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Relatos Ardientes

El chófer maduro que me defendió en la fiesta

Ilustración del relato erótico: El chófer maduro que me defendió en la fiesta

La primera vez que lo vi, yo bajaba la escalinata de la estación cargada con un bolso nuevo y una maleta demasiado grande para un fin de semana. Aquel chófer de mediana edad subió los peldaños de dos en dos y me ofreció ayuda antes de que yo se la pidiera. Le sonreí y le di las gracias, aunque dudo que notara hasta qué punto me había gustado el gesto. Y él.

Sin ser demasiado alto, tenía un físico atlético, de hombros anchos y una complexión que sugería fuerza contenida. Entrenaba a diario, era evidente; parecía más un militar retirado que un taxista. La mandíbula marcada, la frente amplia, la nariz recta y unos ojos pequeños color avellana que miraban como si ya lo supieran todo. Tendría unos cuarenta y cinco años, quizá alguno más.

Me incomodó fijarme así en un hombre que me sacaba veinte años. A mis veinticuatro recién cumplidos salía de la facultad de Bellas Artes con un título inútil bajo el brazo y la certeza de que los chicos de mi edad me aburrían soberanamente. Tal vez por eso me quedé mirándolo más de la cuenta.

—¡Uf, qué frío! —comenté nada más sentarme.

—¿Vas cómoda? —preguntó él, acomodando el retrovisor.

—Sí, todo perfecto.

Pese al sol espléndido, hacía más frío del previsto. Tendría que haber cogido una chaqueta, pero no me apetecía cargar con ella toda la noche. Llevaba unos vaqueros entallados y un jersey gris claro, holgado, que me tragaba entera.

—¿A dónde la llevo, señorita?

—Al Neón, la discoteca. Hemos organizado una colecta —dije frotándome las manos heladas—. ¿Le importaría subir la calefacción?

—Claro que no.

—Es una fiesta benéfica, para un refugio de animales —añadí intentando dejar de temblar.

—Vaya, buena causa. Ojalá recaudéis mucho —respondió con educación—. ¿Y ya has decidido a qué vas a dedicarte ahora que has terminado?

—A restaurar cuadros. O puede que a hacer de guía turística. Todavía no lo tengo claro —contesté, mintiendo a medias por el placer de divertirme.

Me eché a reír por dentro. Allí estaba yo, coqueteando con un hombre maduro que tenía la edad de mi padre.

—¿Y qué te gusta pintar? ¿Paisajes y esas cosas?

—Qué va. Me gusta dibujar desnudos. Sobre todo hombres —dije sin pestañear.

—Caray. Una mujer de recursos.

—He visto más cuerpos sin ropa que tú, te lo aseguro. Cosas del oficio.

—De eso no me cabe duda.

—Si quieres una opinión profesional sobre la tuya, puedes enseñármela —solté, descarada.

—No creo que sea buena idea —replicó sin perder la calma—. Además, no es nada del otro mundo. Este coche tiene clase, está impecable, pero al final es una herramienta de trabajo. Algo útil, no algo digno de ser admirado.

Y era justo eso lo que yo buscaba: alguien del otro sexo con quien conversar sin una finalidad evidente, alguien sereno, trabajador, que no fuera un cabeza hueca con ganas de emborracharse. Su compañía empezaba a ponerme nerviosa. No sabía qué hacer con las manos: cogía el bolso, me apretaba los dedos entre los muslos para calentarlos, me atusaba el pelo, estiraba las mangas del jersey para esconder los puños.

Seguimos hablando, y aquel chófer demostró no ser solo músculo. Leía más libros al año que yo, conocía a media docena de pintores que yo creía secretos, y tenía una forma tranquila de llevar la conversación que me desarmaba. Confirmé lo que ya sospechaba: encontrar a un hombre de veinticinco años con la cabeza igual de amueblada y casa propia era una utopía.

—¿Te importa si me cambio aquí atrás? —pregunté de golpe, sin pensarlo.

Fue al ver que tardaba en responder cuando entendí el compromiso en que acababa de ponerle.

—Tú misma —dijo con neutralidad, devolviéndome la pelota.

Cualquier otro habría soltado un «adelante, no te cortes». Aquel hombre quiso que decidiera yo. Y entonces, al removerme en el asiento, caí en la cuenta de que no llevaba sujetador.

—Tienes prisa, imagino —comentó sin apartar la vista del tráfico—. No querrás llegar con la ropa de viaje.

Saqué primero el vestido para ganar tiempo. Luego, con resolución, agarré el jersey por los costados y me lo pasé por la cabeza. Me sentí tan terriblemente expuesta que me cubrí de inmediato los pechos, pequeños pero firmes. Pero al mirar al retrovisor vi que él seguía a lo suyo, respetando mi intimidad.

Me puse el vestido como si nada. Era de mercadillo, aunque por cómo me sentaba nadie lo habría adivinado.

—Sí que hace frío —dije, indignada, justo cuando empezaba a creer que aquel hombre era demasiado serio para fijarse en alguien como yo.

—Te sienta muy bien.

Sonreí con orgullo cuando nuestras miradas se cruzaron en el espejo. A partir de ese instante no dejé de arreglarme el pelo y de ajustar la postura para verme mejor, para gustarle. Él dejó caer, con habilidad, que no solía llevar a mujeres tan guapas porque casi siempre tenían quien las acompañara. Fue su manera ingeniosa de averiguar que yo iba sola. Le hablé de mis aficiones; me enteré de las suyas: salir en moto los domingos, dos rutas favoritas, una por la costa y otra por la montaña.

Lo mejor de coquetear fue que dejé de tener frío. Estaba nerviosa, pero feliz. Cuando quise pedirle que parara un momento para terminar de maquillarme, me informó de que ya habíamos llegado. Le pagué el servicio y me quedé con la duda de qué habría pasado si nos hubiéramos dirigido a un sitio más discreto. Le di las gracias y le dije que ojalá todos los taxistas fueran tan amables como él.

***

Fui la última en llegar, como temía. Allí estaban ya Raquel, Noelia, Carla y el resto, pero ninguno de los chicos: al parecer habían tenido que llevar a Bruno a casa porque ya no se tenía en pie de tantas cervezas.

Apuraba mi primer gin-tonic cuando, por alguna razón, sentí que debía mirar hacia la barra. Desconcertada, reconocí al hombre que me había traído. Tras superar la sorpresa, decidí divertirme un poco. Me acerqué a Raquel con aire interesante.

—¿Qué apostáis a que le coloco cinco boletos a aquel tipo de la barra?

—¿Es que lo conoces? —preguntó ella con desdén.

—Ya quisiera —mentí con total naturalidad—. Tengo un arma secreta.

—Ah, ¿sí? ¿Y cuál es, si puede saberse?

—Que soy más lista que tú.

Me dirigí hacia el chófer y me presenté como si no le conociera de nada. Él miró un segundo a mis amigas, asintió mientras yo le explicaba la causa y le rogaba ayuda. Volví agitando en el aire el billete que había conseguido.

—No me lo creo —declaró Noelia con los ojos como platos.

—¡Venga, a bailar! —gritó Carla por encima de la música.

—Nunca he visto bailar a Marina —se mofó Raquel.

—Pues ahora la verás.

Carla me cogió de la mano y tiró de mí hacia la pista. Sonaba una de esas canciones que se te meten en el pecho. Yo llevaba todavía el billete en una mano y notaba la otra sudada dentro de la suya. La pista estaba a reventar. Las vibraciones de los altavoces me subían por las piernas. Carla me apoyó un brazo en el hombro, tambaleándose, y me habló al oído.

—No le hagas caso a Raquel, está de un humor de perros.

Asentí mientras movía el cuerpo al ritmo. Me sentía ligera, casi borracha, y lo busqué con la mirada por la sala. Lo vi enseguida, de pie en lo alto de los escalones. Me observaba. Sin bailar, sin hablar con nadie, solo mirándome. Bajé la vista y mis movimientos se volvieron más amplios, más descarados. El brazo de Carla en mi hombro me parecía cálido y sensual.

—El tío de la barra lleva todo el rato pendiente de ti —me dijo Carla al oído—. Por eso Raquel está de mal humor. Le fastidia que estés tan guapa.

Subimos juntas los escalones, sin aliento, cogidas de la mano y sonriendo sin motivo. Esteban fingía pelearse con otro. El chófer me seguía mirando, y a mí me daban ganas de acercarme, cogerle la mano y morderle la punta de los dedos.

De pronto Raquel se volvió hacia mí, ácida: «¿Por qué no pruebas a vender más boletos, ya que se te da tan bien?». Le respondí con una sonrisa casi engreída.

—Vale.

—A lo mejor esos quieren comprar —dijo Esteban, señalando con la barbilla la puerta, donde acababan de entrar unos tipos algo mayores. No los conocía: amigos de alguien, tal vez, unos cuantos veinteañeros con ganas de ligar. Al ver que Esteban los saludaba, se acercaron.

—¿Qué tal, Esteban? —dijo uno—. ¿Quién es tu amiga?

—Marina —respondió él.

El tipo se limitó a asentir. Tenía el pelo oscuro y revuelto, una cicatriz en la ceja y la nariz aplastada de algún puñetazo en un mal local. Me miró de arriba abajo, pero su atención me era indiferente. La música estaba demasiado alta para oír lo que le susurraba a Esteban, aunque sentí que tenía que ver conmigo.

—Invítala a una copa, Calabrés —le animó uno de sus amigos.

—¿Qué estás tomando, preciosa? —soltó él al momento.

—No quiero nada, gracias.

Entonces me pasó el brazo por los hombros. Era altísimo, más incluso que el chófer, que, gracias a Dios, estaba viendo lo que ocurría. Intenté quitármelo de encima, pero no me soltó. Uno de sus amigos empezó a reírse; también el idiota de Esteban.

—Bonito vestido —se burló—. Mucho escote, ¿no?

—¿Te importaría soltarme?

En un solo movimiento bajó la mano y me apretó un pecho delante de todo el mundo. Me zafé de un empujón y me subí el escote hasta la clavícula. Noté el rubor quemándome la cara y los ojos vidriosos. A mi espalda todos reían. Raquel la que más, con un sonido agudo que me taladró los oídos.

—Te doy cinco segundos para largarte de aquí —dijo de repente una voz, alta y clara.

Nadie supo de dónde había salido. El Calabrés era más fornido que el desconocido, así que se plantó delante con suficiencia, hinchando el pecho, los bíceps tensando las mangas.

—¿Y tú quién eres, su padre?

Raquel dio un paso atrás. El chófer, en cambio, no se movió.

—Se acabó el tiempo —repitió—. Fuera.

—¡Vaya, un tipo duro! —lo imitó el otro, provocando carcajadas—. ¿Y qué vas a hacer? ¿Pegarme? Venga, dame. Aquí —retó, echando la cara hacia un lado.

Andrés lo miró sin perder la calma. No iba a ser la primera reyerta en la que se metía. Recibió un empujón y, al instante, un puñetazo en plena cara. Se tambaleó; no se lo esperaba. Sacudió la cabeza, y cuando el Calabrés se lanzó a rematarlo, lo frenó con un golpe corto al cuerpo y un gancho seco a la mandíbula. Conocía el oficio: alternar golpes rápidos y golpes potentes, abrir la defensa del rival.

—Eso ha estado bien, abuelo. Vamos, otra vez —jadeó el Calabrés, recolocándose en guardia mientras el corro lo jaleaba.

—No lo pongas más difícil —respondió Andrés, respirando hondo.

El otro se tiró hacia delante. Esta vez Andrés estaba listo: retrocedió un paso para ganar espacio y lanzó un directo limpio. Notó crujir el cartílago contra su puño. Aun así, el Calabrés sonrió, saboreando su propia sangre en el labio, y Andrés comprendió lo larga que iba a ser la noche.

***

Diez minutos más tarde subí al taxi con el bolso sobre la cabeza, en un intento inútil de mantener seco el pelo. Empezaba a llover, gotas gruesas que estallaban en el asfalto. Me sentí cuidada cuando él, mojándose, me apremió a entrar y cerró la puerta tras de mí.

Le revisé la cara en el retrovisor. Tenía el labio roto, una sangre oscura como tinta seca. Me llevé la mano al pecho, conmocionada.

—Estoy bien, no te agobies. Solo necesito lavarme —dijo.

Busqué un pañuelo y se lo tendí. El labio superior se le había hinchado hasta formar una masa brillante en el lado izquierdo.

—Dios mío. Lo siento.

—No ha sido culpa tuya —aclaró—. El mundo está lleno de cretinos.

Arrancó y se concentró en el tráfico. Yo me recosté en el asiento. El taxi serpenteaba por las calles vacías; las luces se reflejaban en los charcos y dibujaban patrones temblorosos en las ventanas empañadas. Volví a mirar al retrovisor y capté sus ojos, cansados, la barba con algunas canas, la boca de labio partido. El motor ronroneaba a mi alrededor y el vestido, ligeramente húmedo, se me ceñía a la piel.

Casi sin pensarlo, levanté la mano y me acaricié el pecho por encima de la tela. Los pezones se me habían endurecido, en parte por el frío, en parte por lo que pasaba por mi cabeza. Cerré los ojos, ahuequé un pecho con la mano y froté el pezón con el pulgar. Un leve gemido se me escapó, devolviéndome a la realidad.

Al levantar la vista, vi sus ojos fijos en mí. Sin ningún disimulo, ajustó el retrovisor para verme mejor y se mordió el labio sano. El taxi avanzaba despacio, demasiado despacio para esa hora.

Atrevida, me subí el vestido, separé las piernas y le dejé ver el triángulo de seda negra. Notaba un calor entre los muslos que nada tenía que ver con la lluvia. Apoyé el tacón en el respaldo del asiento delantero y pasé los dedos por encima de la tela, de arriba abajo, regodeándome en la dureza de mi clítoris. Me llevé los dedos a la boca para humedecerlos y los devolví bajo el tanga.

Gemí otra vez, ya plenamente consciente de lo que hacía. Tenía la respiración agitada y los labios entreabiertos. Estaba tan mojada que mis dedos se abrieron paso sin esfuerzo. En el siguiente semáforo deslicé el tanga por las piernas y volví a la tarea con las rodillas muy abiertas.

Andrés se volvió hacia mí, me hundió un dedo a fondo y luego se lo llevó a la boca, lamiéndolo despacio. El bocinazo de un coche detrás lo devolvió al mundo; arrancó y, a la primera oportunidad, estacionó a un lado.

Saltó a la parte de atrás y hundió la cara entre mis muslos, deslizando uno y enseguida dos dedos dentro de mí. No tenía ni idea de dónde estábamos, ni me importaba. Me lamió con ritmo, marcando el compás de mis latidos. Me removí en el asiento, me agarré con fuerza al reposacabezas y le aplasté la cara contra mi sexo. Sus ojos no se apartaban de los míos.

Jadeé cuando uno de sus dedos resbaló y buscó el otro agujero, igual de profundo. Un hormigueo me nació en el vientre y se extendió por los muslos. Me acerqué tanto al límite que dejé de oír; hubo luces, fuegos artificiales, un delirio. Me corrí sacudiendo la pelvis, con todo el cuerpo en tensión, presionando su cabeza para obligarlo a beber hasta la última gota.

Se quedó mirándome.

—Adelante —le pedí, aunque, de haber sabido lo que tenía en la cabeza, quizá no me habría atrevido.

Me puso a cuatro patas sin una palabra. Miré hacia atrás y le dediqué una mueca exigente.

—Hazme sentirlo.

No titubeó. Alineó la cabeza de su polla contra el lugar más estrecho, presionó y, con una embestida firme, me llenó de golpe. Solté un grito; los pulmones se me paralizaron, jadeé y arañé la tapicería. Cada fibra de mi cuerpo rabiaba a su alrededor mientras él me sujetaba por las caderas, muy adentro, esperando a que me acostumbrara.

—Vamos —exigí con la voz quebrada.

Retrocedió unos centímetros y embistió de nuevo, y otra vez, hasta dar con un ritmo que me hizo temblar. Sus caderas golpeaban contra mí marcando un compás húmedo. Me desplomé sobre el asiento, con la mejilla contra la tapicería y el resto a su merced. La quemazón se transformó en algo agudo y familiar, y supe que iba a correrme de una forma que nunca había probado.

Aquella obscenidad me recorrió entera y me arrancó un orgasmo nuevo, distinto, que me dobló sobre mí misma. Gemí, desconcertada por su potencia. Él, lejos de parar, soltó una risa ronca y siguió, sujetándome la muñeca contra la espalda, sin piedad. El tiempo se diluyó entre embestidas y jadeos. No paraba de correrme, una y otra vez, hasta quedarme sin fuerzas.

Por fin lo oí gruñir, los dedos clavados en mi piel. Con un último envite se hundió hasta el fondo y se vació en mí, chorro tras chorro, en un calor que me regaló un último estremecimiento. Cuando todo terminó, se desplomó sobre mi espalda y me besó con una ternura inesperada en el hombro. Yo temblaba, empapada en sudor, sin apenas poder respirar, pero seguía aferrándome a él.

Al llegar a mi portal, quise pagarle. No solo se negó a aceptar el dinero: me dio su número y me dijo que lo llamara si alguna vez se me hacía tarde para volver a casa.

Lo llamé tres veces aquel mes. Y en esas tres veces conseguí un viaje gratis y un orgasmo de los que se recuerdan. La última noche le di las gracias y le regalé el tanga. Fuera del taxi el frío volvía a ser intenso, pero esperé a verlo doblar la esquina antes de subir las escaleras. Estaba rendida, y pensaba dormir diez horas seguidas.

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Comentarios (1)

FernandoUY

Que buen relato!! ese personaje del chofer tiene algo especial, no lo olvidás fácil

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