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Relatos Ardientes

El dueño de la tienda cumplió la fantasía de mi marido

Hola, preciosos. La verdad es que estuve perdida un buen rato por el exceso de trabajo, y me dio pena no escribir antes. Hoy les vengo a contar algo que pasó hace algunos años, justo cuando llevaba apenas tres meses casada con mi esposito Bruno. Nosotros siempre cogimos mucho, y en todos lados, no solo él y yo, sino también con amigos y amigas, en tríos, intercambios, lo que se acomodara. Bruno ya sabía que yo había tenido lo mío con hombres maduros, pero solo me lo había visto en unos videos viejos con Saúl, jamás en persona. Y a él se le antojaba muchísimo verme con un señor de verdad.

Cuando nos casamos, Bruno me compró una casita preciosa cerca de mi trabajo, por el rumbo de Tlaquepaque, y ahí seguimos felices. A mí siempre me gustó atenderlo bien. Cada que llegaba de la chamba ya le tenía lista la comida, y lo esperaba con una blusa de tirantes y un short cortito, a veces hasta en tanga, para que después de comer me cogiera rico.

Le daba mi puchita cada que él la quería. Algunos días llegaba tan caliente que me pedía que me quitara la blusa y comía mirándome las tetas. Yo, adrede, me paraba y se las acomodaba en la mesa, o se las restregaba por la espalda mientras le servía. Era nuestro juego, y nunca se nos acababan las ganas.

Cerca de la casa había una tienda, una de esas de toda la vida, y el dueño, don Rómulo, siempre me andaba volando los ojos. Cuando me agachaba a tomar algo de los estantes de abajo me miraba las nalgas; si estaba de frente y traía escote, me clavaba la vista en las tetas. Era de lo más coqueto conmigo, y la verdad eso me encantaba.

Don Rómulo era un señor de unos sesenta años, alto, de cabello canoso bien peinado, con unos ojos azules preciosos y una voz grave que, cada que me lanzaba un piropo, me ponía la piel chinita. No era gordo ni flaco; se notaba que hacía ejercicio. Tenía un bigote negro, negrísimo, que no pegaba nada con sus canas, y a mí ese contraste me parecía guapísimo.

—Buenas tardes, Miss preciosa —me dijo esa vez en que todo empezó—. Qué bueno que viene a alegrarme la tarde.

—Ay, don Rómulo, qué cosas dice —le contesté riéndome—. Solo vine por unas cositas que me faltaron para la comida, ya ve que mi esposo no tarda en llegar.

—Uy, sí, ya sé. Quién como él, tener una esposa trabajadora, que cocine, que lo quiera y, sobre todo, así de guapa como usted. Ya me imagino que lo tiene bien atendido. Con todo respeto, eh.

—¿Ah, sí? ¿A qué se refiere? A ver, platíqueme —le dije mientras me acercaba al mostrador y me agachaba un poquito, para que se me bajara el escote y me viera bien las tetas.

—Amm, ay, discúlpeme, Miss. No pensé en lo que dije, en serio. Es que usted me pone bien menso.

—Jajaja, nombre, no me ofende —le respondí sin alejarme—. Pero me gustaría saber a qué se refiere. Digo, a lo mejor podemos arreglar eso, y así usted ya no tiene que imaginarse si lo atiendo o no.

Le toqué un poquito la mano sobre el mostrador, y con la otra me acomodé la blusa, bajándomela un poco más para dejarle las tetas casi al alcance. Don Rómulo tragó saliva.

—Ay, no, Miss, no me emocione, que ya tengo la imaginación volando y algunas partes más entusiasmadas de la cuenta.

—¿Qué le parece si me pasa su número y lo platicamos por ahí, para que no nos oigan los chismosos?

—Uy, claro que sí, con gusto. Nomás no me vaya a regañar por mis faltas de ortografía, eh.

—Ay, don Rómulo —le dije guiñándole un ojo—. A lo mejor lo que le hacen falta son unas clasecitas privadas, ¿no cree?

—Ándele, pues. Entonces sí.

Le anoté mi número en un papelito, me fijé de que nadie nos viera, le di un besito en el cachete arrimándole las tetas contra el brazo, y me fui contoneándome para que se quedara con ganas.

***

Cuando Bruno llegó, yo ya estaba calientísima de solo pensar en lo que había pasado. Esta vez lo esperé con un vestidito medio transparente, sin sostén y sin tanga.

—Hola, mi amor —me dijo al verme—. Qué deliciosa te ves hoy. ¿Qué celebramos?

—Que por fin te voy a poder cumplir tu deseo de verme con un maduro, papacito.

—Uff, mami, qué rico. No cabe duda que siempre me sorprendes. Cuéntame todo.

—Es don Rómulo, el dueño de la tienda. Siempre me tira la onda, y hoy le seguí el juego. Hasta mi número le pasé. Hace un rato me escribió un «hola, Miss chiquitita», pero te estaba esperando para contestarle juntos. ¿Qué te parece?

—Dale, mami. Mientras yo sepa y pueda ver, tú sé una putita libre.

Nos sentamos juntos en el sillón con el teléfono entre los dos. A Bruno le brillaban los ojos. Yo le contesté al señor mientras él me iba dictando cosas al oído.

—Hola, don Rómulo, qué bueno que sí me escribió. Pensé que no se iba a animar.

—No, Miss preciosa. Cómo no, si nomás de ver su foto de perfil ya me volví a emocionar.

—¿Ah, sí? ¿Y le gustaría ver más?

—Claro, pero no me gustaría que su marido se enojara conmigo.

—Nombre, no se preocupe. Mi marido sabe todo, y a él le gusta mucho ayudar a los demás y ser un esposo bien compartido. ¿Me entiende?

—¿Neta? ¿A poco sí comparte? Pues que me comparta a mí. Usted enséñeme de todo, preciosa.

—Pues como le digo, ya le platiqué y él me dijo que adelante. Que si usted necesita una Miss, quién soy yo para negarme.

Le mandé unas fotos que Bruno me estaba tomando en ese momento. Yo ya estaba empapada, me escurría por los muslos de las ganas, y mi marido tenía la verga durísima. En eso entró un mensaje de don Rómulo que me recordó por qué me encantan los hombres maduros.

—Uff, mamita, qué delicia de mujer. Usted dígame y le caigo a su casa de una vez. ¿Puedo? Si es que su marido no se enoja.

Bruno me agarró la barbilla y me dijo, mirándome a los ojos:

—Dile que venga, mi amor. Yo voy a estar aquí solo para verlos. No me meto, pero los miro, y obvio vamos a grabar ese encuentro tan delicioso.

—Ven, papacito —escribí—. Mi esposo dice que quiere ver cómo me coge otra verga.

Le pasé la dirección y me contestó que llegaba en cinco minutos. Sabía que todavía estaba en la tienda, así que la cerró nomás por venir a verme. Eso me prendió todavía más, y me mojé otro poco solo de imaginarlo dejando el changarro a media tarde con tal de cumplirme.

***

Cuando llegó, le abrió Bruno. Se dieron la mano, mi marido le dijo algo al oído que no alcancé a escuchar, y don Rómulo le respondió:

—Claro que sí. ¿Cómo crees que no?

Pasó a la recámara y yo ya lo estaba esperando sin nada de ropa, hincadita sobre la cama como toda una putita.

—Hola, papacito —le dije—. Te estaba esperando.

—No mames —soltó al verme—. Ya vengo con la riata bien parada de mirar sus fotos, y ahora que la veo en persona está todavía más rica de lo que pensaba.

Sin titubear, se quitó la playera y se abrió el pantalón. Sacó una verga que no era de las más largas, pero gruesísima, la más gorda que yo había visto en mi vida. Se me hizo agua la boca.

—Ay, Dios, qué rica verga, mi amor. Ven para chupártela.

—Pégate, mami. Chúpala bien, que para eso vine.

Bruno se sentó a un lado de la cama, ya desnudo y con la verga parada, listo para mirar. Yo empecé a mamarle a don Rómulo esa verga enorme. No me llegaba hasta la garganta, pero me dolía la boca de cómo me la abría de lo gruesa. Él me jalaba la cabeza y parecía que me estaba cogiendo por la boca, y a mí me encantaba sentirme usada así.

Después me la sacó de un tirón y me dio una nalgada que sonó por todo el cuarto.

—Jajaja, sí es bien putilla la Miss —dijo, divertido—. Siempre que la veía agacharse en la tienda le miraba ese culote y me la jalaba pensando en usted. Así que cúmplame: póngase en cuatro y sírvame de la pirujita.

Bruno se acomodó frente a mí para que ahora se la mamara a él, mientras yo le ofrecía todo el culo y la panocha al señor. Don Rómulo me agarró las caderas con esas manos grandes.

—No mames, cabrón —le dijo a mi marido—. Qué rica vieja tienes. Con razón nunca sales. ¿Cómo vas a querer salir teniendo a esta puta en tu casa? Ahí te va, mami.

Me la metió de una sola embestida. Yo estaba tan mojada que entró sin trabajo, aunque su gordura me abrió de par en par.

—No mames, me estás abriendo toda —gemí con la boca llena de la verga de Bruno—. Qué rico, papi, cógete a esta puta.

—Ahí te va, perrita. Mueve ese culote tan delicioso. Demuéstrame lo que me prometiste.

Me agarraba durísimo de la cintura y me embestía como nadie lo había hecho. Yo sentía cómo su verga gruesa me llenaba por completo, mientras seguía mamándole a mi esposo y los dos hombres se decían cochinadas por encima de mí.

—Ay, sí, qué rico, papi —jadeaba yo entre verga y verga—. Así, así, dame tu lechita.

—Claro, perrita. Si eso ya se lo prometí al cornudo este.

Eso era lo que Bruno le había dicho al recibirlo en la puerta: que mientras él se venía en mi boca, don Rómulo me llenaría la panocha por dentro. Saberlo me prendió todavía más.

—Ay, sí, llénenme los dos —les rogué—. Llenen a esta putita, que me voy a venir.

—Ahí te va tu lechita, putita. Trágatela toda y que te escurra.

—Ay, mi amor —me dijo Bruno acariciándome el pelo—, cómete mi leche. Qué rica estás.

Nos vinimos los tres casi al mismo tiempo. Me tragué la leche de mi marido por la boca y sentí la de don Rómulo escurriendo dentro de mí. Cuando el señor terminó de venirse, me puso rapidito el calzón.

—Párese, mami —me dijo entre risas—. Quiero que esa leche se le salga junto con sus jugos y me la deje ahí, para llevármela de recuerdo.

—Jajaja, este cabrón está bien loco —dijo Bruno, divertido—. Pero ni hablar, lo dejamos repetir.

—Pásenme ese video, por favor —pidió don Rómulo mientras se acomodaba la ropa—. No lo voy a enseñar a nadie, solo lo quiero para ver a esta hermosura otra vez. ¿Puedo volver?

—Claro que sí —le contesté—. Yo le mando mensaje. Tenga, llévese esta tanga; y si la usa, me manda cómo se viene pensando en mí.

Lo besé todavía con el sabor de mi marido en la boca, y en cuanto se fue, Bruno me comió la panocha hasta hacerme venir de nuevo. Y déjenme decirles, preciosos, que esa no fue la única vez que don Rómulo vino a mi casa. Pero de los demás encuentros, y de uno muy especial en que andaba por ahí mi papá Octavio, ya les contaré otro día.

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Comentarios(1)

RicardoSF

Increible relato!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo por aca

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