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Relatos Ardientes

Seguí a mi esposa hasta aquel piso en ruinas

Viena, 1948. Decían que, si morías siendo alemán en aquellos años, pasarías la eternidad en el purgatorio pagando por los pecados de un país que nunca se había arrepentido de nada. Yo no necesitaba morirme para saberlo: ya vivía allí.

A quien pensaba cruzar al sector ruso, le daba siempre el mismo consejo. No lleves reloj, que los ivanes los roban. No lleves nada de valor encima, solo la chaqueta más vieja que tengas. Y si te dirigen la palabra, despotrica contra los americanos y reza para no oler a tabaco yanqui.

Buenos consejos todos. Habría hecho bien en seguirlos yo mismo aquella noche en el tren.

El soldado que vigilaba mi vagón se levantó de pronto y se balanceó sobre mí con esa fanfarronería de quien sabe que nadie va a pedirle cuentas. Era un montañés enorme y estúpido, con ojos negros y una mandíbula ancha como la estepa. Me arrancó el periódico de las manos y tendió la palma callosa.

—Padarok —dijo, y luego, despacio, en mal alemán—: Quiero regalo.

Sonreí asintiendo como un idiota y me arremangué para mostrarle la muñeca desnuda. No tenía reloj que darle, le expliqué. No tenía nada. La sonrisa se le borró de la cara. Me empujó, escupió al suelo del compartimiento y me llamó mentiroso. Después palpó la tela de mi chaqueta con aprobación, y comprendí que solo había dos finales posibles aquella noche: o lo mataba yo, o me mataba él.

Cuando se agachó a por su carabina, le pateé entre las piernas. La culata golpeó el suelo, él se dobló, y yo le estrellé el puño en plena cara. Forcejeamos contra la ventanilla hasta que el cristal cedió y se lo llevó medio cuerpo afuera, a la negrura del tren que avanzaba a toda velocidad. Le golpeé otra vez, una, dos, hasta que algo en la oscuridad de las vías terminó el trabajo por mí y los dedos del iván se aflojaron de golpe.

Tardé varios minutos en reunir fuerzas para empujar lo que quedaba al exterior. Después le registré el chaquetón abandonado en el asiento: un puñado de relojes robados, una pistola checa y media botella de vodka. Me quedé con todo, bebí un trago largo al firmamento nocturno y tiré el abrigo por la ventana rota.

***

Era pasada la medianoche cuando abrí de un golpe de hombro la puerta de casa. La cerradura llevaba rota desde hacía meses; entrar costaba lo mismo que salir. Esperaba encontrar a mi mujer dormida, pero el dormitorio estaba vacío. Me vacié los bolsillos sobre la mesita y me preparé para acostarme.

Esparcidos junto a la lámpara, los relojes del soldado marcaban la misma hora con un minuto de diferencia entre ellos. Aquella precisión solo servía para subrayar lo tarde que volvía Renata. Me habría preocupado por ella de no haber sospechado ya dónde estaba y con quién.

Me dormí agotado. Mucho después me despertó el viento aullando en la ventana, y por instinto me arrimé al cuerpo cálido que había aparecido a mi lado. Entonces mi cerebro empezó a leer las pistas en la oscuridad: perfume nuevo en su cuello, humo de tabaco rubio en su pelo teñido. No la había oído meterse en la cama. Cerré los ojos y me di la vuelta.

Por la mañana, sobre la mesa de la cocina había cosas que la noche anterior no estaban: café de verdad, mantequilla, una lata de leche condensada, dos tabletas de chocolate. Todo del economato militar americano, las únicas tiendas con género en toda la ciudad. Con las cartillas de racionamiento apenas llegábamos a mil calorías al día; yo había perdido quince kilos desde el final de la guerra. Tenía dudas sobre el modo en que Renata conseguía aquel extra, pero las aparté y puse a calentar agua.

Atraída por el olor, apareció en la puerta, todavía con el vestido blanco y el delantal de volantes que eran su uniforme de camarera.

—¿Hay para dos? —preguntó, carraspeando.

—Claro —dije, y le puse un plato delante—. No deberías fumar tanto.

Entonces vio la magulladura de mi cara.

—¡Dios santo, Klaus! ¿Qué te ha pasado?

—Un encontronazo con un iván. Quería robarme. Nos liamos a golpes y se largó —le dejé que me tocara la cara y mostrara su preocupación—. Volviste tarde anoche.

Renata se alisó el pelo con la palma de la mano antes de contestar.

—Dormías como un bebé cuando llegué. Un coronel se apoderó del local para su cumpleaños. Fue una noche de locos.

—Ya veo.

Era maestra de escuela, pero servía copas en el Liberty, un bar de Hietzing abierto solo para oficiales estadounidenses. Sopesé la lata de leche condensada en la mano.

—¿Esto lo robaste?

Asintió sin mirarme, retorciendo un mechón rubio entre los dedos.

—No te haces idea de la comida que hay allí —dijo—. Un yanqui se zampa tu ración de un mes en una noche y aún le queda hueco para el helado.

Sacó un paquete de cigarrillos americanos del bolsillo del abrigo y me ofreció uno. También robado, seguro, pensé, pero lo acepté y me incliné hacia el fósforo que ella encendía.

—Ya está el detective otra vez —murmuró, irritada conmigo y con mi oficio—. Me los regaló un chico. Es amable, nada más. Les gusta charlar con una mujer.

—Al menos tu inglés mejorará —sonreí, para suavizar el filo de mi voz.

No mencioné el frasco de perfume francés que había encontrado escondido en uno de sus cajones la semana anterior. En cambio, un rato después salió desnuda del baño y se plantó ante el espejo de cuerpo entero del rincón, examinándose con esa atención despiadada de quien sabe que el tiempo se le acaba. Era una mujer madura y hermosa, de cuarenta y pocos, decidida a sacar el máximo partido de los años que le quedaran de serlo.

—Te conservas muy bien —dije.

—Un poco escaso como verso de amor —rezongó.

Se acercó, todavía desnuda, y me observó mientras yo contemplaba la despensa medio vacía: jabón de verdad, sacarina, un paquete de preservativos del economato. ¿Había un solo americano, o eran varios?

—Caray, sí que has estado ocupada, querida —dije, cogiendo el paquete—. ¿Cuántas calorías tienen estos?

Se rió, tosió, y luego se puso seria.

—El gerente los guarda bajo el mostrador. Pensé que sería divertido —ladeó una pierna—. Hace tiempo que no follamos. Tenemos un rato, si quieres.

Lo dijo con la naturalidad de quien pide un cigarrillo, y esa naturalidad me quemó más que la sospecha. Aun así, dejé la taza sobre la mesa y la agarré por la cintura. Su piel olía a jabón americano y a algo por debajo, agrio y tibio, que reconocí sin querer reconocerlo: el rastro del semen ajeno que el baño no había podido borrar del todo. La besé de todos modos, mordiéndole el labio, y ella abrió la boca con un suspiro cansado. Le apreté un pecho y sentí el pezón endurecerse contra mi palma, ese pequeño acto reflejo que un cuerpo no sabe fingir.

—Aquí —dijo, empujándome hacia la silla de la cocina—, que se enfría el café.

Se arrodilló entre mis piernas con la eficacia de una camarera abriendo una botella. Me desabrochó el pantalón, me sacó la polla y la sopesó un segundo, como midiendo con qué estaba tratando, antes de metérsela en la boca. Bajó despacio, y la vi tragar hasta que la punta le tocó la garganta y le arrancó ese carraspeo de la mañana, aquel que ya no me engañaba. Trabajó con la lengua plana contra la vena de abajo, subiendo y bajando, la mano cerrada en el nacimiento de mi verga para no dejarme ir demasiado hondo. La rubia peinada de esa mañana se le fue deshaciendo, y yo le hundí los dedos en el pelo teñido y empujé un poco más, para obligarla a hacer conmigo lo que sospechaba que hacía con otros. Ella tosió, se apartó, me miró con los ojos brillantes de saliva y algo más, y volvió a bajar sin quejarse.

—Ya vale —le dije, ronco—. Ven aquí.

La levanté, la giré y la doblé sobre la mesa de la cocina, junto a la lata de leche condensada y las tabletas de chocolate del capitán. Le subí el delantal de volantes hasta la cintura. No llevaba nada debajo. Su coño estaba hinchado y rosado, y todavía brillaba, y me dije a mí mismo que era el jabón. Le abrí las nalgas con los pulgares y la miré. Tenía el otro agujero enrojecido, ligeramente abierto, y ya no pude engañarme más.

—Estás muy mojada, querida —le dije en la nuca.

—Es que hace tiempo —murmuró ella, y apoyó la cara contra la madera.

Rasgué el envoltorio del preservativo americano con los dientes, me lo puse y la penetré de una sola embestida. Renata soltó un jadeo largo, más de sorpresa que de placer, y le clavé los dedos en las caderas para que no se moviera. Empecé despacio, entrando hasta el fondo y saliendo casi entero, oyendo el chapoteo húmedo que hacía su coño cada vez que yo volvía. Cerré los ojos. Traté de no pensar en quién la había dejado así, en quién había abierto ese camino húmedo antes que yo aquella misma noche, y no lo conseguí. Aceleré. La mesa crujía bajo su vientre, la lata de leche condensada tembló y rodó, y ella empezó a devolverme las embestidas con la cadera, empujando hacia atrás, como le había pedido.

—Así —jadeé—. Empuja tú.

Le pasé una mano por debajo y le busqué el clítoris, y lo froté con la yema del pulgar mientras la seguía follando. Renata gimió por primera vez de verdad, un gemido bajo y sucio, y sus piernas empezaron a temblar. Le agarré una teta con la otra mano y se la retorcí. Sabía que le gustaba, aunque nunca me lo dijera. La oí morderse el nudillo para no gritar.

—Córrete —le ordené—. Córrete para tu marido, aunque sea una vez.

La palabra le hizo apretar el coño alrededor de mi polla como un puño, y comprendí que la había obligado a acordarse de quién era y de dónde estaba. Se corrió con un temblor corto, ahogado, casi enfadada, y en ese instante embestí a fondo y me vacié yo también dentro del preservativo, mordiéndole el hombro por encima del vestido.

Salí de ella y me quedé un segundo mirando cómo su coño se cerraba despacio, todavía latiendo. Se enderezó con las piernas flojas, se estiró el delantal y recogió el preservativo usado como quien encuentra un ratón muerto bajo la cama y se lo llevó al baño. Media hora más tarde, vestida para el trabajo, se detuvo a mirarme avivar el fuego de la estufa.

—Lo haces muy bien —dijo, risueña, y se marchó con un beso apresurado que no significaba nada.

***

Aquella tarde no le di más vueltas. Por la noche tomé el tren a Hietzing y me planté en la acera de enfrente del Liberty, entre los jeeps aparcados y las ventanas empañadas de vaho y de ruido. Junto a la puerta, encorvado, había uno de los miles de colilleros de la ciudad, hombres que se ganaban la vida recogiendo los restos de cigarrillo que dejaban los soldados.

—Eh, tú —le dije—. ¿Quieres ganarte cuatro cigarrillos?

Los ojos legañosos saltaron de mi mano a mi cara.

—¿Qué hay que hacer?

—Dos ahora y dos cuando me avises al ver a esta mujer.

Le tendí la foto de Renata que llevaba en la cartera y le señalé con el pulgar la cafetería de más arriba, donde pensaba esperar. El tipo saludó casi en posición militar, se guardó la foto y los cigarrillos y volvió a escudriñar el suelo. Yo lo agarré de la chaqueta mugrienta.

—No te olvidarás, ¿eh? Sé dónde encontrarte.

—Puede que ella le haya olvidado, señor —sonrió de una forma horrible—, pero yo no lo haré.

Esperé casi dos horas con una copa de coñac malo por toda compañía, escuchando voces que no entendía. Cuando el colillero por fin vino a buscarme, traía una sonrisa triunfal.

—Se fue hacia la estación, señor. Con un yanqui. Un capitán, creo. Grande y bien parecido. Vaya con cuidado.

No me quedé a oír el resto. Caminé tan rápido como me lo permitía la pierna que aún me fallaba por el golpe del iván, y pronto los vi: Renata y un oficial americano que le rodeaba los hombros con el brazo. La luna llena me dejaba seguirlos sin perderlos, calle abajo, hasta un bloque tan ruinoso y acribillado de metralla como aquel donde vivíamos nosotros.

Cuando desaparecieron dentro, me pregunté si de verdad necesitaba verlo. La bilis me subió, amarga, a deshacer el nudo grasiento que tenía en el estómago. Entré igualmente.

***

Los oí antes de verlos, como se oye a los mosquitos antes de sentirlos.

—Es demasiado grande, Dean —reía mi mujer—. Otras podrán, pero yo no. Soy una chica decente, ya te lo dije.

Lo decía mientras su mano subía y bajaba por una polla a la medida del capitán. Me deslicé hasta el hueco de una puerta sin hoja, en sombra, y desde allí, cuando una nube despejó la luna, los vi con una nitidez cruel a través de la ventana desnuda de la cocina.

Durante un momento fueron la viva estampa de la inocencia, besándose despacio como dos adolescentes. Después él le subió el vestido negro y ajustado hasta la cintura, le elogió algo al oído que no alcancé a entender y se inclinó a recorrerle el pecho con una delicadeza que no encajaba en un hombre tan corpulento. Le sacó las tetas del sujetador de un tirón y se las lamió con calma, chupando cada pezón hasta ponérselos rígidos y brillantes de saliva, mordisqueándolos después con un cuidado calculado que le arrancaba a Renata pequeños gritos entrecortados. Ella jadeaba, pero se giró y le dio la espalda, restregándose contra él mientras buscaba de nuevo su verga por encima del uniforme.

El americano se quitó la camisa. Tenía el pecho ancho, de nadador bien alimentado, tan distinto del mío de hambriento que hasta desde la sombra se notaba la comparación. Se puso en cuclillas detrás de ella, le bajó las bragas hasta las rodillas y le mordió una nalga antes de darle la vuelta y empujarla contra la mesa. Le abrió los muslos con las manos y hundió la cara entre ellos. Yo la conocía. Sabía por el modo en que se apoyaba en la mesa que él le estaba abriendo el coño con los pulgares y le estaba pasando la lengua entera de abajo arriba, deteniéndose en el clítoris para chuparlo hasta hacerla gemir. Renata echó la cabeza atrás, se agarró al pelo del capitán y le empujó la cara contra su sexo con un descaro que a mí jamás me había regalado. La oí llamarlo por su nombre, jadeando "Dean, Dean", y luego decir en un inglés torpe algo que sonó a "no pares, no pares". Cuando por fin se corrió contra su boca, ella tuvo que apartarlo y hacerlo levantarse, porque las piernas ya no la aguantaban.

Luego fue mi mujer la que se arrodilló, y él quien, con las manos en su nuca, la guió. Me sorprendió que lo consintiera: a mí siempre me había dicho que aquello la angustiaba, que no le gustaba. Le desabrochó el uniforme, le bajó los pantalones y le sacó una polla larga y gruesa, ya erecta, que se sacudió delante de su cara. Renata la miró un segundo, como quien mide un vaso demasiado lleno, y sacó la lengua para lamerle la punta. Se la trabajó desde abajo hacia arriba, siguiendo la vena con la lengua, y después se metió la cabeza entera en la boca y bajó todo lo que pudo. Tosía y carraspeaba, y por fin entendí de dónde le venían los carraspeos de las mañanas. El capitán no se apiadó: le agarró la nuca con las dos manos y empezó a follársela en la boca a un ritmo pausado, sacándola cada tanto para dejarla respirar y volver a hundirla de golpe. Ella escupía saliva sobre la verga, le acariciaba los huevos con una mano y con la otra se tocaba el coño chorreante. Cuando él la dejó libre por un momento, Renata le pidió más con voz ronca:

—Otra vez —dijo—. Otra vez, hasta el fondo.

Y otra vez se la metió, y otra, y otra. La mandíbula se le distendió, se le corrió el rímel, y aun así lo miraba hacia arriba con una devoción que me heló.

Se levantó, se dio la vuelta y, de puntillas, le ofreció el trasero. Si me hubiera marchado en ese instante, quizá nuestro matrimonio aún tuviera salvación. Pero ni por un momento se me pasó por la cabeza renunciar a aquel espectáculo.

—¡Sí! —fue lo único que salió de su garganta cuando él la penetró.

Una sucesión de síes la fue recorriendo a medida que el capitán empujaba contra sus caderas con un ritmo cadencioso, y ella miraba al techo del cuartucho como si la estuviera follando un dios y no un desconocido en un piso bombardeado. Vi la polla del yanqui entrar y salir mojada del coño de mi mujer, brillando a la luz de la luna, y vi los dedos de él clavados en la carne blanca de sus caderas dejándole marcas que al día siguiente ella tendría que esconderme. Las piernas le flaqueaban con cada sacudida, hasta que él le levantó una y la sostuvo, brindándome sin saberlo una visión completa de lo que le hacía a mi mujer: la verga entrando entera, los huevos golpeando contra su clítoris, un hilo de flujo espeso resbalándole muslo abajo. Renata se aferró a sus hombros y cerró los ojos para soportar aquel placer que la doblaba en dos.

—Más fuerte —le suplicó—. Fóllame más fuerte, por favor.

El capitán obedeció. Cada embestida le arrancaba un gruñido a ella y hacía golpear su culo contra el vientre de él con un chasquido húmedo que llegaba hasta mi puerta. Después la tumbó boca arriba sobre la mesa, le abrió las piernas en alto y volvió a entrar. Sus zapatos de tacón se sacudían en el aire al compás de las embestidas, y cada vez que él empujaba un poco más hondo, ella reía con incredulidad antes de gritar. Le agarró los tobillos y se los abrió aún más, doblándola casi en dos, y desde donde yo estaba se le veía todo: el coño estirado hasta el límite alrededor de aquella verga, el ano contrayéndose cada vez que ella tomaba aire. Yo nunca había visto a Renata así. Creo que ella tampoco se había visto nunca.

Pasados unos minutos, el americano salió de ella, la puso a cuatro patas sobre la mesa y se agachó detrás. Escupió sobre el agujero pequeño y empezó a prepararla con los dedos para algo que yo sabía que ella jamás me había permitido a mí. Le metió primero un dedo, y ella se estremeció, y después dos, abriéndolos despacio dentro. Renata abrió mucho los ojos y soltó un chillido de espanto.

—No te haré daño, te lo prometo —le oí decir, con la calma de quien sabe lo que hace.

Contra todo pronóstico, ella asintió. Él se entretuvo, paciente, deshaciendo con los dedos aquel último nudo de resistencia, entrando y saliendo, escupiéndole encima otra vez, engrasándose la polla con la mano, mientras le hablaba al oído en susurros, primero para calmarla y después con palabras cada vez más obscenas, sacándole confesiones que ni siquiera yo conocía. La oí decirle que sí, que quería, que hacía años que se lo imaginaba, que su marido nunca la había tocado ahí. Cuando por fin se incorporó, mi mujer se agarró a los bordes de la mesa, arqueó la espalda y separó las nalgas con sus propias manos, ofreciéndoselo. A la luz pobre de la luna, su cuerpo de cuarentona se veía fuerte y hermoso, y hasta aquel joven en lo mejor de la vida se quedó un momento quieto, mirándola, sin hacer otra cosa que moldearla con las manos.

—Cierra los ojos —le dijo.

Y la poseyó. Apoyó la punta de la polla contra aquel agujerito y empujó, milímetro a milímetro, hasta hacerse sitio. Renata gritó al sentirlo entrar y le puso una mano hacia atrás en el vientre para frenarlo, un gesto inútil, porque él ya estaba dentro y lo único que faltaba era que ella se acostumbrara. No usó la fuerza entonces, sino las manos: le acarició la cara, le amasó un pecho, le buscó el sexo con los dedos, le hundió dos en el coño mientras seguía enterrado en el culo, y le fue hablando hasta convencerla de que aquello era extraordinario, hasta hacerla asentir con la cabeza y, al final, pedirle más.

—Despacio —jadeaba ella, débilmente—. Despacio.

Pero a medida que sus gemidos se volvían más agudos, la ternura del oficial dio paso a algo primitivo. Empezó a moverse, primero un balanceo corto, después embestidas enteras, sacando la polla casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo. Renata gemía con la boca contra la madera, la baba escurriéndosele por la comisura, y a cada empujón repetía "sí, sí, sí" como si se lo estuviera diciendo a sí misma para creérselo. Los dos dedos del capitán no dejaban de entrar y salir de su coño al mismo ritmo, y así la tenía, llena por los dos lados, temblando de arriba abajo. La hizo rodearle el cuello con los brazos y, sin salir de ella, la alzó en volandas y la sentó sobre sus muslos en una silla destartalada que crujió bajo el peso de los dos. Allí fue mi mujer quien tomó el control, cabalgándolo con golpes de cadera tan feroces que parecía abrirse hasta el alma, subiendo y bajando por aquella polla clavada en su culo, con las tetas saltándole y una mano metida entre sus propias piernas frotándose el clítoris a un ritmo desesperado. La oí gemir palabras sueltas en alemán, palabras que jamás me había dicho a mí, "más, más adentro, rómpeme". Hasta que un orgasmo final la hizo convulsionar y temblar, clavada en él, con el vientre agitándose en espasmos y un gemido largo que le salió del fondo del pecho.

Apenas tuvo tiempo de gozarlo. El capitán la apartó, la puso de rodillas en el suelo y se cascó la polla con la mano frente a su cara durante unos segundos, brillante todavía de lo que había sacado de su culo. Terminó con un gruñido ronco, sujetándole la cabeza, y le llenó la boca de corrida a chorros gruesos, uno tras otro. Renata, que como todas las mujeres de aquella ciudad sabía lo que era pasar hambre, no despreció la ración. Cerró los labios en torno a él y tragó, y luego abrió la boca para enseñarle la lengua limpia. Lo que más me dolió no fue eso, sino que siguiera después, lamiéndolo con una mezcla de gratitud y deleite, chupándole la punta blanda para sacarle las últimas gotas, cuando ya no hacía falta. Aquel chico le gustaba de verdad. No era solo un benefactor con chocolate en los bolsillos.

***

Me marché sin hacer ruido, consciente de que pronto el chocolate le endulzaría a mi mujer el sabor que se le quedaba en la garganta. La guerra había terminado tres años atrás; los americanos llevaban suficiente tiempo entre nosotros como para saber que, mientras nos dieran de comer, ninguno de nosotros pensaba cortarles el cuello. Y yo, esa noche, me perdí por las peores calles de la ciudad y bebí hasta no sentir nada.

A la mañana siguiente dejé una nota sobre la mesa de la cocina y tomé el primer tren al oeste. Pasé casi todo el viaje pensando en Renata y maldiciéndome por no haber sabido escribir algo más hondo, por no haberle dicho que no había nada que yo no hubiera hecho por ella. Aunque eso ella ya lo sabía. Lo tenía por escrito, en las cartas de nuestro noviazgo que guardaba en el cajón, justo al lado del frasco de perfume francés de su capitán.

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Comentarios(8)

DetectiveFan

tremendo final, no me lo esperaba. eso de seguirla en silencio hasta ese lugar... que tension. Excelente relato

NachoBuenosAires

Por favor necesito saber que paso despues!!! dejaste todo en el aire y quedé con mil preguntas. Segunda parte urgente!!

Gonza_mendoza

me llevo de vuelta a una situacion parecida que vivi, aunque la mia termino muy diferente jaja. Muy bien escrito, se siente autentico

Rosmery24

que angustia leer esto!! tremendo

ManuelCasado

Lo que mas me gusto es como describis el silencio de esa relacion. El que calla porque sospecha pero tiene miedo de confirmar. Muy real eso, lo capturaste perfecto.

pato_lector_9

corto pero intenso, quiero mas jaja

Felipe_CB

una pregunta, esto es algo que te paso de verdad? porque se siente muy autentico, no parece inventado para nada

LuciaNocturna

me atrape leyendo y no pude parar. De los mejores de la categoria, gracias por compartirlo

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