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Relatos Ardientes

La mujer casada del boliche me llevó a su casa

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Mi historia es corta y entiendo que a alguno no le parezca gran cosa, pero a mí esa noche me llenó de adrenalina como pocas. Me caliento de solo recordarla. En lugar de bajárseme las ganas con cada imprevisto, me pasaba lo contrario: cuanto más complicado se ponía todo, más duro me ponía yo.

Todo empezó un viernes que salí con la barra de siempre. No me considero el más lindo del grupo, pero mido un metro setenta y ocho y soy tan flaco que se me marcan los abdominales y cada músculo del cuerpo. Eso siempre me funcionó con cierto tipo de mujeres, sobre todo con las que me llevaban unos cuantos años. Esa noche, entre rondas de cerveza y chistes, fuimos cayendo en una mesa con un grupo de chicas. Entre ellas estaba Marisol.

Con su metro sesenta y dos, era de las más altas de sus amigas y, de lejos, la que mejor cuerpo tenía: caderas anchas, cintura estrecha y unos pechos justos que se le adivinaban bajo el vestido. Tenía esa seguridad que dan los años, la de una mujer que ya no necesita demostrarle nada a nadie. Me clavó la mirada apenas me senté, y yo se la devolví sin disimular.

Desde el primer minuto le tiré los perros sin vergüenza. Ella se reía, me seguía el juego, hasta que en un momento se inclinó sobre mi oído.

—Antes de que te entusiasmes —me dijo—, tendrías que saber que estoy casada. Y tengo un hijo.

—¿Y eso debería frenarme? —le contesté.

—Mi marido trabaja lejos, no está casi nunca. —Se encogió de hombros, como si la respuesta fuera obvia—. Pero eso no es problema tuyo.

Definitivamente no era mi problema.

Seguimos bailando, cada vez más pegados, hasta que sus manos dejaron de fingir que solo me marcaban el ritmo. Una canción después la tomé de la muñeca y la llevé hacia el fondo del local, donde estaban los baños. No hubo que decir mucho. Nos metimos en uno, trabé la puerta y la espalda de Marisol golpeó contra ella.

La besé como si la conociera de toda la vida. Ella estaba tan caliente como yo, porque sin que yo le pidiera nada se arrodilló y empezó a chupármela con un hambre que me descolocó. Lo hacía con los ojos cerrados, tomándose su tiempo, como quien disfruta de verdad. Le agarré el pelo, no para apurarla, sino para sentir el ritmo que ella misma marcaba.

Cuando me la tenía completamente mojada, la levanté del piso. Le subí el vestido hasta la cintura y la senté sobre el inodoro, de espaldas a mí. Marisol soltó un gemido demasiado fuerte para el lugar en el que estábamos, y tuve que taparle la boca con la mano mientras seguíamos. Sentía su respiración agitada contra mi palma, y eso me ponía peor.

No duramos mucho. El ruido nos delató y un patovica empezó a golpear la puerta y a gritar que saliéramos. Nos acomodamos la ropa entre risas nerviosas y salimos con la cara de no haber roto nunca un plato.

Pensé que ahí terminaba la cosa. Estaba seguro de que, ya con la cabeza más fría, Marisol iba a recordar que tenía marido y se iba a volver con sus amigas. Pero antes de que yo alcanzara a proponerle un hotel, ella me agarró de la mano.

—Vamos a mi casa —dijo, y no era una pregunta.

***

El viaje en taxi fue una tortura deliciosa. Nos besamos toda la vuelta, con sus manos paseándose por encima de mi pantalón, provocándome, mientras el taxista hacía como que miraba la calle. Para cuando llegamos, yo ya estaba al límite y ella lo sabía perfectamente.

Su casa era modesta, nada del otro mundo. Apenas cerramos la puerta empezamos a desvestirnos en el mismo recibidor, sin avanzar un paso más. Esta vez quedamos completamente desnudos. Marisol gemía más fuerte que en el baño, pero se contenía, bajaba el volumen cada tanto, atenta a que su hijo no se despertara.

La di vuelta contra la pared y la tomé de pie, de atrás. Ella apoyaba las manos sobre el revoque frío y empujaba las caderas hacia mí buscando más, marcándome el ritmo entre dientes. Estuvimos un buen rato así, hasta que se separó, se giró y volvió a arrodillarse. Lo de chuparla era su fascinación, lo entendí esa noche: lo hacía como si fuera ella la que ganaba algo.

Justo cuando estaba por terminar, escuchamos al chico llorar desde su habitación. Marisol se asustó, me empujó hacia el baño que estaba al lado y me encerró ahí.

—Quedate quieto —susurró, y salió a ver al nene.

Me quedé en ese baño minúsculo, desnudo, con la adrenalina golpeándome en el pecho y, contra todo pronóstico, más excitado que antes. Escuchaba su voz suave del otro lado de la pared, calmando al chico. A los pocos minutos la puerta volvió a abrirse y entró ella, con cara de culpa y de ganas a partes iguales.

—Tendrías que irte —murmuró, pero me besó antes de terminar la frase.

No me fui. Esta vez lo hicimos de pie y de frente, algo que nunca había probado. Marisol se colgó de mi cuello y me pedía más rápido, obligándome a ponerme en puntas de pie para sostenerla. Era incómodo y agotador, pero ella gemía tan rico que no quería parar. Cuando ya no aguantaba las piernas, la levanté en brazos y la senté sobre el borde del lavamanos.

Desde ahí la cosa cambió. La tenía a mi altura, con las piernas enredadas en mi cintura, apretándome cada vez que arremetía. En un momento se las puso sobre mis hombros y echó la cabeza hacia atrás. Yo le miraba el cuerpo entero, la curva de la espalda, el modo en que se mordía el labio para no gritar. Era, sin duda, uno de los mejores polvos que había tenido con alguien recién conocida.

Y eso que todavía no había terminado.

Marisol empezó a temblar, me clavó las uñas en los brazos, me atrajo hacia ella y me besó mientras se venía. Yo no lo podía creer. Pensé que la había hecho acabar con poco esfuerzo, pero pronto descubrí que era multiorgásmica. Era la primera mujer así que conocía, y vaya si lo aproveché.

Lejos de aflojar, la bajé del lavamanos y la puse de espaldas, apoyada sobre la pileta. Estaba más sensible que antes, porque a la primera embestida soltó un grito que tuvimos que silenciar de apuro. Bajé el ritmo, le di un respiro, y después volví a entrar despacio, disfrutando de cómo me buscaba ella sola.

***

El llanto del chico volvió, esta vez con golpecitos en la puerta del baño. Marisol respiró hondo, asomó la cabeza y le habló con esa firmeza cansada de las madres.

—Andá a la cama, mi amor, ya voy.

El nene insistió un rato más, hasta que los pasitos se alejaron por el pasillo. Ella se quedó mirándome, sudada, despeinada, con una sonrisa que mezclaba culpa y descaro.

—Andá a bañarte —me dijo—. Yo voy a acostarlo de verdad.

Salió y yo me metí bajo la ducha. Mientras el agua tibia me caía encima, la escuchaba del otro lado intentando que el chico se durmiera. Tardó. Y cuando ya estaba por enjuagarme, la puerta del baño se abrió de nuevo. Marisol entró directo a la ducha, sin decir una palabra. Nos miramos, ella me tomó de la nuca y empezamos a besarnos bajo el agua.

Esa mujer tenía una calentura asombrosa, de las que no se ven todos los días. Después de un rato de besos y caricias resbaladizas, volvió a arrodillarse, otra vez con esa devoción suya. Yo la miraba desde arriba, viendo cómo el agua le corría por la cara y los hombros, y entendía que para ella eso era casi un premio.

La levanté antes de que fuera demasiado tarde, la apoyé contra los azulejos y seguimos. Marisol se sostenía con una mano de la mampara y con la otra me apretaba contra ella, susurrándome al oído que no parara. Le tomé las muñecas, se las sostuve a la espalda y le di rápido, sin tregua, hasta que ya no pude más. Me vine con ella temblando entre mis brazos, los dos resbalando contra la pared mojada.

Quedamos un rato así, abrazados bajo el chorro de agua, recuperando el aire y riéndonos en voz baja de lo desquiciado de la noche. Ella me besó la clavícula, despacio, como cerrando un capítulo.

—Andá tranquilo —me dijo después, mientras me alcanzaba una toalla—. Pero dejame tu número.

Me vestí en silencio, todavía con el corazón acelerado. Antes de irme, Marisol me anotó su contacto en un papel y me lo metió en el bolsillo del pantalón, con un beso que prometía repetición.

No fue una sola noche. Durante varios meses fui su amante, su escape de un matrimonio que existía solo en los papeles. Nos veíamos cuando el marido viajaba, siempre con la misma intensidad de aquella primera vez. Hasta que él empezó a sospechar y, por las dudas, decidimos cortar antes de que la cosa estallara.

De Marisol me quedó una certeza que ningún polvo apurado de mi edad me había enseñado: una mujer que ya sabe lo que quiere es infinitamente más peligrosa, y más adictiva, que cualquier promesa de principiante.

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Comentarios(7)

EnriqueQBA

Excelente!!! La categoria maduras siempre entrega y este relato no es la excepcion. Lo lei de un tiron, no pude soltar el telefono.

SantiCba88

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber como termino todo jaja

Fede1993

tremendo relato!!! 10/10

CarlaV_Cordoba

Me gusto mucho como lo escribiste, se siente autentico y no es tan comun encontrar relatos bien narrados. Segui asi!

MatiasB_2023

Ja, me recordo a algo que me paso en un boliche hace un par de años. Las mujeres con experiencia son otra cosa, la verdad.

Lectora_ok

Muy bueno, aunque se hizo corto. Esperando mas :)

Fer_2024

El ambiente del boliche al principio esta muy bien logrado, te mete en situacion enseguida. Gran laburo

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