Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El joven del gimnasio que me hizo sentir viva otra vez

A las ocho de la mañana, cuando el resto del mundo sigue aferrado a las sábanas como náufragos a una tabla, yo ya llevo quince minutos sudando en el gimnasio municipal del pueblo. No es que sea masoquista —bueno, no del todo—, sino que he descubierto que madrugar tiene sus ventajas. Por ejemplo, ocupar las máquinas sin hacer cola detrás de veinteañeros con más músculo que cabeza.

El gimnasio de nuestro pueblo es exactamente lo que esperarías de una instalación deportiva en una ciudad dormitorio a veinte minutos de Sevilla: funcional, barato y con la ventilación de una cueva. Pero conserva algo que los gimnasios modernos de la capital han perdido: intimidad.

Y la ventaja más… interesante se llama Bruno.

Bruno el de los ojos gris azulado, Bruno el de la sonrisa tímida, Bruno el del cuerpo que parece esculpido por Rodin en sus mejores días. A mis sesenta y un años creía haberlo visto todo, pero ese hombre de treinta y ocho me está demostrando que la vida siempre guarda sorpresas para quien sabe buscarlas.

—Buenos días, Charo —me saluda aquella mañana de viernes, como todas las mañanas desde hace tres semanas.

—Buenos días, Bruno —le respondo, fingiendo que ajustar la cinta de correr requiere toda mi concentración.

Qué desperdicio, pienso mientras él se dirige hacia las pesas. Con ese físico podría estar en una revista y aquí está, sudando en este antro que huele a desinfectante.

Me subo a la cinta y empiezo mi rutina, pero mis ojos se desvían constantemente hacia los espejos. Al principio es para verme a mí misma, porque reconozco que me gusta lo que veo: el corte recto enmarca bien mi cara, y aunque el castaño se ha vuelto más canoso que otra cosa, le da un aire que me favorece. A los sesenta y uno sigo teniendo un cuerpo que compite con mujeres veinte años más jóvenes, y estos leggings demuestran que las horas de gimnasio no han sido en vano.

Nada mal, Charo. Nada mal para ser una abuela divorciada.

Después de ese momento de autosatisfacción, mis ojos se desvían hacia el verdadero espectáculo: Bruno cada vez que levanta esas pesas, con los músculos tensándose bajo la camiseta sudorosa como si fueran la octava maravilla del mundo.

Ay, Charo, te comportas como una quinceañera. Aunque… ¿qué tiene de malo? A mi edad una se ha ganado el derecho a babear un poco.

***

Las semanas siguientes, nuestras conversaciones evolucionan de los corteses «buenos días» a charlas más largas sobre el tiempo, el gimnasio y, poco a poco, la vida.

—¿Vienes todas las mañanas? —me pregunta un martes, mientras finjo hacer estiramientos junto a la zona de pesas.

Está ahí, a menos de dos metros, con una camiseta sin mangas empapada que se le pega al torso como una segunda piel. Y qué torso. Los músculos de sus brazos se marcan mientras ajusta las mancuernas, y los shorts negros no dejan absolutamente nada a la imaginación… y yo, que creía que mi imaginación ya estaba jubilada, descubro que sigue funcionando a pleno rendimiento.

—Religiosamente —le respondo, arqueando la espalda más de lo estrictamente necesario—. Es mi momento zen. Aunque reconozco que el paisaje ha mejorado mucho últimamente.

Bruno se sonroja como un adolescente pillado con una revista comprometedora, pero no antes de que sus ojos hagan un recorrido involuntario hacia mis piernas, abiertas en uve sobre la esterilla. Los pantalones de licra gris que llevo no dejan nada a la imaginación, y lo sé perfectamente. De hecho, me los he puesto por eso mismo esta mañana.

Sus ojos se detienen exactamente donde yo esperaba. Solo un segundo, quizá dos, pero lo suficiente para que ambos seamos conscientes de lo que acaba de pasar. Después aparta la mirada de golpe, como si hubiera tocado algo que quema, y ese rubor adorable le sube por el cuello hasta las orejas.

Ajá. Todavía funciona el arsenal, Charo. Y por la cara que ha puesto, diría que funciona muy bien.

***

Una mañana de jueves, mientras hago patadas de glúteo —a cuatro patas, elevando la pierna estirada hacia atrás—, noto que Bruno me observa a través del espejo. No de forma descarada, sino con esas miradas furtivas que los hombres creen imperceptibles pero que las mujeres detectamos desde el Pleistoceno.

Me he colocado estratégicamente de espaldas a él, fingiendo que necesito este rincón para mi rutina. Con cada elevación, la licra se me tensa sobre el trasero, y por el reflejo veo perfectamente cómo la cabeza de Bruno sigue el movimiento ascendente y descendente de mi pierna.

Arriba… y su barbilla se eleva. Abajo… y vuelve a bajar. Es como si estuviera hipnotizado por el vaivén de mi trasero, que, debo admitir, sigue estando bastante presentable después de sesenta y un años y dos partos.

Hago las repeticiones más lentas de lo habitual, arqueando un poco más la espalda. Si va a mirar, que al menos sea un espectáculo que merezca la pena.

***

Es una tarde tranquila cuando todo cambia. El gimnasio está casi vacío: solo estamos Bruno y yo, y Paco el encargado, que se ha escaqueado a fumar su cigarrillo de las seis. Decido que es el momento perfecto para unos… estiramientos avanzados en la sala anexa.

—¿Te importa si uso la sala de estiramientos? —le pregunto con mi sonrisa más inocente.

—Claro, yo también iba a hacer algo de yoga —responde él, y por cómo se le tensan los músculos del cuello, sé que está mintiendo más que un político en campaña.

Una vez dentro, entorno la puerta. No del todo, porque no soy tan obvia, pero lo suficiente para crear ese ambiente de intimidad que vuelve las conversaciones más… sinceras.

—¿Sabes? —le digo mientras me siento en una esterilla—. Llevo dos años divorciada y todavía no me acostumbro a vivir sola.

Bruno se queda paralizado con una pierna en el aire, como una cigüeña muy musculosa.

—¿Divorciada? —pregunta, y hay algo en su voz que no sé si es sorpresa o esperanza.

—Después de veintiocho años de matrimonio, descubrí que mi ex tenía más vida social que yo… solo que la suya incluía a su secretaria de veinticinco años.

—Lo siento mucho —dice, y parece sincero.

—¿Sentirlo? ¡Por favor! Fue la mejor noticia de mi vida. Me libré de un hombre que roncaba como un jabalí y que pensaba que el clítoris era una ciudad griega.

Bruno se atraganta con su propia saliva y yo sonrío. Ahí tienes una muestra de mi arsenal, guapo.

—¿Crees que a los sesenta y uno una deja de sentir? ¿De desear? —me levanto y me acerco a él, que está sentado en el suelo—. Porque te aseguro que no es así.

La tensión en la habitación podría cortarse con un cuchillo de mantequilla.

—Charo, yo… —susurra.

—¿Tú qué? —le pregunto, sentándome a su lado, lo bastante cerca para que note mi perfume.

—Te he estado observando —confiesa—. En los espejos, cuando hablas con el resto. Es terrible, lo sé, pero no puedo evitarlo.

—¿Y qué has visto? —pregunto, inclinándome hacia él.

—Una mujer increíble. Divertida, sexy, segura de sí misma.

—¿Sexy? —repito, saboreando la palabra—. Vaya, hace tiempo que no me decían eso.

—Pues deberían decírtelo más a menudo.

De repente ya no somos Charo de sesenta y uno y Bruno de treinta y ocho. Somos dos personas que se desean, y la diferencia de edad se evapora como el sudor en esta sala mal ventilada.

Ahora o nunca, Charo. O lo besas o te pasas el resto de tu vida preguntándote qué habría pasado.

No le doy tiempo a la otra vocecita, esa que lleva años susurrándome inseguridades. Me acerco y lo beso antes de que ninguno de los dos pueda arrepentirse.

No es un beso tímido. Es el de una mujer que sabe lo que quiere y que ya está cansada de esperar. Sus labios son sorprendentemente suaves, con ese sabor ligeramente salado del ejercicio que debería resultar desagradable y que, en cambio, me parece increíblemente excitante. Bruno responde al instante, sus manos buscando mi cintura mientras las mías se enredan en su pelo húmedo.

—Charo… —susurra contra mis labios.

—Shhh. Menos palabras, más acción.

Me pongo en pie y le tiendo la mano.

—¿Adónde vamos? —pregunta.

—A los vestuarios. Allí tendremos más… privacidad.

***

En el vestuario, que huele a humedad y a oportunidades perdidas, empujo a Bruno contra las taquillas metálicas. Bueno, «empujar» es un decir generoso, considerando que con mi metro cincuenta y cinco tengo que ponerme de puntillas para alcanzarle el pecho. Parezco una ardilla intentando derribar un roble. Pero él se deja guiar, y cuando su espalda toca el metal frío, me mira desde casi dos metros de altura con una sonrisa que me derrite por dentro.

Sus manos encuentran el borde de mi camiseta y yo no pongo objeciones. De hecho, ayudo.

—Joder, Charo —murmura con la voz ronca—. Llevo semanas imaginándome esto. No tienes ni idea de las ganas que tenía de tocarte.

—¿Solo tocarme? —le pregunto, deslizando mis manos bajo su camiseta húmeda—. Porque yo tenía planes bastante más ambiciosos.

Sus músculos se tensan bajo mis dedos y deja escapar un gemido ahogado.

—Cada mañana en el gimnasio es una tortura —confiesa—. Verte hacer esos ejercicios, con esa ropa… No sabes cuántas veces he tenido que irme a las duchas para calmarme.

—¿Duchas frías? —pregunto con malicia, presionando mi cuerpo contra el suyo.

—No siempre frías —responde, riéndose nervioso—. A veces tenía que… ya sabes… relajarme de otras maneras.

La imagen mental de él bajo el agua, los ojos cerrados, pensando en mí, me resulta tan excitante que tengo que morderme el labio para no gemir.

Justo cuando las cosas se ponen realmente interesantes —sus manos a punto de descubrir que no llevo sujetador deportivo, las mías ya en el elástico de sus shorts—, un portazo resuena por todo el vestuario como un disparo.

—¡Hola! ¿Hay alguien aquí? —grita una voz que reconozco al instante.

Encarna. La limpiadora. El corazón se me para en seco.

—¡Que no me gusta limpiar con gente por medio! ¡Si hay alguien, que salga ya! —continúa vociferando con esa voz que despertaría a los muertos.

Bruno y yo nos separamos como si nos hubieran echado agua helada encima. Y, para colmo, mi móvil decide sumarse a la fiesta con el tono más inoportuno del universo.

—Joder —mascullo, porque ahora tengo dos emergencias que gestionar.

Miro la pantalla mientras escucho los pasos de Encarna acercándose. Es Marta, mi hija mayor.

—Dame un segundo —le susurro a Bruno, que está más pálido que una sábana.

—¿Mamá? —la voz de Marta suena agitada—. ¿Puedes venir? Necesito que cuides a los niños. He tenido que llevar a Hugo al hospital.

Mi cerebro se desconecta del modo «seducción» y se conecta al modo «madre». Es un interruptor automático e irreversible.

—¿Qué ha pasado? ¿Está bien? —pregunto, justo cuando Encarna aparece por la esquina de las taquillas.

Encarna es una mujer de mi edad, con unos ojos que no se pierden nada y una lengua más afilada que un bisturí. Nos mira a Bruno y a mí con una expresión que podría congelar el infierno.

—¿Pero qué…? —empieza, pero yo la interrumpo alzando la mano mientras sigo hablando con Marta.

Después de cinco minutos descubro que Hugo se ha roto el dedo meñique jugando al fútbol. Nada grave, pero Marta está en modo pánico maternal y necesita que alguien se haga cargo de mis nietos.

Cuelgo y me enfrento a Encarna, que sigue mirando a Bruno como si fuera un delincuente.

—A ver, guapo —le dice con los brazos en jarras—. ¿Tú qué pintas en el vestuario de señoras?

—Encarna, tranquila —intervengo antes de que el pobre Bruno pueda responder—. Ha sido culpa mía.

—¿Culpa tuya? Charo, pero tú qué… —Encarna nos mira alternativamente y de repente se le enciende la bombilla—. ¡Ay, Virgen santísima! ¿Me estás diciendo que vosotros dos estabais…?

—Ya me gustaría a mí tener problemas así —le digo, guiñándole un ojo—. Míralo bien, Encarna. ¿Tú no harías lo mismo?

Encarna evalúa a Bruno de arriba abajo como si fuera ganado en una feria.

—Bueno —dice finalmente—, la verdad es que el muchacho no está nada mal. Pero ¡ay, por Dios, Charo!, que casi me da un infarto pensando que habían entrado a robar.

—¿Robar qué? —me río—. ¿Las toallas húmedas y el ambientador de pino?

Bruno, que hasta ahora ha permanecido en silencio como un condenado a muerte, encuentra por fin la voz:

—Señora, yo no quería…

—¿Señora? —le interrumpe Encarna—. Niño, que tengo cincuenta y seis años, no ochenta. Llámame Encarna.

—Vale, Encarna —dice él, visiblemente aliviado—. No quería causar problemas.

—¿Problemas? Cariño, a tu edad el problema es no tener a alguien como Charo que te meta en estos líos —se ríe ella, y ya guarda sus útiles de limpieza—. Bueno, os dejo que sigáis… intercambiando números de teléfono.

Cuando Encarna se va, Bruno y yo nos quedamos solos otra vez, pero el momento se ha roto.

—Tengo que irme —le digo, sintiendo como si me arrancaran algo del pecho—. De verdad, es una emergencia familiar.

—Lo he oído. Los deberes de abuela no esperan.

—Bruno, yo… —empiezo, pero él se acerca y me besa suavemente.

—Esto no se queda así —me dice, y hay una promesa en su voz que me hace temblar las rodillas.

—Ni de coña —le respondo—. Esto es solo… un intermedio.

***

Al día siguiente aparezco en el gimnasio a las ocho como siempre. Bruno ya está allí, esperándome con una sonrisa que podría derretir el hielo del Ártico.

—¿Cómo está el nieto?

—Sobrevivirá. Tiene cinco años; a esa edad se rompen un hueso y al día siguiente están escalando árboles otra vez.

—Me alegro —dice, y después se acerca y añade en voz baja—: ¿Tienes planes para esta noche?

Ahora o nunca. Es hora de dejar de jugar.

—¿Te apetece cenar en mi casa? Cocino bastante bien y tengo una botella de vino esperando la ocasión perfecta.

—Me parece perfecto. ¿A las nueve?

—A las nueve. Y, Bruno… esta vez no habrá interrupciones.

***

Esa noche, mientras preparo la cena —nada complicado, unas croquetas caseras, ensalada y el mejor jamón que he encontrado—, me siento como si tuviera veinte años otra vez. Me he puesto un vestido negro que realza mi figura y me he recogido el pelo de esa forma que sé que me favorece.

Bruno llega puntual con una botella de vino y una sonrisa nerviosa. Está guapo con esa camisa azul que hace que sus ojos parezcan aún más intensos. La cena transcurre entre conversación, risas y miradas cargadas de promesas. No es precisamente un conversador brillante —fue militar y ahora trabaja de vigilante de seguridad, y sus anécdotas no van a ganar premios literarios—, pero tiene algo mucho mejor: escucha de esa forma que hace que una se sienta la persona más interesante del mundo.

—¿Sabes qué? —le digo cuando terminamos el postre—. Creo que ya hemos cumplido bastante con las convenciones sociales por una noche.

—¿Estás sugiriendo que pasemos al…?

—Estoy sugiriendo que dejemos de fingir que hemos venido a hablar del tiempo —le interrumpo, levantándome y tendiéndole la mano.

Esta vez no hay interrupciones.

Llegamos al dormitorio tambaleándonos un poco, como si el vino fuera el culpable de nuestro mareo y no esta corriente eléctrica que chisporrotea entre nosotros desde hace horas. La puerta se cierra con un clic suave y el mundo se reduce a esta habitación en penumbra, a nuestras respiraciones entrecortadas.

—¿Estás segura? —susurra, y su voz ronca me eriza la piel.

No le respondo con palabras. Me acerco hasta que nuestros cuerpos se tocan y le beso con toda la intensidad acumulada de estas semanas de miradas furtivas. Sus dedos bajan los tirantes de mi vestido mientras sus labios trazan un sendero ardiente por mi cuello. El tejido se desliza por mi cuerpo y cae al suelo con un susurro apenas audible. Me quedo de pie ante él, sintiendo cómo sus ojos me recorren con una admiración que me hace arder.

Deslizo entonces los dedos por su pecho, bajando hasta encontrar la evidencia palpable de su deseo a través del pantalón. Él exhala un gemido gutural que me llega directo al centro, y sé que ya no hay vuelta atrás.

Me empuja con suavidad contra la pared fría. El contraste entre la superficie lisa y el calor de su cuerpo me arranca un gemido. Sus manos recorren la curva de mi columna con una reverencia que me hace temblar, y empieza a sembrar besos húmedos por toda mi espalda, descendiendo despacio. Cuando llega a mis nalgas, las mordisquea con esa mezcla perfecta de suavidad y firmeza que me hace ver estrellas.

Su mano se desliza por debajo del tanga de encaje que he elegido especialmente para esta noche, y su dedo encuentra mi clítoris ya hinchado, acariciándolo con un ritmo hipnótico que me roba la cordura.

—Dios mío, Bruno —jadeo sin poder contenerme—. No puedo… es demasiado…

—Déjate llevar, Charo —susurra contra mi piel—. Quiero escucharte.

Me alza en brazos y me lleva a la cama como si fuera una pluma. Ya no queda ni rastro de tela sobre mi piel.

—Eres aún más hermosa de lo que imaginaba —susurra, su mirada recorriendo cada curva.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunto con una sonrisa pícara—. Porque yo estoy temblando de ganas de sentirte.

Sus labios exploran cada centímetro de mi piel y despiertan terminaciones nerviosas que creía dormidas para siempre. Cuando por fin me separa las piernas, su respiración cálida me hace arquear la espalda. Se toma su tiempo antes de inclinar la cabeza, y entonces su lengua empieza a trabajar con una maestría que me deja sin aliento.

Pero yo también lo quiero a él. Me muevo hasta quedar colocada de manera que él pueda seguir mientras yo lo recibo en mi boca. Sabe salado y cálido, con una textura que me fascina y que jamás pensé que disfrutaría tanto.

—Joder, Charo —gime, su voz amortiguada contra mi intimidad—. Tu boca… no sabes lo que me haces.

Cada gemido que escapa de mi garganta vibra contra él, y noto cómo le cuesta concentrarse. Esta sinfonía de sensaciones que nos envuelve a ambos es abrumadora, y cuando llega el orgasmo me sacude con una intensidad que me deja temblando, las piernas convulsionándose mientras la espalda se me arquea.

—¡Me corro, Bruno, no pares! —grito sin filtros, sin vergüenza, pura lujuria desatada después de años de silencio.

Algo primitivo se desata también en él al oírme. Con una fuerza que me desarma me voltea por las caderas hasta dejarme de espaldas, apoyada en los antebrazos. Sus palmas recorren mi columna como si leyera un mapa sagrado, y cuando se coloca detrás de mí su miembro roza mi entrada mientras su aliento me acaricia la nuca.

—Ahora te voy a hacer mía como te mereces, Charo —gruñe contra mi oído.

—Sí, Bruno… —jadeo desesperada—. Hazlo ya, por favor. Llevo tanto tiempo deseándolo.

Empieza a penetrarme con una lentitud exquisita que me arranca un gemido gutural. Lo siento dentro completamente, cada centímetro llenándome de una forma que me roba suspiros. Se mueve con un ritmo calculado, casi tortuoso, como si quisiera saborear cada segundo, sus manos aferradas a mis caderas.

—Joder, Charo… estás tan caliente —jadea, y sus palabras son gasolina sobre las llamas de mi deseo.

Poco a poco sus movimientos se vuelven más urgentes, más profundos, y yo me rindo por completo. Ya no pienso, ya no existo como Charo la mujer madura y controlada. Solo soy pura sensación, un cuerpo que se arquea y gime bajo el peso delicioso de su pasión.

—Voy a correrme —gruño—. ¡Bruno, otra vez!

—Conmigo, Charo… córrete conmigo —responde con la voz quebrada.

Y entonces llegamos al mismo tiempo, nuestros cuerpos convulsionándose en una sinfonía de gemidos que parece llenar cada rincón de la habitación. Es como si el tiempo se detuviera y solo existiéramos los dos, unidos en este momento de éxtasis que nos deja temblando y sin aliento. Lo siento estremecerse contra mí, y a esa sensación íntima se suma una satisfacción profunda: la certeza de que he sido yo quien ha desatado esta tormenta en él.

—Eres increíble —me susurra al oído mientras sus labios encuentran mi cuello.

—Tú tampoco estás nada mal —le respondo, aunque la voz me sale más entrecortada de lo que pretendía.

Horas después, cuando yacemos entrelazados entre mis sábanas de algodón, respirando despacio y sonriendo como idiotas, sé que esto es solo el comienzo.

—¿Sabes qué? —le digo, trazando círculos en su pecho—. Creo que voy a tener que cambiar mi rutina de gimnasio.

—¿Por qué?

—Porque ahora que sé lo que viene después… no sé si voy a ser capaz de concentrarme en los ejercicios.

Bruno se ríe, un sonido profundo que resuena en su pecho y que me hace sonreír.

—Bueno —dice—, siempre podemos hacer ejercicio en casa.

Y mientras me acurruco contra su cuerpo cálido, pienso que quizá sea hora de cancelar mi membresía del gimnasio. Al fin y al cabo, he encontrado algo mucho mejor que una cinta de correr.

He encontrado la vida de nuevo.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(5)

Bruna_leitora

Amei demais!! Essa sensação de borboletas no estômago que a protagonista sente... muito real, muito bem descrita

LucasB_92

Por favor faz uma segunda parte, preciso saber o que acontece depois 😭

MarcelaR_73

Nossa, me lembrou de uma fase que passei onde achei que nao ia mais sentir nada assim. Escrita linda, parabéns

PatriciaSP

kkk esse rapaz do ginásio tá ocupado hein! Amei o conto, muito gostoso de ler

ViviRM

Faz tempo que nao lia algo que me deixasse com vontade de mais logo no começo. Parabéns!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.