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Relatos Ardientes

La más joven del club quería mandar esa noche

En el club de vóley jugábamos los martes y los jueves, y desde que Aldana se sumó al equipo el año pasado no me quitaba los ojos de encima. Tenía veinticinco años, una sonrisa de las que parecen un desafío y la costumbre de quedarse charlando conmigo cuando todas las demás ya se habían ido al vestuario. Yo le llevaba unos años largos y ella lo sabía, pero eso no la frenaba: me buscaba, me provocaba, jugaba a ver hasta dónde llegaba.

Aquel jueves, después del entrenamiento, se acercó mientras yo guardaba las pelotas en la bolsa de red.

—Reni, ¿tenés un minuto? —dijo, apoyándose en la pared con los brazos cruzados.

—Sí. Decime, ¿qué necesitás? —contesté sin levantar la vista.

—Sé que mañana vas al recital. Tenés palco y todo. Quiero que me lleves.

Levanté la cabeza despacio. Lo había soltado como si fuera lo más natural del mundo, como si me estuviera haciendo un favor a mí.

—Ja… qué rápida que sos —le dije—. Si te portás bien y no andás contando por ahí, te llevo.

—Es un secreto entre nosotras, tranquila —respondió, y se mordió el labio.

—Mañana a las ocho nos encontramos en la puerta del teatro. Me acompañás en la previa, después te presento a los chicos de la banda, te sacás unas fotos y quedás contenta.

—Dale, hermosa. Ahí nos vemos entonces —dijo, y se fue caminando con esa seguridad que tanto me gustaba y tanto me molestaba a la vez.

***

Al día siguiente almorcé tranquila, dormí una siesta corta, me bañé y me preparé sin apuro. Elegí una remera blanca de la banda, una campera de cuero, una calza negra engomada y borceguíes. Viajé hasta el teatro y esperé en la entrada. Aldana no tardó ni diez minutos en aparecer, y cuando la vi llegar me quedé sin palabras.

Venía imponente. Campera negra de cuero, jean elastizado oscuro, botas tipo texanas. Piel blanca de porcelana, delineado negro, labial bordó, el pelo suelto y ondeado cayéndole sobre los hombros. Es más alta y más robusta que yo, juega al vóley desde chica y se le nota en el cuerpo. Mide un metro setenta y, parada a mi lado, ocupaba todo el aire.

—Ay, no… estás loca, nena. Mirá lo bomba que sos —se me escapó.

—Vos tampoco te quedás atrás, mi amor. Sos la más linda de todas —contestó.

Se acercó, me dio un abrazo largo y un beso cerca de la comisura. Entramos, le puse la pulsera de invitada y pasamos por la barra a pedir unos tragos. Después subimos al palco, ese rincón elevado desde el que se ve todo el escenario.

—¿Te gusta la vista desde acá? —le pregunté.

—Sí, está buenísima. Y las torres de sonido están justo acá, así que vamos a escuchar todo. Igual entre nosotras no nos vamos a escuchar nada —se rió.

—Todo no se puede, bebé —le seguí el juego—. Brindemos. Por estar acá y por este regalito.

—Gracias por traerme. Compartir un recital con vos es un sueño que tenía hace rato —dijo, y por un segundo se le borró la sonrisa de desafío.

Brindamos, tomamos, charlamos un poco. Pedí otra ronda de fernet que nos alcanzó una de las chicas de la barra. A la tercera ronda ya arrancaba el show. Encendí un porro y ella fumó conmigo. Nos asomamos al balcón del palco a ver el comienzo, las luces barriendo a la multitud allá abajo.

Se apoyó en el frente del balcón, me pasó un brazo por la cintura y yo la abracé por el cuello. Quedamos pegadas, una contra la otra. Le acercaba el porro a los labios porque lo tenía en la mano izquierda, la misma con la que la sostenía. Ella fumaba con los ojos cerrados. Pero en una de esas pitadas giró la cabeza, nos miramos, acercó la cara a la mía, me rozó los labios con los suyos y soltó el humo despacio dentro de mi boca.

Sentí su mano bajar por mi espalda hasta apoyarse en mi cadera.

Así que esta era su jugada.

Mi reacción fue tranquila. Aspiré el humo, lo dejé un momento en la boca, le sonreí y lo solté contra su cara. Terminé el fernet de un trago, seguimos abrazadas y ella me dijo al oído que iba a pedir otra ronda.

***

El palco tenía una mesita en un rincón con los vasos vacíos amontonados. Volvió con un vaso de litro en lugar de dos chicos. Se paró detrás de mí, se apoyó contra mi espalda, me acarició la cintura y me ofreció el vaso por encima del hombro. Le di unos buenos sorbos, después bebió ella y siguió pegada a mí.

Sus manos no se quedaron quietas. Me acarició los muslos, la cadera, la cintura, las nalgas, y fue bajando hasta apoyar la palma sobre la calza, justo entre las piernas. Repitió el movimiento varios segundos, despacio, midiéndome. Yo me dejé. Estaba contenta, prendida fuego, y dejé que siguiera.

Su mano derecha se coló dentro de la calza. Apoyé la mía por encima de la tela, casi como un gesto, pero no la frené. Ella metió los dedos bajo la ropa interior, que ya estaba húmeda. Con el dedo mayor y el anular encontró mi clítoris hinchado, mojó los dedos en mi propia humedad y empezó a acariciarlo en círculos lentos.

Mi cara fue cambiando sola. Primero una sonrisa enorme, después los labios apretados, y al final el jadeo que no pude contener. Me bajó la calza hasta las rodillas sin dejar de estimularme, y se acomodó para meter también dos dedos de la otra mano. Me tenía bajo control, apoyada con el pecho contra el frente del palco, las luces del show estallando abajo mientras ella me dominaba en silencio.

Sus dedos eran largos y se movían con experiencia. Estuvo varios minutos así, manejándome a su antojo, hasta que frenó de golpe. Se llevó los dedos a la boca, los chupó, y después me los puso a mí entre los labios.

—Sos más rica de lo que me imaginé todo este tiempo —me dijo al oído.

Estaba disfrutando demasiado de tenerme así. Eso iba a cambiar.

Justo entonces miré hacia la barra y una de las chicas que servían los tragos me vio desde abajo. Le hice seña de que subiera otro. Aldana, ajena a todo, seguía detrás de mí, decidida a llevar el ritmo de la noche.

La mesera corrió el telón del palco y nos encontró así. La miré sobre el hombro y le hice una seña para que se acercara. Me incorporé como pude, recibí el vaso, bebí, lo apoyé en el balcón y no me aguanté: la tomé de la cara con una mano, le agarré la cintura con la otra y la besé. Ella no se opuso. Nos besamos un par de minutos largos.

—Perdón… te dejo una buena propina por las molestias —le dije.

—Tranquila, no me debés nada, Reni. El beso ya está bien —contestó, y salió del palco con una sonrisa.

***

Aldana me miraba con las cejas levantadas, entre divertida y picada. Era mi momento de recuperar el control.

—Pocha, estás re loca —me dijo, usando el apodo que me había puesto en el club.

—¿Yo me beso a otra mientras vos jugás a dominarme, y la loca soy yo? —le respondí—. Quiero que te arrodilles. Ahora.

Le apoyé las manos en los hombros y empujé hacia abajo, firme, hasta que quedó de rodillas frente a mí. Se bajó el jean y la ropa interior, y yo le pegué la cara contra mi sexo. Saqué la lengua y empecé a recorrerla entera, lamiendo despacio, agarrando su clítoris con los labios. Pasaban los minutos y cada vez me gustaba más. Estaba excitadísima, temblando un poco.

En un momento me apartó, giró, me agarró de la cabeza y la hundió entre sus nalgas. No me dio alternativa, así que la seguí con la lengua un buen rato mientras ella arqueaba la espalda, ofreciéndose. El recital terminó y nosotras seguíamos en lo nuestro. Después de cada show pasan música hasta el amanecer para que la gente se quede, así que tampoco había apuro.

Me puse de pie, la tomé de la cadera y empecé a moverme contra ella, golpeando su cuerpo con el mío como si la estuviera montando. La escuchaba gemir, cada vez más prendida. Le besé el cuello con fuerza, se lo mordí, le mordí los hombros y la espalda sin dejar de empujar. Le amasé los pechos por dentro de la remera. Le metí tres dedos en la boca y ella los chupó, los envolvía con la lengua, dejándose llevar.

De golpe se giró, me agarró de las nalgas y nos besamos sin freno, sin medir nada. La puse contra la pared del palco, de frente, le metí dos dedos y empecé a moverlos despacio. Le mordía el hombro, le besaba el cuello, hurgaba en su interior con cuidado. Ella gemía, suspiraba, me mojaba la mano entera.

—¿Es tu primera vez con una mujer? —le pregunté contra el oído.

—Sí… nunca estuve con nadie así —contestó, y la voz le tembló.

—Se nota… voy a tener cuidado —le dije, y por dentro algo se me ablandó.

Seguí con suavidad, atenta a cada respiración. Estaba estrecha, mojada a mares, y cada movimiento la hacía cerrar los ojos con más fuerza. Después de varios minutos la di vuelta de frente a mí, sin sacar los dedos, y sentí cómo llegaba. Se mojó la mano de golpe y soltó un grito agudo, aferrándose a mis hombros con las dos manos. Me arrodillé y volví a saborearla, lo más que pude, hasta que las piernas dejaron de sostenerla.

Me levanté, le besé el cuello, la boca, y nos detuvimos. Tenía las piernas temblando. Me acerqué a su oído.

—Te hiciste la viva toda la noche… pero conmigo no, bebé —le dije.

—Reni… nunca viví algo así. Me tiemblan las piernas, tuve un orgasmo increíble —murmuró, todavía agitada.

—Eso pasa cuando te creés que siempre vas a ser la que manda —le contesté, acomodándole un mechón—. Siempre hay alguien más fuerte, más viva o más paciente. Lección gratis.

***

Empecé a vestirme después de darle su lección particular. Ella hizo lo mismo, aunque el jean le había quedado mojado. Una vez vestidas, nos besamos otros minutos largos, ya sin urgencia. Charlamos un rato, le revisé que no le quedaran marcas a la vista, y terminamos bailando solas en el palco, riéndonos como dos chicas que comparten un secreto. Pedimos un par de tragos más y fumamos otro porro.

—Perdón si por mi culpa no viste bien el recital —me dijo.

—Es la mejor noche de mi vida, tranquila. Perdoná vos, que te distraje —contesté.

—Tus gemidos fueron el mejor concierto que pude pedir —le dije, y se puso colorada por primera vez en toda la noche.

A las seis de la mañana salimos del teatro, pero antes la hice conocer a la banda. Se sacó las fotos, charlamos un rato con los chicos. Después pedí un taxi, la dejé en la puerta de su casa con un último beso y seguí camino a la mía, con la certeza de que el martes, en la cancha, ya no me iba a mirar igual.

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Comentarios(1)

Lorena_B

buenisimo!!! me encanto desde el primer parrafo, no lo pude soltar hasta el final

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