El nuevo empleado que aprendió a decirme señora
Cuando lo conocí, no imaginé que terminaría de rodillas frente a mí, con mi coño empapándole la cara y mi mano tirándole del pelo como a un perro.
Era nuevo en la empresa: joven, educado, con una timidez que me resultó curiosamente atractiva. Yo estaba acostumbrada a hombres que se mostraban seguros, insistentes, a veces incluso arrogantes. Él era otra cosa. No desafiaba, observaba. No tomaba, esperaba.
Esa paciencia callada era una provocación más poderosa que cualquier frase ingeniosa.
Se llamaba Tomás. Durante las primeras semanas apenas cruzábamos un par de palabras, pero su atención era constante. Notaba cómo se tensaba cuando pasaba cerca de su escritorio, cómo cambiaba su respiración al captar mi perfume, cómo desviaba la mirada justo en el instante en que mis labios se curvaban en una sonrisa.
Yo disfrutaba ese juego silencioso. Empecé a provocarlo a propósito: un botón más abierto, una mirada sostenida un segundo de más, órdenes cortas dichas en tono firme. Cada reacción suya confirmaba lo que sospechaba: le excitaba la autoridad. No la mía como jefa, sino como mujer. Un par de veces lo pillé mirándome el escote con una fijación que le tensaba la mandíbula, y otras vi cómo se acomodaba disimuladamente el pantalón bajo el escritorio cuando yo pasaba por su lado. Sabía perfectamente que tenía la polla dura por mí, y me encantaba.
Una tarde, cuando todos se habían ido, me quedé revisando unos informes y él entró con un café que yo no le había pedido.
Lo acepté sin mirarlo. Murmuré un «gracias» mientras seguía escribiendo. Sentí su presencia detrás de mí, tan cerca que el aire cambió. No se atrevía a moverse, pero tampoco se alejaba.
Hablé sin girarme.
—¿Por qué tiemblas, Tomás?
El silencio duró unos segundos, hasta que respondió en un susurro casi imperceptible.
—Porque… no quiero faltarle el respeto.
Levanté la vista y lo miré de frente. Tenía el rostro encendido y los ojos brillándole con una mezcla de miedo y deseo. Y entre las piernas, un bulto que no había manera de disimular.
—No me estás faltando el respeto —dije, bajando los ojos deliberadamente hasta su entrepierna—. Solo estás sintiendo. Y se te nota.
Se puso rojo hasta las orejas. No agregué nada más. Tomé mi bolso y caminé hacia la puerta. Antes de salir, me detuve.
—Cierra la oficina cuando termines. Y si tienes que hacerte una paja pensando en mí, hazla en el baño, no en mi silla.
Lo dejé ahí, mudo, con la polla dura y la cara en llamas.
Esa noche no pude dormir. Su voz, su respiración contenida, la tensión de su cuerpo… todo seguía en mi cabeza. Había algo en él que despertaba una parte mía que llevaba tiempo dormida: la que disfruta mandar, observar, poseer sin tocar. Me metí dos dedos en el coño pensando en él, en cómo temblaría si le ordenara arrodillarse, y me corrí mordiendo la almohada.
***
Al día siguiente me esperaba junto a mi escritorio. Había terminado un informe pendiente, impecable. No hizo falta agradecer.
—Buen trabajo, Tomás —fue todo lo que dije.
Y vi cómo se estremecía. Fue suficiente para entenderlo: obedecer lo complacía. Esa certeza fue como una chispa. Ya no se trataba solo de atracción; era una invitación callada a explorar algo más.
Las semanas siguientes el juego continuó. Miradas que duraban más de lo apropiado. Indicaciones dichas en voz baja, que él cumplía con devoción. Una tarde, después de una reunión, le pedí que me acompañara al estacionamiento. Cuando llegamos, me giré y lo miré fijamente.
—Dime la verdad. ¿Qué pasa por tu cabeza cuando me miras?
Vaciló unos segundos. Al fin habló.
—Que… me gustaría… obedecerla.
La voz le temblaba, pero los ojos no mentían. Me acerqué un paso. Podía oír su respiración, ver el pulso latiéndole en el cuello. Levanté una mano y le rocé el rostro con la yema de los dedos, apenas. Después bajé esa misma mano hasta rozarle el bulto por encima del pantalón. La tenía dura como una piedra.
—Mira lo obediente que está esta polla ya —susurré, apretándosela un instante por encima de la tela—. Entonces obedece. No me mires así. Agacha la cabeza.
Y lo hizo. Con la respiración cortada y la verga hinchada palpitándole contra mi mano, agachó la cabeza sin protestar.
Ese instante me bastó para entender que no había vuelta atrás. No era un capricho ni un juego pasajero. Era el inicio de algo que ambos deseábamos sin decirlo. Esa misma noche le envié un mensaje corto: «Mañana. A las ocho. No llegues tarde». Él solo respondió: «Sí, señora».
Esa palabra, dicha por él, me erizó la piel y me humedeció las bragas.
***
Esa mañana me levanté antes de que saliera el sol. No sabía si eran nervios o excitación, pero tenía esa sensación en el pecho: la de quien sabe que algo está por cambiar.
Me vestí con calma. Quería verme poderosa sin exagerar. Falda negra, blusa blanca ajustada, labios rojos. Debajo, un tanga negro de encaje que sabía que iba a terminar apartado a un lado. El tipo de combinación que dice «mando yo» sin necesidad de levantar la voz.
Cuando llegué al café donde lo había citado, él ya estaba allí. Traje oscuro, las manos sobre la mesa, la mirada baja. Me observó de reojo al entrar, y noté el movimiento de su garganta al tragar.
Me acerqué despacio.
—Buenos días, Tomás.
—Buenos días… —respondió con un hilo de voz.
Me senté frente a él, crucé las piernas y apoyé los codos sobre la mesa. No dije nada. Solo lo miré. Ese silencio lo incomodó más que cualquier reproche. Por fin hablé, en tono bajo pero firme.
—Quiero que aprendas algo hoy. Cuando yo hablo, tú escuchas. Cuando yo callo, tú esperas. ¿Entendido?
Él asintió. Yo apenas sonreí.
—No. Quiero oírlo.
—Sí, señora.
Durante el desayuno le hice preguntas triviales, solo para verlo dudar, tensarse, intentar complacerme. Cada vez que bajaba la mirada, le ordenaba levantarla. Cada vez que intentaba hablar sin permiso, lo interrumpía con una sola frase.
—Silencio. Todavía no te he dado la palabra.
No sabía si lo hacía sufrir o disfrutar. Quizá las dos cosas. Lo que sí sabía era que yo estaba completamente al mando, y eso me encendía por dentro. Bajo la mesa, deslicé la punta del tacón por su tobillo, subiendo lento por la pantorrilla, hasta rozarle la entrepierna. Le sentí la polla dura contra la suela y sonreí sin cambiar de expresión.
Cuando terminamos, le pedí que pagara. No se atrevió a discutir. Se levantó y me abrió la puerta como si lo hubiera entrenado para ello.
—Vamos a caminar.
Caminamos unas cuadras en silencio. El viento le movía el cabello, y su paso era un poco torpe, como si no supiera qué hacer con su cuerpo, o mejor dicho, con la erección que arrastraba. A cada indicación mía —«aquí», «espera», «ven»— su respiración cambiaba.
Nos detuvimos frente a un edificio antiguo.
—Sube conmigo.
El ascensor era pequeño, el aire denso. Podía oler su perfume mezclado con el mío, y su nerviosismo era casi palpable. Me giré hacia él, tan cerca que nuestros cuerpos casi se rozaban. Estiré la mano y le apreté la verga por encima del pantalón, sin pudor, palpando su forma.
—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? ¿De lo dura que la tienes ya, sin que te haya hecho nada?
—Sí, señora.
—Entonces dime, ¿qué sientes?
Tardó unos segundos. Luego murmuró:
—Que haría lo que usted quiera. Lo que sea.
La frase salió cargada, temblorosa, honesta. Y me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Le solté la polla justo cuando las puertas se abrieron.
—Ahora obedece sin preguntar.
Entramos a un apartamento vacío, recién alquilado. Nada más que una mesa, una silla y una cortina. Me gustaba la sensación del espacio desnudo, sin distracciones.
—Siéntate.
Se sentó recto, con las manos sobre las rodillas. Yo me quedé de pie frente a él, observándolo. Su respiración era pesada; el pecho le subía y bajaba con fuerza.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? Tu cara cuando no entiendes si te voy a besar o a ordenar que te calles.
Se mordió el labio. Ese gesto me arrancó una sonrisa.
—Deja de hacer eso.
Su reacción fue inmediata. Me acerqué más, tan cerca que sentí el calor de su cuerpo, y le hablé al oído, despacio.
—Aquí solo hay una regla, Tomás. Yo decido. Cuándo me tocas, cuándo me hueles, cuándo me follas. Todo.
—Sí, señora.
Le apreté el mentón y lo obligué a mirarme.
—Quiero que entiendas algo: esto no es un juego. No me interesa un hombre que finja ser sumiso. Quiero que te entregues de verdad. Que pierdas el control, porque yo lo tengo.
Tenía las pupilas dilatadas. Su voz fue casi un suspiro.
—Ya lo estoy haciendo.
Hubo un silencio espeso. Nos quedamos mirándonos, respirando el mismo aire. Le di una última orden esa mañana.
—Vete. No me busques hasta que yo te llame.
Su desconcierto fue evidente, pero no se atrevió a discutir. Asintió, se levantó y salió sin mirar atrás, arrastrando esa erección que no había podido descargar. Cuando la puerta se cerró, sonreí. Sabía que volvería. Y cuando lo hiciera, estaría completamente en mis manos.
***
Pasaron tres días antes de que lo llamara. Sabía que estaba esperando, ansioso, revisando el teléfono cada pocos minutos, seguramente cascándosela cada noche pensando en mí. Yo también lo pensaba, pero no iba a dejar que lo notara. El control empieza en la espera, y él debía aprender eso.
Cuando por fin le escribí, puse una sola palabra: «Ven». No preguntó nada. Solo respondió: «Sí, señora».
Lo esperé en el mismo apartamento. La tarde caía y las sombras se alargaban sobre el piso de madera. Cuando escuché el timbre, el pulso se me aceleró. No porque dudara, sino porque lo había extrañado más de lo que quería admitir. Ya estaba mojada solo de imaginármelo del otro lado de la puerta.
Abrió la puerta con cuidado. Vestía igual que la última vez: camisa blanca, pantalón oscuro. Pero esta vez no traía nervios, traía entrega. Su mirada ya no buscaba entender, solo obedecer.
—Cierra la puerta —le dije sin girarme.
El clic del cerrojo sonó como una promesa.
—¿Sabes por qué estás aquí?
—Porque me llamó, señora.
—Exacto. Y cuando yo llamo, tú vienes. Sin preguntar, sin dudar. ¿Te queda claro?
—Sí, señora.
Me acerqué. El ambiente estaba cargado, casi eléctrico. Le rocé la mejilla con la punta de los dedos. Él cerró los ojos al instante.
—No cierres los ojos.
Los abrió enseguida.
—Así me gusta. Obediente, pero atento.
Caminé a su alrededor en círculos lentos, estudiándolo.
—Dime lo que piensas cuando me ves.
—Que no puedo evitarlo. Que la quiero mirar, aunque me asuste.
—¿Te asusto?
—A veces. Pero no quiero que pare.
Sus palabras me atravesaron. Había una honestidad brutal en su voz. Me di cuenta de que él no jugaba. No buscaba un placer fácil: buscaba pertenecer. Y eso era peligroso, porque cuando alguien te pertenece, aunque tú lo domines, una parte de ti también se entrega.
***
—Levántate —ordené.
Se puso de pie al instante, las manos a los costados, la excitación marcada bajo el pantalón, imposible de disimular. Me acerqué despacio, los tacones resonando contra el piso como un latido. Le agarré la camisa y la abrí de un tirón; dos botones saltaron y rodaron por el piso. Su pecho quedó expuesto, subiendo y bajando con respiraciones agitadas.
—Mírame —le dije, y cuando lo hizo bajé la voz—. Hoy eres mío, Tomás. Todo. Y voy a usarte como se me antoje.
No protestó. Solo tembló, y eso me hizo sonreír. Le desabroché el cinturón con calma, saboreando cada movimiento, y le bajé el pantalón junto con los calzoncillos de un solo tirón. La polla le saltó afuera, dura, hinchada, la punta ya brillando de líquido preseminal. Se la agarré con la mano derecha, firme, y empecé a pajearlo lento, apretando la base.
—Mira lo que te hago con solo mirarte —le susurré, viendo cómo se le tensaba el vientre—. Mira cómo chorreas.
Le pasé el pulgar por el glande, esparciendo esa gota, y se le escapó un gemido ronco que le hizo doblar las rodillas.
—Quieto. Ni se te ocurra correrte todavía.
Solté la verga y le di una palmada seca en la mejilla, no fuerte, apenas para recordarle quién mandaba. Le tembló todo el cuerpo.
—Arrodíllate.
Cayó de rodillas frente a mí sin dudar, la cara a la altura de mi falda. Me subí el vestido hasta la cintura, despacio, dejando que viera el tanga negro empapado. Le hundí los dedos en el pelo y le empujé la cara contra mi coño por encima de la tela.
—Huele. Huele lo que provocas.
Aspiró hondo, con la boca abierta, y sentí su gemido vibrarme contra el pubis. Aparté la tela hacia un lado con dos dedos, exponiéndome entera frente a su cara.
—Abre la boca. Y úsala como si dependiera de ello. Quiero tu lengua adentro, quiero que me chupes hasta que grite.
Obedeció. Enterró la cara entre mis muslos y empezó a lamerme el coño con una desesperación de hambriento, la lengua metiéndose entre mis labios, subiendo hasta el clítoris, chupándolo con la boca entera. Yo le tiraba del pelo, guiándolo, marcándole el ritmo, restregándole la cara contra mí sin ninguna delicadeza.
—Así, ahí, chúpame más fuerte, no pares…
Su lengua se movía ansiosa contra mí, atenta a cada cambio de mi respiración. Gemí, empujando las caderas contra su rostro. Cuando quiso llevarse la mano a la polla, se la aparté de un manotazo.
—No te atrevas a tocarte. Esto es para mí. Tú solo me sirves. Tu única función ahora es hacerme acabar en esa boca.
Le apreté la cara con las dos manos y monté su lengua como si fuera una polla, restregándome el clítoris contra su nariz, sintiendo cómo se ahogaba y aun así seguía chupando, seguía intentando complacerme. Lo tuve así minutos eternos, mi placer construyéndose como una tormenta que se acercaba. Cuando llegó, mis muslos temblaron alrededor de su cabeza y se me escapó un grito ronco. Me corrí a chorros en su boca, y él tragó cada gota como si fuera un premio, sin dejar de lamer, extendiendo el orgasmo hasta que me dolió.
Lo empujé hacia atrás, haciéndolo caer sobre el piso de espaldas. Tenía la cara empapada de mis flujos, brillando, y la polla apuntando al techo, tan dura que se veía violeta.
—Buen chico —le dije, quitándome la blusa y el sujetador—. Ahora mira.
Me quité el tanga y lo dejé caer sobre su pecho. Me senté a horcajadas sobre él, pero no sobre la polla todavía: sobre su vientre, restregándole el coño mojado por la piel, marcándolo, dejándole rastros pegajosos. Le agarré la verga con la mano y me la pasé por los labios del coño, adelante y atrás, rozándole la punta contra mi clítoris hasta hacerlo llorar de desesperación.
—Por favor, señora… por favor…
—¿Por favor qué? Dilo. Con esas palabras.
—Por favor… métasela… fóllame, señora, por favor.
Sonreí. Me alcé, apunté su verga a mi entrada y me dejé caer de golpe, hundiéndomela hasta el fondo. Los dos gritamos a la vez. Estaba dura, gruesa, y llenaba cada centímetro. Me quedé quieta un segundo, apretándolo con los músculos internos, sintiéndolo palpitar dentro.
—Ahora me toca a mí decidir cómo terminas. Pero no te muevas. Yo controlo el ritmo. Tú eres la polla; yo soy la que folla.
Empecé a cabalgarlo despacio, subiendo hasta dejar solo la punta adentro y bajando entera de golpe, con fuerza, oyendo el chasquido húmedo de nuestras carnes chocando. Le clavé las uñas en el pecho, arrastrándolas hacia abajo, dejando marcas rojas que le duraría días. Él jadeaba debajo de mí, las caderas queriendo empujar, buscando más, pero lo detuve con una mirada.
—Quieto he dicho.
Obedeció, mordiéndose el labio, el cuerpo temblando del esfuerzo de contenerse, con los puños apretados a los costados. Yo aceleré, botando sobre él, mis tetas rebotando frente a su cara. Me incliné hacia adelante y le metí un pezón en la boca.
—Chupa.
Cerró los labios alrededor y succionó, mientras yo seguía moviéndome sobre su polla, cada vez más rápido. Cambié de posición: me alcé, giré sobre él dándole la espalda, y me volví a empalar en su verga, ahora inclinada hacia adelante, las manos apoyadas en sus muslos, para que él viera exactamente cómo su polla entraba y salía de mi coño abierto.
—Mira, Tomás. Mira cómo te uso.
Rebotaba sobre él frenética, sintiendo cómo me golpeaba en el punto justo por dentro, hasta que otro orgasmo me golpeó, más fuerte que el primero, contrayéndome alrededor de su polla, aplastándola con mis músculos internos. Grité sin importarme quién oyera.
Aún temblando, me bajé de él y me giré. Me arrodillé a su lado, le agarré la verga empapada de mí y empecé a pajearlo rápido, mirándolo a los ojos.
—Ahora sí. Córrete. Córrete para mí, ahora.
Le bastaron cuatro o cinco tirones. Explotó con un gemido ahogado, chorros de semen saltándole sobre el vientre, sobre mi mano, uno alcanzándole el pecho. Todo su cuerpo se rindió bajo mi mano, sacudiéndose incontrolable, hasta que la última gota le brotó y se desplomó jadeando. Me llevé dos dedos manchados de su semen a la boca y los chupé sin dejar de mirarlo.
—Buen chico.
Me tendí a su lado, sudada, su respiración entrecortada contra mi cuello.
Lo miré entonces. Tenía la cara exhausta, marcada por mi dominio, aún con restos de mí brillándole en la barbilla, pero en sus ojos había una paz extraña, una entrega total. No era solo posesión. Era unión. Él me había dado todo, y en esa rendición yo encontré también mi propia libertad.
—Mañana —dije, acariciándole el pelo despacio— vuelves al trabajo. Y nadie va a saber que tu jefa es la única persona a la que de verdad le dices que sí.
Sonrió, todavía sin aliento.
—Sí, señora.
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