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Relatos Ardientes

El maduro del gimnasio me ofreció una clase privada

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Soy Sofía, tengo veinticuatro años y vivo en Rosario. Cabello oscuro hasta los hombros, contextura media, las caderas que me heredé de mi madre y que trabajo para mantener como están. No soy de las que van al gimnasio a socializar: llego, entreno, me voy. Pero el gimnasio al que empecé a asistir hace un mes era de una mediocridad desesperante — chicos de veinte años más interesados en sacarse fotos que en levantar pesas, un instructor sin iniciativa, música que sonaba a supermercado. Estaba a punto de cancelar la membresía.

Después llegó Rodrigo.

Le dicen el Croata. No sé si tiene sangre eslava o si el apodo viene de alguna otra historia, y la verdad es que no me importó averiguarlo. Lo que sí noté fue esto: cuarenta y pico de años llevados de la manera que quisiera que los cargaran todos. Más de un metro ochenta. Brazos del tipo que no se construyen en un verano sino despacio, durante años, en serio. Sin barba. Mandíbula firme. Canas en las sienes que no hacía ningún esfuerzo por disimular.

Entró un lunes a las once de la mañana con la tranquilidad de quien sabe que le pertenece cada centímetro del lugar. Porque le pertenece: es el dueño del gimnasio, lleva ocho años con él.

Lo vi cruzar el salón y algo en mi cabeza tomó una decisión sin consultarme. Me imaginé, sin ningún esfuerzo, lo que tendría entre las piernas ese tipo. Me imaginé arrodillada delante suyo. Me imaginé abierta bajo su peso. Todo eso pasó por mi cabeza en el tiempo que él tardó en cruzar el salón.

Ese día me quedé cuarenta minutos más de lo que tenía planeado. Cambié el orden de mi rutina dos veces para seguir cerca de donde él estaba. Era ridículo. Lo sabía. Lo hice igual.

***

El miércoles llegué temprano. Entre semana a primera hora el gimnasio queda casi vacío — tres chicos jóvenes haciendo lo suyo y Rodrigo revisando papeles en la recepción. Me cambié en el vestuario con más cuidado del habitual: la licra negra que tenía guardada para cuando la situación lo mereciera, el corpiño deportivo, la tanga de algodón que se nota debajo de la tela fina. Entré al salón sabiendo exactamente cuál era mi plan.

Fui a la caminadora, me puse los auriculares y puse la velocidad en siete. No miré hacia donde él estaba.

No hizo falta. A los diez minutos lo tenía a mi lado.

—¿Llevás mucho en este gimnasio? —preguntó, directo, sin los rodeos que usan los chicos más jóvenes para iniciar una conversación.

—Tres semanas —dije bajando el volumen—. Venía a otro, pero me aburría.

—¿Y este no te aburre todavía?

Sonreí sin mirarlo del todo.

—Todavía no.

La conversación se armó sola. Nombres, de dónde somos, cuánto tiempo llevamos entrenando. Después de un rato vino la pregunta que los dos sabíamos que iba a llegar tarde o temprano.

—¿Novio?

—No es lo mío —dije—. Prefiero no complicarme demasiado.

Rodrigo asintió con esa calma de alguien a quien esa respuesta le confirma algo que ya sospechaba.

—Mejor así —dijo—. Más libertad para los dos.

Bajé de la caminadora con más movimiento del necesario. Sentí su mirada seguir mi silueta. No hice nada por disimular que me di cuenta.

***

El viernes llegué sabiendo lo que quería que pasara.

El gimnasio estaba más tranquilo que de costumbre. Fui directo a la zona de pesas y empecé la rutina de espalda. Estaba recostada en la máquina de jalones cuando lo sentí acercarse. Sin pedir permiso, sin anunciarse, se posicionó detrás de mí y apoyó las dos manos en mis hombros.

—Las escápulas juntas antes de jalar —dijo—. Así.

Su voz era baja, tranquila. El tipo de voz que no necesita subir el volumen para hacerse escuchar.

Repetí el movimiento. Sus manos se quedaron donde estaban un segundo más de lo necesario.

—Mejor —dijo.

No se alejó. Siguió a mi lado mientras terminaba la serie, dándome correcciones que en su mayoría no necesitaba. Era el pretexto y los dos lo sabíamos.

—¿Das clases privadas? —le pregunté cuando terminé la última repetición.

Rodrigo me miró con esa calma que ya empezaba a resultarme intolerable de tan irresistible.

—Las doy muy intensas —dijo—. No todos aguantan el ritmo.

Me levanté y me puse frente a él.

—Yo aguanto bastante.

Sonrió por primera vez desde que lo conocía. No fue una sonrisa grande, solo una comisura que se levantó un centímetro.

—Eso habrá que verlo.

Me tomó de la muñeca con cuidado — firme, pero cuidado — y me llevó hacia el fondo del gimnasio.

***

Su oficina era también un depósito. Un escritorio de madera oscura, cajas apiladas contra una pared, un sillón largo junto a la ventana. La luz entraba sesgada y amarillenta. No era un lugar bonito, pero eso era lo de menos.

Rodrigo cerró la puerta con llave. Ese detalle no se me escapó.

Se acercó despacio, me tomó de la nuca con una mano y me besó sin apuro. La otra mano bajó directo a mi culo, apretándolo por encima de la licra, midiendo la carne. Era completamente distinto a lo que esperaba. Esa calma calculada, la de alguien que sabe que tiene tiempo y no piensa desperdiciarlo.

Me levantó para sentarme en el escritorio y se metió entre mis piernas. Me quitó la remera corta con esa misma parsimonia. Cuando me vio el corpiño deportivo lo bajó despacio, sin arrancarlo, y las tetas me saltaron afuera, los pezones ya duros. Me miró durante un segundo entero antes de hacer nada más.

Después bajó la boca.

Me chupó un pezón entero, tirándolo con los dientes justo hasta el borde del dolor, y con la otra mano me amasaba la teta libre. Gemí más fuerte de lo que quería. Su mano derecha bajó, se metió por dentro de la licra, encontró la tanga corrida a un costado y dos dedos me entraron al coño de una sola vez. Ya estaba empapada. Los dedos entraron sin la más mínima resistencia.

—Mirá cómo estás —dijo contra mi cuello—. Chorreando desde el vestuario, seguro.

Empujó los dedos hasta el fondo y los curvó. Me arqueé sobre el escritorio, apretando el borde con las dos manos. Los movió hacia adentro y hacia afuera con un ritmo tranquilo, escuchando el sonido húmedo que hacía mi coño cada vez que los sacaba.

—Hay un lugar mejor para esto —dijo, mientras seguía metiéndome los dedos—. ¿Venís?

Asentí sin pensar demasiado.

Sacó los dedos, se los llevó a la boca sin dejar de mirarme y los chupó enteros. Después me pasó el pulgar por los labios, todavía mojado, y me hizo abrir la boca para que los terminara de limpiar. Lo hice.

Salimos del gimnasio como si nada. Me subí a su moto, me aferré a su espalda con más fuerza de la necesaria para no caerme, y recorrimos las cuadras hasta su departamento sin decir una sola palabra. Yo iba con la tanga empapada y el coño palpitando cada vez que la moto agarraba un bache.

***

El departamento era ordenado, sorprendentemente. Living amplio, una barra alta con dos taburetes, un espejo de cuerpo entero apoyado contra la pared del fondo.

Cuando cerró la puerta la ropa empezó a sobrar. Me sacó la remera de un tirón, me bajó la licra hasta las rodillas y me dio vuelta contra la pared. Me sostuvo por la nuca con una mano y con la otra me arrancó la tanga de un solo movimiento. Escuché el hilo de algodón ceder.

—Arrodillate —dijo.

Me arrodillé sola. Algo en la manera en que me miraba hacía que ese impulso fuera la respuesta más natural del mundo. Le desabroché el cinturón, le bajé el pantalón y el bóxer al mismo tiempo, y la verga le saltó afuera, dura, apuntándome a la cara.

Era grande. Más grande de lo que había imaginado durante toda la semana. Y yo había imaginado bastante. Gruesa en la base, con una vena marcada que le corría por debajo, la cabeza roja y ancha. La agarré con la mano y no llegué a cerrarla del todo.

Rodrigo apoyó una mano en mi cabeza sin empujar todavía.

—Abrí la boca —dijo, en ese tono que ya me resultaba familiar.

Lo hice.

Le pasé la lengua por toda la cabeza primero, lento, saboreando la gota de precorrida que ya tenía. Después me la metí en la boca, apenas la cabeza, y empecé a chupar con los labios apretados. Su respiración cambió arriba de mí. Eso me gustó más que cualquier otra cosa en ese momento. Bajé más, tragando lo que podía, con las dos manos ocupándome del resto que no me entraba. La saliva empezó a caerme por la barbilla, por el cuello, por las tetas.

—Toda —dijo—. Metetela toda.

Le agarré la cadera con las manos y bajé la cabeza forzándome. La cabeza me golpeó la garganta y me ahogué. Rodrigo me sostuvo la nuca con las dos manos y no me dejó levantarme del todo. Empujó despacio, midiendo, hasta que sintió que empezaba a pasar, y ahí sí empujó más.

—Así, respirá por la nariz —dijo—. Aflojá la garganta.

Me la cogió la boca durante un rato largo, sacando y metiendo con un ritmo que fue subiendo. Me ahogué dos veces más. Las dos veces él aflojó justo cuando era necesario. La saliva me caía en hilos hasta el suelo. Los ojos se me nublaron de las lágrimas. Lo miraba desde abajo con la boca abierta y él me miraba desde arriba con esa expresión concentrada y oscura, como alguien que está disfrutando de algo que sabe que va a recordar.

—Pará —dijo después de un rato, y me levantó del pelo con suavidad relativa—. Si seguís así, me corro en tu boca ahora, y todavía no quiero.

Me llevó al sillón. Me hizo girar y me dobló sobre el respaldo, de pie, con la cadera apoyada en el borde y el culo levantado. Se arrodilló detrás de mí. Durante unos segundos no hizo nada. Solo me miró abierta.

Después me abrió las nalgas con las dos manos y me pegó la lengua al coño, de abajo hacia arriba, largo, entero. Grité contra el respaldo del sillón. Me lamió despacio, chupándome los labios, metiéndome la lengua todo lo que podía. Después subió al clítoris y ahí se quedó, dando vueltas con la punta, cerrando los labios encima y succionando. Le agarré la cabeza con una mano por atrás y le apreté la cara contra mí.

—No pares —dije.

No paró. Me metió dos dedos mientras seguía chupándome el clítoris y los curvó buscando el punto. Lo encontró rápido. Empecé a temblar contra su boca, las piernas se me aflojaron, y me corrí gritando, con la cara apretada contra el respaldo del sillón para no despertar al edificio entero. Él siguió lamiendo mientras me contraía contra sus dedos, sin apurarse a sacarlos.

Cuando se paró detrás mío yo todavía estaba temblando.

—¿Querés que te la meta? —preguntó, sin rodeos, sin el código de los eufemismos.

—Sí —dije.

Me acarició las nalgas con la palma abierta, suave primero, después con fuerza. La palmada me hizo saltar. Gemí y apoyé más el peso en el respaldo.

—Más fuerte —dije.

Rió por lo bajo. Me pegó otra vez, del otro lado, y me quedó la marca de la mano.

—Primero hay que aprender las reglas del entrenamiento.

Y sin más, me la metió.

El primer empuje me hizo gritar de verdad — no de placer, sino del impacto físico de esa verga abriéndose paso sin muchos rodeos. Sentí cómo me estiraba de adentro, cómo cada centímetro entraba forzando el paso. Rodrigo se detuvo un segundo, solo un segundo, hundido hasta la base, la mano firme en mi cadera.

—¿Seguimos? —preguntó.

—No pares —respondí.

No paró.

Las manos en las caderas, empujes duros y rítmicos, el sonido del choque entre nosotros, el golpe de sus huevos contra mi coño en cada envión. El espejo en la pared me devolvía la imagen que no esperaba ver — él enorme detrás de mí, encajándomela hasta el fondo, mis manos aferradas al respaldo del sillón, las tetas colgando y sacudiéndose con cada empuje, mi cara con los ojos bien abiertos y la boca también. Me dejé ir.

Me agarró del pelo, lo enroscó una vuelta en la mano y tiró hacia atrás, arqueándome. Con la otra mano me buscó el clítoris y empezó a masajearlo mientras me seguía cogiendo desde atrás. Los dedos girando en círculos rápidos, la verga entrando hasta chocarme el fondo, el pelo tirado. Me corrí otra vez sin previo aviso, apretándolo por dentro, y él se hundió más profundo aprovechando las contracciones.

—Así te gusta —dijo entre dientes, sin dejar el ritmo—. Toda mojada, apretándomela.

Cambiamos de posición. Me tiró de espaldas sobre el sillón, me abrió las piernas y me las levantó apoyándome los tobillos en sus hombros. Se hundió otra vez, esta vez con su peso encima, mirándome a la cara desde arriba mientras me la metía. Con este ángulo entraba más profundo. Yo le clavaba las uñas en los brazos, en la espalda, donde alcanzara.

—Mirame —me dijo—. Mirame mientras te la meto.

Abrí los ojos. Estaba encima mío, transpirado, la mandíbula tensa, mirándome con una concentración que me hizo cerrar los ojos otra vez de puro placer.

—Los ojos abiertos —repitió, más lento.

Los abrí. No los cerré más.

Después me llevó hasta uno de los taburetes de la barra. Me dobló sobre el respaldo con las manos apoyadas, el culo levantado, y volvió a entrar desde atrás. En este ángulo cada empuje llegaba más adentro todavía, en un punto exacto que me hacía ver estrellas. Me hablaba pegado a la oreja.

—Pedilo —dijo en un momento, quieto, hundido hasta el fondo, sin moverse.

—Más —dije.

—Más, ¿qué?

Cerré los ojos.

—Más fuerte, por favor. Cogeme más fuerte.

Me lo dio. Empezó a empujar con toda la fuerza, sin ritmo, buscando fondo. El taburete crujía. Yo gritaba sin importarme quién escuchara.

En algún momento me alzó del piso y me hizo montarlo. Yo arriba, con las manos en su pecho, moviéndome a mi ritmo, sintiendo el peso de su verga entera adentro cada vez que bajaba. Me dejó hacerlo durante un rato — observando, las manos quietas en mis muslos, mirándome las tetas moverse — antes de tomar el control otra vez y empujar desde abajo con una fuerza que me sacudió entera. Le agarré los hombros y me aguanté como pude.

—Estoy por acabar —le dije, con la voz cortada.

—Yo también —dijo—. Aguantá.

Aumentó el ritmo. Me sostuvo con ambas manos en las caderas, subiéndome y bajándome como quería. Me corrí temblando encima suyo, apretándolo por dentro con todo, y sentí cómo él se hundía hasta el fondo una última vez, se quedaba clavado y descargaba adentro mío. La sentí latir dentro de mí, chorro por chorro, mientras me abrazaba fuerte contra el pecho para que no me moviera.

Eso fue lo que más me gustó de todo: que mientras era todo lo brusco que yo necesitaba que fuera, en ningún momento me dejó caer.

***

Cuando terminé estaba sobre él, respirando despacio. La corrida me chorreaba por dentro de los muslos. El living olía a sudor y a sexo y a algo más difícil de nombrar. Fuera de la ventana la tarde había avanzado bastante más de lo que esperaba.

Rodrigo me acariciaba la espalda con la palma abierta. Sin hablar.

Después de un rato me alcanzó un vaso de agua. Me senté a su lado en el sillón, todavía sin ropa, y lo tomé de a poco.

—Vas a volver el lunes —dijo. No era una pregunta.

—Sí —dije.

Me miró de costado con algo que no llegaba a ser una sonrisa pero tampoco era nada distante.

—Bien.

Nos quedamos así un rato más. La franela fue lenta, casi tranquila, completamente distinta a lo que había pasado antes. Sus manos recorrían lo que ya habían recorrido con urgencia, ahora sin ninguna prisa, como aprendiendo el camino de memoria. Me pellizcó un pezón sin ganas y me metió otra vez dos dedos, jugando con lo que él mismo había dejado adentro. Me hizo acabar así una vez más, callada, mordiéndole el hombro, apenas moviéndome contra su mano.

En algún momento me levanté, encontré mi ropa desperdigada entre el living y la entrada, me la puse sin apuro y le dije que me iba. La tanga rota la dejé tirada en el piso.

—El lunes —repitió, mirándome desde el sillón.

—El lunes —confirmé.

Cerré la puerta y bajé las escaleras con las piernas todavía algo inestables y la corrida de él caliente entre los muslos.

***

Eso fue hace tres días. El lunes ya llegó.

No sé exactamente qué es esto ni adónde va. Tampoco me interesa saberlo demasiado. Sé que Rodrigo tiene cuarenta y cuatro años y un gimnasio y esa voz que no necesita subir el volumen para hacerse obedecer. Sé lo que pasó cuando me llevó a su departamento y sé que quiero que vuelva a pasar.

Hoy voy a llegar a las once de la mañana con la licra negra y sin tanga debajo. Cuando él se acerque voy a bajar los auriculares y le voy a decir que quiero otra clase privada.

El resto ya veremos.

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Comentarios(9)

MarcosBaires

Excelente, quede con ganas de mas!! cuando sigue?

NightOwl33

es el primer relato que publicas? porque si es asi, muy buen debut. Espero el siguiente

Martina_RC

Me encanto como describis esa tension del principio. Se siente real, nada forzado. Sigue escribiendo!

Dante_cba

tremendo jajaja

SoledadMartinezS

Los maduros del gym siempre tienen esa calma que vuelve loca, lo describiste muy bien. Me recordo algo que vivi hace unos años :)

granluis

...y la continuacion? muy bueno pero se hizo corto

LectoraEnSombras

Me gusto mucho como generas la intriga desde la primera linea. Esperando el proximo

Felix_Mendo

Muy buen relato, ojala venga la segunda parte pronto. Saludos

Pamela_Sur

lo lei de un tiron, no podia parar jajaja

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