpió la comisura con un dedo y se lo lamió mirándome, con la corrida todavía brillándole en los labios y en el mentón. Me guiñó un ojo.

—Por el reloj ni te preocupes, que esto valió cada centavo —dijo, tragándose lo que le quedaba en la boca—. Pero todavía tengo un hambre que no se quita con una sola vez. Y esa polla tuya va a volver a estar dura en un rato, ¿verdad?

***

Se quitó lo último que le quedaba y se apoyó en el borde de la cama, dándome la espalda, ofreciéndome ese culo de mujer madura con una claridad que no dejaba lugar a dudas. Se abrió las nalgas con las dos manos, mostrándome el coño empapado y el ojete apretadito, moviendo las caderas para provocarme.

—A ver si ahora que descargaste sigues tan gallito —me retó, mirándome por encima del hombro—. Ven a llenarme, cabrón, que estoy vacía por dentro.

La polla me volvió a subir de golpe. La agarré por las caderas, la acomodé bocarriba en mitad de la cama, le doblé las piernas contra el pecho y me hundí en ella de un solo viaje, hasta el fondo. Roxana soltó un grito que debió vibrar en toda la casa, cerrando los ojos, con la boca abierta, mientras la llenaba por completo. Estaba apretada, con ese calor de mujer madura que vuelve loco a cualquiera, y en cuanto sentí el tope empecé a darle con un ritmo salvaje, entrando y saliendo hasta la punta, restregándole el clítoris con la base de la verga en cada embestida.

—Qué rica eres, Roxana, qué coño más rico tienes —le solté entre dientes, mientras la cama crujía contra la pared—. Estás toda mojada, se te oye chapotear.

—Sí, dámela, dámela toda… no pares, cabrón, no pares —gemía, con las tetas rebotando salvajemente en cada golpe.

Ella me rodeó la cintura con las piernas, enganchándome para sentirme más profundo, soltando gemidos que ya no tenían nada de la señora elegante de la sala. Me clavaba las uñas en la espalda, me buscaba la boca para meterme la lengua hasta la garganta, me mordía el cuello. El morbo de estar follándomela en su propia cama, en las sábanas donde su marido dormía, con el reloj que acababa de regalarme brillando en mi muñeca mientras le agarraba las tetas y se las apretaba, me empujaba a darle cada vez más fuerte.

—Dilo, Roxana —le gruñí, entrando hasta el fondo y quedándome ahí, moviendo las caderas en círculos—. Dime lo puta que eres por venirte con la polla del hijo de tu amiga en tu coño.

—Soy una puta, soy una puta por ti, cabrón —gimió, roja de calentura—. Fóllame, fóllame como a una puta, dámela hasta el fondo.

La giré y la puse en cuatro, en el borde del colchón. Ese cuerpo firme de casi cincuenta años esperándome ahí mismo, con el culo levantado, el coño chorreando, las tetas colgándole hacia abajo, fue otro nivel. Le agarré el pelo, se lo enredé en el puño, le eché la cabeza hacia atrás y volví a entrar de un golpe seco. El choque de mi pelvis contra sus nalgas sonó en todo el cuarto, y Roxana soltó un quejido largo, como si le llegara hasta el alma.

—Más fuerte, más fuerte, no te detengas —gemía, hundiendo la cara en las almohadas, con el culo bien alto—. Pártemela toda.

Le di con todo, sin compasión, viendo cómo se sacudían sus nalgas bajo mis embestidas, cómo se le marcaban las huellas de mis manos en las caderas. La agarré por la cintura y la empecé a estrellar contra mi polla, sacándola y metiéndola con toda mi fuerza, sintiendo cómo el coño se le apretaba cada vez más. Le solté una palmada dura en el culo, y Roxana pegó un gemido de puro placer.

—Otra, otra… pégame más —jadeó, arqueando la espalda.

Le di otras dos palmadas hasta dejarle las nalgas rojas, sin dejar de follármela. Después bajé el pulgar y le froté el ojete con la saliva y los jugos que le chorreaban, presionando apenas, mientras seguía dándole en el coño. Roxana pegó un aullido y se corrió otra vez, temblando, apretándome la polla con espasmos, empapándome los huevos de flujo.

La «amiga de mi madre» ya no existía: ahí solo había una mujer madura arrodillada, entregada, rogando que el chico delgado le rompiera el coño hasta reventar. Y yo se lo estaba dando, sin parar, sin misericordia, oyéndola gemir cada vez más fuerte, viendo cómo la corrida se le desbordaba por los muslos.

***

Cuando sentí que ya no aguantaba, salí de un tirón. La obligué a arrodillarse en la alfombra frente a mí, despeinada, con el maquillaje corrido, las tetas rebotando de tanto polvo, el coño chorreando por los muslos y la mirada perdida por el placer.

—Ya estuvo bueno de juegos, Roxana —dije, tomándola del mentón, restregándole la polla mojada por los labios—. Ahora abre bien esa boca de puta. Trágate el resto del pago, para que veas que el trabajo de hoy me lo tomé en serio.

Le puse la punta en los labios y ella no se hizo de rogar: abrió la boca, sacó la lengua y me dejó apoyarle la verga encima. Empecé a masturbarme rápido delante de su cara, con la otra mano agarrándole del pelo, obligándola a mirarme. Ella se relamía, con los ojos vidriosos, esperando.

—Aquí, aquí, dame toda tu leche —jadeaba, sacando más la lengua, tocándose las tetas—. Corrête en mi boca, cabrón, en mi lengua.

Solté un gruñido y me corrí a chorros. Los primeros latigazos le cayeron en la lengua y se la llenaron entera; los siguientes le pintaron los labios, la mejilla, la nariz, un hilo grueso le cayó sobre las tetas maduras. Ella recibió todo con una sonrisa maliciosa que me dejó marcado en la memoria, tragando lo que le cabía, dejando que lo demás le chorreara por el mentón. Se limpió la cara con los dedos y se los llevó a la boca uno por uno, chupándoselos, sin dejar de mirarme con un descaro total.

—Definitivamente, eres el mejor «jardinero» que he contratado —dijo, levantándose con esa elegancia que recuperaba en un segundo, con un rastro de corrida todavía brillándole entre las tetas—. Vístete y vete antes de que llegue mi marido. Pero deja el reloj puesto… quiero que tu madre lo vea y se muera de envidia sin saber quién te lo dio.

***

Esa misma noche, tirado en mi cama con la adrenalina todavía alta, dejé el reloj en la mesa de noche. Brillaba bajo la lámpara, y cada vez que lo miraba me acordaba de su cara arrodillada en el piso, con mi corrida chorreándole por el mentón.

El celular vibró. Un número sin guardar, pero sabía perfectamente de quién era.

«¿Cómo sigue esa verga, jardinero? Fuiste muy eficiente hoy… pero me dejaste la cama hecha un desastre, el coño destrozado y mi perfume ahora huele a ti y a tu leche. Todavía te siento adentro. Ve pensando qué excusa le inventas a tu madre para volver mañana, porque me dejaste con ganas de ver qué más sabes hacer con esa polla.»

Justo cuando iba a contestar, escuché a mi madre pasar por el pasillo.

—Hijo, ¿ya te dormiste? Roxana me llamó para decirme que hiciste un trabajo excelente con sus árboles. Dice que eres muy detallista.

Me aguanté la risa.

—Sí, jefa… pegaba fuerte el sol, pero me pagó bien —respondí, mientras le escribía de vuelta: «Mañana a la misma hora, Roxana. Y esta vez no vas a necesitar invitarme a pasar. Te voy a follar contra la primera pared que encuentre».

***

Durante la semana, el teléfono no dejó de vibrar. Roxana no perdía el tiempo: me mandaba fotos provocadoras tomadas desde arriba —las tetas apretadas en un sujetador de encaje, el coño abierto con dos dedos metidos, el culo levantado en el espejo— con mensajes diciéndome que no aguantaba hasta el jueves. Yo no me quedaba atrás. Me encerraba en mi cuarto y le devolvía la jugada frente al espejo, con la polla dura en la mano, marcándole cada músculo. Era un ping-pong de morbo que tenía la tensión por las nubes.

—Estás riquísimo —me dejaba en los audios, con esa voz ronca que me ponía al cien—. No sabes cómo extraño esa verga adentro. Ya me toqué tres veces hoy pensando en cómo me la metiste. Me vas a dejar seca antes de que llegues.

El jueves ya no podía más. Tenía la llave que ella me había dado «por si acaso» y decidí caerle una hora antes, con el morbo a tope. Entré sin hacer ruido, guiándome por los sonidos que venían de la recámara principal —gemidos apagados, el chapoteo de dedos en un coño mojado. Cuando abrí la puerta despacio, la vi: tirada a lo ancho de la cama, completamente desnuda, con las piernas abiertas de par en par, una mano entre las tetas apretándose los pezones, la otra hundiéndose en el coño con tres dedos, gimiendo mi nombre en voz baja.

—¡Casi me matas del susto! —gritó, pegando un brinco y tapándose con la sábana—. ¡Me dijiste que venías a las cuatro!

No dije una palabra. Me quité la camiseta de un tirón, me bajé el pantalón hasta los tobillos y me lancé sobre ella sin darle tiempo a reaccionar, ya con la polla dura como una piedra. Le arranqué la sábana y la inmovilicé contra el colchón con el peso de mi cuerpo.

—Vine a cobrarme todas las fotos que me mandaste esta semana —le solté al oído, mordiéndole el lóbulo—. Y todos los audios. Y las tres veces que dijiste que te tocaste. Me las vas a pagar una por una, puta.

Me hundí en su pecho, chupándole un pezón mientras bajaba una mano entre sus piernas, encontrándola empapada, hinchada, chorreando. Le metí dos dedos de golpe y ella arqueó la espalda, entregándome todo, olvidándose del susto en un segundo. Le froté el clítoris con el pulgar mientras le seguía chupando las tetas, y Roxana empezó a temblar en el acto.

—Ahí, ahí… métemela ya, no me hagas esperar, cabrón —gemía, clavándome las uñas en los hombros, restregándome el coño contra la mano—. Me tenías desesperada, no sabes cuánto.

Le abrí las piernas de un tirón, me agarré la polla, la restregué por los labios menores empapándome la punta de sus jugos y volví a entrar de un solo viaje, tan fuerte que la cama golpeó la pared. Empecé a darle en un ritmo salvaje, embestidas profundas que le hacían retumbar todo el cuerpo, las tetas rebotándole en la cara. Ella estaba completamente ida, balbuceando, castigada por haberme tenido tentado toda la semana.

—Ay, Dios, ay, Dios, así, cabrón, rómpeme —gemía sin control, con la boca abierta, sin poder ni cerrar los ojos.

La giré, la puse en cuatro y le jalé los brazos hacia atrás para que el pecho se le pegara al colchón, con el culo bien arriba. Se veía obscena así, entregada, con el coño rojo esperando la verga. Volví a metérsela de un golpe y la agarré de las muñecas, montándomela como si fuera un carro, con toda mi fuerza.

—Tómala toda, Roxana, toda —le decía entre dientes, jalándola hacia mí para entrarle todavía más hondo—. Esto es por cada foto, por cada audio, por cada vez que me la puso dura pensando en ti.

Le solté las muñecas y le agarré las nalgas con las dos manos, abriéndoselas, viendo cómo mi polla entraba y salía brillando, empapada de sus jugos. Le pasé el dedo mojado por el ojete y presioné despacio, y Roxana pegó un aullido, se puso a temblar y se corrió otra vez, apretándome la verga en espasmos que casi me hacen reventar.

—No te aguantes, córrete adentro, córrete adentro, cabrón —jadeaba con la cara pegada al colchón—. Lléname toda.

Cuando sentí que ya no aguantaba, salí de un tirón. Me arrodillé sobre ella, me agarré la polla y le disparé toda la carga sobre la espalda, largos chorros gruesos que le pintaron desde los omóplatos hasta el culo. Roxana se dejó caer de cara en la almohada, soltando un suspiro de esos que dicen que la dejaste en las nubes, con la corrida chorreándole por los costados hasta manchar las sábanas.

—Maldito… —susurró con una sonrisa de lado, todavía temblando, restregándose la corrida por la espalda con la mano—. Me vas a dejar sin fuerzas para cenar con mi marido.

***

Nos quedamos un rato tirados, recuperando el aliento mientras el olor a sexo llenaba la habitación. Roxana me miraba con cara de quien acaba de descubrir un tesoro, con los dedos jugando distraídos con mi polla, todavía dura y pegajosa.

—Escúchame bien —dijo, acariciándome el abdomen—. Esto no se puede quedar en un par de días. Mi marido viaja casi todos los jueves. Quiero que esos días sean para nosotros. Tu madre va a pensar que me ayudas con el jardín o con las cuentas, y yo me encargo de que siempre te vayas con un regalito en la mano. ¿Trato hecho?

—Trato hecho, Roxana —respondí, dándole un apretón.

Me levanté para meterme a la ducha. Estaba bajo el agua fría, relajando los músculos, cuando sentí que la cortina se abría. Era ella, todavía desnuda, con la piel brillando bajo las gotas, las tetas mojadas apuntándome. Sin decir una palabra, se arrodilló bajo el chorro y me agarró la polla con las dos manos.

—Un último agradecimiento antes de que bajes —murmuró, y se la metió entera en la boca.

Me la mamó despacio bajo el agua, apretándome los huevos, chupándome la punta, sacándomela para lamerme todo el tronco antes de tragármela otra vez hasta la garganta. La miraba desde arriba, con el pelo pegado a la cara, la boca llena de mi verga, los ojos clavados en los míos, y sentí que se me subía la calentura otra vez. Le agarré la cabeza y le empecé a mover la cara, follándole la boca despacio, sintiendo cómo la punta le tocaba la garganta una y otra vez. Cuando ya no aguanté, me corrí en su boca por segunda vez en el día, y ella se lo tragó todo, sin perder una sola gota, chupándome hasta la última.

Mientras me dejaba pulido a punta de lengua, pensé que los jueves de Roxana iban a ser, de lejos, lo mejor de mi semana. Y que aquella aburrida reunión de mi madre había terminado siendo el mejor negocio de mi vida.

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Comentarios(8)

NicoRiver22

increible relato, uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo!!

ClaraVN

Por favor una continuacion!! me quede con ganas de saber como siguio todo jajaja

Rodo_mza

Me recordo a una vecina que tenia mi vieja cuando era chico... las maduras tienen otro nivel de presencia. Muy bien escrito, se siente real.

MachoFeroz

La tension desde el principio se palpa en cada parrafo. Muy bueno

SueloCba

cortito pero buenisimo, se me hizo poco!!

MiriamLT

Que bien narrado, se siente tan real. Hay segunda parte?

Gonza_Lee

La descripcion de la mirada al salir de la piscina... tremendo. Sigue escribiendo asi!

PatriLect

Me gusto mucho como lo enfocaste, transmite mucho sin ser burdo. Felicitaciones

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