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Relatos Ardientes

El migrante que llamó a mi puerta esa tarde de lluvia

Para los que me leen por primera vez, me llamo Renata, aunque desde hace años firmo como Astarté, en honor a la diosa que en la antigüedad representaba el amor y el deseo. Tengo cuarenta y nueve años, soy alta, de piernas largas y vientre firme, y suelo provocar más de una mirada cuando entro a un lugar. Nací en Colombia, pero vivo en una ciudad enorme y caótica del centro del continente, donde mi marido y yo hemos hecho nuestra vida.

Casi siempre visto vestidos cortos y ajustados, de esos que marcan la silueta sin necesidad de mostrar de más. Me gusta sentir las miradas, lo confieso. A mi edad ya no me da vergüenza decir que disfruto despertar el deseo, en hombres y, por qué no, también en mujeres. Lo que voy a contar pasó de verdad, hace pocos meses, y todavía me cuesta creer que fui capaz.

Era un sábado de lluvia. Mi marido había salido a trabajar y mis hijas se habían ido cada una por su lado con sus parejas. Me quedé sola en casa, inquieta, con esa sensación tibia que no me deja en paz cuando llevo demasiados días sin que nadie me toque. Me di una ducha larga, me metí dos dedos en el coño bajo el chorro de agua caliente hasta que las piernas me temblaron, y aun así salí del baño con las tetas duras y los pezones erguidos, como si el orgasmo apenas me hubiera hecho cosquillas.

Me puse un vestido azul pálido, liso y corto, de esos que se adivinan más de lo que muestran. Unas medias que me llegaban a medio muslo, tacones descubiertos, y nada debajo del vestido salvo una tanga finísima que se me hundía entre los labios del coño con cada paso. Decidí no ponerme sostén; no me gusta que la prenda se marque, y la verdad es que esa tarde quería sentirme libre. Me miré al espejo y sonreí. Estás buscando problemas, Renata.

En el último año, mi ciudad se había llenado de gente que venía de muy lejos buscando una vida mejor. Migrantes de todas partes, muchos de ellos de Haití, tocaban puertas ofreciéndose para cualquier trabajo a cambio de unos pesos o un plato de comida caliente. Mi marido y yo, que también llegamos a este país siendo extranjeros, siempre tratamos de echar una mano cuando podemos. Y esa tarde, casi como si el destino me hubiera leído los pensamientos, tenía un montón de tareas pendientes que mis hijas se habían negado a hacer.

Sonó el timbre poco después de las cuatro.

Abrí la puerta y me encontré con un muchacho altísimo, de cabeza rapada y cuerpo trabajado, empapado por la lluvia. Calculé que tendría unos veintiséis años. Llevaba una camiseta de tirantes pegada al pecho y un pantalón deportivo que no dejaba mucho a la imaginación: se le marcaba un bulto grueso descolgado sobre el muslo, y yo, que no soy ninguna santa, se lo miré antes que a la cara.

—Buenas tardes, señora —dijo con un acento dulce, mirándome a los ojos—. ¿No tendrá algún trabajo? Hago lo que sea. No quiero limosna de nadie, solo una oportunidad.

Algo en su voz, en esa dignidad terca, me ablandó. Y algo más abajo, en mi vientre, se despertó al ver cómo la tela mojada se le ceñía a los hombros.

—Mira, cielo —le dije apoyada en el marco—, no es mucho lo que te puedo pagar, pero comida tengo de sobra y trabajo también. Pasa, deja tus cosas en la entrada.

—¿Vive usted sola? —preguntó, curioso, mientras observaba la casa.

—No, vivo con mi marido y mis hijas. Hoy salieron todos. —Sonreí—. Hoy estoy sola.

—Su casa es muy bonita —murmuró, y noté que se ponía un poco nervioso.

Lo llevé al patio trasero, donde tenía unos arbustos crecidos y un par de árboles que pedían una poda. Le expliqué por dónde empezar y me senté en la mesa del jardín, con vista directa a él. La lluvia había parado y el sol empezaba a calentar la tarde.

Verlo trabajar fue un placer en sí mismo. Al rato se quitó la camiseta para no empaparla de sudor, y yo me bebí con los ojos cada gota que le bajaba por la espalda ancha y el pecho firme. Por Dios, contrólate. Pero no quería controlarme. El calor subía por todos lados, dentro y fuera de mí. Sentada en la silla del jardín, crucé y descrucé las piernas hasta que la tanga se me empapó sola, y aproveché un momento en que él estaba de espaldas para meter la mano bajo el vestido y frotarme el clítoris con dos dedos, mordiéndome el labio para no gemir.

Le serví una limonada y se la llevé yo misma, en lugar de pedirle que viniera. Me incliné un poco más de lo necesario al dejar el vaso sobre el banco, y noté que sus ojos bajaban hacia mi escote y luego se apartaban rápido, como si lo hubieran pillado robando. Me gustó ese pudor. Me gustó saber que lo ponía nervioso. Me gustó todavía más ver, sin disimulo, cómo el bulto del pantalón se le engrosaba de a poco contra el muslo.

—Tómate tu tiempo, no hay prisa —le dije, y me quedé de pie a su lado, fingiendo revisar los arbustos que acababa de podar—. Lo haces muy bien. Se nota que no le tienes miedo al trabajo.

—En mi país aprendí que la pereza no llena el estómago, señora —respondió, secándose la frente con el antebrazo.

Esa seriedad suya, esa madurez en un cuerpo tan joven, me removió por dentro de una forma que no esperaba. No era solo deseo. Era ternura mezclada con un hambre antigua que llevaba meses dormida, y unas ganas concretísimas de tenerle la polla dentro.

—¿Cuál es tu nombre, cariño? —pregunté cuando se acercó a pedirme agua.

—Frantz —respondió, tomando del vaso con sed.

—¿Y estudiabas allá, antes de venir?

—Sí, terminé el bachillerato con honores —dijo con orgullo tímido.

—Eso habla muy bien de ti. —Me incliné un poco, dejando que la mirada cayera donde tenía que caer—. Y dime, un muchacho tan guapo seguro dejó alguna novia esperándolo.

—No, señora —bajó la vista, avergonzado—. La verdad… nunca he estado con una mujer.

Lo miré un largo rato. La tarde entera se concentró en esa frase.

—Pues habrá que hacer algo al respecto —dije en voz baja.

—¿Cómo dice? —preguntó, sin entender.

—Nada, cielo. Ven, ayúdame con una cosa.

Caminé despacio hacia él. No hubo más palabras. Lo besé, y él respondió con una torpeza que me derritió, una mezcla de hambre y susto. Le metí la lengua hasta el fondo y él, después del primer instante de sorpresa, empezó a chuparla como si nunca hubiera probado nada tan bueno. Le pasé las manos por la espalda mojada mientras las suyas, dudosas al principio, bajaban hasta mis caderas y luego más abajo, hasta apretarme las nalgas con una fuerza que me sorprendió. Le agarré la muñeca y le guie una mano por debajo del vestido, hasta que sus dedos rozaron la tanga empapada.

—¿Sientes cómo estoy? —le susurré contra la boca—. Así me tienes desde que abriste la reja.

Él tragó saliva y asintió sin poder hablar. Yo le bajé la mano hasta que un dedo se le hundió en la tela mojada, marcando la ranura de mi coño por encima del algodón.

—Así me gusta —le dije al oído—. No tengas miedo.

Me besó el cuello, chupó, mordió, y yo me colgué de sus hombros sintiendo cómo se le aceleraba la respiración y cómo la polla, dura como piedra, se me clavaba contra el vientre a través del pantalón. De pronto me alzó del suelo como si no pesara nada. Le rodeé la cintura con las piernas, apretándole la verga entre las bragas y su pantalón, y me froté descaradamente contra él mientras nos besábamos, profundo, mojado, camino a la casa.

***

Me dejó sentada en el borde de la cama. Mi mano fue directa a su entrepierna, buscando lo que ya adivinaba bajo la tela. Estaba duro, tenso, y la prenda dejaba ver una mancha oscura de humedad donde el glande empujaba. Le bajé la cintura del pantalón de un tirón y la polla le saltó afuera, dura, pesada, rebotándome contra la palma. Era grande, más de lo que esperaba, oscura y firme, con las venas gruesas marcadas a lo largo del tronco y la punta brillante de deseo, hilando ya un chorrito espeso de precorrida.

—No es la primera vez que veo una —le dije, mirándolo a los ojos mientras se la agarraba con la mano entera—, pero contigo voy a tener que tomarme mi tiempo.

La escupí desde arriba, dejando que el hilo de saliva le cayera lento sobre el glande, y empecé a masturbarlo despacio, torciendo la muñeca en cada subida, apretando en la base como si quisiera exprimirlo. Él soltó un jadeo largo, entrecortado, y las rodillas le fallaron un segundo. Le sonreí sin dejar de bombearle la verga.

—Mírame —le ordené—. Quiero que veas cómo te la chupo.

Saqué la lengua y le lamí el glande de abajo hacia arriba, dando la vuelta entera al borde, recogiendo la precorrida en la punta y saboreándola con los ojos clavados en los suyos. Luego abrí la boca y me la metí. Primero solo la cabeza, chupando con los cachetes hundidos, jugando con la lengua contra el frenillo. Después bajé más, y más, hasta sentirle el glande contra el fondo de la garganta. Me arrancó una arcada suave y los ojos se me llenaron de agua, pero no la solté. Al contrario, la tragué unos segundos ahí, apretándola con la garganta, hasta que él soltó un gemido ronco y me agarró del pelo con las dos manos.

—Ay, señora… —balbuceó, medio en español, medio en su lengua.

Empecé a mamársela en serio, entrando y saliendo con un ritmo húmedo, dejando que los hilos de saliva le cayeran sobre los huevos, que le tomé con la otra mano para masajearlos. Él me tomó del cabello, no con violencia, sino como quien se aferra a algo para no perder el equilibrio. Cuando empujó de más y sentí la cabeza chocarme contra la campanilla, lo aparté un momento.

—Despacio —le dije con la voz ronca, con un hilo de baba colgándome del labio—. No tengas prisa, que la tarde es larga. Si te corres ahora, se acaba la fiesta.

Frantz aprendía rápido. Me observaba como si yo le estuviera enseñando el mundo. Le lamí los huevos uno por uno, me los metí en la boca de a poco, y volví a subir por el tronco chupándoselo de arriba abajo como una paleta. Cuando lo solté, tenía la polla brillante de saliva de la punta a la raíz y él me miró con una mezcla de gratitud y urgencia que me hizo sentir poderosa, casi divina.

Me deslizó los tirantes del vestido por los brazos y mis tetas quedaron al aire, pesadas, con los pezones tan duros que dolían. Gemí al sentir su boca tibia sobre ellos, sus labios torpes y ávidos chupando, tirando, mordisqueando de a poco cuando se soltaba. Le tomé la cabeza y se la apreté contra el pecho.

—Así, muérdelos un poquito, no me voy a romper.

Obedeció, y yo sentí el latigazo bajarme directo al coño. Bajó las manos hasta el borde del vestido y lo subió hasta mi cintura. Apartó la tanga con dos dedos y se quedó mirándome un segundo, como pidiendo permiso, con los labios entreabiertos ante mi coño depilado, hinchado, brillante de tanto jugo.

—Es todo tuyo —le dije, abriéndome las piernas de par en par—. Cómemelo entero.

Se arrodilló y me besó entre las piernas con una entrega que no esperaba de alguien sin experiencia. Empezó torpe, lamiéndome sin rumbo, y le guie la cabeza con las dos manos.

—Aquí arriba, cielo, ¿ves este botoncito? Chúpalo. Suave al principio. Así, así… ahora la lengua plana, larga… lámeme entera de abajo hacia arriba.

Él obedeció cada indicación con un entusiasmo que me dejaba sin aire. Me pasaba la lengua desde la entrada del coño hasta el clítoris en lengüetazos largos y golosos, deteniéndose arriba para chuparme el capuchón con los labios. Cuando le sentí meter un dedo grueso, luego dos, y curvarlos dentro buscando el punto justo mientras seguía mamándome el clítoris, no aguanté más.

—Ay, así, Frantz, así, no pares, no pares por nada del mundo…

Me arqueé sobre la cama, le clavé los dedos en el cráneo rapado y le apreté la cara contra el coño mientras el orgasmo me sacudía de arriba abajo. Dejé escapar un grito que seguramente se oyó en la calle, y sentí cómo se me contraía todo dentro alrededor de sus dedos. Él no aflojó. Siguió lamiendo hasta que le tuve que apartar la cabeza, porque el clítoris me palpitaba tan sensible que ya dolía.

—Ahora sí —jadeé, con la voz ronca y las piernas todavía temblándome—. Ven aquí. Métemela.

***

Lo llevé al sillón de la sala, donde la luz de la tarde entraba por la ventana. Me acomodé de espaldas sobre los cojines, con una pierna doblada y la otra colgando, y lo guie hacia mí. Le agarré la polla y se la froté un rato entre los labios del coño, ensopándosela toda, restregándole el glande contra el clítoris hasta que él soltó un quejido de desesperación.

—Entra —le dije—. Despacito.

La primera embestida fue lenta, cuidadosa, como si tuviera miedo de hacerme daño. Sentí cómo el glande grueso me abría de a poco, cómo el tronco entero me llenaba centímetro a centímetro hasta tocarme el fondo. Solté un gemido largo, obsceno, y le enterré los talones en la espalda para que se quedara ahí, todo dentro, un segundo.

—Dios, qué grande eres… —murmuré—. Me llenas entera.

Le tomé la cara entre las manos.

—No te contengas —le dije—. Quiero sentirte de verdad. Rómpeme, no me voy a quejar.

Entonces se soltó. Me embistió con una fuerza nueva, profunda, descubriendo en cada movimiento lo que su cuerpo era capaz de hacer. Cada estocada me arrancaba un gruñido y hacía que las tetas me rebotaran contra el pecho. Me sujetó las piernas, me las subió a los hombros, y desde ese ángulo empezó a follarme de arriba hacia abajo, clavándome la polla hasta el fondo en cada bajada, con un sonido húmedo y pegajoso que llenaba la sala.

—Así, así, dámela toda, no te guardes nada —le gemía al oído—. Fóllame, Frantz, fóllame fuerte.

Él aprendía cada palabra sucia que yo le enseñaba y me la devolvía al oído en un español entrecortado y en pedazos de su lengua materna. Me perdí en esa sensación de estar abierta por completo a un desconocido que esa misma mañana no sabía que existía, con la polla de un muchacho de veintiséis años metida hasta la garganta del coño.

—Me gustaste desde que abriste la puerta —me confesó entre jadeos, sin dejar de embestirme.

—Pues aquí me tienes —le respondí, riéndome contra su cuello—. Disfrútame. Rómpeme el coño si quieres.

Lo saqué un momento y me di la vuelta sobre el sillón, arrodillada, con el culo levantado y las manos apoyadas en el respaldo. Le miré por encima del hombro.

—Ven. Métemela así, desde atrás. Y agárrame de las caderas.

Sentí sus manazas apretarme la cintura, y luego la polla volviéndose a hundir en mí de una sola estocada larga, hasta el fondo. Grité. Empezó a follarme a cuatro patas con un ritmo cada vez más brutal, dándome palmadas torpes en el culo cuando yo se lo pedí, tirándome del pelo cuando le enseñé a hacerlo. Le sentía los huevos golpeándome contra el clítoris en cada envión, y esa fricción me llevó a un segundo orgasmo que me hizo empapar el sillón entero, con la boca abierta contra los cojines y las manos aferradas a la tela.

Lo hicimos en el sillón, contra la pared con las piernas colgándome de sus brazos, sobre la alfombra con él tumbado boca arriba y yo cabalgándolo, subiendo y bajando sobre su polla mientras me apretaba las tetas y me chupaba los pezones. Frantz tenía la resistencia de su edad y yo la experiencia de la mía, y entre los dos armamos algo que no se parecía a nada que hubiera vivido en años. En algún momento sonó mi teléfono y lo dejé sonar. Nada en el mundo me iba a sacar de esa tarde.

Cuando lo sentí ponerse tenso debajo de mí, respirando entrecortado, me bajé de un salto y me arrodillé entre sus piernas.

—En la boca —le ordené, agarrándosela y masturbándosela rápido con las dos manos, apuntándomela a los labios abiertos—. Córrete en mi boca, cielo. Toda.

Bastaron unos segundos más. Soltó un rugido largo y la polla se le sacudió en mis manos mientras el primer chorro de semen me caía caliente sobre la lengua, luego otro en los labios, otro sobre el mentón y las tetas. Era espeso, mucho, más de lo que había esperado. Le seguí bombeando con la mano, exprimiéndosela hasta la última gota, chupándole el glande para no dejar nada. Después le mostré la lengua llena y tragué, mirándolo a los ojos.

—Rica —le dije, relamiéndome—. Te felicito.

Terminamos sudados, enredados, riéndonos como dos cómplices, con la corrida secándoseme en el pecho y su polla todavía dura, ablandándose de a poco entre mis dedos. Él se incorporó para limpiarse y le dije que no hacía falta, que ya estábamos demasiado mezclados como para fingir pudor. Lo besé una última vez, lento, sin prisa, dejándole probar en mi boca su propio sabor.

—¿Estuvo bien? —preguntó, todavía con ese rastro de timidez que me había encantado.

—Estuvo perfecto —le dije, acariciándole la mejilla—. No olvides nunca esta tarde.

Le di de comer, le preparé una bolsa con provisiones y le pagué bastante más de lo que valía la poda. Cuando se fue, se detuvo en la puerta y me miró como si quisiera decir algo. No lo dijo. Solo sonrió y se perdió bajo el cielo gris que amenazaba con llover de nuevo.

Cerré la puerta y me quedé un rato apoyada en ella, con el corazón todavía agitado y el coño palpitando, pegajoso, entre las piernas. Eres una desvergonzada, Renata. Tal vez. Pero a mis cuarenta y nueve años aprendí que el deseo no avisa, que llega cuando menos lo esperas y toca a tu puerta una tarde de lluvia. Y yo, que me hago llamar diosa del amor, no estaba dispuesta a dejarlo pasar.

Me gusta ayudar a quien lo necesita. Esa tarde, los dos salimos ganando. Hasta la próxima confesión.

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Comentarios(8)

Meli_BA

buenisimoo, que historia!!

Nadia_ros

Por favor una continuacion, quede con ganas de mas jaja

LectorPampa

Increible como lo narraste, muy creible y bien escrito. Me gusto mucho.

PatriGA

Me recordo a una tarde de verano hace años... las sorpresas mas inesperadas son siempre las mejores jajaja

CuriosoRd77

Que termino pasando despues? volvieron a verse?

SergioCamper

La lluvia de fondo le da mucho ambiente al relato, un buen detalle que lo hace mas real

Pablillo33

Las confesiones reales tienen algo que los relatos inventados no pueden copiar, y este lo tiene. Muy bien narrado, fluye solo de principio a final.

ElGato_Rd

tremendo relato jeje, me tuvo enganchado hasta el final

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